Capítulo 18

La misa termina a eso de las diez y media. Mi mamá, mi hermano y mi cuñada salen primero de la vicaría; yo voy a buscar a Benjamín que sigue saludando a algunos viejitos y mujeres que se acercan al coro.

Fue la misma experiencia celestial de siempre, la misma cantidad de personas acumulándose en la puerta y la misma cantidad de gente queriendo encajar donde sea para poder escuchar la voz de Benjamín, que hace más agradables las misas y posible el deseo de poner un pie en un lugar que solo se visita en fiestas católicas muy importantes.

El diácono Rodri está más que contento con ese nuevo ambiente lleno de gente. Ahora mismo charla con algunas señoras que parece antes no venían a la iglesia, y estoy seguro de que reza todos los días para que la bendición que cayó en su vicaría siga manteniéndose sana y salva.

Me acerco al grupo de gente alrededor del coro. Lorena guarda su guitarra mientras charla con una señora cuya nieta mira a Santa Rita puesta en la pared como si fuera una aparición.

Benjamín está del lado izquierdo acomodando algunos cancioneros, pero se despide de los señores y sus hijos cuando me ve a mí del lado donde quedó Lorena.

—¡Benja! Vengo juntando hambre desde ayer. —Me siento en un lugar de la banca vacía donde él está—. Si seguís cantando tan perfecto van a tener que hacer un segundo piso para que la gente pueda caber.

—No creo que sea para tanto, pero me alegra poder ayudar con algo en esta iglesia.

Benja mira para todos lados, después detiene su mirada en el lado de la puerta. Giro la cabeza para ese lado y veo a dos hombres conversando entre susurros.

—León, ¿vamos?

Sigo a Benja hasta donde está esa pareja que, al vernos, nos saluda al instante.

—¿Listo? —El hombre de pelo marrón claro pasa una mano por el pelo desordenado de Benjamín—. Cantaste precioso, como siempre.

—¿El papá casi llora? —Benja ahoga una risa.

—Unos segundos más y tendría que haberle pasado un pañuelo. —El papá de Benja mira de reojo al otro papá de Benja que rasca su nuca, mirando hacia otro lado—. ¿Él es el famoso León?

Los dos hombres me miran de repente. El que se ve más joven, el primero que habló con Benja, me sonríe y muestra el carisma y carácter suave que parece tener, pero el otro me está dando vuelta de dentro hacia afuera. Ya veo de dónde aprendió Benjamín a intimidad con la mirada.

—Famoso no creo, pero medio tragón sí. —Miro hacia Benja, después de nuevo a sus papás—. Sí, soy León, el amigo de Benja.

—Fabián, mi esposo, y Guillermo —dice el más serio del matrimonio, señalándose y abrazando después a Fabián. La voz de Guillermo es muy parecida a la de Benja cuando está enojado—. ¿Listos para irse?

Los cuatro salimos de la iglesia como si el tiempo fuera todo nuestro. Los papás de Benja se quedaron atrás, aunque todavía siento que Guillermo me mira como si fuera un delincuente con tatuaje de lágrima en mi cara y el nombre de mi mamá en el brazo.

¿Por qué los papás desconfían del amiguito simpático de sus hijos callados?

—Benja —susurro—, ¿por qué tu papá Guillermo me está matando con la mirada?

—Esa es su cara de siempre. —Mi amigo se da vuelta, después vuelve su vista hacia mí—. Tenés una fobia por la autoridad, ¿no?

—Con razón so un santo. Dos papás seguramente es el doble de exigencia y el doble de miedo cuando tenés que pagar tus macanas. —Me estremezco un poco—. Si a mi mamá a veces le tengo miedo…

—Nah, la mayoría del tiempo solo me advierten que me porte bien cuando salgo con personas un poco traviesas.

—¡Ah! ¡con razón me quiere matar uno de tus papás! —Encojo la mirada y lo señalo—. ¡Pará! ¿famoso León fue porque presumís de mí o porque les contás cuantas cagadas me mando al día?

—No estarías a punto de comer hasta reventar en mi casa si hubiera hablado mal de vo, ¿no?

Ambos nos sonreímos y seguimos hablando de nuestras tareas pendientes de la escuela. Le cuento que estuve leyendo los resúmenes que me pasó y hasta ahora los entiendo más que a los libros. También satisfago su curiosidad sobre mi nada fluyente relación, que se convertirá en un pantano si no hago algo para resolverlo, pero le recuerdo que esta semana Ángel anduvo más idiota que de costumbre.

Cuando Benja quiere insistir en que tengo que hablar con Ángel en vez de evitarlo, le hago acordar que mi novio dijo que no había problema con que me junte con otros amigos, pero que al final se dio vuelta y me tiró bronca por no estar a su lado.

Freno mis pies cuando llegamos al puente. Siempre dejo un cuarto de mi vida cuando paso por este maldito puente lleno de yuyos al fondo y agua viva de tan sucia que está. Trago grueso, siguiendo a Benja que pasa como si esto fuera un paseo peatonal.

Me concentro en estirar el pie para llegar hasta el primer durmiente de la vía. Respirando como si hubiera estado sumergido bajo el agua por horas, me animo a estirar otro pie para el siguiente, pero el ruido de algo hundiéndose me hace saltar para atrás.

—¿Tenés miedo?

Salto en el lugar porque esa voz no es la de Benja. Miro hacia arriba y me encuentro con Guillermo.

—Un poco —murmuro.

Guillermo pone una mano en mi espalda y medio me siento sostenido. Me doy unos minutos para componer mi coraje y empiezo a estirar las piernas una tras otra.

—Cuando era chico también le tenía terror a este puente, sobre todo cuando veía que algunas personas tenían que tirarse al costado cuando pasaba el tren.

Me endurezco todavía más por el miedo y casi me resbalo al pisar mal un durmiente. No creo que eso se le deba decir a alguien que está por mearse de miedo.

—Mi papá no hizo otra cosa que dejarme solo en medio del puente. Él pasaba sin problemas mientras yo lloraba a gritos porque estaba paralizado de miedo; pero supongo que a su manera me estaba enseñando a superar mis miedos.

La mano de Guillermo antes firme en mi espalda, y medio empujándome cuando por ahí me paraba, se desliza lejos de mí y como si me hubiera ayudado a contener la respiración, suspiro con alivio apenas piso la tierra del otro lado.

—Gracias —digo, secando el sudor de mi frente.

—¿Qué pasó? —Benja se acerca a nosotros con Fabián a su lado—. Perdón León, no me di cuenta de que te quedaste atrás.

—No pasa nada, tu papá me ayudó.

—Porque no so mi hijo, sino, te hubiera dejado a mitad del puente para que aprendás a vencer tus miedos. —Guillermo me mira desde arriba, sonriendo un poco—. Eso le hice a Benja. ¿Viste que fácil que es para él pasar por el puente? Hasta con los ojos vendados lo haría.

De pronto escucho el gruñido de un perro. Al darme vuelta hacia mi izquierda, hay una masa negra y brillosa con dientes tan blancos que estoy seguro de noche brillan más que la luna.

¡¿De dónde salió ese perro endemoniado?!

¡Vine a la Costanera hace unos días! ¡jamás vi este perro loco!

—¡Me quiere tragar! —grito, tirándome sobre Benjamín.

—¿Ángel?

—¡No! —Señalo al endemoniado perro que saliva y gruñe —¡El animal ese!

—El perro se llama Ángel —dice Benjamín, palmeando mi espalda mientras me arrastra hacia atrás.

Su papá Fabián busca algo en el bolsillo y se acerca al perro loco que en seguida esconde los dientes.

A Guillermo ni siquiera se le mueve un pelo, solo se cruza de brazos, evitando mirar a los ojos al perro. Estoy seguro de que hace eso porque dicen que cuando mirás directamente a los ojos de un perro enojado es como si lo estuvieras desafiando y podría en serio morderte por hacerle eso.

—Tomá Ángel y deja de asustar a la gente.

¡Qué bolas las suyas, y qué escondidas están las mías!

—Ya está. —Fabián sacude sus manos con migas—. Ángel es perro guardián de todos, por eso a los extraños les gruñe, pero tiene que pasar mucho para que los muerda.

Guillermo toma la mano de su esposo y los dos caminan delante de nosotros como si nada hubiera pasado.

—¿Tas bien? —Benja me desprende de su cuerpo—. Estabas vibrando, no temblando.

No me di cuenta de que casi enrosqué las piernas alrededor de Benja por querer treparme sobre algo. Me separo de Benja, mirando al suelo porque siento que mis cachetes arden. Recién me doy cuenta de la vergüenza que pasé frente a sus papás y seguramente frente a todos los que salieron a ver quién fue el llorón chinita que gritó.

En mi defensa, ese perro no estaba cuando vine una vez con Ángel.

—Vení, vamos a comer empanadas, y con suerte, helado. —Benja me agarra de la muñeca y me hace caminar con él—. También, te voy a presentar a mis mascotas.

Los dos entramos a una casa chiquita, parecida a un cubito. Adentro parece no haber más que una cocina, tres piezas chicas y un patio rodeado con alambre y chapas de izquierda a derecha.

—Benjamín, recojé las cosas de la mesa y sacá el recado de las empanadas de la heladera. —Fabián camina detrás de Guillermo que ya se está desprendiendo la camisa—. A eso de las doce vení y prende el horno. Nos vamos a cambiar y nos ponemos a hacer la comida.

—¿Estabas acabando la tarea? —digo, acercándome a ayudarlo a acomodar las carpetas y libros—. ¿Y estos libros?

Benja pega una espiada a lo que le señalo.

—Son los apuntes de mi papá, el que te ayudó en el puente. Estudia para ser licenciado en higiene, seguridad y medio ambiente del trabajo.

—¡Oooohhh! ¡Qué genial! Ya veo de dónde sacaste lo bocho.

Benja sonríe, encogiéndose de hombros.

—Podría decirse.

Con las cosas de la escuela y las de su papá apiladas en nuestras manos, sigo a Benja hasta encontrarme con tres puertas. Una está entreabierta y creo es la pieza de sus papás, la otra es la pieza de Benja, pero hay una puerta que parece nunca se abre.

—¿Quién duerme en esa pieza? ¿Es el baño?

Benja sigue de espaldas. Cuando se da vuelta, suspira desde el fondo de su estómago y saca todo el aire que le queda.

—Es… es una pieza donde guardamos cosas que ya no usamos —dice con la voz tan melancólica como ahora lo está su portador—. El baño es esa puerta de madera y vidrio.

Vuelvo a mirar la pieza donde supuestamente guardan cosas que ya no usan. No sé por qué le despertó tanta tristeza. Es como si allí hubiera algo más que cosas que pocas veces ven la luz. Es más, ese tipo de actitudes tristes o pequeños bajones que tiene Benja, me hacen pensar que hay más en él de lo que muestra, y justamente por ese algo metido adentro suyo necesita ver al alien algunas veces.

Apenas entro a la pieza de mi amigo, dejo los libros en una mesa de café frente a su cama y me acomodo en ella mientras él agarra los apuntes de su papá y va hasta la pieza de ellos.

La pieza de Benja es simple, ordenada y no es más grande que la de mi novio, pero lo que no puedo dejar de mirar por varios segundos es la puerta a los pies de la cama.

Como por aquí dentro todo sigue silencioso más allá de los ruidos que hace Benja al volver y acomodar sus cosas, se escuchan solo las voces de Fabián y Guillermo conversando sobre sus asuntos de trabajo, a veces riendo por algo, otras, en silencio de nuevo.

—Benja, ¿cómo hacés para hablar tan bien cuando exponés en clase? O sea, es genial. Parece que hubieras nacido para orar.

—Será: parece que hubieras nacido para ser un buen orador. —Benja se ríe un poco, negando con la cabeza—. Iba a clases de oratoria en el centro vecinal del barrio donde antes vivía. Como el que siempre estaba conmigo cuando estudiaba era mi abuelo, me dijo que fuera a uno de esos cursos para para que mis exposiciones sean mejores y perder el miedo a hablar en público.

—¡Ooohhh! En el centro vecinal de la villa solo hay bingos, fiestas de quince y creo que dan clases de folklore.

Agarro el gato chinchudo que él tiene en su cama.

—Y supongo que la pronunciación más yanqui de toda la provincia la conseguís yendo a un instituto. Hombre, yo apenas sé hablar español.

Benja me pasa un libro de color azul que tiene un título en inglés. Nada que ver con las fotocopias chorriadas que nos dan en la escuela. En este libro todo lo que ven mis ojos está en idioma yanqui; hasta hay algunas páginas que tienen algo de la historia de su país y cultura.

—Genial, ¿a qué instituto vas?

—ISICANA, es bastante completo. Incluso, puedo obtener una visa de estudio para mejorar mi inglés en Estados Unidos.

—¡Oooooohhh! ¡¿Lo vas a hacer?!

—Tengo tiempo para pensarlo.

—¡Benjamín! ¡¿Ya sacaste a las gallinas del gallinero?! ¡Ayer te olvidaste de hacerlo y casi me arrancan los ojos cuando lo hice yo!

Ahogo una risa después de oír a Guillermo e imaginarme la locura que debió haber sido. Benja trata de callarme mientras frunce el ceño, pero eso hace que ría todavía más.

—¡Benjamín!

—¡Ya voy! —exclama, abriendo la puerta de la pieza.

—¡Ya! ¡Ni más tarde, ni en cinco minutos! ¡Ya! —Escucho el trajín de ollas y fuentes de loza—. ¡Ya van dos veces que te olvidás!

—¡Benjamín! —Fabián se suma al coro de voces —¡Hacé lo que te pide!

Los dos salimos corriendo de la pieza por la puerta de contrabando que tiene Benja. El único chico ungido con esa bendición y estoy seguro de que no la usó ni una vez.

—Cuánto te juego a que esta puerta no la usaste en tu cochina vida para entrar sin que lo noten tus papás.

Camino detrás de Benja que ya está abriendo el cuadrado de puerta que tiene el gallinero que hay en el patio. Detrás de la casa de Benja está la cancha más grande, la que usan los changos de acá para hacer pastar los caballos de sus carros y también donde se arman los partidos de la Costanera.

—Mi amiga Carla la usó algunas veces cuando vino a verme. O sea, solo vino a mi casa para poder estrenar esa puerta que tanto te llama la atención.

—¿Quién es esta?

Señalo una gallina de color cobre que camina alrededor de mis pies mientras picotea el suelo.

—Melchora.

—¿Y esa? —Miro una gallina negra que parece recién sacudida—. Mi abuela también tenía gallinas negras y un gallo, más cabrón que gallo.

—La de color negro se llama Chasca, esa blanca que vez por la puerta es Copetuda y el gallo que vez paseando por mis pies se llama Pirineo.

—¿Son tuyos o de tus papás?

—No, de mi abuelo.

Benja ve al gallo y, por un segundo, creo ver algo de tristeza que desparece cuando pestañea. Quiero preguntar si se trata del viejito con el que lo vi una vez cuando vine a la Costanera, pero si hago eso estoy seguro de que él no me responderá o bien pasará a otro tema.

Quizás hubo una fuerte pelea familiar, por eso no están juntos todo el tiempo. Las familias a veces andan a las patadas y los que más sufren de esas cosas son los inocentes, aparte de que no podés andar bien con uno que ya piensan que estás de su lado o algo así.

—¡Beeeenjaaaaa!

—Tengo que prender el horno —dice, empujándome hasta la puerta de contrabando de su pieza—. Ninguno de mis papás le agarró la maña.

En la cocina, Guillermo simba empanadas con una paciencia celestial y Fabián lava algunas cosas en la vacha de la cocina. Yo me siento en un costado de la mesa mientras Benja va hacia el horno, saca algunas fuentes guardadas ahí y se hinca para soplar por donde va a salir el gas.

—Amor, ¿para qué eran los talleres que tiene que hacer Benja los viernes?

El esposo de Guillermo se sienta a su lado mientras seca sus manos con un repasador azul.

Me había olvidado de eso. Hasta me pareció que esa reunión del viernes era un invento de mi imaginación, una pesadilla que se escapó de mi cabeza.

Benja se sienta al lado mío, curvando las cejas mientras mira hacia sus dos papás.

—Solo tiene que ir para trabajar sobre temas que van desde la intimidad hasta el mundo de las redes sociales. Al menos yo lo entendí así. —Guillermo sonríe, dejando la última empanada echa en una fuente redonda—. Quieren tratar de que los chicos convivan mejor tanto consigo mismos como con los demás.

Fabián muerde su labio inferior, negando con la cabeza.

—León, ¿qué es lo que dicen en tu casa sobre este asunto?

Me hundo un poco más en la silla. No es como que ellos descubran que no le dije de esa reunión a mi hermano, tampoco es que me vayan a deschabar o castigar por ocultar cosas de la escuela; pero me asusta hablar de eso.

—Mmm… Mi mamá piensa que hacen bien en hacer eso de los talleres. —De repente tengo la lengua más grande que mi boca y es complicado hablar bien—. Mi hermano es exalumno de esa escuela y… eh… como que en ese tiempo no pasaban esas cosas y ahora le parece bien que se involucren más en los problemas de los chicos.

—Sí, es cierto, antes no pasaban esas cosas porque nadie era capaz de ver el problema como lo que era, un problema —dice Fabián, negando con la cabeza—. Por lo menos ahora los chicos andan un poco más despiertos en el tema de su sexualidad y esas cosas, pero eso también requiere de educación para no terminar en estos líos.

Mi suspiro de liberación hace que Benja me mire como si de repente me hubiera crecido un tercer ojo. Le sonrío, encogiéndome de hombros y mirando hacia cualquier lado.

Para alivio de mi estómago enojado conmigo porque no le doy comida, y que no me pregunten nada aparte de cómo voy en la escuela, las empanadas van al horno y los papás de Benja hablan con él sobre los vecinos que se cruzaron en la iglesia y sobre un tal Rosendo.

Tanto Fabián como Guillermo parecen conocer tan bien a esos mayormente viejitos, que hasta pienso que se trata de la familia de Benja.

Toda la charla gira en torno a viejitos que Benja ayuda, sobre todo a don Rosendo, al que fue a ver ayer. O sea que el viejito con el que iba Benja la primera vez que lo vi en realidad era un vecino de los tantos que atiende, no su abuelo.

Apenas dan las una de la tarde, Guillermo saca la primera tanda de empanadas. Mientras disfruto de las empanadas más jugosas, grandes y para nada pesadas que comí en mi puerca vida, Benja les cuenta de su semana perfectamente normal en la escuela a sus papás.

Tener tanta conversación con sus papás parece ser lo más normal para él; supongo que es así porque al ser un niño bueno no hay necesidad de mantener secretos o esconder cosas. Debe ser lindo que tu familia te escuche, te aconseje y hasta se preocupe por lo que te pasa cuando andas raro o de repente te ven decaído.

Cuando acabamos de almorzar, los papás de Benja lavan los platos juntos y nosotros llevamos nuestras compoteras llenas de helado Grido al fondo, donde las gallinas merodean y la sombra de la casa es perfecta para pasar el rato.

—¡Ay! ¡qué panzón estoy! —Paso mis manos por mi estomago inflado de comida—. Soy una pelota, no un chango.

—No sé cómo hacés para pelear tanto con Ángel, la mayoría del tiempo das más risa que molestia.

Ángel…

¿Qué es lo que estará haciendo ahora?

¿Gastón irá seguido a su casa?

Sostengo la cuchara con los dientes e imagino cómo debió de haber sido su relación con Gastón. Tal vez los papás de mi novio lo invitaban a almorzar seguido, los dejaban estudiar juntos, salir, hacer todo lo que una pareja podría hacer. Y no hay dudas de que ellos hicieron todo, absolutamente todo lo que los novios podrían hacer.

Vuelvo a llenar mi cuchara de helado y suspiro, echándome sobre la puerta de contrabando de Benja.

—Bueno, hora de irme —digo, estirándome como chicle—. Seguro que todavía te queda mucha tarea por hacer.

—No, pero me voy un rato a la casa de doña Rosa porque tengo que llevar unos calichos al río.

Los dos volvemos a la cocina donde encontramos a sus papás terminando de lavar los platos entre risas y pequeños besos. Son como una pareja de recién casados.

Creo que me hundo más al fondo del malestar que vengo arrastrando desde que me alejé de mi novio por encontrarlo tan feliz con su ex. Si yo fuera otro, le preguntaría, lo enfrentaría y le exigiría que me dijera lo que pasa, pero sé que Ángel solo me dirá una parte del todo y no quiero ser engañado de esa forma.

A pesar del tiempo que estamos juntos, ahora no parece significar nada. Es como si recién nos estuviéramos conociendo, o será que hemos cambiado tanto con el paso del tiempo que ya no nos reconocemos. Mejor dicho, no sé si lo estoy comenzando a desconocer.

Al salir de la casa de Benja, no solo la comida la siento pesada, sino que también hay una pesadez en mi pecho.