Capítulo 16
Bostezando mientras camino a la escuela, puteo hasta a quienes no conozco porque hoy es lunes y tengo que arreglármelas para inventar excusas a la profe Mónica o pensar cómo carajo desviar el tema de mis tutores viniendo a la escuela. Solo pensar en lo que me espera para este día me endurece el cuello.
Cruzando la calle que separa la vía de la escuela, reconozco al portador de una mochila roja.
—¡Benja! —Lo empujo y casi choca con una pared—. ¿Cómo andás?
—Hola —saluda, sin ninguna expresión en su cara.
Caminamos hasta el portón negro de la escuela donde varios chicos se apelotonan para pasar. Muchos tienen la misma actitud zombi que yo, otro tantos están felices de al fin ver a sus amigos después de dos días de separación.
En el aula, Benja se despega de mí y va a su banco de siempre. Del otro lado, Elena y Santi están con Ángel.
Mi novio no parece enojado. Anoche le dije que en estos días quiero dormir diez minutos más, por eso no vendremos juntos por un tiempo, aunque la verdadera razón por la que no quiero estar con él es muy diferente.
Ángel me ve y agita una mano, le respondo de la misma forma, pero mis ojos vuelan hacia Benjamín ahora tirado sobre el banco.
—¿Puedo sentarme aquí por unos días? —le pregunto a Benja mientras lo sacudo para que se despierte por si acaso está dormido.
—Mmmm…
Como no escucho un no, dejo mi mochila en el banco vacío a su lado.
—No soy un comodín —dice, levantando la cabeza—. Si estás peleado con tu grupo, sentate con otro compañero. No vas a venir conmigo cada que algo salga mal en tu círculo.
—No, no, nada qué ver. —Alzo mis manos como si me estuvieran por arrestar—. Te juro que no es por eso por lo que quiero quedarme.
Benjamín abre la boca, luego la cierra y vuelve a tirarse sobre su mochila quejándose tanto que parece lo están quemando vivo.
—Despertame cuando suene el timbre.
Elmo llega con nosotros, saludando con una mano. No sé qué es lo que les diré, pero algo tendré que inventar para que no queden enojados conmigo por querer separarme de ellos así de repente.
—¿Por qué te sentáacá? Si queré un cambio, podemos hacé así: Elena con Ángel, yo con vo.
—Por unos días quiero estar con Benja.
—¿Venís con nosotros al recreo por lo menos?
Ángel frunce el ceño.
—No creo. —De repente quiero rascarme como un perro—. No lo tomen mal. Es solo que me agrada Benja y quiero pasar tiempo con él.
—Podríamos estar todos juntos, ¿no te parece?
Casi parece que mi novio se convirtió en un profesor juzgándome desde su adulto y maduro lugar.
—Sí, quizás hagamos eso más adelante —le digo.
Elmo silva por lo bajo, llevándose a Elena que protesta en voz baja, pero igualmente lo sigue.
—¿Ahora es el amigo que no querés compartir?
—Ángel, no hagás un lío por algo chiquito. —Le echo una mirada a Benja que sigue planchado sobre la mochila—. Sabés que tengo otros amigos aparte, no es nada nuevo que yo diga: pasaré tiempo con fulanito.
Ángel aprieta sus labios tanto como el ceño fruncido en su frente, pero todo lo que parecía una tormenta a punto de caer sobre mí, se convierte en un resoplido.
—Supongo que eso hacés. —Mi novio deja caer sus brazos encogidos contra el pecho—. Tenés libertad de hacer lo que quierás.
Cuando vuelvo la vista a Benjamín, él está mirándome desde su lugar cómodo.
—¿Qué?
—¿Por qué les haces eso? —Se frota los ojos con el dorso de la mano —. Es obvio que Ángel no está feliz de que andés conmigo y tus amigos tampoco entienden por qué de repente querés estar lejos de ellos. León, no tenés que ser tan insensible. Por lo menos aceptá pasar el rato con ellos una vez, no hace falta que de repente te pegués a mí.
—Quiero un cambio de aire. Aparte, ellos saben que tengo muchos amigos, y no los ignoré todo el día; les avisé de mis nuevos planes.
—No estoy de acuerdo con tu actitud, pero es solo una observación de mi parte.
Benja se endereza cuando el timbre para ir a la formación empieza a sonar.
Mientras caminamos con el resto del ganado que va hacia el patio, veo que los aliens están pegando un afiche de color azul con letras de colores y un pedazote de papel con algo escrito en él.
¿Cómo siento que me miran aquí en la escuela?
¿Qué creo que dicen de mí y de mis compañeras y compañeros?
Debajo de ese afiche ponen una pequeña mesa con una urna de color negro encima. Al lado de eso hay papelitos de colores con dos lapiceras.
Tiro del brazo de Benjamín.
—¿Qué?
—Mirá. —Señalo lo que los aliens dejaron—. Quieren analizar hasta el tipo de calzón que usamos.
Benja bosteza, sacudiendo un poco su pelo.
—Son buenas preguntas, ¿lo hacemos en el recreo?
—¿En serio?
—Yo lo voy a hacer, y como parece que me vas a seguir hasta cuando vaya al baño, te invito.
Río, pasando un brazo por el suyo.
—Claro, calentás primero el asiento para mí.
Benjamín se zafa de mi agarre.
—No seás confianzudo conmigo.
Pestañeando un poco por aquello que dijo, lo persigo hasta la formación.
El director habla de las nuevas actividades que los aliens han propuesto y que habrá una reunión de padres mañana en la tarde-noche para ponerlos al tanto de la situación…
¡¿Reunión de padres?!
¡Noooo! ¡soy boleta!
Todos cantan el himno con el mismo fervor que un borracho al vino, pero en mi cabeza pasan miles de escenarios en los que salgo castrado, flagelado, penitenciado hasta tener cuarenta, ¡echado de la casa! La mami me va a pegar primero con el cinto, después pasará a la varilla hasta que sea uno con ese palo y mi hermano chapoteará en mis lágrimas.
Es obvio que la profe Mónica va a aprovechar la oportunidad para decirle a mi hermano, el único que puede venir a estas cosas, lo que pasa conmigo y mi no desempeño académico.
La otra opción es que tampoco les diga de esta reunión. Puede ser que el encargado de hacerla sea el psicoloco, lo que significa que nos mandarán notitas, notitas que puedo esconder o romper como hice con la de la profe Mónica.
Mi hermano y mi mamá no tienen por qué saber qué es lo que pasa en la escuela, ni siquiera les va a importar. Les hago un favor al no hacerles perder tiempo con mis problemas que, después de todo, no son serios problemas que quitan el sueño como los suyos.
Después de hacer toda la ceremonia de entrada de todos los días, el director Gómez nos manda a las aulas.
El tiempo a partir de ahí corre como agua. La profe Mónica da pocas tareas para hacer. La mayoría del tiempo explica y muy de vez en cuando hace preguntas sobre los libros que ya leímos. Por suerte ella no hizo ver que soy un rebelde por el solo hecho de no tener papás que se presenten cuando ella lo pide.
Apenas suena el timbre del primer recreo, Benja y yo vamos afuera para completar esos benditos papelitos.
—¡¿En serio vamos a pasar el recreo escribiendo?!
Me paro frente a la pequeña mesita mientras Benja toma un papelito de color celeste y una lapicera.
—Son solo cinco minutos, León. —Él lee las preguntas—. Además, si aguantás, te doy tus resúmenes.
—A horas de habernos juntado, ya me estás sobornando.
Quiero recordarle que este recreo solo dura pocos minutos, pero como está concentrado en lo que va a poner en ese bendito papel, tomo yo un papel color amarillo y empiezo a leer las preguntas del afiche blanco.
¿Cómo siento que me miran en la escuela?
¿Qué creo que dicen de mí, de mis compañeras y compañeros?
Muevo mis labios de un lado a otro y me pongo en posición de escribir.
“Siento que mis compañeros me miran como alguien churo y alegre la mayor parte del tiempo, pero mis profesores solo ven uno más del montón que no estudiará más allá del secundario y ni siquiera está pensando en entrar a un terciario o la universidad porque no me dará la cabeza para tanto, aparte de que la universidad es solo para los ricos, que aquí son contados con los dedos… Ni siquiera eso”.
Doy vuelta el papel y escribo del otro lado.
“Creo que de mí dicen que soy alguien flojo, que busca la salida fácil y ni siquiera se hace responsable de sus macanas; pero de mis compañeros creo que lo único que dicen es que son otra generación que repetirá los errores de sus papás, que van a embarazarse sin pensarlo una vez, trabajar más que dar importancia a los estudios y tener un futuro pobre como ahora lo es el de los que nos mandan a la escuela con la esperanza de que al menos uno de la familia progrese.
De ellos y de mí, todo el mundo cree que somos la generación sin futuro.”
Veo cómo las letras chuecas y desprolijas forman líneas tan desparejas como la vida que muchos creen que llevaré o llevaremos. Esta es la representación de todo lo que soy y es triste que alcance en un papel tan chiquito. Doblo el papel y lo tiro en la urna.
Todos esos papeles chiquitos y bonitos van a llenarse con desconfianza, frustración, egoísmo, rebeldía, con flojera, o incluso quedarán en blanco. Muchos de nosotros sabemos que es al vicio hablar sobre nuestros sentimientos porque nadie escucha, y es que pocos o nadie se interesan por alguien que se crio en una villa.
Miro a Benja, ausente de todo lo que en mi mente pasa. De repente siento culpa. Él no es rico, pero sí se preocupa por sus estudios y tal vez sí pueda entrar en la universidad.
Tengo unas ganas de recuperar el papel y poner que no todos son así, pero de que los hay-los hay y son de los que más abundan: chicos que no piensan ni dos veces qué es lo que quieren hacer de sus vidas.
—¿Vamos? —me pregunta Benja—. Sonó el timbre.
Mientras volvemos al aula, miro para atrás varias veces porque todavía sigo pensando que en realidad otra persona puso lo que hay en ese papel amarillo. Apenas entramos al curso, encuentro a los aliens sentados en el fondo con sus vasos caros de café y sonrisas brillantes.
La profe de mate ignora la presencia de los aliens, solo se dedica a explicar su materia. Hoy vemos nuevas cosas que no entiendo porque mis ojos quieren desviarse hacia los aliens, leer lo que anotan y preguntarles cuál es su objetivo, qué buscan en una villa que solo visitan los políticos cuando es tiempo de elecciones.
Después de una larga explicación, la profe deja ejercicios para resolver.
—¿Qué crees que hagan con este curso? ¿Un lavado de cerebro? ¿Nos inyecten algunas cosas en nuestros cuerpos? ¿Capturen a nuestros familiares para implantarles sus conocimientos intergalácticos?
—¿Qué? León, empezá a resolver tus ejercicios —insiste Benja—. Los universitarios están haciendo su trabajo, lo que sea que eso sea, y nosotros tenemos que hacer el nuestro: aprender.
—Hacemos la parte de correr por un laberinto mientras ellos ven nuestras reacciones. ¡Ya sé! Evalúan si somos ratones estúpidos o inteligentes, si tenemos que estar con el montón o separados.
Benja deja de escribir y me observa con una media sonrisa.
—Te encanta imaginar cosas, ¿eh? Entonces imaginá cómo resolver tus ejercicios.
Observo la hoja que tanto quiere que resuelva.
—En cinco minutos te lo puedo resolver.
—A ver quién gana. Dos ejercicios en cinco minutos. —Benja me señala con su lapicera fuente—. Mientras tanto podés contar la teoría que tenés alrededor de esos chicos.
—Vas a ver de rápido que soy para estas cosas. —Ambos volcamos nuestras lapiceras en la hoja—. Ahora, es fácil; es como una invasión en las películas. Ellos nos analizan, estudian cómo somos, qué somos, cómo vivimos, para qué estamos en este mundo… No, no tan filosófico. Entonces, cuando tienen todos los datos que necesitan, puede que nos pongan a prueba para sus cosas científicas intergalácticas.
Benjamín asiente, pero jamás despega los ojos de la hoja.
—Y, no te hagás el desentendido, también te fuiste con el líder alien —le digo, frunciendo el ceño porque calculé mal una suma—; sabés algo.
—No es tan malo como creés.
Nos ha puesto a su equipo de aliens para que nos analicen como si fuéramos amorfos, si eso no es malo, no sé qué sea.
Como Benjamín sigue escribiendo sin decir algo más, aprovecho el tiempo para ver alrededor ya que terminé mis dos primero ejercicios. En medio de mi vistazo panorámico, miro a Ángel con el cuello doblado y la cabeza alineada con la hoja.
—Por cierto, gané. —Muestro mis ejercicios—. ¡Ha! ¡Ha!
Benjamín levanta su hoja y en ella hay cuatro ejercicios resueltos.
—¡Exijo mis resúmenes! —Asiento con toda la furia la hoja sobre mi banco—. Al menos haceme feliz con eso.
—No me matés, tomá.
Benja me alcanza las hojas que me salvarán la vida.