Capítulo 52

Leela recibió una carta de Odiel.

"Hablé con el maestro Chan. Dimitri nos está ayudando, así que trabaja junto a él para conseguir el diamante. El maestro y yo estaremos trabajando en otra misión".

—¿Estás seguro de que el mismo Odiel te la dio? —Leela cuestionó a Jeff.

—Si por Odiel te refieres a Marcos, sí, él mismo me la dio. —Entornó los ojos.

Leela respiró profundo, pues sería difícil trabajar junto al causante de todos sus males.

—Nos mudaremos fuera de la ciudad todos juntos. —Jeff advirtió—. Tenemos que mantenernos oculto; bueno, sé que hemos estado ocultos, pero, ya no es seguro estar de hotel en hotel.

—Bien, como digas. —Leela sintió náuseas al saber que viviría bajó el mismo techo que Dimitri.

Un mes después...

—¿Lista? —La voz de Dimitri se escuchó casi en un susurro. Ellos vestían de negro con ropa engomada que se pegaban al cuerpo. Leela asintió y ambos corrieron dentro de un edificio.

—Leela, a tu derecha hay diez guardias en cada puerta. —La voz de Jeff se escuchaba por un artefacto que ella llevaba en el oído—. Dimitri, ve a la izquierda, hay diez guardias frente a la cede principal. Apaga las alarmas y envíame toda la información que encuentres. Leela, en una de esas puertas está el cuarto que lleva al diamante.

Ambos tomaron su camino corriendo por los enormes pasillos. Leela miró la primera puerta y sacó una pequeña tarjeta. La introdujo y entró. Diez hombres vinieron a su ataque. Los dejó inconsciente rápido antes de que enviaran cualquier señal, puesto que Dimitri no había apagado las alarmas aún.

—Muy bien, Supergirl. —Jeff alabó emocionado—. Pero, no vuelvas a apresurarte. Espera la señal de Dimitri.

—¡Listo! —Dimitri avisó y Leela esbozó una sonrisa de satisfacción.

—Bien hecho, chico vampiro. —Jeff se burló—. Tengo acceso a sus controles de seguridad. ¡Tengo el poder! Nadie entra y sale sin mi consentimiento.

—Madura, ya. —Leela se quejó.

—Mira quien habla de madurez —dijo con ironía—. Dimitri, déjame el resto a mí y ve a ayudar a Leela.

—Será un placer —dijo con flirteo por lo que ella entornó los ojos.

Leela entró a la próxima puerta, se deshizo de los guardias, pero no encontró nada.

—Hola. —Dimitri le guiñó un ojo—. ¿Lista?

—Siempre lo he estado —fanfarroneó y ambos saltaron por los aires.

***

—Parece que la fuente de información se equivocó. —Jeff se quejó tirándose sobre el sofá. Ellos llevaban un mes viviendo en aquella cabaña, retirada de la ciudad y oculta entre los árboles. Solo recibían mensajes escritos por Odiel y Leela no había podido comprobar si Jing era Edward, o si lo que Dimitri afirmaba era verdad. Edward se había aliado con sus enemigos y trabajaban juntos para encontrarla. Él se dejó convencer de que no podía dejarla escoger, necesitaba llevarla a la fuerza para poder sanarla.

***

—Señor Holmes, entiendo que hay un desbalance en el universo que afectó a Nora porque llevaba esa joya y que la única cura sería juntar las dos gargantillas en un ritual; no dudo que lo que dice sea cierto, porque viví cosas extrañas con Nora y su explicación es la más creíble. Pero usted créame cuando le digo que no sé dónde está el otro colgante. Lo he buscado y no lo encuentro en ningún lado, incluso viajé a casa de mis padres y ni allí lo encontré. —Edward trataba de convencerlo, ya que últimamente, aquel hombre dudaba de su colaboración.

—Comprendo, no se preocupe, señor Anderson. Lo ayudaremos a encontrarla.

—Una pregunta —El hombre lo miró atento—: ¿Son esas joyas lo único que se necesita para curar a Nora?

—Sí... ¿Por qué la pregunta, señor Anderson? —cuestionó con sospecha—. ¿Cree que hay algo más?

—No, es simple curiosidad. Entonces, si no me necesita más, me retiro —se despidió y salió de aquella extraña y oscura oficina.

El hombre llamó a Petra. Ella entró con su sonrisa de arpía de siempre y se sentó frente a su escritorio.

—Algo me dice que el príncipe miente. No es posible que a esa joya se la haya tragado la tierra. Dobla la vigilancia, no quiero sorpresas.

—Como digas, Deon.

***

—Al parecer nuestro jefe se equivocó, el diamante no estaba allí. —Jeff bufó. Sacó una memoria USB de su bolsillo y se la pasó al castaño. Ambos estaban en la oscuridad de un callejón—. Aquí está toda la información del tal Damián Holmes. En uno de esos lugares ha de estar el diamante, el problema es saber dónde.

—Mi jefe va a analizar las posibilidades y luego te haré saber.

—Solo que el jefe se asegure esta vez, no es divertido armar todo un plan y arriesgar nuestras vidas para nada. —El chico se quejó.

—Bueno, estamos buscando una aguja en un pajar, hacemos lo que podemos. —El castaño justificó.

—Bien, mientras me paguen mi dinero, todo bien.

—Por cierto, asegúrate de que la chica no se acerque. Estamos más vigilados que antes. Al parecer, nuestro enemigo sospecha que sabemos algo.

—Leela no se ha acercado, ella entiende que no debe hacerlo.

—Ella lo hizo hace un mes y por poco la atrapan. —El castaño replicó.

—Y aprendió de su error. ¿No sería más fácil si tu jefe le dice la verdad? Así ella colaboraría más y no estaría tan irritable. Yo soy quien tiene que soportar sus cambios de humor.

—Para eso se te paga, ¿no?

—No sé cómo rayos me envolví en todo este lío, no sabía que Supergirl me traería tantos problemas —se lamentó y tomó su camino.

***

Leela estaba entrenando en el patio, cuando Dimitri empezó a acorralarla.

—¿Qué quieres?

—Que repitamos lo que hicimos cuando nos conocimos.

—Está bien. Solo que esta vez, te romperé la madre.

—No me refiero a la pelea. —Entornó los ojos—. Nunca nadie me había besado.

—Te refieres a eso. —Leela lo miró desconcertada—. ¿Ese fue tu primer beso?

—Sí y me gustaría un segundo —sugirió con flirteo.

—Oye, Dimitri, eres...; bueno, eres apuesto y buen guerrero —trataba de buscar alguna buena cualidad—. Pero no me interesas y nunca me vas a interesar. Yo solo tengo ojos para mi esposo, amo a Jing y no le voy a poner los cuernos contigo.

—¡Pero él está muerto! —espetó con ira—. ¿No me crees? Él murió minutos antes del cambio de mundos. Yo vi su cuerpo y sus guerreros lo enterraron. ¿Seguirás amando a un muerto? Únete a mí y vive la vida que te mereces. —Se asió de ella y la besó a la fuerza. Leela le pegó en la entrepierna y saltó por los aires perdiéndose en el denso bosque—. ¡Maldición! Te vas a arrepentir, Leela. Nadie me rechaza. ¡Nadie!

Destello

—¿Nos falta mucho para accesar? —Eli preguntó con impaciencia mientras se tiraba en el sofá. Ellos se quedaron en la mansión de Jing, la cual fue reasegurada, pues Zafiro se quedó sin reyes y muchos se peleaban por la corona. El caos inundó el reino del Sur, así también, muchos rebeldes aprovecharon la falta de Jing para atacar a las aldeas cercanas. Los únicos reinos con reyes eran el Este y el Oeste y el primero no contaba con buenos guerreros. El consejo se reunía cada mes para buscar una solución al desorden, porque no solo era la falta de reyes en los dos reinos y del mejor guerrero de Destello, también el caos y el desorden reinaban en ese mundo. Las personas se habían vuelto más agresivas y salvajes, sucesos de la naturaleza extraños ocurrían y cada día había más hambre, enfermedades y violencia.

—Tendremos que esperar instrucciones del maestro Chan. —Ileana contestó.

—No sé si podamos esperar más —Bruno refutó—, el caos y la oscuridad están consumiendo a Destello.

—Los de la tribu Furious están esperando nuestra señal. Según nos contó el maestro Chan la última vez que vino, necesitaremos un traje especial. Deon está reuniendo un ejército en ese mundo y ellos utilizan unas armas muy poderosas, el traje evitará que nos hagan daño. —Nico añadió.

—Bien, debemos entrenar y aprender a utilizar las armas de los Furious, nos serán de mucha utilidad en ese mundo. Yo les enseñaré todo lo que necesiten saber sobre el uso de las armas láser. —Bruno explicó.

—Bien, manos a la obra, chicos. —Esteban concluyó y todos se marcharon.

***

Leela salió a la ciudad disfrazada de hombre. Llevaba un traje ancho ejecutivo, una peluca negra, barba y bigote. Tenía un maletín en mano. Entró a una empresa, pasó una identificación y se perdió en el ascensor. Salió de allí y se dirigió a una habitación muy asegurada. Volvió a pasar la tarjeta y ésta le dio acceso. Caminó unos minutos y se encontró con otra puerta. Sacó un ojo de su bolsillo y lo puso frente a una luz láser. Recibió la aprobación que abrió las puertas y luego entró a aquel cuarto especial.

—¿Buscabas esto? —Deon se reflejaba en una pantalla gigante que cubría media pared con el diamante en manos. De repente las puertas se aseguraron y alarmas ruidosas se escucharon en todo el lugar. En cuestión de segundos Leela estaba siendo rodeada por guerreros. Ella empezó a defenderse. Saltó por encima de ellos y golpeó a varios en la cabeza. Se tiró al suelo y extendió su pierna derecha sobre éste como la manecilla de un reloj, tumbando a un grupo de ellos. De repente más guerreros se unieron, un humo blanco inundó el cuarto y Leela empezó a marearse. Se defendía cómo podía, pero poco a poco, perdía las fuerzas. Cayó de rodillas y maldijo en sus adentros por haber caído en la trampa.

—¡Llévenla al cuarto especial! —La voz de Deon se escuchó por medio de la pantalla.

Leela notaba como los hombres caían alrededor de ella. Deon gritaba algo que ella no entendía y luego todo se tornó oscuro.

***

Leela se despertó con un leve dolor de cabeza. Casi muere del espanto al ver las caras de Dimitri y Jeff observándola fijamente.

—¿Qué pasó? —preguntó un poco desorientada.

—Nos pusieron una trampa. —Jeff contestó.

—Pero llegué a tiempo para salvar tu trasero. —Dimitri la miró malicioso.

—Él tiene el diamante en sus manos. No lo guarda en un lugar especial. —Leela dijo frotándose la sien.

—Es raro —dijo Jeff recordando que Brian le había dicho lo contrario, ya que su jefe llevaba un radar cada vez que visitaba a Deon.

—¿Qué es raro? —Leela preguntó irritada—. Raro es que no lo tenga con él. Hemos perdido el tiempo todas estas semanas. Debo salir de aquí o me volveré loca.

—¿Salir de aquí o ver a Edward? —Dimitri cuestionó con reclamo y celos.

—Salir de aquí. —Lo miró mal.

—Si lo vas a hacer, por lo menos disfrázate. —Jeff le advirtió.

—Claro. —Leela asintió con suficiencia.

***

Leela se volvió a disfrazar de hombre. Esta vez, con barba y peluca rojizas y ropa deportiva y ancha, para disimular sus redondos senos.

Odiel salió de la empresa y se dirigía a su restaurante favorito. Después de pedir unas vacaciones para irse a una misión que le encomendó el maestro Chan, retomó su trabajo como Marcos y así había estado viviendo en esos días.

—Hola, Odiel. —Leela lo saludó al oído.

—¡Oye! —reclamó al verla vestida de hombre—. No te me acerques así o el próximo chisme será que soy homosexual. —Leela rio divertida—. No le veo la gracia.

—Necesito ver al maestro Chan. —Leela lo miró fijamente.

—¿Por qué? —preguntó entrecerrando los ojos.

—Hay algo que debo confirmar y, como tú también viviste una vida paralela, es muy probable que no sepas.

—Pruébame. —Enarcó una ceja.

—Jing...

—Si es sobre tu esposo, lo siento, no puedo decirte nada. Pero sí te puedo dar la ubicación del maestro —la interrumpió.

—¿Por qué no puedes decirme? —Se asustó.

—No me corresponde —respondió tajante.

—Entonces, dame la ubicación del maestro —pidió nerviosa de lo que aquello pudiera significar.

***

Leela llegó a la remota ubicación. Los árboles cubrían una pequeña choza de madera que estaba cerca del complejo turístico al que ella fue meses atrás.

Inhaló encantada con la frescura y belleza de aquel montañoso lugar. De repente vio un carro rojo parquearse frente a la choza. Corrió hacia ésta, entró y se escondió en la pequeña habitación. Escuchó voces que procedían desde afuera.

—Anderson. —El anciano se acercó a él con una canasta de pescado.

—¿De pesca? —Edward lo miró con una sonrisa.

—Sí, nada mejor que una deliciosa sopa de pescado fresco para la cena. Pasa —invitó extendiendo la mano hacia la puerta. Edward entró y se sentó frente a una pequeña mesa cuadrada y muy bajita. El anciano lo imitó ubicándose frente a él. Ambos estaban arrodillados sobre una alfombra. Edward miró la canasta con repulsión, ya que el doctor la puso sobre la pequeña mesa—. No he encontrado cura aún. —El doctor lo miró con pesar—. Mi ayudante y yo hemos rebuscado estos últimos días.

—Entiendo. —Edward lo miró con tristeza—. Nada, seguiré sobreviviendo, entonces.

—Anderson —el anciano lo miró con cara de horror—, el neutralizador no te ayudará por mucho tiempo... Si no encontramos la cura rápido...

—Comprendo —dijo tembloroso—. No se preocupe, es mi destino y debo afrontarlo. Solo... me preocupa alguien.

—Sobre eso... —El maestro lo interrumpió—. No te preocupes, ella es fuerte. Lo superará, pero... si mueres antes de que todo vuelva a la normalidad, entonces habrá un gran caos.

—No entiendo...

—Lo harás. Esta noche te enviaré una información importante. Toma. —Sacó un frasco de las rojas pastillas—. Úsalas mientras te sean útiles.

Edward tomó las pastillas y se marchó.

—Bien, niña, sal de tu escondite. —El anciano demando mientras se dirigía a la cocina. Leela salió y él la miró divertido—. ¿Quieres cenar conmigo? —preguntó mientras limpiaba los pescados.

***

—¡Eso estuvo delicioso! —Leela sonrió satisfecha. Ambos estaban sentados frente a la pequeña mesa de madera. El maestro sobre sus rodillas y Leela tumbada contra la pared.

—Bien, guardiana, veo que has aprendido tu lección y has sido prudente y obediente estos días.

—Sí, maestro Chan. —lo miró con una sonrisa sincera y tierna—. Cometí muchos errores por mi imprudencia. Ahora solo quiero enmendarlos y trabajar junto a Jing. Maestro, ¿Edward de qué está enfermo y por qué va a morir? —preguntó preocupada.

—¿Tú qué crees, jovencita?

—No lo sé. Dimitri me dijo que Jing murió antes de que seamos transportados a este lugar y que ustedes lo enterraron, lo que significa que Edward no es Jing.

—¿Y tú qué piensas de eso? —La miró expectante.

—No puede ser. Me asusta que sea verdad porque Jing estaba envenenado en ese momento. Espere... —e quedó pensativa un rato mientras él maestro la observaba como a la espera de algo—. ¡Jing es Edward! Su enfermedad es el veneno; dado que estamos en un mundo paralelo, el veneno se convirtió en enfermedad y usted le ha estado dando el neutralizador para mantenerlo con vida —celebró con emoción—. ¡Jing está vivo!

—No por mucho. —El maestro cortó su celebración—. No he encontrado una cura. Se determinó tres tiempos para volver todo a la normalidad. Tiempo de luz remitente, tiempo de luz intensa y oscuridad. El tiempo de la luz intensa concluye hoy. Lo que significa que el caos y la desgracia caerá sobre Destello y la tierra. Si el líder guardián muere, el caos será peor y los mundos podrían destruirse. La razón por la que a los guardianes se les da más habilidad e inmunidad, es para que no mueran antes de cumplir su misión. Cuando un guardián falta hay desequilibrio. Por esto, son dos. Para que se cuiden el uno al otro. Y además cuentan con un maestro guía. Deben unirse y buscar el diamante antes de que el tiempo de oscuridad nos cubra completamente y ya no podamos hacer nada. Mañana regresaré a Destello y reuniré un ejército, temo que pueda tardar varios días para poder abrir una brecha para ellos, pero pondré todo mi esfuerzo para reducirlos a horas. Es de urgencia que encuentren la forma de quitarle el diamante a Deon.

—De acuerdo, pero antes de hacer cualquier plan debo hacer una visita.

—Entonces, te presto mi baño con hierbas aromáticas. —El maestro Chan sonrió con picardía.

***

Leela estaba vestida de negro completamente. Después de aquel rico baño, peinó su cabello y lo recogió en una trenza y se puso un pasamontaña. Edward por su parte, se había hospedado en un hotel cerca de las montañas, debido que estaba anocheciendo cuando él salió de la casa del doctor.

El asiático acababa de darse una ducha. Se puso el pijama del hotel y abrió su laptop.

—¡Vaya sorpresa! —dijo con una sonrisa sin moverse de su lugar. Leela se quitó el pasamontaña y soltó su cabello ondulado.

—¿Por qué tan solo? ¿Te dejaron libre hoy? —preguntó con sarcasmo.

Edward se levantó de la silla y se acercó a ella con su hermosa sonrisa sexy.

—Me dejaron libre hace meses.

—Sabes a quien me refiero, a la garrapata que no se te despega.

—¿Celosa? —Tomó su mentón con delicadeza.

—¿Debo estarlo? —Lo confrontó con la mirada.

—No. —De repente Leela lo atacó y él se defendió. Ella saltó por los aires y él la imitó. Hecho esto, empezó a arremeter contra él con rapidez, mas este le esquivaba todos sus golpes.

Ella se abalanzó encima de Edward, pero él la tiró en la cama.

—Y así niegas que eres Jing.

—Llámame como quieras, ya hasta me estoy acostumbrando.

—Bien, eso era lo que quería confirmar —dijo levantándose de la cama, pero él la volvió a tirar.

—¿Te vas tan rápido? —La miró agitado.

—¿Qué? ¿La chica rizos no te está atendiendo bien que necesitas de mi compañía?

—Eres mi cruel, ¿sabes? —Sonrió con malicia mientras desabotonaba la camisa del pijama.

—Claro que no. Pero ella ha sido mi reemplazo, ¿cierto?

Él se deshizo del pijama quedando en calzoncillos, dejando su firme y atractivo cuerpo a la vista. Leela no podía quitarle los ojos de encima. Él se le tiró arriba, aprovechando que aún estaba en la cama.

—Eres irremplazable, cariño. —Acarició su mejilla. Leela empezó a temblar. Ya ni recordaba la última vez que estuvieron juntos. Su corazón empezó a latir como loco y su respiración se volvió un caos. Él empezó a besar su cuello lentamente.

—B-basta... —Ella tartamudeó.

—¿Segura? A mi parecer, lo estás disfrutando. Además, sé que viniste a buscar lo tuyo y te lo estoy dando. De todas formas, me tienes muy descuidado y ya no aguanto las ansias.

—Eres un abusivo creído. Solo vine a hacerte una visita inocente —contestó nerviosa, por más que trataba de arreglar su voz, le salía temblorosa.

—¿Ah sí...? —Edward empezó a acariciar sus zonas prohibidas. Leela dejó escapar un gemido que prendió más a su enamorado.

—Debo irme. —Trató de pararse de la cama, pero él estampó sus labios sobre los de ella. Ambos se sumieron en ese delicioso y atrevido beso—. Sí, definitivamente eres Jing... —balbuceó sobre su boca. Él se deshizo de la ropa que la cubría y empezó a recorrer la piel desnuda con su lengua. Leela no soportó la tensión y se puso sobre él besando ese pecho que tanto le gustaba. Acarició su abdomen y sus muslos de forma atrevida provocando pequeños gruñidos a su chico.

—Me encantas, Tigresa… —Edward dejó salir en un gemido. Leela se quedó pasmada por unos segundos.

—Definitivamente, eres mi Jing. —Sonrió de la alegría—. ¡Vaya! Al parecer alguien está contento de verme —espetó con una sonrisa pervertida al deshacerse de la ropa interior de él.

—Claro que sí, no te imaginas cómo te hemos extrañado. —La miró seductor y la puso debajo de su regazo. Leela se abrazó a él y ambos se sumieron en sus placeres. Las ansias y el hambre que se tenían las apagaban con desesperación y entrega. La luz de la luna que se escabullía por la ventana era testigo de los estruendosos sonidos en aquella habitación de hotel.

—¡Vaya! ¡Lo necesitaba tanto! —Leela trataba de recuperar el aliento. Edward la atrajo hacia su cuerpo pegajoso del sudor que había emanado.

—Yo te necesito a ti, mi amor. —Besó su frente con ternura.

—Yo también te necesito. —Atrapó sus labios y ambos se durmieron abrazados.

Una hora después, Leela se despertó y sintió el frío vacío al soltarse de sus cálidos brazos.

—Pronto estaremos juntos, mi amor. —Acarició su cabello, que ya estaba más largo. Dejó un beso sobre su frente y se puso la ropa en un sepulcral silencio. Dos lágrimas recorrieron sus mejillas y se lanzó por la ventana.

Edward se despertó buscando su calor, pero su lado estaba vacío. Sonrió porque aún mantenía su olor. Se levantó de la cama y se vistió. Buscó en su maleta y sacó una cadena plateada finísima.

—Bien, creo que ya es hora de que te utilice —dijo colgando la joya sobre su cuello. Acto seguido, ésta empezó a brillar.