Capítulo 17

Me acomodo la mochila y sigo a Benjamín. Salimos con el resto de los chicos que van felices a sus casas porque el fin de una dura jornada académica llegó.

—Se pelearon, ¿no?

—¿Qué?

Benjamín señala con el mentón hacia mi novio que ahora charla con Elena mientras Santi come chisitos naranja. Los tres van varios metros delante de nosotros dos.

—No estamos peleados, solo quería pasar tiempo con otra gente. —Me encojo de hombros—. La cosa se puso tensa porque a Ángel no le caés bien.

Antes de que lleguemos al puente que divide nuestros caminos, tiro de su manga para que nos quedemos un rato en el portón de la esquina, donde entran los de jardín.

—Ángel es medio cerrado. Es un poco complicado de explicar, pero va por ese lado la cuestión de por qué no nos llevamos tan bien como antes.

—Tenés derecho a enojarte sobre algo que no te gusta. Sabés cómo es tu amigo, pero es obvio que no todo de él te va a agradar; y está bien porque no podemos aceptar todo de todos —explica con un suave tono de voz—. Supongo, es solo una observación, me puedo equivocar; que le gustás y por eso las cosas parecen un poco difíciles de llevar.

Encojo y suelto los labios al darme cuenta de que no le dije a Benja que Ángel y yo somos novios. Bueno, no es que pueda andar con el cuento a todo el mundo.

—Mmm… Benja. —Pongo una mano en su hombro—. ¿Me guardás un secretito?

Benja mantiene firme la seriedad en su cara.

—No sé si quiero saber.

—No es malo, es más… clandestino. —Contengo la risa cuando veo que sus ojos se vuelven más grandes—. Lo que pasa es que Ángel y yo somos novios; pero como le prohíben hasta respirar, no podemos hacer público nuestro amor porque yo terminaría castrado y quizás a él lo obliguen a ser cura.

—¡Ah! ¡con razón me mira con tanto odio! No sé si quiero estar en el medio.

—No te preocupés por sus arranques de idiotez —insisto antes de que Benja salga corriendo—. Se le va a pasar, pero por ahora quiero estar bien lejos.

—Bueno, guardo el secreto.

Paso un brazo por los hombros de mi compañero, pero se me desencajan hasta los ojos cuando él pone distancia entre nosotros.

—Evitá ser confianzudo, por favor.

—Salí de guatemala a Guatepeor —murmuro.

—¿Qué? —Él me mira con el ceño fruncido—. Yo solo estoy poniendo la distancia que debe haber con alguien que acabo de conocer.

—Fuaaa, Benjamín, no seas tan rígido.

—O me respetás o no te juntás conmigo.

De repente escucho la discusión de algunos chicos. Doy vueltas mi cabeza de un lado a otro, siguiendo el sonido, hasta que veo a unos changos en las vías del tren, empujándose, insultándose, y gritándose hasta casi agarrarse a las piñas.

—No me digás que es por lo de las fotos de Instagram.

—Tenemos que avisarle a alguien —dice Benja.

—Estoy muy seguro de que ya saben qué está pasando. —Paro al justiciero que quería correr de vuelta a la entrada de la escuela—. Es mejor que nos quedemos fuera de esto.

—León, si no avisás de estas cosas, se repiten hasta que todo termina por ponerse peor. —Lo suelto lentamente mientras la voz áspera que utilizó se desliza por mis oídos, causando que cierto cosquilleo atraviese mi cuerpo—. No voy a ser cómplice con mi silencio.

Él me da una última mirada antes de volver.

Lo alcanzo en el portón de la escuela, donde algunos profes y el psicoloco salen al despatarro. Benja detiene sus pasos al ver cómo todos los adultos se apresuran a correr hacia la vía.

Yo no presto atención al lío alrededor porque me fijo en Ángel saliendo detrás de los adultos alterados. Al momento en que cruzamos miradas, frena sus pasos. Sus anteojos están sobre la punta de la nariz, y la forma en la que la mochila lo mantiene erguido hace pensar que lleva libros pesados. Si me fuera a la casa con él, estaría llevando esa mochila mientras hablamos de lo que pasó en la escuela.

—¿Fuiste quien avisó sobre lo que estaba pasando en la vía? —le pregunto.

—Sí, justo andaba por ahí y me volví para contar lo que vi.

Relamo mis labios, mirando un poco hacia atrás solo para encontrarme a Benjamín en mi costado derecho. De pronto siento lo que en algunas oportunidades escuché decir: la tensión podría cortarse con un cuchillo.

—León no quería meterse, ¿cierto? —Ángel gira su cabeza hacia Benjamín.

—Sí, algo así. De todos modos, no le estaba haciendo caso —responde mi compañero.

—Hacés bien en no seguir la corriente de algunas estupideces que dice o hace.

Frunzo el ceño cuando me doy cuenta de lo que está haciendo. La última vez que escuché ese tipo de cosas teníamos doce años y yo me había juntado mucho con un compañerito, que ahora no recuerdo el nombre, pero fue porque tenía la Play nueva y siempre me invitaba a jugar a su casa.

—No hablés de mí como si fuera un animal del que conocés hasta la cantidad de pelos que tiene —reclamo—. No me estás prestando a alguien tampoco.

Ángel ni siquiera cambia su expresión sin vida, solo baja y sube la mirada sobre mí.

—No sé si prestar. So como un perro de la calle que se acerca a cualquiera que le da cariño o comida.

Si así es como van a ser las cosas, también puedo sacar las armas y herirlo hasta ver quién de los dos cede.

—Al menos yo no tengo que preocuparme por lo que anda circulando en Instagram.

Ángel deja de fruncir el ceño y parece como si alguien le hubiera clavado una espina en una llaga. Mira para otro lado y se aleja de nosotros sin decir algo más.

Relamo mis labios. Tal vez eso fue mucho, pero él me llamó perro de la calle y me trató como si fuera cualquier cosa en frente de alguien.

—León, ¿qué es lo que te pasa? ¿por qué lo tratás así? —Benjamín vuelve a caminar junto a mí para ir al fin a nuestras casas—. Yo no quiero estar en medio de lo que sea que esté pasando entre ustedes, pero no tenés que ser tan hiriente.

—No le hagás caso —insisto—. Eso que hace es una vieja costumbre que viene arrastrando desde que tiene doce.

Cuando llegamos al pequeño puente, otra vez, Benja suspira y se da vuelta hasta que estamos cara a cara.

—¿Nos vemos mañana? —Sonrío—. ¿Y puedo volver a sentarme con vo?

—Sí, supongo que no te vas a despegar tan fácil.

***

Como lo había anunciado el líder alien hace unos días atrás, tenemos que estar en la escuela un viernes en la tarde. Esta reunión es para presentar la intervención que estuvieron planeando sus lacayos a nosotros los nuevos conejillos de indias.

Por otro lado, el psicoloco es el que les tiene que explicar a los adultos responsables de nosotros en qué consisten sus planes maléficos para dominar el mundo.

Por suerte en lo único que se tardaron fue en ordenar a las masas. A los adultos los llevaron a un aula aparte y nosotros fuimos ubicados en el patio con tinglado para saber qué es lo que tenemos que hacer a partir de ahora.

Los aliens se dividieron los grados, pero no es nada muy extraterrestre. Los lacayos del líder alien dicen que tenemos que presentarnos de manera obligatoria a los talleres que propongan el próximo viernes, pero no son contenidos que se tomarán en alguna prueba o tarea extra, solo es para mejorar y enriquecer nuestra vida estudiantil y personal, entre otras cosas que ni escuché.

Los aliens tratan de hacerlo ver como algo bueno, pero yo le susurro a Benja es que están a punto de lavarnos el cerebro, sacárnoslo de la cabeza para dejarlos en un frasco y observarlos, o bien, venderlos en la Deep Web.

No sé si dije algo más gracioso, pero Benja se ríe un poco fuerte y eso llama la atención de uno de los aliens que me mira por un segundo y luego vuelve la vista hacia el resto como si nada hubiera pasado.

Esta reunioncita gasta una hora de mi cochina vida, pero al menos me entretuve sacándole risitas a Benjamín.

Cuando pensé que tendría que volver a mi casa solo y aburrido a hacer el quehacer que mi hermano no hizo, alguien tira del cuello de mi remera.

—¡Eh!

Descubro al atrevido al darme vuelta.

—¡Benjamín! ¿No ibas a volver a tu casa con tu papá?

Benja se encoge de hombros, mirando hacia la marea de chicos que ahora sale puteando de la escuela. A nadie le gusta estar en la escuela un viernes a las cinco de la tarde, pero no hay de otra, los aliens quieren lo que los aliens quieren.

—Voy al comedor de doña Lola para comprarme un helado. ¿Querés venir?

—¡Obvio! —Engancho mi brazo con el suyo y lo arrastro para afuera.

En el camino, Benjamín, aparte de soltarse de mi agarre y repetir que no sea tan confianzudo, me cuenta que su papá fue a buscar cebollas al escabeche, por eso él decidió adelantarse. También, pregunta qué hay con mis papás, pero yo cambio de tema contándole una travesura que hizo Pili el cerdito.

—¡Ah! No te conté. Me gané unos billetes ayer en la noche cuando jugué al truco con unas vecinas. Con eso pienso pagarme el helado.

—Genial, ¿me comprás uno? —Junto las dos manos como si estuviera rezando el rosario—. Podemos ir a mi casa y te devuelvo lo que gastaste en mi capricho.

—¿Cómo ibas a hacer si no traía más plata? —Se ríe —¿Te quedabas mirando mientras comía mi helado o tenía que convidarte?

Llegamos al comedor de doña Lola que está hasta el techo de gente tomando mate con bollo o café. Avanzando por el lugar lleno, escucho truenos y noto más oscuridad afuera porque las luces de dentro se ven más nítidas.

—¿Trajiste paraguas? —le pregunto a Benja.

—No, la verdad es que me olvidé de pedírselo a mi papá antes de buscarte. —Benjamín camina en medio de las mesas y yo lo sigo—. No importa si nos mojamos, bueno, a mí no me importa; aparte de que no me resfrío tan fácil.

Miro hacia la barra donde están dos de los cinco hijos de doña Lola. En las tardes la gente tiene que pedir por la barra. Es una forma de descanso que tienen los que trabajan.

—Oh, el mío de…

—Chocolate, crema del cielo y mascarpone. —Pestañeo un par de veces mientras Benjamín sonríe lentamente—. Me lo dijiste alguna vez en el recreo.

Me quedo sin habla mientras él va hacia el mostrador donde Alicia, la hija menor de doña Lola, habla con un cliente. De repente, me estremezco porque al comedor entró una ráfaga de viento frío que sacudió los manteles y las camisas de los comensales que suspiran por la frescura. Me acerco también a la barra y en eso veo que vuelve Benjamín con dos pequeños envases de tergopol con nuestros sabores de helado repartidos en partes iguales.

—¡Le dijiste de los trozos de galleta! —Agarro el pote que tiene lo que me gusta. —¡Pensé que no te ibas a acordar!

Un trueno titánico hace parpadear las luces y exclamar a los adultos que empiezan a recoger sus paraguas o a comentar sobre la tormenta. Ese gran trueno también inició la lluvia que cae como si echaran baldazos de agua desde el cielo.

Los relámpagos son tan potentes como flashes y rajan la tierra los truenos que le siguen. Algunas veces las luces parpadean y los adultos aquí reunidos se miran, preocupados o comentando con angustia acerca de sus casas, sus techos, si sus familiares habrán llevado paraguas.

Una pareja de chicos se para en la entrada del comedor. Esos dos se pusieron unas bolsas de basura para cadáveres. Tomados de la mano, ven la tormenta; luego, Riendo a carcajadas, salen corriendo. Los clientes que estaban cerca de la puerta sonríen, negando con la cabeza y moviendo sus mentones hacia ellos mientras comentan cosas.

—Tal vez tengamos que irnos.

Vuelvo la mirada hacia Benjamín que parece preocupado.

—¿No esperaremos a que pase la tormenta? —pregunto.

—Me parece que esto es lo más suave de la tormenta.

Hacemos lo mismo que los changos de hace rato: pedir unas bolsas para cadáveres. Después de embolsarnos, nos paramos frente a la puerta, pero un relámpago me hace retroceder.

—¿Seguro que nos vamos a ir así? —Trago saliva mientras veo las calles llenarse de agua—. O sea, salgo a la lluvia solo para rescatar la ropa.

—Tengo experiencia corriendo en medio de una tormenta —me dice Benja.

Trago saliva mientras veo la catarata de agua que cae de los bordes del techo del comedor de doña Lola. No hay nadie en la calle, ni siquiera los perritos que a veces andan por aquí.

Benja agarra mi mano y de un tirón me saca de la seguridad del comedor de doña Lola. La lluvia me golpea como si estuviera recibiendo piedras invisibles. El pelo se pega a mi cráneo y cada vez siento más escalofríos, no solo por el agua fría de lluvia sino por los relámpagos que forman horribles venas en el cielo y por el bramido de los truenos.

La humedad y el sudor se mezclan en mi cuerpo, otra incomodidad, pero lo único que puedo hacer es reír porque por alguna razón me parece gracioso y mágico correr mientras todo el mundo se deshace a nuestro alrededor.

Con Benja jamás paramos de chapotear por todos lados a pesar de que de nuestros cuerpos chorrea el sudor ahogando nuestro calor porque estamos envueltos en plástico. Benja no suelta mi mano y me lleva por las calles barrosas con tanta determinación que podría cerrar los ojos y disfrutar de las sensaciones.

Frío, calor, humedad, sofoco, pero por alguna razón también siento como si estuviera a grandes alturas y mi estomago me lo hiciera saber con una sensación de vacío, de cosquillas que parecen hacer reír hasta a mis órganos.

Nos refugiamos bajo los árboles, pero terminamos resbalándonos y casi me caigo encima de él por el barro de las calles de tierra. El ruido de la lluvia amortigua nuestras palabras así que, cuando Benjamín se acerca a mi oído para susurrar, es otra sensación que se suma a las que ya venía sintiendo.

Corremos, libres, mojados, fríos, tratando de amigarnos con la lluvia y locos a la vez por aventurarnos al mal tiempo. En medio de risas y gritos, entramos a mi casa cerrando con fuerza la puerta. Deslizándonos hacia abajo, nos miramos y volvemos a reírnos. Pili el cerdito viene ladrando desde mi pieza y comienza a olernos y a querer secarnos con su lengüita.

—Así que este es Pili. —Benja acaricia a mi perrito que mueve su cola tanto que parece estuviera contoneando sus caderas—. Es muy tierno.

Me saco la bolsa mojada del cuerpo, sintiéndome un poco húmedo, pero eso se debe al sudor.

—Muchos dicen que es fierito.

Benja se quita su capa de lluvia improvisada y levanta a Pili en brazos para darle un par de besos detrás de las orejitas.

—No, un perrito no es feo. —De repente su voz es más suave y dulce —. No existen los perritos feos.

—Vas a quedarte hasta que pase la tormenta —le digo, caminando a mi pieza—. Mientras tanto, comamos helado.

En mi pieza, recojo una camiseta de Tom y Jerry de mi cajón desbordante de ropa. Al darme vuelta, me quedo duro en el sitio porque Benjamín está en bóxers. Le tiro una camiseta manga larga que encontré sobre su cara para evitar que me vea con vergüenza o cualquier otra cosa.

Vi a mi hermano andar en bóxers —hasta con los huevos saliéndose si le andaban chicos los calzones —por toda la casa en días de calor sofocante, pero eso fue todo.

¡Ni siquiera le saqué la ropa a mi novio!

—¡¿En qué momento quedaste en bolas?! ¡Cochino degenerado! ¡Y yo soy el confianzudo!

Me doy vuelta y busco una camiseta que pueda usar para sacarme la que tengo ahora.

—¿Qué tiene? Los dos tenemos lo mismo.

—¡Me asusté! —Me saco mi camiseta mojada y me pongo otra—. No sé si tiene sentido, pero hasta ahora no había visto a nadie más en bóxers aparte de mi hermano, que podría andar por la casa como Dios lo mandó al mundo, pero la mami nos tiene prohibido hacer eso.

Benjamín, vestido por suerte, asiente.

—Pero no hay problema si lo volvés a hacer —digo, encogiendo los hombros—. O sea, solo fue la impresión de la primera vez.

—¿Que lo vuelva a hacer? —Benja alza una ceja—. No soy stripper.

Agarro una almohada de mi cama y le doy un par de almohadazos que apenas esquiva.

—¡Ay! ¡Eh! ¡Pará!

—¡Para que se te acomode el cerebro! —Le doy un último almohadazo—. Digo que no hay problema ya con que uno se cambie frente al otro. Solo fue ahora la sorpresa.

Me siento en la cama con las piernas cruzadas, echando la espalda contra la pared. Benjamín me empuja un poco para hacerse un lugar y sube los dos potes de helado que quedaron en el piso, pasándome el que tiene mi nombre escrito con fribrón en la tapa.

—¿Ángel es tu primer novio?

Me sorprende su pregunta, pero digo que sí mientras miro la cama desordenada de mis hermanitos ahora en casa de Carina.

—Antes solo me gustaron algunos chicos, nunca estuve de novio con alguien.

—A mí también me pasó algo así con chicas y chicos —confiesa, dejando sus manos detrás de la cabeza—. Nunca tuve pareja.

En vez de pensar, qué lástima que alguien tan agradable no haya llegado a enamorar a otra persona, aplasté la voz que susurraba:

Podría ser su primera vez.

—León, ¿querés venir a mi casa este domingo? —Benja se da vuelta y cruza sus piernas para quedar frente a mí—. Mis papás van a hacer las empanadas que trajo uno de sus amigos y me dijeron que puedo invitar a alguien a comer si quiero porque son un montón y terminaremos rodando si nos las comemos todas.

Pestañeo un par de veces, después sonrío, diciendo que sí con la cabeza.

—¡Dale! ¡Nunca me niego a comer!

Benjamín se ríe, volviendo a alcanzar su helado.