Chapter 23: Capítulo 23
Bostezo por milésima vez en el puto día mientras entramos al aula como si fuera una mañana normal de clases, pero en realidad es el segundo taller de los aliens para reacondicionar nuestra mente y ser como ellos. Esta vez el que me convenció de venir fue Benji, prometiéndome que a la salida haríamos algo.
Ángel, por su lado, anoche me mensajeó primero preguntando cómo llevaba la semana sin mi hermano en la casa, después sí me pidió por favor que asista al segundo taller de los aliens.
Me siento de golpe sobre uno de los bancos ubicados de forma circular, el mismo orden que tienen en la cámara de diputados. Según Benji esto lo hacen para que todos nos miremos con todos y nos reconozcamos entre todos, aparte de que ellos pueden ver mejor a cada alumno para que haya una mejor interacción. Obvio que también tiene una función alienígena que no llegamos a comprender, pero aquí estamos, dispuestos para un buen lavado de cerebro.
Bostezo tanto que siento que los costados de mi boca están a punto de rajarse. Ya no disimulo el sueño y ni el café que toma la mami es capaz de sacarme todo esto que obliga a mis ojos a cerrarse como si me hubieran golpeado. El maldito experimento de los aliens me costó más de lo que esperaba.
Aparte de tener que venir a esta mierda un viernes en la tarde, termina justo cuando tengo mi buen tiempo para salir a jugar a la pelota; cosa que tampoco puedo hacer porque cuando vuelva tengo que recoger a los gemelos y hacer la sopa.
Chau cancha de piedra.
Todo se me traspapeló por culpa de esta mierda, programa, intervención, lo que sea, que hacen los aliens.
Para no dormirme mientras gruño para mis adentros, miro alrededor. Mis compañeros de clase se ven como siempre, no hay nadie que meta quejas o ponga cara de odio. Es más, parece que no hacen un choto en su casa porque se los ve super felices de estar metidos en un aula a las cuatro de la tarde de un viernes.
No somos los únicos. Todos los cursos que nombró el alien ese día que vino a dar malas noticias están en la misma.
Al menos me senté con Benji y mi novio no me quiere sacar la cabeza, pero del otro lado tengo compañeros con los que no me hablo mucho porque los aliens dijeron que mientras más dispersos estemos, mucho mejor.
—Bienvenidos a todos —saluda una de las aliens—. Comenzaremos con un ejercicio cortito para introducirlos a…
Ruedo los ojos, tarareando una canción en mi cabeza para evitar escuchar el parloteo sin sentido del alien petiza. Aparte del puto sueño que cargo, no puedo ni cabecear porque estoy a la vista de todos y si me duermo, van a analizar por qué me duermo.
Alguien toca mis costillas un par de veces. Levanto la cabeza de golpe y abro los ojos. Me doy vuelta y me encuentro con que es Benji intentando que me despierte.
Al frente, el alien Pablo está atento a lo que dice la alien, incluso asiente de vez en cuando. Quizás esté pensando:
“Eso es, lavales el cerebro lentamente. Explicáles a estos monos lo que tienen que hacer para así poder evaluarlos y volver a nuestro planeta para exponerlos como los bichos raros que son”.
—Ahora, chicos, comencemos con una pregunta sencilla —dice un alien más alto que la chica anterior. Tienen nombre, pero ni me molesté en escuchar cuáles eran—: ¿qué se les viene a la cabeza cuando escuchan la palabra intimidad?
—A ver, por ahí alguien levantó la mano.
La alien petiza señala hacia un valiente mono que quiso colaborar con el experimento.
—Algo que no se comparte porque es privado, muy de uno. Las dos cosas van de la mano, me parece.
Elena dio una buena respuesta. Los aliens asienten, complacidos, y giran su cabeza hacia algún otro mono que desee hacer su aporte.
—¿Alguien más? —incita la alien que más parece enano de jardín—. No hay respuestas equivocadas, chicos.
—Lo que se construye en pareja. —La voz de Ángel atraviesa todo mi cuerpo—. También, lo primero que puede romperse.
¿Será eso una pista del por qué Gastón y Ángel terminaron?
Al final, nunca le dije que lo encontré con su ex y que eso fue lo que desencadenó mi rabia hacia él; que por eso me alejé de su lado, para que haga lo que se le dé la gana.
No me doy cuenta de que muevo la boca hasta que me escucho a mí mismo diciendo:
—La intimidad es lo que uno quiere que sea. Si siente que debe ser sobre su cuerpo o si debe ser sobre su propia forma de vivir. Uno decide hasta qué punto quiere elevarla o qué es lo que quiere meter en ese saco cerrado.
—Interesante.
Rápido vuelvo la cabeza hacia Pablo en alien. Él me sonríe y por un instante siento que acabo de revelar algo sobre mí que él ya captó.
—Supongo que es una de esas pocas cosas en las que podemos decidir —continúo, sorprendiéndome a mí mismo por participar tanto en esto que tanto odio.
En mi caso, no puedo decir que no a las tareas de la casa, tampoco puedo decir que no a cuidar de mis hermanitos, pero sí puedo decidir sobre qué decirle a mi novio o a mis amigos y qué mantener solo para mí.
No puedo decir no a casi nada porque siento que todo ya me fue impuesto sin derecho a protestar. En cambio, si hablamos de intimidad…
Pará, ¿acaso tengo intimidad? No tengo ni una pieza solo para mí.
—¿Es lo mismo que cuando dicen “están intimando”? —pregunta Elmo—. ¿Vieron que a vece así se dice?
—Eso es otra cosa —responde Benja—. Es exigirle a alguien. Como cuando en los noticieros dicen: están intimidando a tal político para que cumpla con equis cosa.
—Pero también el verbo intimar hace referencia a establecer una relación de confianza y amistad con una persona —agrega Julieta, una chica de pelo color madera.
Los aliens asienten, bastante contentos con este debate sobre una palabra. No quiero ni saber qué vendrá la próxima vez.
La cuestión sobre la intimidad sigue y cada vez que alguien abre la boca, algo completamente nuevo sale. Todo el mundo tiene una forma distinta y muy única de ver la intimidad, sea como algo frágil, difícil de mantener, incontrolable para otros; como sea que le digan, nadie tiene la forma en la que se debe entender ese concepto. Ni siquiera yo tenía fe en que estos que apenas asisten a la escuela sepan lo que es eso.
Pasa el tiempo, no me quiero dormir con tantas ganas como antes porque está interesante saber cómo piensan los demás.
La diversión acaba cuando el alien interviene y dice que elijamos entre distintas propuestas que presentarán los chicos para trabajar a partir del próximo encuentro y por tres meses.
Entre las opciones están los proyectos que tienen que ver con artes visuales y escénicas, música y literatura. Me interesa el primero, pero no sé si Benja también estará en ese; estoy seguro de que elegirá literatura.
Cuando pasan la hoja donde anotar nuestros nombres, veo dónde dejó su nombre Benji y me anoto en esa fila. Para sorpresa mía, se anotó en la opción que quería yo. Contento, pongo mi nombre en esa parte, al menos no será tan malo todo esto si tengo al ruiseñor conmigo.
Una vez que los aliens recogen la hoja con los nombres de todos ordenados según nuestras preferencias, nos dicen que podemos irnos y que a partir de ahora trabajaremos en los proyectos donde nos anotamos, aparte de los encuentros que tendremos los viernes.
—León. —Ángel aparece a mi lado mientras salimos del aula—. ¿Venís a mi casa un rato?
—Eh, no, no puedo; ya le dije a Benji que lo acompañaría a ver a un señor que tiene que ayudar. —A mi novio se le borra la sonrisa de la cara—. ¿Podemos vernos el fin de semana?
—Empiezo a estudiar —responde—. Bueno, como sea, al menos me alegro de que no te saltaste este segundo encuentro. ¿Qué elegiste?
—Artes visuales y escénicas.
De nuevo parece como si le hubieran pegado un puñetazo en la panza, solo que esta vez mantiene su sonrisa a pesar de que se ve forzada.
—Ah. Yo elegí literatura.
Miro hacia otro lado y encuentro a Benji, apoyado en una pared, esperándome.
—Nos vemos el lunes —me dice mi novio, adelantándose unos pasos, pero tomando distancia cuando ve la cantidad de gente que sigue habiendo en el aula.
—Nos vemos.
Me acerco al ruiseñor que se ve ausente de todo lo que pasa a su alrededor. Quizás está pensando en lo que escuchó en la clase y también le sorprendió que tantos chicos pensaran de forma tan distinta sobre una palabra que quizás no tiene muchos significados, nosotros somos los que le damos tantas vueltas en realidad.
—¿Vamos?
—Vamos —dice, sonriéndome—. Ya no tenés sueño.
—En cualquier segundo va a volver.
En el camino Benja me cuenta que iremos a visitar y ayudar a un amigo de su abuelo. Según el ruiseñor, en estos días estuvo soñando mucho con don Rosendo y por eso se hizo espacio para verlo porque le preocupa un poco eso de estar pensándolo mucho.
Para llegar a la casa de ese señor tenemos que seguir el mismo camino que hacemos para ir a la Costanera, solo que bajamos unas cinco cuadras hasta que llegamos a la iglesia que en realidad parece tinglado, donde está San Cayetano.
Hacemos medio metro a la derecha y encontramos una casa con rejas blancas y un sauce en la vereda. Benja saca una llave de su bolsillo y abre la reja como si esta fuera su propia casa. Nunca nadie me dio la llave de su casa.
¿Cómo se sentirá escalar hasta ese punto de la confianza?
El patio de adelante de don Rosendo es de contrapiso y apenas tiene unas plantas puestas por ahí en macetas viejas. Al fondo está la casa, un rectángulo simple con dos ventanas y una puerta de madera vieja.
Benji ni toca la puerta.
—¡Don Rosendo, soy Benja! —exclama, mirando para todos lados.
La casa tiene olor ha guardado, muchas cosas acumuladas en los rincones y un televisor viejo puesto en una mesa que falta poco para que muera aplastada por ese mastodonte.
Este señor también escucha los tangos que ponía mi abuela los domingos. Quizás a todos los viejitos les gusta lo mismo.
Un señor alto sale de la cocina con una cuchara de madera en la mano.
—¡A este chico es al que esperaba!
El viejito de pelo tan blanco como el algodón viene rápido y abraza a Benji.
—Hum… —Benji, desde donde lo veo, parece una estatua—. Vine con un amigo.
Saludo con una mano cuando don Rosendo me mira.
—Me llamo León.
Don Rosendo suelta a Benji que se quedó con el ceño fruncido. De repente no deja de mirar al señor que lo acaba de abrazar.
Quizás no le gustó que el viejito haga eso, o tal vez hay algo más allá que yo no puedo saber ya que pertenece a la intimidad de Benja.
—Estoy haciendo anchi y hay mazamorra en la heladera por si quieren comer.
—¡Claro que queremos comer! —exclamo—. ¿Benji?
Mi amigo está con la boca abierta, pero espabila cuando nos miramos.
—¿Hizo qué? Pero si a usted no le gusta cocinar. O sea, se va a lo de doña Eulogia todos los días para comer.
—Una vez no hace daño.
Don Rosendo ni bola le da a la histeria de Benja. Mi amigo, por otro lado, parece perro a punto de morder.
Míralo vo al Benji, tiene un lado turbio.
Pasamos a la cocina del viejito donde tiene una ollaza humeante de anchi que sigue revolviendo mientras el ruiseñor abre la heladera y saca una fuente de vidrio llena hasta el borde de mazamorra. A continuación, busca unas tasas de las alacenas y sirve un poco en cada una.
A pesar de que parece conocer todos los rincones de la casa de este señor, Benji no se ve contento. Piensa mucho y creo yo que tiene cosas atoradas en la garganta porque cuando traga, lo hace con dificultad.
—¿Cómo van con la escuela? ¿Ya andan en pruebas?
—No, solo nos lavan el bocho unos aliens —digo antes de meterme una cucharada de mazamorra con leche en la boca—. Benja es el abanderado de la bandera nacional, ¿se lo contó?
—Si este chango fue el abanderao de su otra escuela, ¿cómo no va a ser de esta? —Don Rosendo se da vuelta, sonriendo tanto que sus cachetes arrugados tienen las mismas ondas que se forman en los árboles para contar los años que tienen—. El acto en el que va a salir es este del dos de abril, ¿no? Capaz que vaya a verlo.
—El abuelo siempre lo invitaba a que fuera a verme, pero nunca quiso.
Subo y bajo mis cejas mientras tomo la leche mezclada con la mazamorra. El ruiseñor está filoso.
—Ahora quiero ir. —Otra vez, el señor ni caso le hace a la turbiedad del ruiseñor—. Como dije, por una vez que lo haga no pasa nada.
Benja deja su tasa vacía en la mesa y se levanta de repente.
—Voy a recoger el pasto que dejó el podador, sino se va a hacer de noche. Vamos León.
—Bueno, si sienten frío o hambre, pueden entrar y comer anchi. En seguida vatar listo.
Benja y yo salimos de la casa, aunque él viene acumulando mal humor desde que entró, hasta parece que murmura cosas mientras abre la reja blanca.
—¿Tan raro es que don Rosendo se porte así? —le pregunto.
—¿Eh? Ah, no me hagás caso.
Mi amigo el ruiseñor saca unas cajas de cartón apiladas en un rincón del patio y me pide que las vaya armando mientras él busca el rastrillo, o trinchidor como le decía mi abuela. No tenía idea que hacía estos servicios para los viejitos de su barrio.
—Después de que haga esto me voy a mi casa, me pego un baño y creo que me echaré hasta mañana —dice, pasando su antebrazo por la frente—. León, ¿alguna vez querés escuchar el ensayo del coro?
—Sí, obvio, con mucho gusto. —Benji se ríe, levantando un poco de yuyos y echándolos dentro de una caja. —¿Qué otra cosa sabés hacer?
—Mi abuelo me enseñó a jugar al truco, a hacer anchi, mazamorra, humitas, secretos, refranes, todo tipo de cosas. —Benja pone más cuidado con un yuyo espinoso que no quería entrar en una caja—. Por ejemplo, ¿sabías que hacer una cruz de ceniza en el patio de tu casa sirve para parar tormentas fuertes? O para evitar que llueva directamente, hacés una cruz de sal y le clavás un cuchillo en el medio.
De vez en cuando el ruiseñor se agacha y agarra un caracol que deja en el troco del sauce.
—Sí, algo de eso sé. Qué me decís de los duendes, ¿tu abuelo también te dio un secreto para eso?
Rastrillo los yuyos desparramados, pero no puedo dejar de mirar cómo el ruiseñor cuida de cada detalle; hasta se fija que no haya sapos o algo más en medio de los yuyos.
Me río cuando toca las antenitas de los caracoles para que se metan en el caparazón y así poder desprenderlos de la tierra.
—Me acuerdo de que me dijo que su papá, mi visabuelo, le pegó a un duende con el cinto. Como el duende andaba jugando con mi abuelo, su papá agarró un cinto trenzado y con todo el coraje de un hombre de campo le pegó, podría decirse, al duende que lloraba como bebé. También, como mi abuelo andaba siempre detrás de su papá, vio la luz mala y creo que hasta su mamá vio a un perro negro de ojos rojos, o algo así.
Benja cierra una caja llena de yuyos mientras yo hago otro montón para que él levante después.
—Me encantaba venir con mi abuelo a don Rosendo. Los dos se acordaban de esas macanas, aunque, cuando yo era más chico, mi abuelo me mandaba a jugar con los perros que tenía don Rosendo porque no quería que me asustara o soñara con esas cosas.
—¿Por eso te juntás con tantos viejitos? ¿para escuchar más de esas cosas?
El ruiseñor muerde sus labios y vuelve a acomodar yuyos. Por mi lado, sigo haciendo montes que son metidos en cajas y aplastados con las manos o la pala, todo depende de si tienen o no espinas.
—¿Sabés cómo es la vida de algunos viejitos, León? —Miro de reojo y me encuentro con la mirada triste de Benji—. Algunos abuelitos tienen la suerte de estar rodeados de vida, otros están en sus casas muriendo por vivir.
Asiento mientras fijo la mirada en una planta de pata de vaca de la casa del frente. Parece que ahí no vive nadie desde hace rato. Hay muchos yuyos en la vereda y las paredes de la casa se están descascarando.
—Mi abuelo decía que siempre fuera paciente con los viejitos, que los escuchara sin importar que ellos repitieran mil veces las historias de su niñez o juventud. Seguramente hablaban hasta por los codos porque en sus casas no había nadie a quien contarle todo eso. —Benjamín termina de cerrar las cajas y las deja al lado de un canasto de basura vacío—. Bueno, comamos un poco más de mazamorra antes de irnos.
—¡¿Tan rápido?!
Benji ni siquiera me mira.
—No me siento bien, León —murmura.
Entramos de nuevo a la casa de don Rosendo que ahora tararea los tangos viejos en la radio que tiene en la cocina. Al vernos, nos sirve más mazamorra y sigue cantando mientras echa de a cucharones en otra fuente de vidrio el anchi que acabó de hacer.
Benja, más que babearse por lo que come, no deja mirar al viejito como si no lo conociera. Parece que don Rosendo jamás cocina, nunca pone la radio, nunca canta. No sé cómo sea la rutina de este señor, pero el ruiseñor está pasmado de ver tantas cosas que quizás nunca ve cuando viene a visitarlo.
—Más tarde me voy a jugar al truco con los nietos de doña Eulogia, ¿venís Benja?
Mi amigo muerde sus labios un momento antes de responder.
—No creo… Vine rápido. Tengo otras cosas que hacer.
La voz del ruiseñor es débil, con un toque de tristeza que hace que parezca que tiene la garganta tomada.
Apenas acabamos de comer la mazamorra, don Rosendo nos acompaña hasta la puerta de reja y se despide de Benja con otro abrazo fuerte y sostenido. Mi amigo tarda unos segundos en devolverle el cariño, solo que no lo hace de la misma forma que el señor.
—Cuidate, Benja —le dice—. Cuidate mucho. Y bueno, estudien chicos.
—Nos vemos en unos días.
Benja se separa de don Rosendo quien tiene una sonrisa un poco melancólica.
Volvemos a caminar hasta nuestras casas, pero el ruiseñor sigue bajoniado, creo que hasta tiene los ojos aguados.
No le digo nada ni él me dice algo a mí, tampoco es como si eso me molestara; le doy su espacio porque parece que lo necesita.
—¿Qué pasó con la profe Mónica? —me pregunta mientras busca las llaves de su casa en el bolsillo—. ¿Qué le dijo a tu hermano?
—Le habló sobre que necesito esforzarme un poco más en su materia.
Como no tuvimos lengua hoy, nadie me dijo nada acerca de que falté a las tutorías y nadie tendría que saberlo tampoco.
Cuando llegamos a la casa de Benja, nos despedimos un poco rápido porque él entra y entrecierra la puerta apenas saca la llave de la puerta. Lo entiendo, hay algo que lo pone mal y tiene que ver con el señor que visitamos hace rato.
Sigo mi camino, pensando, obviamente. Tengo que recoger a mis hermanitos de la vecina, ordenar mi pieza, lavar los platos que no lavé en la tarde; por suerte mañana no me tengo que levantar tan al alba como en estos días.
Por otro lado, ¿cómo se arreglan los problemas entre un hijo y una madre? Sé que la mami es un poco dura, pero decirle eso a Fran… Quizás echarlo de la casa era un poco más pasable que renunciar a ser su madre, aparte de que ninguno parece querer dar el brazo a torcer.
A Fran le conviene no estar mucho en la casa porque no tiene que cuidar a los gemelos, tampoco es como si tuviera que gastar tiempo cuidándome o encargándose de mis cosas en la escuela. Si él quisiera, ya buscaría sus cosas y se mudaría para no volver más. No lo culparía de huir de esta casa llena de responsabilidades.
Ni siquiera pienso en cómo explicar por qué rayos me molesta el no poder disponer de mi tiempo como quiero. Al final, nadie me escucha, o si lo hacen, solo me dicen que no tengo que quejarme porque no hago nada y vivo una vida plena a diferencia de ellos que se parten el lomo trabajando.
Todo el mundo piensa que es fácil enfocarme en mis estudios. La realidad es otra. Tengo la intención de hacerlo, pero para eso necesito que mis tiempos se respeten o volver a nacer para tener una vida como la de Ángel, que dentro de todo no tiene otra cosa que hacer que estudiar.
Me gustaría saber cuál es mi potencial, qué notas puedo subir como si le hubiera echado bicarbonato al vinagre, cuáles me costaría más. Por desgracia, siempre hago lo regular y aunque estoy agarrándole la mano a lengua gracias a los resúmenes que me pasó Benji, en las otras materias sigo en la escala de lo esperable, no, peor, ahora, en lo que me alcance el tiempo para hacer.
Y así las cosas siguen empeorando en vez de mejorar. Menos mal que estamos a principio de año, no me imagino qué pasará después.