Capítulo 19

Pensé que la aparición de los aliens en esta escuela era para que lograran resolver lo que los humanos no podían. Ahora la cosa está más turbia que antes.

El grupo de chicos que peleaba en la vía la semana pasada quieren hacer justicia por mano propia. Andan como caranchos sobre la carroña en los recreos, a la salida, donde sea que no haya profes para que los paren, y buscan a los culpables de las fotos de Instagram. Estos patoteros, que se creen justicieros, están listos para por poco y no tirar del puente al que ellos piensen es o sean sospechosos. Esperan ver si así confiesan los culpables.

A pesar de que los profes intervinieron un poco, la cosa sigue tan tensa que todos nos enredamos en la tensión que hay por todos lados.

Los aliens parecen preocupados, hasta compungidos y adheridos con pegamento a su lugar de siempre: al lado de su líder alien que intenta ayudar a los profesores a parar las agresiones del alumnado. A la vez, trata de revolverles el cerebro a cada alumno en específico a ver si así consigue un mejor resultado.

Todo se va cuesta abajo. Dudo mucho que los aliens nos teletransporten a la cima de la montaña con lo poco y nada que están haciendo para controlar a los mamertos que de repente quieren pelear por todo.

—¿Qué crees que planeen los aliens? —le pregunto a Benja mientras comemos los puflitos que trajo—. Hasta ahora no han conseguido resolver ni la mitad de los problemas que tenemos.

Benjamín suspira, rascando un lado de su cabeza. Hace rato también cerró el nuevo libro que estaba leyendo porque le conté algo gracioso que hizo Pili el cerdito con la novia de mi hermano. Ahora que lo veo mejor, está leyendo un libro de terror, pero no entiendo ni jota qué dice el título porque el señor solo lee en inglés.

—No debe de ser fácil acomodar toda una escuela. —Benja se encoge de hombros—. No es tan malo. Pablo es un buen psicólogo, ama lo que hace.

—Bueno, contá, ¿cómo te lava el cerebro el alien? —Le doy unos codazos—. Vas a verlo de vez en cuando.

—No puedo decirte, tampoco quiero.

Benja vuelve a mirar hacia los aliens tomando café.

Si siguen así, su sangre será marrón. Desde la mañana que los veo atragantándose de café, pero no comen algo más que eso. La sangre de los aliens está hecha de café.

—Podés ir y hablar con Pablo —sugiere Benji—. Ayuda mucho.

—Benji, no necesito ni nunca necesité de un alien para limpiar mi mente.

—Ese es un apodo que nadie me dio.

—Ahora soBenji. —Sonrío, robándole el libro que lee. Es más pesado de lo que creía—. Como te decía, no necesito de un alien o lo que sea. Mi mamá dice que el mejor psicólogo es un chirlo y soy prueba viviente de que funciona un noventa por ciento de las veces.

—Mi papá también dice eso y lo aplica.

—¡¿No me digas que te portás mal?! —Me enderezo, tomándolo por los codos —¡Pará! ¡Guillermo es el que te pega!

—No.

—¡Noooo! ¡¿Fabián te pega?! —Lo sacudo—. ¡¿En serio?! ¡¿Te llegaste a portar tan mal?!

—Ahora no me porto mal. —Benji me empuja, quitándome la bolsa de puflitos—. Cuando estaba en mi barrio, Carla, mi vecina, me metía en muchos líos. A pesar de llevarle buenas notas a mis papás, me ganaba azotes por andar metiéndome en las macanas de Carla.

—¿Qué hiciste? ¿Fuiste a un boliche? ¿Te juntabas con faloperos?

—Carla se juntaba con changos más grandes, y a veces las señoras del barrio les decían a mis papás que me habían visto con los que ellas pensaban eran drogadictos o que estaba muy pegado a un malandro. —Benja se ríe por lo bajo—. Todo era suposición. Apenas si miraba a los supuestos amigos de Carla porque andaba preocupado de que no le hagan nada o le den cosas que ella acepte solo para quedar bien con ellos.

—Mirá, no sabía que te juntabas con gente complicada.

—Parece que soy un imán para ese tipo de gente.

Le doy un empujón que casi lo tira de las escaleras de la bandera.

Suena el timbre de fin de recreo por lo que volvemos a clase. Camino al aula, veo que Ángel, Elena y Santi están metiendo papeles en el buzón anónimo debajo del afiche que pusieron los aliens.

¿Qué es lo que habrá puesto mi novio sobre él mismo?

¿Habrá dicho algo de mí?

Al darse vuelta, Ángel cruza miradas conmigo. Levanto una mano para saludarlo, pero él esquiva la mirada y sigue hablando con Elena y Elmo.

—¿Todavía no resolvés las cosas con Ángel? —Benja abre la puerta del aula y deja que entre primero—. Ya pasó mucho tiempo, ¿qué no?

Vuelvo la mirada hacia mi novio cuando aparece en el curso. Él se sienta con Elena y Santi con María Pía.

A veces quisiera ir con Ángel, preguntarle cómo está, qué es lo que hizo sin mí a su lado, contarle cómo me fue con la profe de lengua, pero me acuerdo que él no me dijo sobre Gastón, y realmente me enoja lo mucho que todavía lo quiere a pesar de que ya no son nada. Bueno, de eso tampoco estoy seguro.

Siento que Ángel solo se hizo mi novio para tratar de llenar el vacío que dejó Gastón y ahora es cuando me estoy dando cuenta.

La preceptora Ceci aparece en el aula antes que el profe David.

—Chicos, tengo la lista de los abanderados y escoltas para el acto de abril.

¿Tan rápido? Apenas si tuvimos pruebas.

Dirijo la mirada hacia dónde está mi novio porque sé que él es quien más espera por esto.

La prece primero anuncia los nombres de los escoltas. Ahogo una exclamación cuando escucho el nombre de Elena para escolta de la bandera papal.

Finalizado el listado de escoltas y sus reemplazos siguen los abanderados. Primero nombran al de la bandera provincial, donde por desgracia se ubica mi novio. Soy yo el que siente una punzada en el corazón. Ángel se encoge en su asiento, cruzándose de brazos mientras Elena palmea su hombro.

—Benjamín Morales, abanderado de la bandera nacional.

Giro la cabeza hacia mi compañero de banco que también voltea a verme. Esta vez no hay seriedad o frialdad, solo una sonrisa orgullosa acompañada de su mirada penetrante enmarcada por cejas bonitas.

Una corriente eléctrica corre por mi cuerpo. Trago en seco, esquivando la mirada porque siento el peso de otra en medio de los murmullos de los demás chicos.

Volteo la cabeza hacia Ángel que me mira con el ceño fruncido. No, a Benjamín, Elena es la que me mira enojada, acentuando esa desaprobación con un movimiento de la cabeza.

En medio de la conmoción, aparece el profe David. Ángel de inmediato se sienta erguido y sube sus lentes con un gesto de la nariz.

—Esto es una sorpresa —murmuro—Felicidades, Benjamín.

—Fui abanderado desde cuarto grado en mi otra escuela —dice él, como si nada—. No iba a ser diferente aquí.

La sonrisa de Benjamín es ancha, firme y sus ojos jamás dejan de ver hacia los míos. Bien dicen que nunca terminás de conocer a una persona.

De repente, la prece Ceci está frente a mí.

—León, ¿podemos hablar un rato? No te robo más que cinco minutos.

Ya sabía yo que el que la profe Mónica no me diga nada en su hora de clase no era una buena señal. Ella debió de retarme o al menos preguntarme el por qué todavía no aparecieron mis tutores. Ahora, seguro que le dijo a la prece sobre la situación, lo que significa peores problemas.

La prece Ceci me lleva hasta preceptoría donde también está otra preceptora que se encarga de otros cursos.

Hay una vitrina vieja, de esas en las que antes se mostraban vasos o platos lindos de la casa, usándose para guardar las banderas de ceremonia y computadores desde dónde estudiaban los dinosaurios. Son grandes y amarillentas, como un viejito.

—León, el viernes pasado no vino ni tu mamá ni tu hermano —me dice la prece Ceci, guardando algunas fichas en un fichero gris al lado de su escritorio—. ¿Me podés decir qué pasó? Les mandamos la nota a todos los papás y aclaramos que era obligatorio.

—Eh, sí, es que mi hermano… —Rasco mi cabeza a dos manos—. Yo no sé qué pasó. Dijo que iba a venir.

—León, tenías la nota que mandamos firmada. Alguien en tu casa debía aparecer el viernes pasado.

Bajo las manos y siento que todo mi cuerpo se pone duro al instante en que la prece se cruza de brazos.

La cosa con la firma es que yo la hice.

—Sí… O sea, mi hermano la firmó.

—Tenía que venir un tutor por cada alumno. Es importante que en la casa sepan para qué tenés que venir un viernes en la tarde.

Muerdo mis labios mientras miro las otras vitrinas donde están las banderas de ceremonia. El próximo acto donde serán usadas es el dos de abril. Esta vez nos toca a nosotros porque los de quinto y cuarto ya tuvieron su momento antes de las vacaciones y en el comienzo de año.

—León, voy a tener que llamar a tu mamá o hermano para ver qué está pasando. Aparte de que no vinieron a la reunión de padres del viernes, la profe Mónica me comentó que desde hace rato que está tratando de hablar con algún tutor tuyo; y por lo que decís es como si ni siquiera pararan en la casa.

Mi mente queda en blanco, tampoco ayuda que mi cuerpo se convierta en el de un robot que no puede ni respirar.

Sé que por esto la mami me va a abrir como campera de tantos golpes, mi hermano también le va a ayudar a mover la varilla contra mí; hasta es capaz de él agarrar sus cintos y abrirme la espalda por haberles hecho quedar mal.

—Seriamente, ¿qué está pasando en tu casa?

Siseo como si me hubiera quemado.

—Nada malo, es que no sé por qué no se hicieron tiempo.

—Bueno, espero que puedan hoy en la tarde. —La prece niega con la cabeza, enviándome una mirada entornada—. Es muy raro que en tu casa de repente no se molesten en venir. Cuando tu hermano estudiaba aquí, tu mamá, aunque sea cinco minutos, se daba tiempo para venir. Dios sabe el esfuerzo que ponía para aparecerse y eso que te estoy hablando de esa época en la que las cosas, económicamente hablando, para todos estaban peor que ahora.

La prece me deja ir, pero yo me tardo un poco en mover los pies.

Al salir de preceptoría, tengo que apoyarme en una pared fría para poder calmar el calor sofocante de mi cuerpo y ver si mi corazón deja de golpear como loco contra mi pecho.

En mi momento de colapso físico y mental, veo a los aliens pasar por ahí con sus carpetas y bocas más abiertas que hipopótamos por el sueño que cargan. Si esos malditos aliens no hubieran aparecido, yo no tendría que lidiar con más problemas. Al final es cierto lo que pienso, los aliens para lo único que vinieron aquí fue para enredar toda la vida tranquila de la escuela.

Antes de que me reten por no estar en clase, entro a mi curso. Como es costumbre escolar, todas las cabezas giran a verme y por supuesto que la de mi novio es en la que más me fijo. Tiene ese ceño fruncido que indica que está pensando por qué tuve que ir con la prece y seguro que ya dedujo que estoy haciendo de las mías, las malas mías, como siempre parece que hago porque no puedo ser un niño bueno como él.

Soy el problemático novio que no van a querer sus papás, el que tiene el futuro ya marcado por un trabajo en negro, la delincuencia, o las drogas porque el que no se esfuerza en la escuela es en lo único que puede encajar. Por suerte no soy hetero o ya dirían que voy a embarazar chicas y a olvidarme por completo que tengo que pasar la pensión alimentaria.

Suspirando con calma porque Benji no le importa en lo más mínimo porque me llamó la prece, y lo hace ver no sacando la cabeza de la hoja mientras escribe lo que está en el pizarrón, agarro mi lapicera y alguna hoja para ponerme a copiar también.

El profe David, después de borrar el pizarrón, comienza a dictarnos algunas consignas para un trabajo de a dos en base a los textos que debíamos tener leídos para hoy.

—Benji, yo no...

—Si, sé que no leíste nada —interrumpe, sacando algunas hojas de su carpeta—. Te salvaste porque escribís rápido. Te dicto lo que vas a poner, y listo, trabajo de a dos.

—Benji, decís poesía.