Chapter 15: Capítulo 15
—¿Saben qué me contó Angie? —Elena hace una pausa para tomar un poco de leche de su tasa—. El director recibió a los papás de todos los que están en este lío, o sea los que hasta ahora vimos ir con el alien. Dice que estaban muy enojados y que por poco no voltean la escuela y pisan sus escombros. Aparte de eso, los profes tienen que ir a un taller especial. Los aliens tienen que ver con eso último.
—¿Los profes tienen que aprendé algo? —Santi pone una mano en su boca—. Esos alien tanponiendo de cabeza toda la escuela.
Vuelvo a meter la cuchara en mi tasa para comer más leche con cereal. Mis amigos siguen espantándose entre ellos con la idea de que un profesor tenga que aprender algo de esos extraterrestres.
Durante la semana esos aliens espiaron a todo el mundo a la hora del recreo. Se reunieron en algún lugar de la escuela para debatir sus planes para dominar el mundo mental de los alumnos y experimentar con nosotros. Hasta su líder estuvo ocupado reclutando a cada estudiante que considerara digno de abducción para llevarlo hasta su oficina y no dejarlo ir por al menos un periodo de clase.
Hoy, hasta lo que va de la mañana, todo anduvo tranquilo. Mis compañeros toman su desayuno sin hacer algo más que charlar, la profe de lengua también parece absorbida por el trabajo en su registro más allá de que se da tiempo a tomar té.
Algunos compañeros aprovechan este ratito de desayuno para ponerse al día con la lectura que tanto aterra a todos desaprobar, excepto Benjamín que ahora tiene en la mano un libro nuevo. Niego con la cabeza, comenzando a sonreír de repente al verlo tomar de su tasa y pasar a la siguiente página del bloque que tiene a la mitad. Me sorprende la rapidez con la que acaba un libro para comenzar con otro.
—Ya vengo —les digo a los de mi grupo que apenas me escuchan.
Nadie presta atención a nada alrededor porque parece que de repente todo el mundo tiene miedo de desaprobar lengua, excepto por Manuel, Ismael, Yoel y Emanuel que se juntaron al fondo para tomar leche con cereal y conversar. Como dice la mami: Dios los cría y el diablo los junta.
—¿Qué dice el título? —Me apoyo en el banco de Benja, pero hago una mueca cuando una punzada en mi hombro me hace acordar que todavía estoy medio lisiado—. Me gusta la palabra con eme del título que no puedo pronunciar.
Benja traslada su mirada hasta mí, luego al libro.
—Hablas de mokingbird, To kill a mokingbird. —La pronunciación de Benja es igual que su forma de cantar: fluida y absorbente—. Matar un ruiseñor.
—¿Por qué te gusta leer esas cosas?
—Para mejorar y aprender más rápido inglés. Hago todo lo que puedo para amigarme con el idioma —me explica—. Son otras formas de estudiar.
—Hombre, si los que entrenan se desarman los músculos, tus sesos han de estar hinchados al final del día.
Benja hace un ruido extraño dentro de su tasa, luego cubre su nariz y voltea a verme.
—¿De dónde sacás esas ideas? —Se ríe, volviendo a dejar su taza marrón en el banco—. No tan así. Y, ¿cómo va tu hombro?
—Si estoy apoyado en el banco, ¿no se supone que está mejor?
Curvo una ceja mientras él sonríe de lado, bajando la mirada.
—Buen punto.
—Solo hice un mal movimiento, como predijo mi hermano. El martes me llevaron al kinesiólogo y estuve como quince minutos abajo de una luz igual a la que ponen a las lagartijas, después vino un tipo de risa nerviosa e hizo su magia. —Muevo un poco mi brazo, aunque no mucho porque todavía tira—. Me dijo que no hiciera movimientos bruscos. Hoy es mi última sesión.
—Bueno, hora de hacer el control de lectura —anuncia la profe Mónica.
—Mierda —murmuro, alejándome del banco de Benjamín.
—Buena suerte —dice él.
Apenas si hice la tarea estos días, obviamente que leer quedaba al final de mis obligaciones e iba junto con irme a dormir. Ganaba la obligación número dos, por eso estoy en el horno con este control de lectura, y como no se apareció ningún tutor de mi parte, estoy seguro de que la profe me pedirá que me quede en el recreo.
Se dictan cinco preguntas, sencillas hasta donde puedo entender, pero imposibles para mí que apenas me acuerdo del título del libro que teníamos que leer para hoy… ¿o era para el mes?
La profe Mónica escribe algo en un cuaderno y de vez en cuando alza la cabeza; momento en el que me pongo a rascar el mentón, mirar hacia algún lado, borrar una palabra escrita debajo de las preguntas. Ella deja de mirar y yo suspiro con alivio.
Todos están escribiendo algo, incluso Elmo. Miro las preguntas en la hoja, luego a Ángel que ya va por la vuelta de una carilla.
Estoy estancado en una especie de grieta temporal. Parece que los minutos nunca pasan de mi lado del aula, pero alrededor todo sigue andando como siempre.
La profe, que hasta ahora jamás se ha despegado del frente del aula, mira su reloj. Tal vez, pasó media hora o más, por eso tiene que controlar el tiempo para luego anunciar cuánto nos queda y que sus alumnos sientan que alguien viene a azotar sus espaldas, esa inyección de adrenalina para acabar rápido.
Miro alrededor, todos siguen con la cabeza agachada y la mano ocupada.
¡No puede ser que todo el mundo esté al día con la lectura menos yo!
Son preguntas sobre el último libro que teníamos que leer, no hay forma de tener todas las respuestas anotadas en un machete.
¡Son preguntas que la profe inventó frente a nuestras narices!
De repente escucho una silla correrse. Benjamín ya va a entregar sus respuestas y tiene como dos hojas.
¡¿En qué momento llegan a escribir tanto?!
Ángel también se levanta y tiene dos hojas también.
Hundo la cabeza en mi hoja vacía. No hay oportunidad ni siquiera de inventar, de poner cualquier cosa debajo solo para hacer media hoja.
El timbre suena para dar comienzo al primer recreo.
—Entreguen hasta donde llegaron —dice la profe, levantándose y caminando por los alrededores para sacar las pruebas.
Todo el mundo hizo al menos una hoja
¡¿Cómo puede ser?!
Cuando la profe Mónica llega hasta a mí, le doy mi hoja vacía. Estoy jugado, pero es mejor que haber puesto cualquier cosa y que lo leyera ahora.
—León, ¿no leíste ni siquiera un capítulo?
—Intenté, pero…
La profe suspira, guardando mi hoja entre las demás.
—Quedate un momento.
—¡¿Otra vez?! —Cierro la boca cuando me doy cuenta de cómo lo dije —. Perdón.
La profe vuelve a su escritorio donde deja las pruebas.
—León, te pregunté si habías leído algo cuando mensajeábamos anoche, también te dije que te ayudaría si no era así. —Ángel está con los brazos cruzados y la mirada fija en mí—. ¿Por qué mentiste?
—Estábamos pasando un bonito rato, no quería arruinarlo con lo aburrido de la tarea.
—Podrías haberme pedido ayuda.
—Siempre decís que no tenés paciencia para enseñar y no te gusta hacerlo, ¿cómo querés que me sienta cómodo diciéndote que no puedo hacer algo cuando siempre te quejas si te piden ayuda?
—Bueno, sí, pero…
—No importa, ahora andáte o ni siquiera voy a tener cinco minutos para respirar aire fresco.
Ángel chasquea la lengua y sale del aula. Cuando al fin no hay chismosos alrededor, me levanto para ir con la profe.
—León, tenés tres signos menos, no parece que quierás hacer la tarea y hasta ahora ningún tutor de tu parte ha aparecido para reunirse conmigo. —Ella pasa la página del registro—. ¿Qué es lo que está pasando?
—Sí, es que en mi casa todo el mundo anda ocupado.
No miento del todo, mi hermano tiene que trabajar tanto como mi mamá y no es como si yo disfrutara de darles más trabajo.
Si llegaban a ver esa nota, realmente estaría penitenciado hasta que sea viejo, aparte de que me iban a dejar abierto como campera de tanto pegarme por esconderlo.
—¿Y por qué no leíste algo para hoy? —Ella cierra su registro de golpe —. Siempre les digo que lean porque vamos a tener controles de lectura.
—Traté de leerlo, pero supongo que sigo desorganizado con los horarios de estudio.
—León, si seguís así vas a desaprobar mi materia y vas a tener que lidiar con ella y conmigo en las vacaciones. ¿De verdad querés eso? No te pido que seás el mejor alumno, solo un esfuerzo. —La profe sacude su cabeza de un lado a otro—. Ni siquiera hacés el intento de leer algo en compañía de tus amigos si de repente te dormís leyendo solo. Además, no sé qué está pasando de importante en tu casa para que no tengan tiempo de venir a ver tu desempeño en la escuela.
—Es que, como digo, me organizo mal. —Quiero rascar mi cabeza a dos manos para poder pensar qué decirle sobre lo otro—. Y en mi casa solo son mi hermano y mi mamá, los dos trabajan hasta tarde y solo vienen a la escuela si es muy necesario.
—Entiendo, pero debe haber una forma —sentencia—. León, no me va a temblar la mano si tengo que mandarte a diciembre y no habrá ruego, soborno, grito o llanto que me haga cambiar de idea.
Miro hacia la puerta de salida.
—Sí, intentaré hacer algo —insisto—. Y sobre lo de mis tutores...
—De eso ya me encargo yo —interrumpe ella—. Preocupate por estudiar.
Muevo mi pie derecho una y otra vez.
¡Quiero salir!
—Podés salir.
Me voy corriendo del aula. Afuera, respiro el fresco aire de la mañana y paso la mirada por todos lados hasta que veo a mi grupo sentado en el nuevo lugar frente a la pared porque ahora Benjamín ocupa las escaleras mientras lee.
Como sé que Ángel me va a dar más sermones que la profe por no haber leído nada, voy donde está Benja.
—¿Cómo carajo hacés para leer todos los días y no morir en el intento? —Apoyo mis codos sobre las rodillas—. Si no apruebo lengua, me van a degollar en la casa.
—No sé si deba recomendártelo, pero existen resúmenes de los libros que pide la profe. —Escucho el crujir de algo y un rico olor a coco—. Como son clásicos que se supone todos los estudiantes leen alguna vez en la vida, hay gente que hizo resúmenes.
Mi atención se desvía el paquete de galletas de coco.
—El que come y no convida, tiene un sapo en la barriga.
Benjamín acerca la pequeña bolsa de galletas.
—Servite y dejá de mirarme así, me voy a ahogar con las galletas.
Meto la mano y saco todas las galletas que puedo.
—¡Eh! —Benja saca el paquete de mi vista—. ¡Muerto de hambre!
Mastico una galleta mientras él abraza un paquete semi vacío contra el pecho. Las galletas de Benjamín son dulces, sabrosas y suaves. Volteo para ver la marca porque le pediré de estas a la mami cuando vaya al super.
—Entonces, existen resúmenes de libros. —Trago lo que quedaba de la galleta en mi boca—. ¿Dónde los consigo?
—Podés bajarlos de internet.
—No tengo internet en la casa. —Sentí como si a mi cuerpo le hubieran quitado un soporte que lo mantenía recto—. ¿Alguna otra forma de conseguirlos?
Benjamín se queda callado un momento. Como no contesta, alzo la mirada y lo encuentro sonriendo como un zorro.
—¡¿Y?!
—Que alguien con internet te los pase. —Eleva y baja las cejas rápidamente—. Ángel nos mira feo.
Veo donde está Ángel y sí es cierto que tiene el ceño fruncido mientras Elena trata de hacer que voltee la mirada hacia ellos de nuevo.
—No le lleves el apunte como yo hago a veces. —Quito la mirada del cara agria de mi novio—. ¿Sabés quién del curso tiene internet?
—¿Qué soy un espía para saber quién tiene internet?
—¡Qué carácter! —Alzo ambas manos—. ¡Tranquilo hijo, es solo una pregunta, no es una orden!
Benjamín quiere contener la risa, pero al final terminan encogiéndose sus ojos por las carcajadas.
—Chistoso. —Deja el paquete de galletas enrollado sobre sus piernas —. Sé de alguien que podría ayudarte. Él lee mucho y se sienta justo en la fila de bancos que da a la puerta.
—Me sorprende que no te hayas descripto como alguien con facha, de ojos lindos y misterioso.
—¿Soy todo eso? —Él curva una ceja—. No sabía.
Relamo mis labios, buscando la última galleta de mi bolsillo.
—¿Podés pasarme esos resúmenes?
—Seguro, pero no te confiés de eso, intentá leer un poco.
El timbre de fin del recreo termina la charla. Benja se despide de mí y yo me quedo unos segundos más antes de levantar mi cola y caminar al curso.
—¿Qué te dijo la profe? —me pregunta Ángel apenas pongo el traste en la silla—. No me digás que no te importa aprobar su materia.
—No estoy tirando nada por la borda todavía. —Sonrío, recordando lo que Benja me dijo—. Un ruiseñor me dio la solución.
—¿Benjamín? —Ángel se cruza de brazos mientras su cara se contrae por el disgusto —¿En serio?
Llega el profe David y nos pone en grupos para hacer un pequeño trabajo práctico.
En medio de su clase, alguien toca la puerta. Cuando el profe va a ver de quien se trata, el líder de los aliens aparece, y en vez de decir el nombre de algún estudiante, se le permite entrar. Pablo el alien se para frente a todo el curso que se queda tan quieto que de repente me hace pensar que este psicoloco tiene algún dispositivo para callar humanos.
—Buenos días, ¿cómo les va? —Mis compañeros a estas alturas ya están derretidos sobre sus bancos—. Vengo a comentarles que a partir del próximo viernes ustedes, el curso de al lado, y los cursos de segundo año de secundaria van a tener que participar de manera obligatoria a un taller después de la escuela.
Me hundo cada vez más en mi silla cuando el líder de los aliens comienza a explicar el horario del taller a darse por el grupo de intervención que vino a invadir esta escuela.
Los viernes en la tarde… los viernes en la tarde también tendremos que estar en la escuela.
Siento que algo se revuelve en mi estómago, pero no es de esas veces en las que solo hace falta vomitar y ya. Esto tiene raíz. El malestar no se me pasará con té de boldo o cualquier yuyo que me quiere meter. Esto es la amargura de tener que poner un pie en este lugar los viernes, benditos viernes que uso para jugar con mis amigos, para ser libre.
Al final de su anuncio, Pablo se retira con una sonrisa. Acaba de arruinarme la vida y se va contento.
Pasan los minutos y estoy cada vez más duro, con ganas de gritar y hacer un escándalo porque no nos pueden exigir estar más en la escuela de lo que ya estamos. Hasta que el profe dice que un grupo puede pasar a exponer el trabajo que estuvimos haciendo, no me muevo.
En el grupo solo hay un traga y no hay posibilidad de que los demás nos acordemos de todo lo que hicimos.
Veo el momento exacto en el que Ángel quiere alzar la mano. Estiro la mía para atajar la suya, fijándola en sus piernas. Me quedo quieto, con el corazón retumbando en mis ojos y la mirada asustada sobre la de mi novio, que a estas alturas está muy abierta, pero pronto aparece entornada por el ceño fruncido.
—Soltáme —ordena.
No me importa si luego no me habla, no quiero pasar, no tengo ganas de nada.
Con Ángel nos debatimos a duelo de miradas hasta que escuchamos el chirrido de las patas de las sillas.
—Muy bien, Benjamín y su grupo van a pasar.
Suelto la mano de mi novio a la vez que un suspiro se me escapa de los labios. Al darme vuelta, contento, se me borra la sonrisa cuando Ángel respira de manera pesada y tiene los labios tan apretados que en cualquier momento van a fundirse juntos.
***
Mi hermano carga las bolsas de mercado más pesadas mientras yo me doblo en dos por llevar latas de arvejas y dos pollos congelados que estaban en oferta.
Carina también viene con nosotros, pero ella fue más inteligente y lleva algunas cosas pesadas en su mochila.
—¿Te ayudo? —me pregunta.
—Dejalo, él puede cargar eso —responde Fran—. León, dejá de hacerte el pobrecito y cargá bien esas bolsas. Ya casi llegamos a la casa.
—Tenía echo mierda el hombre, ¡¿te acordás?!
Mi hermano me mira desde arriba.
—Tenías.
Cuando te dicen, estamos cerca, es sinónimo de seguimos lejos, pero tengo que alentarte con algo.
Como la mami se quedó a cuidar a los gemelos, Carina, mi hermano y yo nos ofrecimos ir al super.
Yo quise salir para evitarme la amargura de la tarea que me faltaba hacer, y para no pensar que ayer fue el último viernes en el que jugaría con mis amigos porque, gracias al alien, estaré ocupado el único día de la semana en el que podía ser libre.
Fran y su novia están ocupados charlando así que nunca se dan cuenta de que estamos llegando a la casa. En cambio, yo miro hacia la casa de mi novio y sonrío al ver que la ventana de su pieza está abierta.
Me adelanto unos pasos para pedirle a Carina que lleve las bolsas a la casa y así yo puedo saludar a mi novio, pero me paro en medio de la vereda del frente cuando veo que abren la puerta de la entrada.
El corazón me late en los ojos cuando miro al otro chico que sale con mi Ángel.
El exnovio de Ángel parece otra persona. Antes se vestía con ropa deportiva todo el tiempo, ahora se arregla tanto que parece modelo. Tiene unos centímetros más de altura, el pelo mejor cuidado y su sonrisa es tan bonita como toda su apariencia.
Gastón y Ángel siguen charlando, riendo, viéndose como buenos amigos. Ángel, de vez en cuando, se acomoda el pelo detrás de las orejas; cosa que hace solo cuando está nervioso.
¿Por qué está en casa de mi novio?
¿Qué estaba haciendo con Ángel?
¡¿Por qué Ángel no me dijo que estaba viéndose con él?!
Mi novio le abre la puerta de rejas a Gastón que sigue insistiendo en charlar.
Gastón, después de tantas vueltas, al fin se va. Ángel, debería entrar rápido a su casa, pero se queda un momento pensando, luego, con una sonrisa, vuelve a su casa.
Cerrando los ojos un momento, agacho la cabeza y sigo mi camino a la casa. Llego justo a tiempo para entrar detrás de mi hermano y su novia, pero a diferencia de ellos que charlan con la mami mientras guardan las cosas, yo insisto en que quiero irme rápido a estudiar a mi pieza. Me miran como si fuera un alien, pero le dan el visto bueno a mi actitud de repente responsable.
Me encierro en la pieza y saco las carpetas de la mochila, lo que sea con tal de distraerme y no acordarme de lo que vi hace rato.
Miro la tarea de matemáticas en frente. Las hojas con ejercicios desparramados por toda mi cama y el libro que usamos para ver algunas fórmulas y modelos que tenemos que aprender, una pantalla que intento usar para distraerme de lo que vi.
Ángel y Gastón están volviendo a verse. Mi novio ni siquiera me dijo que estaba pasando eso.
¿Gastón habrá ido a su casa a saludar a sus papás? ¿Necesitaba algo y fue a pedírselo a mi novio?
Se veían muy felices de reencontrarse.
Sacudo la cabeza y empiezo a acomodar las hojas de mate.
Ángel se guarda cosas para él, muchas cosas. Si así va a ser, no tendría por qué estar mal que yo también me guarde asuntos, que no le cuente lo que quiere saber, incluso que no acepte salir con él si no me da la gana.
Estoy cansado de estar al borde en esta relación. Prefiero tomar distancia por un rato para darle su espacio y que él haga lo que quiera, después de todo, ni siquiera puedo besarlo en la puerta de su casa, pero él sí puede hacerle ojitos a su exnovio. Quedó bastante claro.