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Capítulo 30 – en el último rincón del mundo.

Bastián.

Estoy sentado en la puta silla de mi escritorio mirando por la misma vieja y aburrida ventana de la habitación, desde que Angie se fue de aquí nada demasiado interesante ha sucedido, estoy aburrido, incluso mucho más de lo que estaba en la cárcel, allá por lo menos tenia a Billie y a Daniel, aunque fuera para que me jodiera la vida, incluso tenía a Annabelle, con sus negativas y pensamientos arcaicos, aquí, por el contrario, no tengo absolutamente nada ni a nadie.

Después del juicio mi madre ha estado tratando de limpiar el nombre de la familia con la prensa, ha estado dando declaraciones como si fuera la reina de un concurso de belleza, yo he intentado explicarle que toda esta mierda ya nos salpicó hasta los calzones, pero ella no quiere entenderlo, y no quiero sacarla de su burbuja de fantasía, intentar recuperar su reputación es lo único que le queda.

Eso y un hijo ex convicto, por supuesto.

Doy vueltas en la silla giratoria del escritorio y como siempre, pienso en la maldita Annabelle Maxwell, creo que después de todo la mujer si estaba poseída por algún tipo de espíritu, es la única razón que encuentro para que me tenga tan idiotizado por ella.

No pienso tolerar mas esta mierda que siento dentro del cuerpo, asi que me pongo en pie y voy hasta el bar de la casa, agarro la botella de ron añejo que solía ser de Jeremy y me la empino completamente, el liquido no quema mi garganta, ella ya está acostumbrada a este tipo de sustancias.

Me tiro en el sofá y sigo bebiendo como si no hubiera un mañana, no me importa si me embriago, después de todo, ¿A quién va a importarle? Veo que el sol comienza a ponerse en el horizonte y con él yo tambien me pongo mas ebrio y más estúpido.

Cuento los segundos del tic tac del reloj como si estuviera cumpliendo una condena, y cuando me siento lo suficientemente ebrio para hacer la estupidez más grande del mundo, me pongo en pie, voy a la oficina de Jeremy, enciendo su computadora y busco información a cerca del centro religioso de la sagrada caridad.

Un teléfono, es lo único que necesito. Un maldito teléfono que me comunique con una maldita persona que pueda decirme donde demonios está ella.

Marco el primer número que encuentro en la información del centro, y me responden al tercer tono.

– Convento religioso de la sagrada caridad, ¡Dios le bendiga! ¿En qué podemos ayudarle?

– Quisiera información de una de sus novicias – digo con la voz pastosa y lenta.

–¿Es usted un familiar?

– Si.

–¿Podría indicarme el nombre de la novicia?

– Annabelle Maxwell.

Escucho que la mujer teclea algo al otro lado y entonces vuelve a hablarme.

–¿Podría confirmarme el parentesco con la novicia?

– Soy su novio – susurro, ¡Mierda! ¡Imbécil! Se supone que es una novicia, las novicias no tienen novios, recuerdo.

– Disculpe señor, pero si no me confirma su nombre y su parentesco no puedo darle ningun tipo de información, es por seguridad.

–¿Seguridad de quién? ¿Son monjas o terroristas?

–¡No tiene por qué hablarme con ese tono! – dice ofendida.

–¿Sabes qué? Puede irse al infierno, con todo y habito – escupo y cuelgo el teléfono.

Miro el aparato entre mis manos y siento rabia, asi que lo golpeo contra el escritorio, hasta que se hace trisas.

–¡Maldita sea, Annabelle! ¿Dónde estás? – grito y me levanto de la silla de Jeremy.

Veo todo a mi alrededor, veo la calma y la paz del estudio y siento más odio dentro de mi cuerpo, quisiera que todo estuviera como yo me siento ahora, frustrado, desordenado y al borde de un colapso.

Paso la mano sobre el escritorio del hombre y tiro todo al suelo, el computador se hace añicos contra el piso y los papeles blancos vuelan en todas direcciones, rompo los cristales que Jeremy tenia expuestos como si fueran trofeos y suelto un gruñido cuando me doy cuenta de la sangre en mi mano.

Me arde, me he abierto una herida y ni siquiera eso va a detenerme. Estoy en una jodia mansión y lo único que desearía es volver al centro penitenciario de Lacock.

Pienso en cancerbero, y me pregunto si él se acuerda de ella, o si por lo menos él sabe dónde está, pero más importante que todo eso, pienso en la posibilidad de que Annabelle se acuerde de estos dos perros que en algún momento nos cruzamos en su camino.

De seguro recuerda a cancerbero con mas cariño que a mí, pero aun asi, necesito saber que ella piensa en mí.

Salgo de la habitación y miro a mi alrededor y entonces recuerdo quien soy, soy Bastián jodido Jones, puedo comprar lo que sea, viajar a donde se me de la gana, tengo miles de millones de dinero debajo de las suelas de mi zapato y con eso puedo comprar todo, incluida la información.

Busco el numero del investigador privado de mi madre, lo guarda en la caja fuerte cuya combinación es una fecha que conozco, pero que no sé que significa.

Marco los dígitos y me paso la mano por la cara para despertarme un poco más.

– Alberto Guille – responde con voz profunda.

– Soy Bastián Jones, hijo de Lena Fines.

– Señor Jones, ¿En qué puedo ayudarle?

– Hay una persona a la que necesito encontrar.

–¿Cuál es su nombre?

– Annabelle, ella se llama Annabelle Maxwell.

–¿Dónde fue la última vez en que la vio?

– Aquí en Londres, pero necesito saber todo lo que pueda de ella, su dirección, su teléfono, todo – suelto después de un hipo – búsquela en el último rincón del mundo si tiene que hacerlo.

– No se preocupe, voy a encontrarla.

Cuelgo al teléfono, y dejo que caiga contra la madera, y mientras espero a que él haga su trabajo, sigo bebiendo con la mano ensangrentada y el corazón roto.

– No me importa que tenga que hacer para encontrarte, pero voy a hacerlo – digo, mientras la imagen de Annabelle se dibuja frente a mí.

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