Capítulo 22
Suena la alarma a las cinco de la mañana de un puto lunes. Apenas puedo abrir los ojos y por supuesto que puteo mi vida, a mi hermano, al mundo mientras me subo los pantalones y siento mis ojos hinchados por el esfuerzo de tenerlos abiertos tan temprano.
Tal como había predicho que pasaría, la mami me dijo anoche que, ya que Fran no va a aparecerse por la casa, tengo que levantarme a las cinco de la mañana para arreglar las mochilas de los gemelos y desayunar con ellos porque van a pasar el tiempo que no pueda cuidarlos en la casa de la Teresa. Antes de irme a la escuela tengo que dejarlos con la vecina y recogerlos cuando vuelva.
Apenas salgo de mi pieza encuentro a la mami en la cocina haciéndose el desayuno. Pocas veces son las que la veo con consciencia. Ahora ella parece una señora más grande de lo que es, tiene arrugas en la frente de tanto fruncir el ceño, sus rulitos delicados están aplastados por el poco cuidado que les dedica y hay en su cara que seguro expresa lo que su alma siente.
La mami bosteza a cada rato y sigue tomando el café más cargado que pudo conseguir. Su uniforme de trabajo es anaranjado, los colores distintivos del super donde trabaja, donde también hay más hombres que mujeres según me contó una vez.
Después de salir de allí se cruza al frente para trabajar en los pulgas. Ella dice que tuvo suerte. Apenas sale se va a comer a lo de la panchera (que antes era panchera, ahora tiene un pequeño comedor al lado del super) y tiene sus dos o tres horitas para comer y descansar un poco.
Ella una vez le dijo a Fran que se alegra de parecer más vieja de lo que es; de otro modo, ya habría acabado como las nuevas empleadas que no le duran nada al super.
“Hay mucho acosador y viejos verde en ese trabajo. Las jovencitas no tienen porqué soportarlo”, algo así es lo que dijo; pero ella se salva porque ya tuvo hijos y no tiene nada que les interese a esos hombres, al contrario, le huyen.
Viéndola como está ahora, realmente se me achica el corazón al escucharla alabar sus defectos que son la que la protegen de algo que jamás debería pasarle.
—León, te dejé la plata para las compras que tengás que hacer en el lugar de siempre. —La mami busca su bolso y las llaves de la casa—. Cuidá bien de tus hermanitos. Vuelvo tarde hoy.
—Sí, ma.
Ella se va al baño a cepillarse los dientes con la cartera lista en su hombro. No puede tomarse más tiempo porque el colectivo pasa a eso de las cinco y media y debe estar en el trabajo a las seis y media.
La mami se despide de mí con una mano mientras yo intento abrir los ojos para no dormirme. Ojalá fuera como ella y mi hermano que pueden con todo en esta vida, incluso con lo que parece imposible. Yo, en cambio, estoy queriendo desmayarme por levantarme dos horas antes de la escuela para hacer las cosas de la casa y tener listos a mis hermanitos.
Mientras los gemelos miran dibujitos, pienso qué rayos cocinar con lo que hay en la heladera y tomo un rápido desayuno: café y galletas. Podría hacer la comida cuando vuelva, pero ya que tengo la oportunidad me pondré a hacerlo ahora.
Comenzando por cortar algunas verduras para hacer estofado porque hay un pedazo de osobuco congelado, miro la hora para no demorarme mucho.
Seguro que los vecinos creen que aquí viven locos que cocinan a las seis de la mañana.
Cuando todo está hirviendo, busco la escoba y barro todas las piezas menos la de Fran que está cerrada con llave. Preparo las mochilas de los gemelos y corro a mi pieza para cambiarme y buscar mi guardapolvo y mochila. Teniendo todo listo, apago la hornalla de la cocina, me aseguro de que todo esté cerrado y las puertas de las piezas con llave, dejo mis llaves en mi mochila y me llevo a los gemelos con la vecina a eso de las siete y media.
Por suerte Teresa también tiene hijos en la escuela por lo que está lo bastante despierta como para abrirme la puerta rápido, decirme hola con mucho ánimo y hacer pasar a los gemelos más dormidos que yo. Le digo que volveré por ellos a eso de las dos y me voy rápido porque estoy sobre la hora.
Corro como ladrón con botín en mano hasta la vía y casi bajo rodando del otro lado. Hay todavía algunos chicos llegando, así que vuelvo a correr hasta que paso por el portón de la escuela.
En el aula, revoleo mi mochila en el banco y aprovecho esos segundos para descansar de la carrera que me mandé para venir hasta acá.
—¿Por qué tan acelerado desde temprano? —Benji aparece—. Te vi en la vía, pero antes de poder llamarte ya bajabas a los ponchazos.
—Mi hermano se fue de la casa así que ahora tengo el doble de trabajo que hacer. —Suspiro, pasando mis manos por mi pelo. No me peiné hoy—. Tuvo una pelea con mi mamá.
—Uh, ya veo. ¿Necesitás ayuda con algo?
Miro a Benji con los ojos casi llorosos por la emoción. Él siempre ofrece ayuda a pesar de que quizás no tiene tiempo ni para vivir su propia vida.
—¿Alguna vez te dijeron que so un ángel caído del cielo?
Benja arruga su nariz, mirando para otro lado. Parece que alguien sí se lo dijo, solo que no le gustó o, más bien, no le gustó la persona que se lo dijo.
—Es una frase muy usada por cierto pelotu…, digo, alguien que me molesta.
—¡¿Eh?!
—Nada. —Benji deja su mochila en el banco ahora que sonó el timbre para la formación—. Vamos. Y, sobre la ayuda, cuando necesités algo sabés que soy al primero que podés llamar… O bueno, contás conmigo, quiero decir.
Los dos salimos del curso con los demás chicos. En el camino le cuento a Benja cómo pasé estas dos horas de un lunes cargado de cosas, a la vez, él me dice más o menos cómo podría organizarme, pero resalta que hice bien en hacer las cosas de la casa antes de venir a la escuela.
Ahora que lo pienso, tiene razón. Fran no hacía nada estando en la casa, solo se dedicaba a dormir, y ahora que soy yo el que tiene que romperse el lomo, puedo organizarme de tal forma que me dé tiempo hasta de estudiar. No digo que sea bueno que él se haya ido, pero por ahí no hay gran diferencia.
En la formación el director Gómez no dice nada más sobre los problemas de la escuela, solo resalta el hecho de que vamos avanzando con esto de los talleres y que tratemos de mantener el orden y el respeto hacia nuestros compañeros.
Terminado el saludo a la bandera, entramos a las aulas donde la rutina comienza como siempre, pero a diferencia de otros chicos, yo no puedo dejar de bostezar o cabecear en medio de la clase de lengua.
Para colmo, la profe se la pasa leyendo fragmentos del nuevo libro que tenemos que leer.
Benja me ayuda un poco a despabilar acercándome el libro para que leamos juntos, pero no es suficiente para que absorba conocimiento.
A la hora del mate despierto un poco, pero como tenemos que seguir con la clase de la profe Mónica, el solo hecho de pensar que tengo que esforzarme para prestar atención me quita toda energía que pude conseguir.
En menos de cinco minutos de haber empezado la segunda hora de clase, sigo cabeceando y deseando una cama.
El timbre del primer recreo es como un despertador. Lamentablemente, Benja quiere ver al alien así que me deja a mi suerte en el patio.
El recreo de los lunes siempre es más escandaloso, no solo por los chusmeríos de todos los grupos que no se vieron el fin de semana y por el wasa que no les alcanzó para contar todo lo que tenían que contar; sino que la cosa pasa porque muchos siguen especulando sobre quién putas fue el degenerado o degenerados que subieron las fotos porno.
Mi grupo, como siempre, está sentado en la pared de en frente del mástil de la bandera, riéndose o charlando como todos los demás grupos. De pronto mi novio y yo cruzamos miradas. Él le dice algo a los chicos y viene caminando hasta mí.
—¿Estás solo, León?
Asiento mientras termino de masticar el último pedazo de tortilla a la parrilla que me dio mi amigo el ruiseñor antes de irse con el líder de los aliens.
Ángel se sienta a mi lado. Su mirada ya no es fría o hacia cualquier cosa menos a mí, tiene cierta preocupación marcada en la frente y los labios apretados.
—Tu mamá fue a mi casa el domingo para ver si no estabas ahí. ¿Te peleaste con tu hermano? ¿Por qué?
—Fran ya no está enojado conmigo, pero tampoco espero que vuelva a la casa porque, según la mami, ya no es su hijo. Desde ahí no sé qué pasó entre ellos.
—León, por más que quise que te enfrentaras a tus problemas, jamás me imaginé que eso pasaría. —Volteo para ver a Ángel que apenas cruza miradas conmigo—. ¿Tas bien?
Agarro la manga de su guardapolvo y lo arrastro conmigo hasta el patio abierto del lado izquierdo de la escuela, ese donde solo hay dos árboles y las aulas de los chicos de primaria. Apenas llegamos, abrazo a mi novio.
Ángel acaricia mi espalda, pero no pone protestas o resistencia a lo que estamos haciendo. De hecho, es como si estuviera dispuesto a darme todo lo que necesito aun si eso significa arriesgarse a ser descubierto conmigo de esta forma.
—León, está bien, estoy aquí. —Él me da un beso y pone sus dos manos en mis cachetes mientras descubro que sus ojos son dos piletas llenas de amor—. No dormiste bien, parecés cansado.
—Perdóname por abandonarte —murmuro—. Sé que fui muy egoísta al pedirte algo así de la noche a la mañana.
Mi novio desliza sus manos de mi cara y muerde un poco sus labios. Su mirada sigue estando fija en la mía, pero hay una especie de pausa en él que no sé por qué está ahí. Parece como si estuviera pensando en algo.
—No importa. Supongo que de verdad te daba curiosidad conocer a Benjamín y supongo que yo me enojé un poco mucho porque no me cae bien, pero por mis propias razones tontas.
—Que tu novio sea amigo de tu enemigo no me parece una razón tonta para enojarse. —Ángel curva sus cejas apenas acabo de decir aquello —. Entiendo que te cueste aceptarlo, pero por desgracia no es como si pudieras prohibirme esas cosas… Hum, no voy a cambiar mi elección de amigos solo porque no te agraden.
Una fina línea fruncida en su frente delata que no está contento con esa verdad, pero no sé muy bien decir qué es en realidad: enojo o tristeza.
—Como sea, al menos so honesto. —Ángel se encoge de hombros, suspirando—. ¿Querés que te ayude con algo?
El timbre del fin del recreo nos hace girar la cabeza hacia el otro patio, pero en cuanto Ángel se distrae, pellizco su mentón y lo traigo de nuevo hacia el frente para darle un corto beso.
—Gracias por hacerme saber que puedo contar con vo.
Ángel me sonríe y al ver eso siento más que solo un dulce cosquilleo en mi estómago.
—Vamos o llegaremos tarde.
A pesar de todo lo que pasó entre los dos, todavía pienso que podemos salir adelante. Cambiamos algunas cosas, mantenemos otras, llegamos a un acuerdo y trabajamos en lo que nos queda, además, lo más importante: todavía me gusta Ángel y su complejidad más difícil de despejar que equis.
En el curso, mi novio vuelve a su lugar de siempre y yo me siento con Benja que ahora está concentrado en un libro nuevo.
—Te ves mejor —dice, cerrando el libro—. Viniste con Ángel, supongo que ya arreglaste las cosas.
—Sí. —Sonrío acordándome de cómo mi novio ofreció su ayuda sin ninguna molestia o cara amarga—. Al fin las cosas andan progresando.
Ahora que me doy cuenta, Benji tiene una media sonrisa forzada. Su humor bajó un poco y ahora parece que tiene que escarbar como gallina para sacarlo.
—¿Qué te dijo el alien? ¿Todo bien en tu capocheta? —pregunto, sonriéndole—. Como el medico te revisa el cuerpo, el alien te revisa la mente.
Benji vuelve la mirada hacia adelante porque ya llegó la profe de mate.
—¿Benji?
—Solo hablé de algunas cosas con Pablo.
Me obligo a volver la vista hacia adelante porque la profe empieza a explicar el tema de hoy, pero me preocupa mi amigo.
El tema con su abuelo debe ser muy feo.
No importa cuánto me esfuerce por subirle el ánimo, Benji sigue como si un palo le hubiera descolocado el seso hasta que no le quedara fuerza ni para mover la boca.
A la hora de la salida, después de despedirme de mi novio y amigo todavía tristón, me encuentro con mi hermano que vino para ver a la profe de lengua.
No había forma de que me libre de esa, pero es un alivio que Fran haya sido el que tomó la posta de todo este problema. Si hubiera sido la mami, yo estaba con San Pedro a esta hora.
—¿Qué dijo la profe?
—Me preguntó si llevábamos un control sobre tus tareas o si por ahí andabas en algo que te distrajera de tus deberes. Le dije que tenés algunas obligaciones por delante, pero también el tiempo suficiente para la escuela. —No ayuda en nada que ni siquiera me mire como para evaluar si está enojado o no—. Ella sugirió que los lunes y los sábados tomés tutorías en su casa.
—¡¿Qué?! ¡Fran!
—León, si la materia te es difícil y la profesora se ofrece a ayudarte, gratis encima, es lo mejor que puede pasar.
—¡Pero los fines de semana no!
—¡No so un chiquito! Empezá a tener un poco más de responsabilidad con las cosas, León. —Mi hermano me deja quieto con su voz de hombre enojado. —Tendrás tiempo para todo lo que quierás hacer en las vacaciones, pero durante el año, como dice la mami, esforzáte. Es más, hoy mismo empezás con las tutorías.
Revoleo los ojos, la única queja que puedo hacer porque si llego a abrir la boca Fran seguirá diciéndome cuanto sermón se le ocurra sobre cómo tengo que esforzarme yo que puedo. Tiene razón, pero escucharlo miles de veces es un embole.
—Ah, voy a aparecer en la casa cuando la mami no esté. Tengo que sacar algunas cosas que uso para el trabajo, aparte de que no voy a llevarme toda la ropa de la casa porque Gastón apenas tiene espacio en su depto.
—Sí, sí, como quierás.
Llegamos a lo de Teresa donde recogemos a los gemelos. Al menos el haberse levantado temprano sirvió para algo. Los nenes están más cansados que listos para chivatear por toda la casa.
Apenas llegamos a la cocina, siento a mis hermanitos que cabecean para volver a dormirse y les sirvo la comida que hice en la mañana. Fran, por su lado, se arregla y pone algunas cosas en su mochila.
Ya sabía yo que él ni pensaba pedirle perdón o hablar con la mami.
—Tomá, ahí anoté la dirección de la profe Mónica. —Fran deja un papel en la mesa—. Andá.
Se despide de nosotros y sale de la casa como si esto fuera hotel y él un turista.
Apenas son la dos y según dice el papel que dejó mi hermano, mi primera tutoría empieza a eso de las cuatro.
Me tiro sobre la mesa con los brazos como apoyo, no sé en qué momento haré todos los deberes que tengo acumulados, pero son de mate y se supone que eso lo hago rápido. Tengo uno que otro trabajo de ciencias sociales, que no es para entregarlo hasta la otra semana. Supongo que algo de tiempo libre me va a quedar.
Mis hermanitos, más que comer, están durmiéndose sobre sus platos. Los separo de la mesa y los llevo hasta mi pieza para que se duerman, pero en el proceso miro la cama con mucho amor también.
Fue un día cansador; me levanté a eso de las cinco de la mañana un lunes, merezco unas horas de siesta.
Nadie va a molestarme por al menos dos horas y la tutoría es a las cuatro, hay mucho tiempo para apoyar la cabeza en la almohada y olvidarme hasta de mi nombre. Apenas pongo mi cachete en la suave y mullida almohada, se me viene una pregunta bastante mala a la cabeza:
¿Qué pasaría si Fran de verdad se va de la casa y no vuelve nunca más?
La mami no le va a rogar que vuelva. Ella es así, aparte de que mi hermano ya está grande, con trabajo y todo; puede hacer lo que quiera. Si quiere irse de esta casa, lo hace.
En un día normal yo le hubiese dicho a la mami que mi hermano no hace nada, pero ahora cada vez que pienso en eso siento que soy el diablo que mete la cola y estropea la buena vida o los buenos planes de la gente.
¿Por qué será que después de tantos años viviendo en lo mismo, tiene que haber un montón de cambios de un día para otro? ¿Cómo se llama eso?