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Capítulo 18 – un hijo de puta.

Bastián.

Han pasado veinticuatro horas desde que estoy encerrado en esta celda de porquería, veinticuatro largas horas en las que no he tenido contacto con el mundo exterior si no para recibir la comida que me traen los guardias, comida que yo por supuesto no he probado.

Veo los platos a un lado de mi habitación, la carne comienza a oler mal por el calor que hace dentro de este infierno. Suelto un bufido, me acerco a la puerta y pongo las manos en las barandas de metal que me separan de Annabelle, no falta mucho para que me saquen de aquí, pero estoy desesperado, tengo que encontrar el puto celular y borrar el maldito video para deshacerme de una vez por todas de esa evidencia que me puede joder todo lo que tengo en este momento.

–¡Jones! – me grita un guardia mientras se acerca – puedes salir y volver a tu habitación – él le quita el candado a la reja y la abre dejándome libre.

Yo prácticamente salgo corriendo, pero él me detiene poniendo su mano sobre mi pecho.

– A la próxima te quedarás aquí encerrado más tiempo, y se alargará tu estadía – sisea muy cerca de mi rostro, amenazándome – esta vez tuviste suerte porque nos enteramos de la emboscada.

– Como si me importara una mierda – susurro muy bajito y me aparto del guardia.

Corro en dirección a mi habitación, cuando llego me doy cuenta de que Benjamín está durmiendo, Billie no está y el bastardo de Daniel tampoco. Comienzo por buscar en mi baúl, espero encontrarlo allí en medio de toda mi ropa, pero el celular no está, como si se lo hubiera tragado la maldita tierra.

– Me lleva el demonio – grito y Benjamín suelta un gruñido.

Saco el baúl de Daniel y rompo el candado improvisado que tenía puesto, lo abro y saco toda la ropa de su sitio, necesito encontrarlo, tengo que hacerlo. Siento que empiezo a perder la cordura en cuanto el baúl comienza a quedarse vacío y yo sigo sin el celular. Juro que si pudiera sería capaz de asesinar a alguien en este mismo instante. No a alguien, si no a Daniel.

Escucho el sonido de unos pasos acercarse hacia mí, pero me importa una mierda si es Daniel o si es Billie, yo no planeo detenerme hasta no tener el celular en mis manos. Alguien abre la puerta, pero yo no me molesto en ver de quien se trata.

–¿Estás buscando esto? – pregunta Daniel, yo me doy la vuelta y veo que tiene el celular entre sus dedos.

La rabia se me sube a la cabeza, no pienso con claridad y la sangre caliente corre por cada una de mis venas.

– ¿Qué haces con mi celular? – le grito y me acerco corriendo a él, le arrebato el celular de la mano y lo inspecciono.

– Puedes quedártelo, ya no me sirve para nada, después de todo, ya hice una copia de seguridad del video porno tuyo y de la monja, y ya me encargué de que Annabelle se enterara que es la protagonista de una película para adultos.

–¿Qué tu hiciste qué?

– Como lo escuchaste, ya hice lo que tenia que hacer, puedes quedarte con esa pieza de lata.

Daniel se da media vuelta para ir a su cama, pero yo lo agarro del cuello del mono y lo estrello contra la pared.

–¿Qué fue lo que hiciste?

– Le conté la verdad a tu noviecita, le conté de la apuesta, le hablé de todos lo detalles sucios que nos diste, al principio fue difícil convencerla, pero solo bastó que ella viera el video para darse cuenta de que todo lo que le estaba diciendo era cierto – me fijo en la boca de Daniel, tiene el labio roto, se ve rojo e hinchado.

–¿Qué fue lo que le hiciste?

– Nada que tu no hubiera hecho, Bastián – sonríe.

Aprieto su cuello con más fuerza y su cara comienza a ponerse roja, y me importa un demonio, por mis cojones que voy a hacerlo pagar, si es que esto en realidad es cierto.

– Me la follé, Bastián, me la follé de la misma forma en que tu lo hiciste, eso fue todo lo que necesité para que ella me convenciera de no mostrar el video a la madre superiora, es una zorrita, ¿No? La forma en la que se mueve.

– Estás mintiendo – murmuro con la mandíbula apretada, Daniel está intentando provocarme, y el problema es que estoy seguro de que en cuanto le dé el primer puño voy a perder esta pelea, porque eso justamente lo que él quiere y espera de mí.

–¿Quién crees que me hizo esto? – levanta la cabeza para que yo pueda ver perfectamente su labio – es una fiera, le gusta jugar sucio, lo cual es irónico teniendo en cuenta que es una monja, aunque incluso con el hábito Annabelle se ve bien, pero tu y yo sabemos que se ve mejor sin él, esas nalgas, esas tetas, ese abdomen y esa…

– Eres un hijo de puta – lo corto.

– Que gracioso que lo digas, ella dijo lo mismo de ti cuando se enteró de la verdad – no lo aguanto más y le doy un puñetazo, mi mano me arde por los golpes que les di ayer a Manny y a su gente, pero no me importa, golpeo a Daniel hasta que veo todo su rostro cuadriculado, y el muy imbécil ni siquiera se defiende, él solo deja que yo lo golpee.

–¡Bastián, ¿Qué estás haciendo?! – me grita Ben bajándose de su camarote – Bastián, te van a alargar la condena, deja a este bastardo donde está, no vale la pena.

–¿Qué es lo que está pasando? – Billie llega corriendo al cuarto e intenta detenerme – Bastián, los guardias vienen para acá – me avisa.

Yo dejo de golpearlo, veo mis manos llenas de sangre y me doy cuenta de que no puedo dejar que me metan en la celda de castigo nuevamente, tengo que ver a Annabelle.

– No puedo volver allá, Billie – él sabe de lo que estoy hablando – tengo que ver a Annabelle – le digo.

– Vete – Billie me agarra de las manos y se embadurna de sangre – mueve el culo y vete de aquí antes de que alguien más se dé cuenta.

Me quedo perplejo durante un segundo, Billie va a culparse para salvarme a mí, lo dudo por un instante, pero él insiste con que me vaya.

– Vete al infierno, Bastián Jones, ¡Que te jodan! – me grita Daniel mientras la sangre sale de su boca y Billie lo mantiene sujeto de la camisa contra el pecho.

Salgo corriendo de la habitación, me escabullo entre los pasillos con las manos dentro de los bolsillos y cuando llego al patio trasero corro como si no hubiera un mañana, me escondo de las cámaras de seguridad y de los guardias y salgo del reclusorio. Acelero el paso para llegar con Annabelle.

La busco por todas partes una vez que estoy aquí, reviso en los establos, en el bosque, pero no hay rastro de Annabelle Maxwell, como si se hubiera perdido en el mismismo infierno.

Frustrado y con jaqueca me quedo mirando a las puertas del convento, necesito hablar con ella esta misma noche, asi que no veo de otra más que azotar la puerta para que alguien me abra. Golpeo con mi puño en la madera vieja y las cadenas suenan de forma asquerosa, unos perros ladran a lo lejos y escucho el sonido de los candados abriéndose.

– Necesito ayuda – grito.

La puerta se abre de par en par, hay una monja asustada enfrente de mí, yo la empujo con una mano y me meto dentro del convento.

–¡Annabelle Maxwell! – grito por lo alto.

Un par de mujeres me miran como si fuera un demente, pero me importa un reverendo bledo.

–¡Annabelle, maldita sea, necesito hablar contigo! – me paro en la mitad del patio del convento y miro a mi alrededor.

Con estos disfraces puestos todas son iguales, patéticas todas, excepto ella.

–¡Annabelle, si no quieres que grite a los cuatro vientos el motivo por el que estoy aquí será mejor que salgas! ¡joder! – suelto un gruñido.

Se abre un camino en medio de la multitud de monjas y ella sale por un pasillo, tiene los ojos rojos e hinchados, su mano está vendada y ella me mira como si yo fuera el diablo.

Y quiza si lo soy.

–¿Cómo te atreves a venir aquí? ¿Quién demonios crees que eres? – escupe y camina en mi dirección.

Yo la veo retarme y lo entiendo todo, la he roto en mil pedazos, y por algún extraño motivo, me importa, más de lo que debería.

– Déjame explicarte – le suplico – si tengo que ponerme de rodillas para que me escuches voy a hacerlo, pero por favor, dame una oportunidad – le pido, pero ella niega con la cabeza.

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