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Capítulo 37 – viniste, Annabelle.

Bastián.

El auto me deja frente al aeropuerto, yo respiro profundo, agarro la pequeña maleta que he traído conmigo y me meto dentro del aeropuerto, donde la gente camina de un sitio a otro esperando llegar a su destino. Miro para todos lados, la estoy buscando, es obvio y no necesito negarlo, quiero saber si está aquí, quiero saber si es capaz de perdonarme y de darme otra oportunidad o si por el contrario ya no hay nada que hacer para salvar esto que nunca tuvimos, pero que a pesar de todo, aun podemos tener.

No hay rastro de ella, yo sería capaz de reconocerla en cualquier rincón del mundo, podría distinguir sus ojos grandes y claros mirándome en medio de toda una multitud, podría encontrarla, aunque se tratara de una aguja en un pajar, pero Annabelle no está.

Hago todo el proceso en el aeropuerto y me meto en la sala de espera de abordaje, antes de tomar asiento, la busco en medio de las personas sentadas en la sala, pero tampoco consigo dar con ella. Quiza debo dejar de buscar, quiza Annabelle no está dispuesta a creerme después de todo lo que le he hecho.

La entiendo, pero aun asi me siento jodidamente mal, agoté todos mis recursos para demostrarle que podia ser una persona diferente, y si nada de eso sirvió, entonces yo no tengo de otra mas que largarme y no mirar atrás.

–¿Buscas a alguien, cariño? – me pregunta una anciana de cabello blanco mientras tomo asiento una silla lejos de ella.

– Si, pero no está aquí – frunzo el ceño y no puedo evitar mirar una vez más a la puerta por la que siguen entrando personas.

– Pareces decepcionado – ella cierra la revista que tiene entre sus manos y me dirige una mirada inquisitiva.

Yo quisiera mentirle a esta anciana y decirle que no. Creo que el viejo Bastián incluso le habría dicho que dejara de ser tan metida y que se interesara en sus asuntos, pero el Bastián que soy ahora, ese que se hizo pedazos y se prometió cambiar, quiere contarle sobre Annabelle, incluso aunque eso no vaya a hacer ninguna diferencia, el nuevo Bastián desea desahogarse con alguien, no interesa si es una desconocida.

– Creo que lo estoy – la miro y ella mueve la cabeza ligeramente a la derecha en una señal de pena, supongo.

–¿Se trata de una chica?

–¿Es tan obvio?

– Bueno, solo por dos cosas he visto a un joven tan desesperado. La primera es por no encontrar su teléfono celular – suelta una carcajada – y la segunda es por perder a un amor.

– Pero es que yo no lo perdí – le digo – yo en realidad nunca lo tuve.

– No te creo, cariño. Los seres humanos no solemos desesperarnos tanto por cosas que nunca tuvimos.

– Creo que yo soy la excepción a esa regla – chasqueo la lengua – yo jugué con ella – le digo la verdad porque algo me dice que esta anciana no va a juzgarme, y justo eso es lo que necesito.

No quiero que nadie me de palmaditas en la espalda diciéndome que ella va a perdonarme sin importar cuanto daño le hayan causado mis acciones. Pero tampoco deseo que me señalen. Creo que en este punto de la historia preferiría ser escuchado, nada más que eso.

–¡Ahí está mi respuesta! – dice y sus labios arrugados se curvan en una sonrisa.

–¿A qué se refiere?

– Dices que jugaste con ella, pero no te creas, una mujer no “Deja que jueguen con ella” una mujer se enamora y decide si vale la pena correr el riesgo de salir lastimada o no. Si dices que la lastimaste es porque ella decidió darte a ti ese poder, eso quiere decir que si la tuviste – asegura.

– Eso no tiene sentido, ¿Por qué alguien querría ser lastimado?

– No es que se quiera salir lastimado, todo lo contrario, cuando le damos ese poder a otra persona esperamos que no haga uso de él, pero sucede, como suceden el resto de las cosas en la vida. Ella no queria que la lastimaras, pero decidió darte la potestad de hacerlo – susurra.

– Pues tal parece que la cagué tan feo que ella ya no quiere perdonarme – suelto y ella me mira de forma mordaz por la palabra que acabo de usar – lo siento – me disculpo.

–¿Le pediste que te perdonara?

– Si, lo hice.

– Entonces solo te resta esperar lo mejor.

– Yo ya no espero nada, no soy tan inocente como para esperar que de un momento a otro ella aparezca por esa puerta.

– El amor actúa en maneras misteriosas – dice.

Yo quisiera asentir y creer que ella tiene por lo menos un poco de razón, pero el amor no actúa de maneras misteriosas, somos los seres humanos los que jodemos todo y después pretendemos que este igual que siempre, y las cosas no funcionan asi. En la vida real, lastimas a alguien y pierdes a ese alguien, punto final.

Queremos echarle la culpa de todo a otra persona, como yo, cuando le eché la culpa a Annabelle por haberse aparecido en mi camino cuando lo cierto es que fui yo quien la cagó hasta el fondo con ella. Supongo que siempre estamos en búsqueda de algo que nos haga sentir mejor y menos culpable.

Pero este caso es diferente. Yo perdí a Annabelle Maxwell y no puedo culpar a nadie mas que a mí mismo, asi como no puedo esperar que por cosas de la vida ella aparezca aquí.

–¿Por qué no me cuentas un poco más de ella? – la mujer abre un paquete de galletas de avena y me entrega una – aun hay tiempo y siempre me ha parecido que la vida es menos complicada cuando tienes a alguien con quien hablar.

Yo niego con la cabeza y sonrió.

– De acuerdo – suelto un suspiro – ella es…. Ella es increíble – comienzo a hablarle de Annabelle, le digo todo lo que siento por ella, le hablo de la forma en que ella me hizo sentir que la vida valía la pena, le cuento de su forma de mirarme y de como me tendió la mano siempre que yo lo necesité, incluso aunque no lo mereciere. Le digo todo hasta que me quedo sin palabras, porque todas se las he dedicado a ella.

La voz de una mujer indicando que ya debemos abordar el avión me interrumpe, yo dejo de hablar, me pongo en pie y ayudo a que la señora se levante de su asiento, cargo su maleta y ambos nos dirigimos a la fila para atravesar el túnel que conecta con el avión.

–¿Qué vas a hacer a Irlanda? – me cuestiona.

– Creo que quiero comenzar de nuevo – respondo.

Ella me da una palmadita en el antebrazo.

– Vas a estar bien, muchacho.

Veo como la empleada de la aerolínea revisa el pasa bordo de cada uno de nosotros, y me aseguro de tener el mío en el bolsillo de mis pantalones. Suelto el brazo de la anciana que aun esta a mi lado, y busco el pedazo de papel.

Pero algo me desconcentra. Es una voz que grita mi nombre.

–¡Bastián! – salgo de la fila y miro a la puerta por la que acaba de atravesar Annabelle.

No puedo creer que realmente sea ella, mi cuerpo se siente como paralizado y no sé que hacer, pero ella tiene la respuesta para ambos, porque sin pensarlo demasiado, me sonríe y corre en mi dirección, yo la recibo con mis brazos abiertos y aprieto su cuerpo delgado contra mi pecho.

El lugar que le pertenece a ella.

– Viniste, Annabelle – susurro y la abrazo para asegurarme de que es real.

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