Capítulo 33

—¡Báñate bien! —La voz de odio de la jefa de los sirvientes retumbó en sus oídos mientras agua fría caía sobre su piel. Estaba desconcertada y confundida. Había anochecido y ella se encontraba limpiando el piso de la cocina cuando dos guardias la tomaron por los brazos y la llevaron a aquel baño donde Dinora empezó a echarle agua helada encima con furia. Le pasó un jabón aromático con el que ella limpió todo su cuerpo.

Todo su ser temblaba por aquel frío insoportable hasta que una manta fue tirada encima de ella, se refugió en su calidez y se envolvió en la tela. Casi grita cuando la jefa la jaló por los cabellos y la llevó a rastras a una habitación. Le tiró un vestido transparente y largo, con un escote en forme de V que terminaba en su clavícula, mostrando parte de su prominente busto. Una mucama le pasó un frasquito de perfume y secó su cabello con una toalla, agregó aceites aromáticos y lo peinó. Ella miró a la joven que la preparaba con confusión y antes de que ella saliera, la agarró por el antebrazo y la miró con ruego en los ojos.

—¿Qué está sucediendo? Por favor, dime qué van a hacer conmigo. —Sus ojos estaban cristalizados y sus manos temblaban por los nervios. Temía que fuera entregada como juguete sexual al rey o a unos de sus hombres. La chica se acercó a su oído para no ser escuchada.

—Servirás al príncipe todas las noches —respondió en un susurro. Lía empezó a llorar, ella no quería ser utilizada de esa forma, aunque se tratara del príncipe que se robó sus suspiros—. ¡Quita esa cara! No llores, Lía. Eres afortunada, servirás la cena al apuesto príncipe todas las noches. Podrás ver el palacio por dentro y conocer las cámaras de su majestad. Con suerte le llegas a gustar y te vuelve su concubina.

—No entiendo, ¿servir su cena? ¿Es lo único que haré?

—Sí. ¿Querías hacer otra cosa? —La miró con picardía y Lía negó.

—¡Claro que no! Pero creí que el príncipe comía en el comedor junto al rey.

—No. El solo toma el desayuno junto a su padre y no siempre. Normalmente come en un comedor especial, pero ha decidido tomar la cena en su habitación y que tú se la sirvas.

—¿Por qué yo? —preguntó desorbitada.

—¡Cómo voy a saberlo! —La chica se encogió de hombros.

—Si es solo servir la cena, ¿por qué estoy vestida de esta forma? —preguntó mirando su atuendo.

—Sabes que el príncipe está luchando contra el reino cercano y ellos tienen espías en todos lados, nunca se sabe quién es el enemigo. Es una forma de protegerlo, no puedes llevar si quiera un accesorio o joya, tampoco ropa interior —dijo señalando a su pelvis, pues en ese tiempo solo se cubrían esa parte—. Ahora, vas a recibir instrucciones de un sirviente del príncipe y él te dará la bandeja con el alimento y te va a escoltar hasta la habitación de su majestad. Lía asintió y la chica dejó la habitación. Minutos después, un sirviente bien vestido entró y le hizo señas para que lo siguiera, ella obedeció y ambos caminaron durante unos quince minutos por un largo pasillo que los condujo a la cocina real. Ahí él le dio un resumen de cómo servir la cena al príncipe, dónde iba cada cubierto, cómo caminar y hacer reverencia, la forma de sostener la bandeja y dirigirse a él sin mirarlo a la cara. La escoltó todo el camino y se detuvo ante una puerta larga y fina de caoba. Avisó sobre su presencia y la cena y el príncipe dio la aprobación para que ella entrara.

—¡Sírveme la cena! —Su amo ordenó con delicadeza y una sonrisa que ella no supo descifrar, pero que por alguna extraña razón la hacía temblar y tambalearse. Ella tomó el envase con la sopa con sus dos manos y el olor delicioso hizo que su estómago rugiera. Se preguntaba cómo sabría aquella delicia y la boca se le hacía agua con tan solo mirar el suculento caldo. Lo pasó a su señor evitando su mirada, pues ella como sirvienta no debía mirarlo a los ojos o sería castigada.

Ella se puso de rodillas frente a la pequeña mesa donde él cenaba, en caso de que el joven necesitara que le sirviera algo más. Era difícil oler la comida e ignorarla, ya que solo había comido un pedazo de pan seco con un sorbo de agua al medio día.

—¿Quieres comer conmigo? Te ves hambrienta. —El príncipe dijo de repente y ella negó con nerviosismo.

—Ya comí mi porción, mi señor.

—Tu voz dulce e inocente me la imagino... —Hizo silencio y esbozó una sonrisa pícara—. ¿Te ha tocado un hombre antes? —inquirió tomándola del antebrazo para apreciar su rostro. A diferencia del día, estaba limpia y sin esas ropas andrajosas.

—Su majestad, mi trabajo es servir la cena, no doy servicios sexuales. —La chica dijo con la voz en un hilo, pues reconoció la mirada lasciva de su amo.

El joven rio divertido ante la declaración de la muchacha.

—¿Crees que te quiero fornicar, chica insolente? No me acuesto con poca cosa como tú, soy un príncipe, nunca, pero nunca me fijaría en una basura sin valor. Ahora come conmigo o te mando a azotar —ordenó molesto mientras le servía del caldo a la joven.

Ella tomó el plato de oro con sus manos temblorosas, manos que parecían tiernas, pero estaban cortadas y maltratadas. La chica sorbió con desesperación y nerviosismo, pues el goce de aquella comida en su boca era indescriptible. Él la observaba con satisfacción y una dulce sonrisa delataba lo feliz que se sentía de que ella fuera alimentada.

***

Todas las noches el príncipe la obligaba a cenar junto a él y ella esperaba ansiosa ese momento. Cada vez que anochecía, sonreía como tonta porque comería esas delicias y estaría cerca de aquel apuesto príncipe que al pasar de los días se mostraba más amable y hasta le buscaba conversación. A veces a ella le daba la impresión que él era un chico solitario y triste que necesitaba compañía.

—Esto te gustará. —El príncipe destapó la cena y cortó un trozo de carne—. Lo pedí especialmente para ti —dijo extendiendo el cubierto cerca de la boca de ella. Lía recibió el bocado y sus ojos se cerraron para disfrutar de aquel manjar con deleite. Él se acercó a ella y se sentó a su lado topando sus hombros, acto que provocó que la chica respirara con dificultad. Después de cenar, el príncipe le dio a probar un rico postre hecho con chocolate. Lía lo degustaba con fascinación mientras él la observaba con satisfacción. Con su dedo, él removió el postre embarrándolo con la mermelada chocolatosa y lo pasó por los labios de ella. Lía agrandó los ojos y se quedó estática ante lo que él hacía. El príncipe empezó a lamer el chocolate y ella por poca grita al sentir su lengua sobre sus labios. Él no soportó más la tentación y devoró su boca como deseó hacerlo la primera vez que la vio en el jardín. Ella se sostuvo de su nuca para intensificar el beso que la estaba enloqueciendo, pero su goce no duró mucho porque él rompió el contacto. Ella bajó el rostro decepcionada y triste, quería más y no podía pedirlo porque él era el príncipe y ella una sirvienta.

—¿Por qué lloras? —Él limpió sus lágrimas—. ¿Es porque te besé? —Ella negó y él la miró con confusión.

—Necesito que me deje regresar, su majestad. Ya la cena ha terminado.

—No quiero que te vayas. Me gustas mucho y quiero que seas mi concubina.

—Usted se va a casar... —Ella balbuceó nerviosa.

—Por eso dije mi concubina. —Él sonrió—. Duerme conmigo esta noche, te necesito.

—Lo siento, su majestad. —Se levantó con rapidez y nerviosismo y tomó la bandeja que yacía sobre la mesa.

—¿Vas a desobedecerme? —Él cuestionó y ella dejó caer el recipiente por el susto. Se arrodilló temblorosa y con lágrimas en los ojos a recoger aquel desastre. Él sostuvo sus muñecas hasta que ella se levantó, ambos tenían las miradas conectadas y él acariciaba sus manos con ternura—. Siento haberte asustado... yo... no sé cómo actuar delante de ti. Me gustas mucho y quiero hacerte solo mía, solo yo quiero tener el derecho a tocarte.

—No quiero terminar lastimada, yo tengo sentimientos por usted —respondió sonrojada.

El príncipe mandó a buscar un sirviente para que limpiara aquel desastre. Una vez el criado salió, el joven empezó a besar a Lía con pasión, solo que no se percató que unos ojos lo observaban con rabia.

Lía estaba feliz porque su príncipe sentía lo mismo que ella, felicidad que se evidenciaba al hacer sus labores tarareando de la alegría. Dejó salir un grito cuando halaron de su cabello y la arrastraron hacia un calabozo. Allí duró varios días sin probar comida. El príncipe la esperaba todas las noches y la ira la pagaban sus sirvientes cuando la chica no aparecía con su cena. Mandó a investigar y le dijeron que ella fue encerrada porque le faltó el respeto a su prometida. Él ordenó su libertad y que ella retomara su tarea de llevarle la cena.

Lía se estaba bañando con alegría porque después de tres días vería a su príncipe, cuando de repente alguien la hirió en el abdomen y cayó inconsciente.

***

—¡Te extrañé tanto! —Él la abrazó con anhelo y ella le devolvió el gesto. Ambos se besaron con pasión y Lía se deshizo de su vestido, quedando completamente desnuda ante él, quien la observaba con recelo y sorpresa.

—¡Tómeme, príncipe! —se ofreció con mirada seductora, mas él la observó incrédulo.

—¡Sal de mi habitación! —gritó iracundo.

—Pero... es lo que deseas, ¿por qué me rechazas? —Ella preguntó desorbitada.

—¿Osas tutearme? —La confrontó con la mirada y ella se vistió y salió llorando de allí. El príncipe rascó su nuca con nerviosismo sin saber qué hacer.

***

Ella despertó con escozor en los ojos y el dolor de los golpes y cortadas empezaron a molestarla. Lloró. Su peor desgracia fue haber nacido o enamorarse de aquel príncipe que se iba a casar con aquella malvada mujer que le hizo aquello. Estaba tan feliz la noche anterior, pero algo le hicieron y su príncipe debió estar decepcionado. El calabozo era frío y las ratas pasaban a su lado como si nada. Se abrazó a ella misma y continuó llorando.

—¡¿Dónde está?! —Jared gritaba a todos los sirvientes con desesperación, pero nadie le daba respuesta. Temía por ella, necesitaba encontrarla. Su prometida despareció después de aquella noche, pues sabía que podía ser acusada de bruja. Él lo notó, supo que no era su sirvienta quien se le había ofrecido.

—¡¡Lía!! —gritó desesperado al no encontrar respuesta.

***

—¡Ayuda! —La chica convulsionaba del dolor y la fiebre, pero nadie venía a su rescate. Ella cerró los ojos lentamente y se entregó a la oscuridad. El agua fría la trajo de vuelta y las palabras ofensivas de aquella rubia era lo que menos le importaba, la odiaba. Ella era la causante de su dolor, aunque entendía lo difícil de la situación, su prometido estaba enamorado de una mugrosa sirvienta. Más azotes, más cicatrices en su blanca piel, sangre perdida, estómago hambriento, labios secos y sedientos, lágrimas silenciosas y resignación.

***

—Estoy disfrutando esto, Aurora. —La rubia se dirigió a la jefa de los sirvientes.

—Solo no te dejes llevar, recuerda que antes de que la mates, debo recuperar las piedras que se impregnaron en la joya del guardián.

—Todavía me pregunto cómo lo harás.

—Digamos que para un príncipe que no sabe el valor de las lágrimas y que cree que como hijo del rey puede comprarse todas las joyas que desee, el intercambio de su amada no será problema.

—Pero... —Kia se quedó pensativa, pues no quería que ella fuera devuelta a los brazos de él. La quería muerta y mejorar su técnica. Por alguna razón, Lían notó que ella no era Diana, al parecer debía estudiar mejor su personalidad para que la transformación fuera perfecta.

—No te preocupes, una vez él me dé las lágrimas, podrás hacer lo que te plazca. Por ahora debemos sacar a la chica del calabozo y darle de comer.

***

—Hola… —Lía se espantó al escuchar aquel susurro. Abrió los ojos cuando vio sus heridas desaparecer y alguien le extendió un plato de comida que olía deliciosa. Comió con desesperación y las lágrimas mojaban su rostro ante aquella delicia.

—¿Quién eres? —La chica preguntó mientras se alimentaba.

—Una persona que te quiere ayudar. Eres mi amiga y no dejaré que esas locas desgraciadas te hagan esto. Además, si Aurora logra su cometido, todos estaremos en problemas.

—¿Quién es Aurora?

—No lo recuerdas ahora porque estás en un encantamiento y tu vida corre peligro. Te dejaré libre y provocaré que él príncipe te encuentre. Él te llevará a sus aposentos y debes entregarte a él, es la forma de romper la ilusión y que recuerden quienes son. Yo estaré esperando y no dejaré que ellas se acerquen. —La pelirroja concluyó.

La noche estaba fresca y la luna brillaba con intensidad. El príncipe salió a dar un paseo, necesitaba relajarse para pensar cómo encontrar a su amor. Caminó por los jardines y una chica con una túnica blanca captó su atención. Se acercó con el corazón a mil cuando supo de quién se trataba, la tomó por la muñeca y empezó a llorar. La abrazó con fuerza y se la llevó a su habitación. Después le preguntaría cómo había llegado allí y dónde la tuvieron todo ese tiempo; por ahora disfrutaría de ella, necesitaba tomarla ya, necesitaba tenerla entre sus brazos.

Después de decirle que ella sería su concubina y que no se casaría con la bruja de su prometida, besó sus labios con deseo y necesidad, la túnica cayó al piso y él recorrió su cuerpo fascinado; le encantaba cada curva, su olor, su sabor. Ambos se movían desnudos sobre la cama que se agitaba y temblaba ante aquellos bruscos movimientos. Él encima de ella, sosteniendo sus manos mientras se movía con gracia y deseo; sus caderas ágiles la hacían vibrar y gritar pidiendo más. Un suspiro, risas y sudores. La cabeza de él sobre su busto sudoroso, la mano de ella entre sus rizos húmedos. Un brillo los cubrió y ellos despertaron, él levantó la mirada y sus ojos se conectaron.

—¿Diana? —dijo como despertando de un sueño.

—¿Dónde estamos, Lían? —Ambos se incorporaron y miraron desorbitados su alrededor, entonces recordaron el salón y la energía negra.

—Es una ilusión. Debe ser esa Sapria otra vez, debemos buscar la manera de romperla y regresar. Por lo menos ya no estamos encantados. —Él respondió.

—¡Yo los ayudaré! —La voz de Darina los espantó y ambos cubrieron sus cuerpos avergonzados—. Bien, les daré diez minutos para que se vistan —dijo con picardía y desapareció de su campo de visión.

***

Destello

—Kaina, ellos están en la tierra de nuevo, en la era medieval para ser exactos. —Odiel se dirigió a la rubia que meditaba en la cima de una montaña.

—Bien, entonces debemos buscar la forma de acceder para ayudarlos.

—Con mi anillo eso no será problema, pero ayudarlos...

—¡Hay una forma! —Ella lo interrumpió—. Mi anillo naranja será capaz de devolver todo a la normalidad si destruimos las lágrimas.

—¿Destruir las lágrimas?

—Algo así —respondió pensativa—. Es fulminarlas para que regresen al centro de cada mundo a donde pertenecen y ordenen el caos; entonces podré sacar el veneno de la chica y regresar todo como antes de ellos conocerse, el matrimonio se romperá y él guardián no tendrá ese lazo con las tres mujeres. Pero, Odiel... —Ella lo miró con preocupación—. El guardián tendrá que hacer un sacrificio.