Capítulo 20

Acabamos de jugar un partido en la cancha de piedra. Mis amigos y yo, después de secarnos hasta los ojos por el sudor que nos corría. nos quedamos charlando alrededor del arco y compitiendo para ver quien puede hacer más dominadas.

La tarde sigue ideal para pasar el rato fuera. El frío ya se comienza a sentir, los típicos anuncios de que el otoño está cerca porque hace frío en la sombra, pero en el sol todavía nos mojamos hasta quedar como sopa andante.

Son apenas las siete y media, pero no me preocupo. Puedo pasar el rato en la cancha tanto como quiera y volver a la casa a eso de las ocho o nueve porque mi hermano tiene franco y milagrosamente se encargó de atender a los mocosos. Bueno, considerando que se fue desde la mañana a quien sabe dónde, unas horitas los podía cuidar.

Mientras escucho a José contando que en su escuela se pelearon unos chicos de último año, miro hacia al frente y achico los ojos al notar unas siluetas conocidas viniendo para acá. Los dos chicos tienen pelo negro, pero uno es ruludo y el otro lo tiene lacio y esponjoso.

—¿Ése es Ángel? —Ezequiel se para junto conmigo—. ¿Quién es el otro?

No respondo a sus dudas porque yo tampoco puedo creer que los dos estén juntos. O sea, es un poco apocalíptico ahora que lo pienso, y también creo suponer porque es que están aquí.

Me acerco hasta el final de la cancha donde Ángel para sus pies y mira alrededor. Benjamín no tiene ni una pizca de vida en su cara, tampoco me dedica una sonrisa al verme.

—Ho…

—Te pensás que en la vida todo es joda, ¿no?

Cierro la boca cuando Ángel se cruza de brazos y respira como mi mamá cuando está a punto de pegarme. Benji mira para otro lado, metiendo las manos en los bolsillos de su pantalón de corderoy.

—No me pueden obligar a participar en esa cosa que están haciendo los aliens. Ni siquiera mi mamá puede ir a las reuniones sorpresivas que hacen.

—León, te conozco hasta las mañas. —El ceño fruncido de Ángel casi es una cara más de disgusto—. No le mostraste la nota a tu mamá, falsificaste la firma. Ella no sabe nada, ¡menos de tu mal desempeño en lengua!

Al alzar tanto la voz estoy seguro de que el grupo con el que juego ha escuchado todo. Intento calmarlo, pero él aleja mis manos de sus hombros con una sola abanicada de brazos.

—Decime que en algún momento te ponés a pensar en lo que hacés. Decime que en tu cabeza no hay solo “yo quiero esto, yo no quiero aquello, ¡yo soy más importante que el resto!” —Señala a Benjamín —. Te juntaste con este, no solo para evitarte la molestia de pensar en los problemas que hay entre nosotros, también para rascarte las pelotas y no estudiar; para hacer lo que querés porque hay alguien que no sabe ponerte frenos.

Ángel se da vuelta y encara a Benjamín que casi salta para atrás al tener al nerviosito de mi novio tan cerca.

—¡Y este tampoco es capaz de ver lo que está pasando! ¡¿Es que no te jode que el aprovechado este se ande durmiendo en tus laureles?! ¡En los trabajos de a dos seguro que solo escribe y ni puta idea tiene de lo que le dictás!

—Ángel, creo que estás…

—¡Estoy harto, León! ¡Todo el mundo te da lo que querés, pero al final ni siquiera con eso te conformás! —Mi novio niega con la cabeza, apretando el centro de su frente—. No querés tener líos en tu casa, pero no hacés nada para evitar los problemas.

No quiero mirar hacia atrás, estoy seguro de que soy la comidilla de mi grupo. Quizás esparzan el rumor de que soy un gobernado.

—Decile. —Ángel mueve una mano hacia Benja—. Ya que tanto parece escucharte, decile en lo que está metido por irresponsable… por… ¡por pelotudo!

Benjamín me mira con una expresión vacía, pero estoy seguro de que cuando hablemos todo eso va a cambiar.

—El psicólogo nos llamó a Ángel y a mí después del taller. Como se supone que somos con los que siempre andás, nos dijo que, en vista que ningún tutor vino ni a la reunión ni tampoco apareciste ahora, la preceptora directamente citó a tu mamá o hermano para ver qué es lo que pasa.

—¡¿Qué?! ¡¿Cuándo?!

—Ah, ahora que las papas queman recién te ponés a pensar en las consecuencias. —Ángel vuelve a tomar el control de la discusión. No, humillación—. Si hubiera sido por mí, hasta llevaba de la mano a la prece a tu casa para que espere ahí a tu mamá o a tu hermano. Estuve a dos segundos de hacerlo, pero este, este que es tan amigo tuyo, se las ingenió para decir que vendríamos a buscarte y te diríamos lo que pasaba.

La penetrante mirada de Ángel tira de la verdad enredada en mi boca.

—La profe de lengua quería hablar con alguien de mi casa para comentar sobre mi mal desempeño en clase. Me mandó una nota y todo, pero la rompí y le dije que nadie en mi casa tenía tiempo.

Ángel abre la boca, después mira a Benja.

—¿Sabías?

—Como te vengo diciendo desde que salimos de la escuela, yo no sé nada, no entiendo nada, menos el por qué también me echas la bronca cuando apenas si conozco a León.

Ángel resopla, poniendo los ojos en blanco.

—Es que más ciego no podés ser. Esto que ves ahora es León.

—Ángel, terminala de una puta vez —protesto, cortándole el teatro—. Arrastraste a Benjamín hasta acá, ya me hiciste pasar vergüenza frente a todos en la cancha, ¡¿qué más querés hacer?!

Mi novio deja caer los brazos. No parece enojado, sino herido.

—Quiero lo mejor para vo. Sé que si nadie te pone freno, vas a chocar y va a ser tarde para lamentarse —dice, mirándome a los ojos—. ¿Por qué creés que vine acá con la persona que menos me cae de toda la escuela? ¿Por qué te parece que me preocupo? ¡¿Es que ni siquiera de eso te das cuenta?!

La verdad es que no sé qué decir, aparte de que nunca vi al que era mi amigo de esa forma. Ni siquiera cuando éramos eso, amigos, ponía tanta pasión o compromiso conmigo. Siempre demostraba estar al borde de la relación, siempre era yo el que daba.

Ángel tiene su forma de devolverme el cariño, y quizás es una forma mucho más efectiva que un beso en público.

—Ángel…

—Ya dije lo que tenía que decirte —me interrumpe, congelando su mirada antes herida—. Me voy. Tengo repaso que hacer.

Tan pronto como se abrió una ventana a su corazón, ni siquiera pude espiar un poco porque la acaba de cerrar.

—Perdón —murmuro antes de que se vaya.

Él para, mirando por sobre su hombro.

—León, arreglá tus problemas.

Sigue su camino con los brazos cruzados sobre su pecho.

Rasco mis rulos rosados, volviéndome hacia Benja que también tiene una expresión seria.

—Supongo que tengo mucho que explicar.

—Mirá, por como yo lo veo, tenés que pensar en soluciones más que en convencerme de que me estoy juntando con alguien que no me conviene.

Se me encoje el pecho.

—¿Qué? No soy tan malo.

—No sé, tus macanas no son chiquitas. ¿Qué no me decías que tu mamá te iba a dejar como pastafrola si no te dedicabas a la escuela? ¡¿Y ahora?!

Rasco mi cabeza tratando de pensar qué carajo hacer para no caer en desgracia. Quizás mi mamá ya está esperándome en la puerta con una varilla lista para ser estrenada en mí.

—¿Ya no te querés juntar conmigo? —Pongo mi mejor cara de niño lastimado—. Poooor fiiiiis, te lo suplico Benji, no me dejés. Bancá, te prometo que no soy tan malo.

—Me tuve que aguantar las rabietas de tu novio todo el camino, aparte de que me acabo de enterar que no tenés ni un pelo de santo. —De repente Benji habla como su papá Guillermo y tiene la misma mirada estrecha que ponen todos los adultos cuando uno hace macanas—. Debería mandarte a pastar al campo, pero resulta que ya tengo experiencia con personas problemáticas, así que…

—¡Los amigos son amigos para siempre y por siempre!

—Hacé que valga la pena el sacrificio, por favor. —Benja suspira, dejándose agarrar por mí—. Pero, en serio, deberías tratar mejor a tu novio.

—Eso está más difícil que intentar ser buen hijo y alumno. —Arrugo la nariz—. Ángel es más complicado y vueltero que despejar equis.

Benji me acompaña unas cuantas cuadras, pero después le digo que mejor me deje solo porque seguro soy saludado con un latigazo y no quiero que mi humillación se extienda más de lo que ya se extendió.

Me pregunto qué es lo que le habrán dicho a la mami, o tal vez solo agarraron a mi hermano y a partir de ahí la cosa se complicó todavía más porque estoy seguro de que él ya le dijo a la mami todo lo que pasó.

Cuando abro la puerta de la casa, el primero en aparecer es Pili. Le acaricio la cabecita y camino casi temblando hasta la pieza de Fran. Al menos hizo dormir a los gemelos o los tiene mirando tele en la pieza de la mami porque no los veo por acá.

—Hola —saludo.

—¿Hablo yo o querés empezar vo?

Rasco mi cabeza con ambas manos.

—Y aparte de portarte mal, tenés piojos…

—¡No! —Bajo las dos manos—. ¿Qué te dijo la prece?

—Nos hiciste quedar para la mierda. Me dijo que la profe Mónica andaba buscando un tutor para hablar de tu desempeño escolar, aparte de que hoy no fuiste al taller que por milagro de no sé qué santo dan en esa escuela. —Mi hermano se levanta de su cama con los brazos cruzados—. Todavía no le dije a la mami. Esperaba escuchar qué razones ponías para haber hecho todo eso.

—Es que la tarde del viernes es sagrada y… y lo de la profe de lengua ya debiste deducirlo. La mami me iba a dejar como campera abierta si se enteraba.

—Otra vez con lo del tiempo. León, si administrás mal el tiempo es tu culpa no la de nosotros.

—¡No hacés nada! ¡Encargate de la casa de vez en cuando! ¡¿Por qué crees que voy tan mal en la escuela?! ¡No tengo tiempo ni para tirarme un pedo en esta casa!

—¡¿Ves lo que haces?! ¡¿Es que no podés dejar de quejarte?! —Fran sacude mi hombro para que lo mire—. ¡Tenés una vida más fácil que todos nosotros! ¡No te rompés el lomo trabajando! ¡solo te piden que estudiés y ni eso podés hacer bien!

—¡Qué sabés lo que es estudiar bien! ¡Ni siquiera acabaste el secundario!

Salgo de su pieza y voy a la mía. No duro ni cinco minutos adentro. Fran me tironea afuera y casi me hace caer de cola al suelo.

—¡Qué mierda hacés ahora! —Entro a la pieza—. ¡Fran!

Él me revolea una mochila con cosas dentro.

—¡Ya que todo en esta casa te molesta, buscá otro lugar donde vivir!

No me atrevo a decir nada ni hacer nada. Estoy congelado en el lugar porque me da miedo la mirada oscura y arrugada a más no poder de mi hermano. Su voz también subió tantos niveles que me estremeció de adentro hacia afuera.

Fran me tira a mí y a mi mochila, que rebota contra mi espalda, a la calle.

—¡La mami te va a retar hasta que se quede sin voz! —La puerta se cierra en mi cara—. ¡Si duermo bajo el puente la policía me va a traer de vuelta!

Cuando la mami aparezca, Fran tendrá que vérselas con ella. Estoy seguro de que la mami lo echará a él de la casa y correrá a buscarme bajo el puente o donde sea que termine.

Como no quiero más sermones de nadie y la única persona que hasta ahora me ha ayudado y apoyado es Benji, hago mi camino hasta su casa. Solo espero que a él lo dejen tener un visitante a esta hora de la noche.

Camino rápido hasta que llego a la vía donde tengo que hacer otra carrera porque a esta hora puede salir cualquier vago a querer robarme. Al llegar al puente, trago hasta min sudor al ver el negro fondo y las luces naranja zanahoria que apenas rozan esa negrura de yuyos que quién sabe qué es lo que esconden.

Haciendo de tripas corazón, estiro un pie delante del otro hasta que sin darme cuenta he cruzado el puente. Suspirando de alivio, miro de un lado a otro por si acaso no hay rastros de Ángel el perro. Como no veo nada, me voy hacia la casa de Benja.

Tampoco pensé dónde quedarme si él no está. Podría ir a la casa de Elena a probar suerte, pero lo más seguro es que no me dejen quedarme y menos en la de Santi que está más poblada que China.

Y si voy a una comisaría y digo que me dejen pasar la noche…

—¡Benji!

Corro hasta él cuando lo veo salir de su casa.

—¡¿León?! ¡¿Qué hacés acá a esta hora?!

Me tiro encima y lo abrazo con todas mis fuerzas. Ha sido un día que fue de mal en peor y no sé realmente qué hacer ahora. Si él me dice que no, no sé a dónde iré o si debería volver a la casa y esperar a la mami. Lo abrazo más fuerte hasta que siento que él también corresponde.

—¿Tas bien?

Niego con la cabeza, sintiendo que no puedo ni quiero pensar en nada por al menos cinco segundos.

—¿Benja?

Abro los ojos y me encuentro con Fabián en la puerta. Parece que va a algún lado porque huelo perfume, y usa ropa para salir.

Me separo de Benja y, apenas cruzamos miradas, miro hacia otro lado. Tal vez no debí venir corriendo a sus brazos, lo que es gracioso porque parece que es el único lugar donde puedo estar sin sentirme mal o preocupado por algo.

Benja se da vuelta para enfrentar a su papá que a esta altura ya tiene una expresión curiosa hacia nosotros dos.

—¿Puede quedarse a dormir? —Benja echa su pulgar para atrás—. ¿Te acordás cuando Carla iba a dormir en la otra casa? Bueno, más o menos es la misma situación.

—¡Guillermo!

Fabián llama a su marido que en dos segundos aparece en la puerta. Él está tan arreglado como el otro papá de Benja, solo que su perfume es un poco más fuerte y terroso que el de Fabián.

—¿León? ¿Qué hacés por acá a esta hora?

—Hum…

—¿Te acordás de lo que a veces pasaba con Carla? —dice Benja, evitando que hable—. Es lo mismo.

Guillermo me mira con el ceño fruncido y la respiración pesada. Estoy seguro de que me va a echar o peor, me van a prohibir que me junte con Benja porque soy una mala influencia y un chico problemático.

—¿Por qué siempre…? —Fabián le golpea una costilla—. Eh, sí, de todos modos, ibas a quedarte solo en la casa.

—Gracias, pa, y no, no está tan frío como en la casa.

Guillermo y Fabián miran hacia el cielo desnublado y luego asienten.

Los cuatro entramos a la casa, pero siento que todavía soy muy observado por los papás de Benja. No es raro, parece, que Benja hospede de vez en cuando a amigos problemáticos.

Cuando entramos a la pieza, dejo mi mochila por ahí y voy directo a la cama para agarrar el peluche de gato enojado y abrazarlo mientras Benja cierra la puerta.

—¿Qué pasaba que siempre tenías que darle un lugar en tu casa a Carla?

Benji para en seco, después relame sus labios y mira hacia una pequeña mesa de café estirada frente a la cama.

—Como te conté, ella se juntaba con chicos jodidos que a veces iban a molestarla a su casa porque Carla no quería salir o cuando pedían una cita, cosas así. —Benja se acerca a la mesa de café llena de hojas y libros de inglés—. Carla y su mamá peleaban tanto por eso que siempre mi amiga se iba de su casa y venía a la mía porque decía que era un ambiente más positivo y familiar.

Asiento con todas mis fuerzas. La casa de Benji, sea donde sea que viva, siempre será un hogar porque tiene papás tranquilos y él mismo es un chico tranquilo.

—Confirmo.

—Por eso mis papás ya no me hacen problema cuando les traigo a alguien para dormir conmigo.

—¿Tenés tantos amigos para hacer esto siempre?

Él niega con la cabeza y se levanta para guardar algunos libros y hojas en una carpeta naranja que deja dentro de su mochila roja.

—No, pero tampoco pienso hacerlo costumbre. Carla era, hasta ahora, la única a la que le permitía quedarse.

—¿Dónde van tus papás? —Cambio de tema antes de ponerme rojo —¿Por qué no vas con ellos?

Benja termina de ordenar las hojas y las mete en la mochila que lleva a la escuela. Después me empuja un poco para que le haga lugar en la cama y quedamos frente a frente.

—Ellos van a la fiesta de casamiento de una de mis primas. Como a mí no me agrada mucho esa parte de la familia, y como mis papás no quieren que vaya con cara de querer matar a alguien, me dejan quedarme en la casa.

—¿Hasta tus papás andan asustados con tu carácter? —Llevo una mano a mi boca.

—Cuando algo no me gusta, no me gusta. No puedo esconderlo, y después de mucho batallar, al fin les hice entender que no iba a cambiar; que seguiría teniendo pocas pulgas con gente que no me cae bien —me explica, frunciendo el ceño—. Estoy cansado de ser falso solo por el bien social.

—¡Benja! ¡ya nos vamos! —exclama Guillermo—. ¡Pórtense bien!

—¡¿Te traemos torta?! —sigue Fabián—. ¡Qué duerman bien chicos!

Benja realmente es un niño consentido… Bueno, tiene sentido, es el único.

Mi amigo baja rápido de la cama y abre la puerta de la pieza.

—¡Qué les vaya bien! ¡Si la torta tiene durazno como relleno, no!

Benji vuelve a la cama conmigo… Eh, a sentarse en la cama conmigo.

—¿Vemos alguna película y hacemos pochoclos? —me pregunta con una media sonrisa.

—¡Sí!