Capítulo 24

Juego con mi lapicera mientras veo el banco vacío donde debería estar mi amigo Benji. Ángel, a mi lado, sigue escribiendo las explicaciones que da el profe de Geografía y los demás no parecen darse cuenta de lo raro y grave, en cierto punto, que el abanderado de la bandera más importante no esté hoy; el primer día que se supone tendría el honor de llevarla.

A la prece lo único que se le vio hacer cuando nombró a Benji y no escuchó respuesta fue subir y bajar las cejas, nada más.

Volteo la mirada hacia mi novio, el que ahora tendrá que llevar la bandera nacional. Toda la mañana anduvo sonriente y acomodando su pelo cuando estaba desordenado; regodeándose en el gusto de ser el suplente de la bandera principal.

¿Qué es lo que le habrá pasado a Benjamín?

El timbre del fin de un módulo de clase suena, pero no vamos a tener educación física hoy.

Ahora tenemos que cargar nuestras mochilas al hombro y formarnos de la misma manera que todas las mañanas cuando andamos zombis por sueño no por hambre como ahora. Gracias a este acto hoy saldremos temprano porque hay muchos grupos que se presentan y armaron todo un escenario para que los de jardín hagan sus primeras presentaciones.

Guardo mis cosas en la mochila, no pudiendo sacarme de la cabeza el banco vacío del ruiseñor.

—¿Qué pasó con Benja? —pregunta Santi, sosteniendo la mochila de su novia.

Me encojo de hombros.

—Ni idea.

—León, ¿sostenés mi mochila mientras estoy con la bandera? —Ángel me pasa sus cosas—. Después del acto, andá a preceptoría.

Mi novio y Elena se van rápido; uno para agarrar la bandera que tanto quiere y la otra para ser la escolta de la bandera papal.

Cargo las dos mochilas, una en cada hombro, y sigo a la marea de chicos que va al patio techado.

Hoy no vi a los aliens, solo al psicólogo. Tampoco comenzamos las actividades en las que nos anotamos porque parece que hubo un pequeño problema con los demás practicantes que iban a ayudarnos con esos talleres específicos.

Me pongo en la formación con los otros chicos. En la galería, por donde está nuestro curso, aparecen los abanderados listos para salir. Con guantes blancos, zapatos brillantes y pelo bien peinado debería estar Benjamín, pero Ángel hace de buen suplente. Orgulloso, sonriente hasta el punto en el que tiene que obligarse a sí mismo a ponerse serio.

Quizás, si nunca hubiera aparecido Benjamín, mi novio estaría en ese lugar sin necesidad de esperar que mi amigo falte por algún motivo.

Miro para otro lado porque no me gusta sentir que estoy odiando a Ángel por ocupar un lugar que no le pertenece, pero también sé que mi novio se esforzó por tener ese lugar, solo que hubo alguien a quien no le costó mucho trabajo sacárselo. Es horrible pensar que algo malo debió pasarle a mi amigo para que mi novio esté en el sitio que más deseaba.

También, tendría que haberme preocupado un poco más sobre lo que le pasaba a Benja. Desde que vio a don Rosendo no fue el mismo. Desde el lunes que no hablaba mucho, tampoco parecía tan concentrado en sus estudios como antes y medio le daba igual si estaba o no con él. No le quise preguntar nada porque quizás era al vicio y solo recibiría silencio de su parte o se enojaba porque andaba de preguntón sobre cosas que no me incumben.

El acto empieza con una breve reflexión sobre la fecha por la que hacemos esta celebración y unas cuantas palabras introductorias para que entren las banderas de ceremonia. El primero en aparecer es Ángel, con aire de superioridad.

Ignoro esa actitud frívola de mi novio. Al final, no entiendo muy bien para qué quería ese puesto, si para presumir o porque ama a la patria.

Mientras cantamos el himno pienso que el que no haya venido mi amigo el ruiseñor tal vez tenga que ver con don Rosendo diciendo que vendría a verlo. Tal vez ahí hay más de lo que se deja ver y Benji no quiere que lo vea, lo que es raro porque se nota que lo quiere y hasta podría haber pasado por su abuelo.

El acto sigue luego de cantar el himno, pero siento que estoy en una burbuja hasta que en un abrir y cerrar de ojos toda la celebración pasó y nos mandan a nuestras casas.

Muevo mi humanidad hasta preceptoría donde encuentro a Elena con otros chicos guardando las cosas de la bandera con ayuda de las preces. Llego hasta Ángel que termina de sacarse los guantes. Él me sonríe, alcanzado su mochila cuando se la doy.

—¿No sabés por qué no vino Benjamín? —me pregunta—. ¿Estará enfermo?

—Al menos eso sirvió para que tuvieras lo que querías

Ángel agacha la mirada, algunos cabellos caen duros por el gel que se puso.

—No me siento orgulloso —murmura—. No pensés así de mí. Sé que no me merezco del todo haber estado con la bandera principal, pero tampoco es como si pudiera decir que no al puesto de suplente.

Suspiro, negando con la cabeza. No debería ser tan malo con él.

—Perdón. Pasa que estoy preocupado.

—León, si querés andá a la casa de Benjamín y fijáte qué es lo que le pasa. No tengo problemas con eso. No me agrada, pero es verdad que no tengo que prohibirte que lo veas o te juntés con él.

—Gracias.

Agito una mano para despedirme y me voy porque quiero aprovechar los minutos que tengo antes de tener que sí o sí volver a la casa.

Hago pasos largos para pasar por la vía hasta que llego al puente donde me encuentro con Ángel el perro. Le doy unas cuantas caricias y el guardián se conforma con eso, dejándome pasar a su territorio.

La casa de Benji parece estar sin gente. Quizás él salió y yo vine aquí con la idea de averiguar si estaba bien. Toco la puerta, pero nadie sale.

Rodeo la casa hasta llegar a la puerta de contrabando de la pieza de Benja donde veo que ni las gallinas salieron a tomar sol hoy.

—¡Ho…! ¡¿Qué te pasa?!

Benjamín está envuelto en sábanas en la cama como una mariposa en su capullo. Hay una bandeja de comida en su mesita de café, aunque más parece que es un adorno porque ni siquiera la tocó.

—¿León? —murmura, apenas sacando la cabeza.

Se me va el alma del cuerpo al verlo tan… tan deprimido.

—¿Qué le pasó al ruiseñor? —Yo mismo tengo que cerrar la boca y pensar en lo que acabo de decir—. Benja, por Dios, qué tenés.

En el instante en que estoy cerca de él, pasa ambas manos por su cara. Se ve cansado, drenado de todo.

—Murió —susurra—. El sábado me llamó su hijo diciéndome dónde mierda estaba yo que no fui capaz de ver a don Rosendo en estos días. Sebastián me dijo el martes que no sabían a quién llamar porque su papá estaba solo en la casa, no había nadie que lo auxilie y él se enteró porque lo llamaron del hospital porque don Rosendo se había caído y se fracturó la cadera.

—Uh…

—Siempre iba a la casa de don Rosendo los sábados. Esta vez no fui porque quería adelantar tareas, practicar un poco para el coro y pensé que si hacía eso en su casa no serviría de nada porque no estaría atento. ¡Don Rosendo tenía ochentaitrés años! No puede vivir solo, pero nadie de su familia se puede hacer cargo y su hijo… ¡Su hijo me vino a tirar toda la culpa!

Benja sale de su cueva de sábanas y pasea por su pieza. Al bajar los brazos, la rabia que contiene encoge sus manos hasta que son puños paralizados a cada costado.

—¡El infeliz ni siquiera me dejó cuidar de don Rosendo en la noche!

—Benji, cuidar enfermos no es cualquier cosa.

Benji gira su cabeza hacia mí. Apenas veo su ceño fruncido siento ganas de arrodillarme para pedirle perdón.

—¡Fui yo el que cuidó de mi abuelo antes de que muriera! Mis papás podrían haberlo hecho, pero quería estar con el mejor amigo que en esta vida pude pedir hasta el final. ¡Yo estuve ahí la madrugada en la que dio su último aliento!

Benjamín se apoya en el ropero blanco, apretando sus ojos, tratando de contenerse.

—Bueno, quizás Sebastián está muy afectado por…

—¡Si le preocupaba tanto debió llevarlo a su casa en primer lugar! ¡Prefirió llevar a la yegua de su novia que a don Rosendo!

—¡Eh! Bueno, perdón, yo solo trato de entender.

Estando tan cerca de Benji me doy cuenta de la profundidad de sus ojeras y el color oscuro que representan horas de sueño perdidas. Sus ojos tristes y la expresión cansada me hacen tragar saliva mientras veo un corazón de oro en alguien que no aparenta ser más que un simple estudiante esforzándose por un futuro. En comparación, mis problemas no son nada.

Después de ese momento de debilidad, Benja sale de la pieza. Como el ruiseñor no dijo nada, creo que lo enojé más que suavizar la cuestión.

Suspiro de alivio cuando Benjamín vuelve a la pieza, pero ahora carga una guitarra en su espalda.

—¡¿Sabés tocar la guitarra?!

Benja asiente, sentándose a mi lado con la guitarra fuera de su funda, El olor a madera nueva y metal es la carta de presentación del instrumento. El ruiseñor rasga las cuerdas hasta que un suave sonido sale de ellas. Con una mueca, ajusta las clavijas blancas de arriba.

—Esta era la guitarra de mi abuelo. Siempre la llevaba a la casa de don Rosendo. Como él tenía un violín, los dos hacían música y yo cantaba a veces. —Sonríe un poco, pero en seguida sus curvas se caen y vuelve a estar deprimido—. Mañana es el velorio y pensaba tocar algo para el amigo de mi abuelo.

Es raro verlo en penumbra, pero no me atrevo a abrir un poco más la cortina de la ventana. Si me muevo un centímetro, estoy seguro de que estiraré las manos y lo acercaré a mí para reconfortarlo, pero de una forma que no se hace entre amigos.

—Esta mañana anduve practicando algo y logré escoger una canción que más o menos representa lo que don Rosendo significó para mí, para mi abuelo, para esta familia.

Las notas melancólicas, suaves, lágrimas que caen de la guitarra, se derraman en el ambiente. Después de unos cuantos acordes, el ruiseñor comienza a cantar.

Se me para la respiración al escuchar su voz tan de cerca. La combinación con la guitarra y la forma en la que la poca luz que viene de la ventana ilumina su rostro a la mitad, tal como él está de ánimos en este momento.

Freno el impulso de cerrar los ojos porque no quiero perderme de la hermosura que estoy presenciando.

Las lágrimas no salen, el canto es el llanto que suelta el ruiseñor. Sale de lo más hondo de su pecho, se eleva hasta que duele y desgarra el silencio con un lamento hermoso.

Clavo los dedos en el colchón para resistir y mirar el dolor, el amor, todos los sentimientos mezclados en una misma canción; para no atraer más cerca al ruiseñor e interrumpir su canto con... algo que no debería pensar.

Intento no llegar a la certeza de que siento algo que no debería estar ahí. A pesar de que en mi panza las cosquillas no paren y mi corazón quiera salirse de mi pecho, obligo a todo pensamiento en mi cabeza a apagarse. No quiero ser consciente de lo que siento, menos ponerle un nombre. Me da miedo lo que en el horizonte de mi razón se aparece.

El ruiseñor deja de cantar con la misma suavidad que empezó. Sus ojos caen y su voz se apaga en medio de los suaves acordes.

—Te voy a acompañar —le digo—. No podría llamarme compañero, amigo tal vez, si te dejo ir sin apoyo.

—Gracias.

Nos quedamos sin decir nada, solo el sonido de algunos acordes rellena el espacio. Benji toca algunas cosas sin sentido mientras suspira.

A veces no hay nada que llene el silencio.

Pronto siento que alguien apoya su peso contra el mío y suspira mientras los acordes de la guitarra hablan por él, expresan todo lo que su boca no puede articular y ayudan a su ánimo de doliente.

En la oscuridad de una pieza, sintiendo el zumbido del silencio en mis oídos, no puedo pensar en otra cosa que en la forma en la que el ruiseñor se apoya en mí mientras intenta con todas sus fuerzas recuperar su estabilidad.

—Don Rosendo murió esta madrugada —murmura—. No te asustés por lo que vaya a decir. Esta parte mía no la conoce casi nadie y me costó bastante aceptarla, aunque todo fue más fácil cuando mi abuelo me ayudó a saber llevar este tipo de cosas.

Pongo una mano sobre la suya aun sabiendo que eso no es algo que un amigo debería aceptar, ¿o sí?

—Mi abuelo me contaba que a veces las almas se despiden de sus seres queridos tocándolos por última vez, haciendo algún tipo de ruido, apareciendo como algún animalito. Él me decía que no tenga miedo si alguna vez algo así me pasa. —Benja me suelta, pero yo freno el impulso de sostener su mano y darme vuelta para que la oscuridad cubra lo que quiero hacer—. Las almitas, decía, que no pudieron despedirse como quisieron, en vida; antes de irse para siempre, buscan la forma de decir chau.

Algo de eso había escuchado una vez. Creo que a una tía le tocaron el hombro y ella, cuando se dio vuelta, no vio nada. Después se enteró que había muerto un familiar y como ella ni enterada estaba, no pudo ir al velorio, entonces lo relacionó con lo que le pasó.

—León, en la madrugada alguien abrió la puerta de mi pieza. No me hacía falta pensar mucho para saber quién era. —Otra vez la voz de Benji es un lamento —. Me hubiera gustado no haber sido tan arisco con don Rosendo la última vez que lo visité, pero es que algo me decía que sería la última vez y me negaba a aceptarlo, a creerlo.

El ruiseñor deja la guitarra por ahí y vuelve a apoyarse en mí.

—Mi abuelo al menos sí pudo despedirse. Él murió hace tres meses. —La voz de Benji se va a apagando a medida que las palabras salen de su boca—. Siempre que volvía a mi otra casa, mi abuelo estaba sentado en su sillón mirando los noticieros o escuchando radio. Cada vez que algo pasaba en la escuela, pensaba: mi abuelo se va a reír de esto o ¿qué pensará sobre esto otro? Él era mi mejor amigo y el único que estaba dispuesto a escucharme cuando lo único que tenía que contar era sobre la vida de los demás.

—Mi pésame, amigo —le digo.

Benjamín toma distancia, pero nuestras miradas se encuentran. A pesar de estar más triste que polenta sin salsa, todavía se puede afirmar que es un chico lindo por fuera y por dentro. Con su carácter, su inteligencia, la amabilidad, el amor que le da a su familia, la comprensión, la solidaridad; todo eso junto en una persona.

Miro para otro lado porque la verdad se extiende por mi conciencia y amenaza con hacerse realidad si llego a pronunciarla en voz alta.

No soy un ángel bajado del cielo, soy un diablo que vino a este mundo a meter su cola y estropear la vida de los demás.