Annabelle.
Bastián detiene el auto un par de metros detrás del convento, ¡Por fin llegamos! – celebro para mis adentros porque a Bastián no le quiero hablar.
– Gracias por traerme – salgo del auto y estrello la puerta haciendo que el metal suene.
–¡Annabelle espera! Tenemos que hablar – escucho la otra puerta cerrarse y sus pasos correr tras de mi – Annabelle, espera.
– No, no quiero esperarte, tu significas peligro Bastián, siempre que estoy contigo me siento como a la deriva y no me gusta.
–¿No te gusta o es que eres demasiado cobarde como para aceptar que en realidad si te gusta? – yo veo sus bonitos ojos verdes y por un momento me pierdo entre sus colores.
– No me gusta, nunca me ha gustado el peligro y por desgracia tu eres uno andante – me cruzo los brazos sobre el pecho y él me mira como si yo fuera un filete, asi que vuelvo a dejar caer mis brazos.
– No siempre soy asi – dice con un gesto – eso de allá fue un error ¿Crees que yo lo tenía planeado? ¿Crees que mi idea era traerte aquí con el labio hinchado?
– No lo sé, pero sucedió y no estoy dispuesta a volver a caer en ninguno de tus jueguitos – es cierto, todo lo que le digo es cierto, lo que no entiendo es porque a pesar de que le estoy hablando con la razón mi corazón me grita que no sea una mentirosa, que yo no quiero alejarme de él.
¡Maldito y estúpido corazón comienza a cooperar!
– De todas formas, hiciste una promesa – él levanta una ceja y sonríe de forma lobuna – las monjas no rompen promesas – se burla.
Yo ruedo los ojos – todavía no soy monja, una mentira piadosa no me va a condenar.
–¡Una mentira piadosa, ¿Eh?! – se burla de mí, el miserable se burla de mí.
– Pues sí, es una mentira, pero es una que va a salvarme el trasero – frunzo los labios en cuanto eso sale de mi boca, solo he pasado veinticuatro horas con Bastián y ya estoy hablando de manera inapropiada.
¡Dios no quiero saber que va a pasar cuando todo esto que hay entre nosotros dos se termine!
No tienes por qué terminarse, Annabelle – me dice mi subconsciente.
Si, por supuesto que si tiene – le responde mi parte cuerda.
–¿Y qué paso con eso de ayudar al prójimo?
– Tú no eres oficialmente mi prójimo.
–¿Ah no? ¿Y qué tengo que hacer para convertirme en tu prójimo?
Yo me lamo los labios. Quiero decirle que se aleje, pero ya se lo he dicho miles de veces y él no me hace caso, Bastián es obstinado y siempre hace lo que se le de la gana.
– Vete de acá, Bastián – me doy media vuelta y camino rápido a la puerta del convento, de las puertas para dentro estoy a salvo, esto es territorio sagrado y privado y él no puede irrumpir aquí, mucho menos con el ojo morado.
El ojo morado, la pelea, mi labio partido, ¿Cómo voy a explicarle a la madre superiora que me dieron un puño en un billar de mala muerte
Voy hasta el despacho de la madre porque al mal tiempo darle prisa, toco ligeramente a la puerta y ella me da permiso de entrar. Ni siquiera Dios va a poder sacarme de estas.
–¡Hermana Maxwell! – ella parece aliviada de verme, se pone en pie y rodea su escritorio hasta llegar a donde yo estoy.
Yo muerdo mi labio tratando de que no se dé cuenta lo rojo e hinchado que está.
–¿Pero a usted que le paso? – frunce el ceño y veo la rabia en sus ojos.
– Es una larga historia.
– Sera mejor que me la cuente rápido, antes de que yo tome una decisión de la que no pueda arrepentirme – dice con voz severa.
Yo trago saliva, esta mujer siempre me ha inspirado… miedo. Si, esa es justamente la palabra.
– Tuvimos un accidente de tránsito – suelto antes de pensar en lo que estoy diciendo – fue horrible – ¡soy una mentirosa! Voy a quemarme en el infierno por mentirle a una religiosa – estábamos en el bus de regreso a casa, y se salió del camino, se volcó y dañe mi ropa – me pongo a llorar como si la historia fuera cierta.
¡Annabelle Maxwell podrías ganarte un Oscar por esta mentira! – me dice el diablo en mi hombro.
– Pero hija, ¿Por qué no me avisaste? ¿Dónde pasaste la noche?
– El cuerpo de bomberos insistió en que debíamos quedarnos en el hospital mas cercano, ellos nos acogieron, nos dieron comida y algo de ropa.
–¿Y el señor Jones? ¿Cómo esta él? – pregunta asustada.
Si tan solo ella supiera que el señor Jones intento meterse debajo de mi falda, entonces no estaría tan preocupada por él.
– Tampoco le pasó nada, por suerte nosotros estábamos en el lugar que menos daños tuvo. Tampoco hubo ningun muerto, pero fue un susto espantoso.
– Es extraño que no haya visto nada en las noticias.
– Seguramente hablarán de eso mañana, es muy pronto todavía, ya sabe como son estos pueblos – digo y me limpio las lagrimas falsas.
– Lamento mucho lo que pasó, pero me alegro de que usted y el señor Jones estén bien – ella pasa su mano por mi hombro – de todas formas, no haberse reportado mediante una llamada por lo menos merece un castigo.
– Por supuesto, y yo aceptare cualquier penitencia.
TE LA MERECES POR MENTIORSA Y PECADORA, me regaño.
– Tendrá que limpiar la capilla durante toda una semana después de la misa diaria, y deberá hacer el turno de vigilancia nocturna por todo un mes.
–¿Eso es todo? – frunzo el ceño.
–¿Quiere más?
–¡No! – digo y me levanto de la silla de cuero marrón – ¿Puedo retirarme? Me duele todo el cuerpo y quiero descansar.
– Primero vaya y quítese esos harapos – me mira con asco – parece una ramera.
Yo desvío la mirada porque justamente me siento como tal.
– Después de hacer la ronda nocturna puede irse a dormir – miro la hora en el reloj de la madre superiora, son casi las nueve de la noche.
– Gracias madre.
Suelto un suspiro, corro a mi habitación y me hago una nota mental para pedirle perdón a Dios por todo lo que estoy haciendo, esto no está bien, en lo absoluto. Me cambio de ropa, agarro la linterna de mi compañera y salgo del convento para hacer la ronda.
–¡Ey! Pss – alguien me llama despacito.
Yo miro para todos lados.
– ¡Annabelle! – me gritan y yo miro para los arboles donde hay una persona escondida.
–¿Bastián? – pregunto apuntando la linterna en su dirección.
–¿Quién más podría llamarte a esta hora? – él normaliza su tono de voz, sale de entre los árboles y me sonríe – tienes que venir conmigo, hay algo que quiero mostrarte.
–¿A dónde?
–¿Confías en mí?
– No.
Bastián suelta un bufido y me extiende la mano – ¿Vienes o no?
Yo me muerdo el labio y el dolor me recorre la zona, miro a los ojos de Bastián, después me fijo en su cabello mojado detrás de sus orejas y le agarro la mano. ¿Quién podría decirle que no a un hombre como él? Después de todo ¿Si Eva se comió la manzana, yo porque no me puedo comer a Bastián?
– Voy contigo – respondo sintiendo un escalofrió.