Capítulo 21
—¡Benjaaaamííííín! —Lo muevo como si estuviera sacudiendo una colcha—. ¡Benjamííín! ¡Despertate!
—¿Qué? —Apenas abre los ojos—. ¿Qué pasa?
—¡Nos dormimos a mitad de maratón!
—Era una película, ¿cómo terminamos mirando más de una? Siento que me explotarán los ojos.
—¿Me convidás algo para el camino? —Muevo su brazo mientras él intenta enfocar la vista en algo—. Tengo que volver a mi casa para ver si ya puedo entrar o tengo que ir a una iglesia donde reciban anónimos.
—Vamos a desayunar o a almorzar. No tengo idea de qué hora es.
—¡Haceme tostadas!
—Bueno… —Se queda quieto un segundo—. No, pará, ¿tostadas? ¡Mi casa no es restorán!
Los dos nos miramos un momento, él todavía con los ojos medio cerrados y yo entusiasmado. Le sonrío y me responde de la misma forma, lo que es un poco tierno considerando que está más dormido que vivo.
Saliendo de la pieza, lo empujo mientras bosteza y él choca con una pared. Es gracioso ver qué tan débil es cuando tiene los ojos medio cerrados por el sueño.
Llegando a la cocina, Benja me dice dónde están las cosas para desayunar entre tanto él va al baño para lavarse la cara porque dice que si sigue así va a caerse al suelo y volverá a dormirse.
En los estantes de la alacena encuentro Skarchitos. Los saco y me sirvo media tasa de cereal hasta que aparece Benja un poco más despierto. No se peinó por lo que parece pájaro loco, uno muy lindo y tierno.
Como yo ya estoy sentado comiendo mi desayuno, él se sienta al lado de mí con una caja de cereales Nesquik. Las caquitas de conejo se acumulan en un tazón jumbo de color celeste con cara de dormido.
—No había visto ese cereal.
—No era para que lo veás. —Benji sonríe mientras llena de leche su tasa jumbo—. Es el cereal que les gusta a mis papás, pero como yo sí puedo chorearles un poco, no hay problema.
—Una duda que tengo es por qué siempre que te veo por ahí andás como equeco. O sea, en tu casa son tres, ¿todo eso comen? —Mastico mi cereal con leche—. ¿Vas a llevarle las compras a tu abuelo? ¿Él es un viejito que vive cerca de la casa de don Gonzáles?
Benja deja de revolver su cereal de repente. Parece que tiene ganas de llorar, pero traga grueso y pasa una mano por su cara mientras deja un codo apoyado en la mesa.
Como se ve que pregunté de más, vuelvo a comer cereal.
Es esa actitud un poco esquiva y triste que no puedo entender por qué tiene. Los primeros días en la escuela se podría decir que era porque estaba sin sus amigos, cuando leía un libro complicado como movi di’ también parecía estar en otro universo que no era este, pero eso podría haber sido culpa del bloque ese. O tal vez la razón de todo eso sea su abuelo.
Supongo que la pelea familiar es tan fuerte que no ve esperanza que se resuelva y tampoco es como si pudiera ofrecerle ayuda. Cada familia es un mundo y la mía no es el mejor ejemplo de cómo debería ser una.
Dejo que la conversación muera ahí porque parece que Benji no va a responder y no quiero seguir incomodándolo con esos temas.
A pesar de que el silencio todavía reina entre nosotros cuando lavamos las cosas que ensuciamos, no me siento presionado por hablar o rellenar el espacio. Un rato en silencio al lado de Benji es una conversación, pero también es un tiempo que uso para pensar cómo enfrentarme a mi hermano y la mami ahora que sí o sí tengo que volver a la casa.
—Nos vemos —dice Benji, saliendo conmigo de su casa.
—Estuvo churo esto.
—¿Tenés miedo de volver a tu casa?
Mi silencio tal vez le dé una pista sobre cómo me siento, aunque a él no le hace falta mucho para comprender a alguien ahora que lo pienso mejor.
—Mirá, y no sé si es consuelo pero es todo lo que tengo como experiencia; si Carla podía resolver las cosas con su mamá, y ya te dije que se metía en cosas muy malas, no creo que sea tan difícil que vo arreglés las cosas con la tuya.
—Sí, creo que es buen consuelo. Gracias.
Entre suspiros comienzo a dar lentos pasos hacia mi casa. Algunos vecinos salen de sus cuevas para estirarse de todas las formas posibles luego de una noche de sueño.
De la nada se escucha cumbia, reggaetón, folklore, de los equipos de música más caros que toda la casa y el terreno juntos. Las señoras mayores van con sus carritos hacia el puente para ir a la verdulería más cercana, y los niños son arrastrados por sus mamás que también hacen el mismo ritual que las viejitas que vi hace rato.
Al llegar al puente, en vez de cruzar, miro a unos tipos no más mayores que mi hermano que vienen del otro lado; cantando y tonteando mientras fingen empujar a uno de sus amigos por el puente. Sus voces no afinan y más parecen balbucear que hablar. Cuando paso por su lado, me sonríen diciendo buenos días y siguen canturreando alguna cumbia mientras hacen palmas.
Por un lado, qué coraje el de esos vagos para pasar el puente estando en ese estado. Por otro lado, la única vez que vi a mi hermano borracho hasta caerse fue cuando cortó con una chica que, según él, fue el amor de su vida. Realmente no entendí muy bien por qué la llamó de esa forma porque cuando me explicaba todo eso todavía tenía el pico de la botella de un Smirnoff pegado a sus labios.
Rasco mi nuca, mirando hacia atrás porque crucé el puente sin darme cuenta. Ya en la vía, por ver las flores campanita en el suelo, pienso en Ángel y se mezclan el sentimiento de nostalgia con el miedo.
Me acuerdo de las veces que andábamos por acá el verano del año pasado cuando volvíamos de la escuela después del acto de fin de clases. Yo me metía entre medio de los yuyos sin importarme lo que me pudiera salir para armar un bonito ramo de flores para él. Ángel sonreía tanto y se sonrojaba todavía más bonito por recibir un detalle como ese, me daba un beso en medio del muro de yuyos y reíamos sin razón cuando nos mirábamos de camino a nuestras casas.
Ahora no me dice nada de su vida y tampoco es como si quisiera y pudiera salir o tener mucho cariño de su parte. La mayoría del tiempo lo único que pasa es que no podemos hacer equis cosa en público porque alguien nos verá e irá con el cuento a sus papás.
Al pasar por la casa de Ángel, miro a la ventana cerrada de su pieza.
¿Ángel llevó a Gastón a esa pieza?
¿La señora y el señor Gauna estaban en la casa cuando Gastón fue a ver a Ángel?
Seguramente ellos se pusieron contentos de ver a Gastón de nuevo. A pesar de que los Gauna sean amigos de los papás de ese tipo, no pueden juntarse todos los días como antes porque sus hijos son expareja y es mejor mantener la distancia, aunque eso fue hace como dos años.
Quizás Ángel y Gastón volvieron a hablarse por lo de las fotos porno o tal vez mi novio lo llamó para preguntar si él no estaba involucrado en eso. No, Ángel jamás dudaría de su fantástico exnovio. Ángel confía ciegamente en Gastón.
Pasando a otro de mis problemas, lo primero que voy a recibir en mi casa son varillazos. La mami debe de estar muy preocupada por el lugar en el que me encontraba, pero tal vez no le alcanzó la noche ni la energía para buscarme por toda la ciudad.
Ahora debe de estar trabajando con preocupación y todo encima, pero supongo que eso me da una ventana de tiempo para tratar de acomodar las cosas con Fran y así recibir cinco varillazos menos por el esfuerzo.
—¡León! —Apenas puse un pie al frente de la puerta, la mami salió a recibirme—. ¡¿Dónde te metiste?! ¡¿Por qué le hiciste caso a tu hermano?! ¡Hubieras esperado hasta que yo llegara!
Agacho la cabeza porque no quiero mirarla a los ojos. Ella pone sus manos en mis hombros, pero es como si se hubieran asentado dos bloques.
—¡Estuve a punto de tomar un auto y buscarte por toda la ciudad! Cuando volví del trabajo, Fran me contó lo que pasó, discutí con tu hermano y de ahí salí a buscarte.
Agacho la cabeza otra vez. El maldito de mi hermano seguro le dijo todo lo que anduve haciendo para evitar que fueran a la escuela, solo que ahora lo primero que le va a preocupar a ella es cómo estoy, después va a venir la varilla, estoy seguro de eso.
—Primero fui a casa de Ángel, pero sus papás no sabían nada. —Ella suspira, caminando hasta la cocina—. Ángel me dijo que podrías estar en casa de Elena, Santiago o de Benjamín, entonces, pedí direcciones y me fui para la Costanera.
Hice la macana más grande de mi puerca vida y me conviene parecer muy arrepentido antes que discutir los hechos.
—Ellos tampoco sabían nada. —Escuchar el temblor en la voz de la mami me estremece el corazón—. Eran como las dos o una de la madrugada, no me acuerdo bien, pero por suerte todavía había gente rondando por ahí y sabían dónde vivía Benjamín.
¡¿Fue hasta la casa de Benjamín?!
¡Él no me dijo nada de eso!
—Por suerte alguien salió a recibirme después de mucho golpear la puerta. Yo lo entiendo, era muy tarde ya… ¡Ay, Dios! ¡León, no me vuelvás a asustar así! —Mi mamá se apoya en la mesa y pasa ambas manos por su rostro—. Tu amigo me dijo que no me preocupara, que estabas en su pieza. ¡No entiendo qué mierda le pasa a Fran! ¡¿por qué te echó?! ¡Y le hacés caso! ¡Francisco será mayor y todo lo que él quiera, pero la que todavía tiene la última palabra en esta casa soy yo! ¡¿Entendiste?!
Ella se cruza de brazos, frunciendo tanto el ceño que siento que va a dispararme dardos por los ojos. Agacho la cabeza, jugando con mis dedos mientras la voz desesperada de mi mamá me endurece en el lugar hasta que no puedo ni respirar.
—¡Mirame a la cara y respondeme!
—Sí, ma, entendí —digo, mordiendo un poco mis labios—. Perdoname por asustarte así.
—Tu hermano no me quiso decir porqué se pelearon y como parece que no me incumbe nada de lo que pase en su vida, resuelvanló solos. —Ella toma una buena cantidad de lo que hay en su tasa y luego la deja de un golpe en la mesa—. No sé dónde está tu hermano, pero si decide volver a la casa, decile que a mí no me hable más; ¡ya dejé de ser su madre!
Cuando mi mamá se va a mi pieza, tal vez para despertar a mis hermanitos, me quedo unos segundos mirando la nada misma.
¿Cómo es eso de que ya no es su mamá?
Ella siempre se enoja, se altera porque no puede controlarnos muchas veces, pero nunca escuché algo tan fuerte como eso.
¿Qué quiere decir? ¿Por mi culpa ellos se pelearon?
No, mi culpa no es. Fran es muy contestón con la mami, él solo la hizo enojar y solito tiene que pedirle disculpas; mis problemas solo fueron la mecha que encendió la pólvora ya repartida.
En lo que sí tengo que concentrarme es en hacer las paces con mi hermano para que al menos la mami vea que yo sí le pongo un poco de pecho a los problemas en la familia.
A ver, los amigos verdaderos de Fran son tres: Gustavo, Adrián y Darío. Adrián trabaja mucho porque es enfermero, sobre todo los fines de semana, Darío vive con su novia y su hijastro, y el único que tiene casa sola o, más bien, departamento, es Gustavo. Entonces, mi hermano debe de estar ahí porque no iría a molestar a Adrián o a Darío.
—¡Ya vuelvo ma!
—¡Bueno!
Voy a buscar mi bicicleta en el patio donde Pili el cerdito mueve su colita y resopla por la nariz. Saco mi bici de debajo del alero que forman las chapas de la cocina y la traigo a la casa para luego salir por la puerta.
El depto de Gustavo está en Villa Primavera, unas diez cuadras para arriba, digamos, detrás de la escuela de esa villa.
Cuando paso por debajo del puente más allá de la escuela, algunos perros quieren morder mis pies que pedalean como poseídos, pero logro alejarlos sin caerme en el intento.
Lo de Gustavo tiene un portón color rojo y el edificio se parece a un bloque. Las personas viven en los agujeros que tiene, y es gris, porque todo lo adulto es aburrido y gris. Justo cuando llego al bloque, veo que Gustavo sale con su moto.
—¡Gustaaaavoooooo! —le grito, pedaleando más fuerte hasta que casi me caigo como azote contra el piso —¡¿Mi hermano está acá?!
—¡Eh! ¡¿Qué hacé acá León?!
—¿Me dejás entrar? —Jadeo un poco—. Necesito hablar con Fran.
—No sé cómo sabés que anda por acá, pero, bueno. —Gustavo acaricia su barba de chivo—. Ojo, no se tiren platos o vasos, acabo de comprar un juego nuevo.
El amigo de mi hermano me dice en qué departamento buscarlo. Con el permiso de Gustavo y la advertencia de que la puerta está sin llave, entro al bloque.
Cuando el colectivo pasa, el sonido que se filtra aquí dentro es una especie de alarido de bestia, los pasillos son oscuros, las personas de dentro muchas veces gritan o hay bebés llorando. Al llegar a donde vive Gustavo, abro la puerta.
El amigo de mi hermano tiene pocos muebles, lo indispensable en la cocina y colecciona muchos funkos de Marvel. En medio de mi exploración por el departamento, escucho los ronquidos de mi hermano en una pieza que está por un pasillo oscuro.
Al costado derecho veo una cocina de dos por dos. Este departamento es una cajita que tiene dentro otra cajita de tan chiquito que es.
Como Fran siempre se levanta con sed, ya sea de cerveza o jugo, voy a la heladera y saco una cerveza. Una de las cosas que aprendí de los amigos de mi hermano, al menos de los que no tienen pareja, es que el hombre soltero siempre va a tener dos cosas en su hábitat natural, poca decoración y cerveza en la heladera.
Entro al cuatro donde duerme Fran y sus ronquidos casi me tiran afuera otra vez. Mi hermano parece una motocierra cuando ronca, pero en un momento se da vuelta y corta con el ruido.
Me acerco a su cama y espero que se levante. Fran vuelve a darse vuelta, masajeando su cara. Cuando medio abre los ojos, ni siquiera pestañea.
—¡¿Qué haces acá?!
—Sobreviví anoche y vine a hacer la paz, o algo así. —Le doy la cerveza—. Gustavo me dejó entrar con la condición de que no rompamos nada.
—¿Y? —Fran se levanta, rascando su cabeza. Después de medio despertarse, mi hermano acepta la cerveza —¿Le contaste todo a la mami?
—Perdoname, Fran, no tenía que decir esas cosas.
—¿Por qué nos escondiste todo eso? Ya sabés que cuanto más querés esconder las cosas es peor, León. La mami andaba como loca; razón por la que me fui de la casa. No tenía ganas de que me gritara hasta dormida y tampoco le dije tus problemas porque ya estás bastante grandecito como para hacerte cargo.
—¿Por qué hay una foto de una chica semidesnuda arriba de la cama?
—¡León! ¡¿Le dijiste o no a la mami de tus problemas en la escuela?! —Apenas acaba de gritarme, miro para otro lado, encogiéndome de hombros—. ¿Ves cómo so? ¡Ahora arreglátelas solo porque yo no pienso volver a la casa!
Fran se levanta de golpe y se va de la pieza con la cerveza en la mano.
—¡Fraaan! ¡por favor! —Lo persigo—. No quiero decirle a la mami, no quiero estar penitenciado hasta que me muera, ¡no puedo con todo!
—¿Con qué no podés León? Solo tenés que estudiar y cuidar de la casa. Por Dios, no me vas a decir que no podés con esas dos cositas. ¡Te morís entonces si tenés que ganarte la vida changueando! —Fran se da vuelta y yo casi me caigo sentando por eso—. La mami te dice siempre que aprovechés que podés estudiar. Sabés porqué te dice eso. No es porque quiera joderte o quitarte tu libertad como tanto pensás. ¡¿Es que querés terminar como yo?!
Lo que acaba de decir me estremeció. Se supone que eso es lo que desencadenó la pelea y ahora él…
—No me enojé porque me dijeras eso, sino, porque teniéndolo todo, y por todo hablo de tiempo y oportunidad, no aprovechás. Cualquiera daría todo para tener tu vida de estudiante, vida cargada de posibilidades. —Fran deja su cerveza en la mesa—. Si te esforzás en la escuela, es probable que podás meterte en una carrera universitaria. Tenés todas las cartas sobre la mesa, pero con tus caprichos y flojera estás desperdiciando tiempo y oportunidades.
Lo que dice mi hermano tiene un poco que ver con lo que puse en ese papel de color ahora mezclado con otros tantos. Dije que somos la generación sin futuro, pero jamás me puse a pensar el porqué de ese prejuicio alrededor de nosotros, y que tal vez sí depende un poquitito de nosotros demostrar que eso no es del todo cierto, aunque hay excepciones.
—No digo que te transformés en un alumno perfecto en dos días —sigue mi hermano—, pero por lo menos pensá lo que te estás perdiendo, León. Y sobre lo de la escuela, si querés puedo hacerme cargo, pero una más que hagás, ¡una! y ya tendrás que vértelas con la mami porque más de lo que estoy haciendo ahora no puedo hacer.
Corro hacia mi hermano y lo abrazo a pesar de que sé que eso no le gusta mucho.
—Sí, sí, de nada. —Fran golpea mi espalda y me corre a un lado—. Vení, Gustavo tiene donas y facturas, saquémosle todo y llevalo a la casa; está gordo para todo eso.
—¿No vas a volver?
Fran saca de la heladera una bandeja de plástico cerrada que tiene donas bañadas en chocolate y las que come Homero Simpson.
—¡Fran!
—Todavía no, pero es una cuestión entre la mami y yo.
Si mi hermano no vuelve a la casa significa que seré yo el que tenga que hacerme cargo las veinticuatro horas del día de mis hermanitos.
¡¿Cómo se supone que vaya a esforzarme como tanto quieren si me ponen más trabas que la aduana?!