No me rendiré
Dimitri estaba sentado sobre un árbol en la oscuridad de la noche. Escuchó varias risas masculinas y bufó del fastidio. Se suponía que se había aislado para estar en plena tranquilidad.
El aroma a vainilla hizo que entrecerrara los ojos. ¿Qué hacía ella allí? Su corazón empezó a latir con brusquedad y un punzón en el estómago lo hizo maldecir en sus adentros.
—¡Qué demonios me pasa! —Dejó salir un suspiro y buscó a la causante de su "malestar".
—Oye, Anita —Uno de los guerreros se acercó burlón—. ¿Qué haces por aquí tan solita?
—Estoy entrenando. ¿Y ustedes? —contestó alerta, pues no le gustaba el tono que estaban utilizando.
—Solo charlamos. Ya que nos toca estar encerrados en este campamento por un largo tiempo. ¿Sabes? Hace mucho no sé lo que es estar con una zorrita. Y tú... no estás nada mal, si quieres podemos perdernos en la oscuridad de la noche y pasarla rico.
—No, gracias —respondió indiferente y decidió continuar su camino.
—Si quieres te pago. —El hombre insistió y Ana frunció el cejo al entender que no bromeaba.
—No insistas, Leo. Ella es la amante de Dimitri. Te aconsejo que mantengas tu distancia, ese tipo te puede asesinar sin tocarte. —Otro de ellos sugirió burlón.
—Ese tipito no es hombre para Anita. Él se ve muy... frío. De seguro la deja con las ganas.
Todos rieron a carcajadas y ella sacudió la cabeza del hastío. Decidió continuar, pero el tipo la jaló por la muñeca. Ella lo miró maravillada de su atrevimiento.
—Aleja tus sucias manos de mí —gruñó. En cuestión de segundos fue rodeada por ellos.
—¿Te crees mucho porque ahora estás siendo entrenada por ese fenómeno aparecido?
—¡Quítense del medio! —respondió sin inmutarse ante sus provocaciones.
—¿Qué harás sino queremos? —Uno de ellos se acercó amenazante. Ana bufó fastidiada de esos descerebrados y los miró desafiante.
—Te pateo el trasero, imbécil.
Todos estallaron de la risa.
—Sabes que eso te traería muchos problemas a ti y a tu insignificante aldea. Que no se te olvide que somos hijos de los jefes de la ciudad del Fuego.
—Eso suena mal, muy mal. —La voz escalofriante de Dimitri los exaltó—. Puede que Ana y su aldea tengan problemas si les da su merecido, pero..., yo no tengo ningún inconveniente en hacerlo por ella. Créanme que me vale un comino quienes sean sus padres, insectos asquerosos.
—Ustedes vienen de la misma aldea, sería lo mismo. —el chico replicó.
—A mí sus amenazas no me inmutan. Muy bien puedo acabar con ustedes en un abrir y cerrar de ojos y nadie saber que fui yo. Usen la poca inteligencia..., esperen, no se les puede pedir que usen algo que no tienen. —Sonrió malicioso—. Bien, solo traten de seguir mis instrucciones —rodeó el cuello de uno de ellos con su brazo, fingiendo ser amistoso y con marcado sarcasmo en su expresión. El tipo trató de disimular sus temblores y los demás lo miraban como si fuera el más desafortunado del grupo por estar tan cerca de Dimitri—: Ni se les ocurra si quiera dirigirle la palabra a mi guerrera. Si vuelvo a enterarme de que uno de ustedes pensó en acosarla de nuevo, no vivirá para ir a quejarse a donde papi. Créanme, sé cómo provocar una lenta y dolorosa muerte y que parezca todo, menos un asesinato. Sigan mis instrucciones y ni siquiera mencionen el nombre de Ana en sus repugnantes bocas y no tendré que hacerle el favor al mundo de deshacerme de unas plagas como ustedes.
Dimitri palpó el hombro del tipo, quien al igual que los demás estaba en un silencio sepulcral, totalmente aterrorizado. Con esa paciencia y expresión sarcástica que lo caracterizaba, Dimitri extendió su mano en dirección de Ana y ambos saltaron por encima de la superficie, perdiéndose en la oscuridad de los árboles.
—¿No crees que se te fue un poco la mano? —Ana lo miró de soslayo y él sonrió. Ambos estaban sentados sobre un risco, observando el hermoso cielo—. La amenaza de muerte es algo serio.
—¿Tú crees que yo ensuciaría mis manos con esas escorias? —Dimitri espetó con ironía—. Nada más efectivo que la intimidación psicológica. Créeme, esos tipos jamás se meterán contigo.
Ana no pudo evitar sonreír como tonta.
—Entonces, ¿debo agradecerte? —Ella masculló sarcástica y él sonrió, pero esta vez su sonrisa era sincera y sin malicia.
—Solo sé cuidadosa. No porque una persona esté en tu bando significa que no te vaya a hacer daño. Créeme, sé mucho sobre eso.
—Sé cuidarme —respondió con la mirada puesta en cualquier sitio que no fuera él. Aún se sentía avergonzada por su confesión.
—Sí, claro. No importa, como quiera estaré pendiente a ti, nadie te hará daño. No lo permitiré. —Dimitri buscó su mirada, pero Ana la evadía. Su corazón latía con intensidad y no encontraba las palabras correctas para refutar. No sabía si sentirse halagada o burlada. De lo único que estaba segura era de que tenía que deshacerse de esos sentimientos y no dejarse ilusionar por los extraños comportamientos de él.
Ana se levantó con intención de marcharse y Dimitri la imitó.
—Oye... —Dimitri la miró a los ojos con nerviosismo—. No me besé con Reka y no es algo que quiero o vaya a hacer. Mentí porque necesito apartarte de mí. Lo que viste no fue algo que yo correspondí, ella se me lanzó de repente y...
—No me interesa. —Ana lo interrumpió con frialdad—. Lo que hagas o dejes de hacer con Reka o cualquiera, no es mi asunto y no quiero saber.
Dimitri se quedó sin habla observándola con desconcierto en su mirada.
—Tienes razón, no es de tu incumbencia. —La sangre le ardía y le daba rabia el malestar que sus palabras le causaron. ¿Qué rayos le sucedía con esa chica? ¿Por qué se molestó en darle explicaciones? Él siempre había actuado con plena libertad y sin arrepentimientos, nunca se molestó en excusarse o aclarar sus actos. ¿Qué era lo que tenía esa mujer que lo hacía actuar de esa manera? Ella no contaba con alguna característica especial ni sobresaliente. Era una chica regular. Si él nunca se fijó en Kara, Petra o las demás que se les insinuaban; mujeres de la nobleza, guerreras especializadas. Incluso, Reka, era más interesante que ella. No lo entendía. ¿Por qué la besó? Además de Leela, era la única mujer a la que había besado. Y jamás hubiera imaginado que aquello sería tan adictivo.
Ana lo miró a los ojos y él tragó seco al notar la tristeza en su mirada.
—Así es. Tu vida no me incumbe, así como tampoco a ti te debe importar la mía —dicho esto, dio un salto que la desapareció de su vista. Dimitri bajó la mirada con pesar. ¿Qué era aquel vacío que quedó en su pecho y que le causaba tanto dolor?
***
Los párpados le pesaban y su cuerpo flotaba como si estuviera hueco. La energía negativa lo tenía atrapado, no obstante, los recuerdos de esos tres años prisionero le dieron la fuerza que necesitaba para pelear un poco más. No se rendiría tan fácil. Luchó con gran dificultad y el rostro de Eli se impregnó en su mente. La vio hermosa, sonrojada y con esa sonrisa dulce y pícara que bajaba sus defensas y lo enloquecía. La amaba y quería volver a sentir el calor de su cuerpo, besar sus labios y acariciar su sedoso cabello. Extrañaba todo de ella. Sus burlas y chistes fuera de lugar, sus reclamos y sus muestras de cariño. Sonrió al recordar lo sádica que era, siempre terminaba propinándole un golpe cuando él la molestaba. Ellos tenían una relación muy peculiar, parecían niños pequeños que en la noche jugaban como adultos. El sexo se les dio bien desde el primer día, aunque su primera vez fue un poco frustrante y peculiar al principio, se compenetraron de una forma que él ignoraba que se pudiera. Tuvo muchos encuentros de pasión con Anya, pero ni reuniendo todas sus aventuras, se compararía con una sola noche con Eli. Ella era especial y sacaba lo mejor de él.
—Eli... —Ulises balbuceó con debilidad. No se dejaría vencer, no. No sería justo para su esposa. Él le prometió que nadie los iba a separar y cumpliría su promesa. Era ella quien siempre lo salvaba a él, la que llegaba a su rescate. Esta vez, era su turno de rescatarla a ella, esta vez, iba a vencer por su amada enana.
Los ojos de Ulises brillaron con intensidad. A diferencia d las otras veces, emanaban una luz roja como si estuvieran prendidos en fuego. Corrientes de energía recorrían su cuerpo y un gran estruendo disipó la oscuridad.
—¡¡Nooo...!! —Las voces de dos mujeres le helaron la piel. Parecían alaridos de dolor y eran escalofriantes. Ulises frunció el ceño y giró alrededor de sí, una luz verde que salió de su mano tomó forma de espada y él la empuñó con firmeza. Su mirada se tornó diferente, ya no se veía tan ingenua e inocente. La inmadurez que solía reflejar despareció de su expresión y una sonrisa de autosuficiencia se dibujó en sus labios. Golpeó su alrededor con la espada de luz verde con fuerza y la dimensión de energía desapareció, quedando él flotando sobre sus terrenos. Bajó lentamente, como si tuviera la capacidad de volar y moverse por los aires sin dificultad. Sus ojos se agrandaron al sentir un gran peso caer.
—¡Lana! —Una señora gritó con dolor y desesperación. Corrió hacia el cuerpo grotesco que yacía sobre la verde grama, húmeda por el rocío de la noche. Ulises quedó pasmado al reconocer a la mujer que sollozaba con impotencia.
—Usted... —Señaló a la pelirroja de forma acusatoria y ella lo miró con odio y lágrimas en sus ojos.
—¡La mataste! ¡Mataste a mi prima!
Ulises negó confundido. ¿Acaso aquella mujer se había vuelto loca?
—¿De qué habla? Yo no he hecho nada —se defendió.
—Tú la mataste... —Sollozó—. Lana...
La mujer empezó a proferir maldiciones y de sus ojos salió una energía negra que se propagó hasta cubrir todo su iris de un oscuro intenso. Ulises retrocedió asustado. Ella se puso de pies y lo confrontó. Él reculaba mientras ella caminaba hacia él profiriendo esas extrañas palabras que este no entendía, pero que lo estaban alterando. La mujer dejó salir un grito chillón que lo puso alerta y saltó sobre él como si fuera una bestia rabiosa. En ese momento, el rizado entendió que debía defenderse; por tal razón, atacó con la espada de energía verde y la mujer fue lanzada por los aires con gran fuerza. Ella se incorporó, estando suspendida a gran altura y se balanceó contra él. Ulises pensó correr, pero tuvo una mejor idea. Esperó a que ella se acercara y cuando estuvo a una distancia conveniente para él, la traspasó con la espada de energía. La extraña dejó salir un sonoro alarido que molestó los oídos de Ulises. Ella cayó al suelo convulsionando y gritando de forma espeluznante.
—Maldito infeliz... —balbuceó y luego cerró sus ojos. El cielo se cubrió de una gran luz dorada y plateada que se fue fulminando hasta quedar el color verdoso azulado.
Ulises observó a ambas mujeres con desconcierto. Una era rubia y la que lo atacó tenía el cabello rojizo. La rubia le era familiar, pero no recordaba donde la había visto antes. De repente, sintió como su cuerpo se relajó y un olor a canela con cítricos inundó sus fosas nasales.
—Eli... ya nada podrá evitar que vaya por ti... —dicho esto, se dejó caer en el suelo, perdiendo el conocimiento.