Capítulo 32

El frío era insoportable y el dolor en el cuerpo no la dejaba acomodarse sobre la tela sucia y rota tendida en el gélido y duro piso. Podía escuchar el chillar de las ratas y sentir los bichos andar sobre su piel y picarla. Era imposible dormir con tanto dolor en sus músculos y con el hambre que hacía gruñir su estómago. No entendía la razón de esa señora ensañarse en su contra y maltratarla de esa forma. Sus lágrimas bañaban su rostro y solo pensaba en cómo se sentiría dormir en las habitaciones del palacio y comer de la cena que allí se servía, en vez de las migajas de pan que le daban al medio día.

***

El sol brillaba con fiereza y el sudor recorría su cuerpo, provocando picazón a sus heridas. Estaba cansada, sedienta y hambrienta; necesitaba sentarse un rato y beber, aunque sea un sorbo de agua para no desmayarse.

—¡Por qué tardas tanto, rata inmunda! —¡Otra vez esa señora! La chica cepillaba con más fuerza aquella sucia pared para evitar ser golpeada.

—¡Es medio día! Me toca mi almuerzo. —La joven sirvienta reclamó con ojos cristalizados.

—Lía, Dinora me dijo que hasta que no termines de limpiar todas las paredes del comedor, no te diera de comer. —La cocinera replicó.

—Si no como algo, moriré de hambre. Por favor, solo un poquito.

La mujer la miró con lastima, pero no podía desobedecer a Dinora, quien era la jefa de todos los sirvientes.

—Lo siento, me meteré en problemas si la desobedezco.

La sirvienta se fue cabizbaja a terminar su trabajo. Fue difícil finalizar su tarea con el mareo que la falta de alimentos le causaba, pero por fin podía comer algo.

—¡Ya terminé! —abordó a la cocinera con entusiasmo.

—Lo siento, ya es muy tarde y no se me permite darte nada.

—Pero... —Dos lágrimas rodaron por sus mejillas. No insistió, sabía que sería malgastar energía; en cambio, decidió correr lejos de allí con las pocas fuerzas que le quedaban, esos eran los momentos en que quería morirse. Su vida era puro sufrimiento, no tenía sentido respirar bajo esas condiciones.

—¡Muchacha! —Un mayordomo la llamó y ella bajó el rostro como muestra de respeto—. Lleva esta caja a los sirvientes del príncipe, pero no se te ocurra pasar más allá de los jardines. Eres una simple sirvienta limpia mugre y no estás presentable para que su majestad te vea.

La chica asintió y tomó la caja. Se dirigió hacia el patio real y quedó maravillada con el hermoso jardín. Había fuentes de diferentes formas y tamaños, muchas flores de variados colores y plantas ornamentales. El jardín de la entrada al palacio tenía hermosas figuras hechas con rosas y la verde y fresca grama.

—¡Su majestad, el príncipe Jared Hannover! —Una voz gritó con euforia y al instante el sonido de una trompeta se escuchó. La joven sirvienta se encorvó con nerviosismo, pues se suponía que no debía estar allí y menos con esas fachas. Escuchó los estruendosos pasos de los guardias y sirvientes reales, y tuvo curiosidad de ver al príncipe en persona. Según los cuadros colgados en la parte de servicio del palacio, el joven era muy apuesto y con porte. Levantó su mentón y quedó fascinada con el atractivo del príncipe, siempre creyó que el pintor exageraba o alteraba la fotografía, pero en realidad, no le hacía justicia. Aquel príncipe vestido de soldado con su cabellera color chocolate ondulada en plana libertad y cubriendo parte de su nuca y frente, ojos miel brillantes y claros, rodeados de gruesas y oscuras pestañas, un par perfectos de cejas arqueadas, nariz pequeña y fina y labios cortos y llenos, era una obra de arte andante. Su porte de hombre alto y esbelto lo hacía sobresalir, no era un saco de músculos, pero estaba bien definido y se veía muy apuesto con su traje.

—¿Qué haces aquí, sirvienta mugrosa? —Un soldado enorme y musculoso la abordó con desprecio y la chica empezó a temblar de los nervios.

—V-Vine a traer esto a los sirvientes de su majestad —respondió tartamudeando.

—¿Qué sucede, Oscar? —Su corazón latió con intensidad cuando escuchó aquella voz. Era suave pero varonil, sus palabras educadas y su tono cortés. Ella no se atrevió a mirarlo, se sentía horrible con esa ropa sucia y rota y su cabello desarreglado y hediondo.

—Esta sirvienta de los servicios osó venir aquí. No se preocupe su majestad, yo me encargo de azotarla para que aprenda cuál es su lugar.

—¡Solo cumplo órdenes! —La chica se tiró al suelo con lágrimas en los ojos, temblando del miedo. No quería más azotes, mucho menos de aquel verdugo que se veía tan fuerte.

—¿Osas replicar? —El grandulón reprendió con rudeza.

—No, mi señor —respondió con la mirada aún en el suelo—. Fui enviada por un mayordomo a entregar esta caja a los sirvientes del príncipe. Tenga piedad de mí que he sido azotada ayer y hoy me ha tocado trabajar todo el día sin probar bocado.

—Si has sido castigada, ha de ser por algo. —El grandulón espetó divertido con el sufrimiento de la chica.

—¡Ponte de pie y muéstrame tu rostro, sirvienta! —Fue la voz del príncipe quien lo exigió.

Ella se levantó lentamente y con dificultad, pues el no haber comido en todo el día estaba teniendo sus consecuencias. Después de que estuvo frente a él, no se atrevió a mirarlo, entonces el príncipe tomó su mentón y levantó su rostro para poder apreciarlo. Sus miradas se encontraron y ambos se estremecieron al sentir que se conocían desde antes, pero ¿de dónde? El príncipe se quedó pasmado y perdido en esos hermosos ojos grises que reflejaban tristeza y cansancio. Su largo y lacio cabello negro estaba sucio y despeinado y su piel sin color. A pesar de las fachas y suciedad, su belleza resaltaba, su nariz menuda, sus hermosos labios rosa y ese cuerpo curvilíneo y con buena proporción llamaban la atención del joven. El príncipe quedó prendido ante la hermosa sirvienta quien se sentía incómoda delante de él. Sabía que lo había visto en cuadros, pero la sensación de familiaridad era diferente, como si ellos fueran muy cercanos. Su delicioso aroma inundó sus sentidos y eso que solo sus dedos tocaron su mentón, se imaginaba cómo sería olfatear todo su cuerpo.

—¡Déjala en paz! Que cumpla con su tarea asignada y que le den de comer. Es una injusticia tener a una persona hambrienta en un palacio donde la comida se desperdicia. —El príncipe ordenó y el hombre asintió con disgusto.

La chica fue alimentada ese día. Se acostó sobre la sucia tela y sus pensamientos se fueron al rostro del príncipe otra vez. Una sonrisa se dibujó en sus labios al recordar cómo él la defendió y pidió que le dieran comida.

—El príncipe es hermoso, ¿cómo se sentirían sus labios? —Sus mejillas ardían y rio como loca ante su ocurrencia—. ¡Qué tonta! Él nunca pondría sus ojos en una mugrosa sirvienta como yo.

Mientras tanto en una de las habitaciones reales, un joven de cabello castaño observaba el cielo distraído con las estrellas que lo adornaban y unos ojos grises se adueñaron de sus pensamientos. ¿Por qué su corazón latía con tanta intensidad cuando recordaba a esa sirvienta?