Capítulo 51
Leela estaba suspendida en el aire, sufrimiento y goce se mezclaban en su ser. Diferentes sensaciones, emociones y sentimientos. Hasta que todos sus recuerdos se completaron, incluyendo los cinco meses que vivió como Nora.
—¿Qué haces, Dimitri? —La voz de Ileana se escuchó con reclamo.
—Me abro paso —respondió decidido—. Ayudaré a Leela en el otro mundo y me daré el placer de matar a Deon con mis propias manos.
—Es arriesgado ahora —Eli refutó—. Iremos todos juntos cuando el maestro Chan logre abrir la brecha.
—No, querida Eli. Yo no esperaré algo incierto. Si me uní a ustedes fue para completar mi venganza. Ya los he ayudado demasiado, es hora de ir por ese maldito y ayudar a Leela.
—¡Dimitri, no! —Leela escuchó como las dos chicas gritaron al unísono y luego la luz cesó, ella cayó de golpe en el suelo.
—¡Auch! —gritó sobándose los glúteos. Se paró del suelo y se percató a Marcos y a Jeff que estaban allí tirados. Segundos después, éstos despertaron. Jeff se levantó alarmado, mirando a su alrededor con sospecha y miedo, mientras que Marcos se veía desconcertado y un poco perdido.
Leela se acercó a Marcos y lo escudriñó con malicia.
—¿Qué? —Él preguntó con ironía—. ¿Tengo algo en el rostro?
—Lo recuerdo todo Mar... —lo miró frunciendo el ceño—, no, debería llamarte Odiel.
—Yo tampoco recordaba mi identidad, así que quita esa cara de acusación —contestó irritado.
—Pero... no entiendo, eres el maestro guía.
—Sí, pero no tengo mi diamante. ¡Rayos! Eso todavía me irrita. No puedo usar todas mis habilidades porque estoy incompleto sin mi piedra.
—¡Quién te manda a perderlo! —Leela dijo maliciosa y Odiel la miró fulminante.
—Fue un entrenamiento difícil. El diamante se desprendió del anillo —explicó.
—Como sea, vi ese diamante en manos de Deon. —Se quedó pensativa—. ¿Cómo rayo cupo en ese pequeño anillo? Deon tuvo que usarlo como gargantilla de lo grande que era.
—Se ajusta y encoje, chica inteligente. —La miró molesto.
—No te enojes —dijo divertida—. Eras más lindo como Marcos. Por cierto, ya recuerdo mi vida como Nora...
Odiel se sonrojó.
—Sobre eso... Tenía otra personalidad... no... —Suspiró—. Cómo sea, ya no siento cualquier estupidez que haya sentido como Marcos.
—¿De qué hablas? —Leela fingió ignorancia—. Iba a decir que eras un chismoso de primera. Pero, en cuanto a tus pretensiones, siempre me has hecho ojitos.
—¡Yo no te hago ojitos! —gritó sonrojado—. Soy un maestro guía.
—Como digas. —Sonrió maliciosa—. Ahora todo tiene sentido. Cuando vi a Jing por primera vez como Nora, eso fue tan... romántico. —Sonrió como tonta y luego rio a carcajadas al recordar cómo se reencontraron—. Recuerdo que lo mojé con café.
—¿Llamas a eso romántico? —Sonrió con picardía—. Ustedes ni con los recuerdos borrados dejan de ser unos melosos insoportables, gracias a eso todos empezaron a chismotear en esa empresa. No se aguantaron y dieron riendas sueltas a su calentura, se supone que dos personas se toman su tiempo para conocerse, ustedes se saltaron esa parte.
—Ya nos conocíamos..., somos esposos. —Leela refutó.
—Pero ustedes no lo sabían.
—Nosotros no, pero nuestro subconsciente sí. Además —su mirada cambió a nostálgica y melancólica—, hicimos una promesa... ¿Sabes? Ahora que sé quién eres puedo contarte la razón de nuestras miradas intensas.
—Que nunca se les quita las ganas de devorarse uno al otro. Ustedes son los guardianes más intensos en toda la historia de guardianes.
—¡Envidioso! —Leela se cruzó de brazos—. Jing y yo hicimos una promesa de que, si nuestros recuerdos eran borrados, yo lo soñaría y él me pintaría, así nuestro lazo se mantendría intacto. Entonces, como Nora, mis recuerdos venían en mis sueños y siempre me despertaba con esa sensación de vacío y pérdida acompañados de una gran tristeza. Ahora recuerdo todo lo que he perdido, solo espero que el maestro Lee haya sobrevivido.
—No es la promesa, Leela —Odiel refutó—, es tu habilidad. Sueñas recuerdos, manteniendo intacto cada detalle. También sueñas lo que puede o va a pasar.
—Pero Jing me dibuja y pinta, por eso él se impresionó cuando me vio.
—Es su forma de desahogarse. Aunque a veces pienso que es una habilidad especial. Él dibuja con los ojos cerrados lo que está en su mente sin perder un solo detalle, así ha rememorado eventos importantes que le han ayudado a deducir situaciones. Incluso ha descubierto planes y trampas de sus enemigos y hasta planeado batallas. ¿No te has fijado que normalmente dibuja cuando está bajo una situación significativa para él? No importa si es buena o mala.
—Pero, el día que fui a su casa por primera vez él dibujaba. En ese tiempo no pasó nada significativo en su vida.
—¿Tú qué sabes? —La miró con suficiencia—. No eran tan cercanos. Pero ese día era tu primera misión. Él estaba asustado por ti. El día que te enteraste de su posible compromiso, él dibujaba porque estaba feliz de tenerte en su casa, pero estaba triste por el posible compromiso.
Leela agrandó los ojos del asombro.
—¿Cómo sabes todo eso?
—Cuando ustedes... copularon —se sonrojó—, hubo una conexión entre sus llaves y mi anillo; como su guía, todos sus recuerdos y sentimientos se mezclaron con los míos. Yo los conozco a ustedes mejor de lo que ustedes se conocen. Sé todo lo que han hecho y sentido.
—¿Todo? —Leela se sonrojó.
—Tooooodo… —Odiel acercó su rostro a ella con superioridad.
—¡Vaya! En mi defensa... —Pensó un rato—. Olvídalo, soy culpable de todo; pero no soy una pervertida..., es que Jing provoca demasiado cosas en mí. Sin embargo, no puedes culparme... él es... irresistible —dijo nerviosa.
—Ya, ya, ya. —Odiel negó con repulsión—. No traigas esos recuerdos a mi cabeza. ¡Lo que me faltaba!
—Entonces..., si Jing y yo estamos en la intimidad, ¿nos ves? —preguntó horrorizada.
—¡No lo quiera Dios! No deseo traumar mi inocencia. No me entendiste. Si busco en mis recuerdos, puedo recordar lo que ustedes vivieron y sintieron, es todo.
—Uff... —Leela suspiró aliviada—. Por cierto, Odiel; creí escuchar a Ileana, Eli y Dimitri.
—¿Dimitri? —Él preguntó curioso—. Eso es extraño, pero buscaré al maestro Chan para que él me explique. Porque al parecer, ellos nos devolvieron los recuerdos.
—¿El maestro Chan? ¿Crees que esté aquí?
—Por supuesto. Esa es una de las habilidades que tiene el maestro. Él puede abrirse brecha entre los mundos.
—¿Y por qué él no nos devolvió los recuerdos?
—Hay varias razones, pero la principal es que él no tiene esa habilidad. Eso lo podría hacer con mi diamante, no obstante, Deon lo tiene en su poder. Eso explica por qué ellos nos llevan ventaja. Deon devolvió los recuerdos a Petra y a sus hombres.
—¿Crees que Jing recuerde algo? —Leela lo miró esperanzada.
—No, pero debe tener sus sospechas. A diferencia de ti, él es muy calculador y sabio. Debe haber unido varios cabos. Vaya, ahora que lo menciono, creo que él me utilizó cuando estaba como Marcos. —Miró a Jeff, quien se encontraba parado observándolos como si se hubieran vuelto locos.
—U-ustedes... ¿Se escuchan cómo hablan? —preguntó desconcertado—. Están dementes, no hablarán en serio.
—Después de todo lo que has visto, ¿de qué te sorprendes? —Leela le reclamó.
—Es que... entonces... ¿Wakanda existe?
—¿Ahhhh...? —Leela lo miró con extrañeza.
—¿Qué es Wakanda? —Marcos inquirió con intriga.
—Tonterías de este idiota —Leela contestó frunciendo el ceño—, ignóralo, todavía está impresionado.
—No hables de mí como si no estuviera presente. —El chico replicó.
—¿Cuál es el plan ahora? —Leela se dirigió a Odiel ignorando a Jeff.
—Yo voy a tratar de encontrar al maestro Chan. Voy a fingir como Marcos. Tú sigue ocultándote y no busques al príncipe, por lo menos hasta que yo te diga. Sé que no deben estar separados, pero debemos ser precavidos.
—¿Y yo? —Jeff preguntó apuntándose con el dedo.
—Tú... —Lo miró con complicidad—. Tú sigue haciendo lo tuyo.
Dicho esto, Odiel fue rodeado de una luz blanca y desapareció de su vista.
— ¡Whoa! —Jeff se espantó y miró a Leela asustado—. ¿Tú también puedes hacer eso?
—No, yo puedo hacer esto —dijo maliciosa para luego saltar por los aires.
—¡Vaya! No sé si sentir envidia o ir a un psiquiatra —dijo para sí mientras retomaba el camino hacia la carretera.
***
—Necesito encontrar esa joya, Petra. —Deon le reclamaba con desesperación—. Necesitamos tomar el control.
—Todavía no sé cómo lo harás. —Petra comentó—. Se supone que los guardianes deben tener la joya puesta para que éstas funcionen.
—Lo sé —dijo en un suspiro de frustración—. Si el príncipe no recuerda, podríamos utilizarlo a nuestro favor.
—¿Tú crees que él puede ser manipulado? —cuestionó incrédula.
—Sí, él tiene una debilidad. —Sonrió malicioso—. Mientras él se coma el cuento de que su amada Nora no es Leela y está loca... —Ambos rieron a carcajadas.
***
Edward estaba en su oficina y Lidia entró con timidez.
—¿Qué quiere? —preguntó con frialdad.
—Solo vine a disculparme. —Se sentó frente a su escritorio—. Sé que ha pasado mucho tiempo de eso y que han ocurrido muchas cosas extrañas, pero... me siento muy mal con lo que Nora ha tenido que pasar...
—Vaya al punto —la interrumpió tajante.
—Lamento haber inventado una falsa relación entre usted y yo... En realidad, no sabía que entre Nora y usted existía una relación. —Dejó salir dos lágrimas—. A mí usted siempre me gustó desde la primera vez que lo vi. Pero para usted yo era un cero a la izquierda, inventé todo para armar un chisme y así usted se fijase en mí; sé que fue una forma extraña de llamar su atención, pero no sabía cómo acercarme, lo siento. Si yo hubiera sabido que tenía una relación con mi amiga, nunca me hubiera entrometido, lo juro.
—Eso ya quedó en el pasado —contestó indiferente—. No se preocupe, todo está olvidado.
—Gracias. —Limpió sus lágrimas y lo miró con una sonrisa—. Sr. Anderson, Nora es muy especial para mí, yo... quiero ayudarla.
—Yo también, pero no sé cómo.
—Pues, yo conozco a alguien que la puede curar de su enfermedad, es más, esa persona puede curar cualquier mal. Lo conocí hace poco y no creía lo que las personas decían de él, hasta que lo comprobé con mis propios ojos.
—Ah sí... —La miró suspicaz—. ¿Y quién es ese hombre?
—Su nombre es Damián Holmes, si quiere se lo puedo presentar.
—Claro, me gustaría conocer a alguien tan importante —dijo con ironía—. Es extraño que una persona que puede sanar todas las enfermedades no sea conocido.
—Él lo prefiere así. No quiere problemas con el gobierno ni las grandes corporaciones.
Edward la observó unos segundos. Sabía que no podía confiar en ella, pero no perdía nada con intentarlo.
—Bien, señorita White, ¿cuándo puede hacerme una cita con él?
***
Estaba anocheciendo y Leela estaba sentada en el borde de un edificio sumida en sus pensamientos. Las luces de la ciudad empezaron a encenderse y ella se perdía en los borrosos colores. Ésta era su parte favorita del día, pues la escandalosa ciudad se sumía en el silencio. Extrañaba Destello y su vida allí, pero había algunas cosas en este mundo que le agradaba y que le gustaría implantar en Destello. Como el tener diferentes cuarteles o estaciones de policías, claro allá serían guerreros. Esa sería una forma de defenderse de los rebeldes. Definitivamente, los vaqueros y los tenis se venderían bien en Zafiro. Rio de sus ocurrencias. Leela se puso de pies sobre el techo al escuchar unos pasos sigilosos.
Arrugó el rostro del odio, más que de la sorpresa.
—Hola, Búho. —Dimitri la saludó con descaro.
—¿Qué haces aquí? —Lo miró desconcertada—. ¿Cómo...? ¿Cómo...? —No podía terminar la pregunta.
—Me abrí paso cuando te ayudé a recordar.
—Ya veo... —Lo miró con recelo.
—¿Por qué me miras así? No soy tu enemigo, al contrario, estoy de tu lado. Creo que te lo demostré cuando estábamos en la fuente.
—No confío en ti, Dimitri. Tú me destruiste, mataste a Ulises y luego atacaste a mi maestro, y por tu culpa, perdí a mi bebé. Y luego... —Se quedó helada. En su último recuerdo de su esposo en Destello, él estaba envenenado.
—Nada de eso lo hice yo —se defendió.
—Tú lo planeaste y mandaste a ejecutarlo, para mí es lo mismo. —Lo miró con odio—. No sé qué planeas ahora, pero esta vez, no te saldrás con la tuya, imbécil.
—Te ves linda cuando te enojas —dijo con todo su descaro—. Tú y yo no somos muy diferentes, Leela. —Sonrió, pues era la primera vez que la llamaba por su nombre—. En vez de pelear en mi contra debes unirte a mí. Ambos tenemos el mismo enemigo y estamos solos en esto.
—¿Unirme a ti? —Lo miró maravillada—. Pero si lo que quiero es matarte, mal nacido.
—Eso es sexy, preciosa. —La miró seductor—. Podríamos jugar un poco después de que regresemos todo a la normalidad. Tú me persigues para matarme y yo... —se lamió los labios—, tal vez me deje encontrar, pero no te puedo asegurar que deje que me mates.
—¡Eres un enfermo! —replicó con desprecio—. Yo no te necesito y no estoy sola.
—Como guardiana sí. —Se acercó a ella, quedando demasiado cerca de su rostro—. Ya que tu amado guardián líder murió envenenado.
—¿Qué estupideces dices? —espetó con desaprobación—. Jing está vivo.
—No, preciosa. Él murió en la cueva debido a que no se le dio la cura a tiempo, cura que no existe. Deon te engañó diciéndote que había una. Lo único que tenía era un neutralizador. Neutraliza los síntomas por un tiempo, pero su duración es poca. Deon necesitaba a Jing vivo para poder accesar a la fuente, y puesto que las llaves funcionan con su guardián, necesitaba manipularte a su antojo. Su plan era tomar el poder y luego matarte. Mi plan —la miró directamente a los ojos—, era hacerle creer que él tenía el diamante, salvar tu pellejo y luego de disfrutar ver la frustración de Deon, asesinarlo con mis propias manos. Pero la traidora de Petra cambió el diamante y le entregó el verdadero a él.
—¿Y tú por qué querrías salvarme la vida? —Leela lo enfrentó con la mirada.
—Tal vez... —la miró con picardía—, no me desagradas. Ambos hemos saboreado la amargura de perderlo todo y tener que volver a empezar. Perdí a mi madre cuando era muy pequeño por una enfermedad incurable. ¿Sabes lo difícil que es ver consumir a la persona que más amas y necesitas, lentamente? Y luego, mi amado tío Deon asesinó a mi padre con sus propias manos. Quiero tomar venganza y lo haré. No soy un buen hombre, no me importan los demás ni la justicia. Defiendo mis propios intereses y soy un traidor de lo peor. Pero... a ti no te traicionaría, a ti te protegería con mi vida y voy a ayudarte, aunque no me creas.
—Estás loco. —Leela dijo aturdida—. Yo no necesito tu ayuda.
—Claro que sí. —La olfateó con deseo—. Ambos nos necesitamos. —Dimitri acercó su rostro a Leela con intención de besarla.
—¡Ni se te ocurra, imbécil! —advirtió con disgusto—. Tócame y te rompo la madre. —Dimitri empezó a reír con efusividad—. ¿Qué es tan gracioso? —Se cruzó de brazos, el paró de reír y tomó distancia—. Lo que dijiste de Jing... Te equivocaste, él está aquí como Edward.
—Yo fui a su entierro —afirmó—. Él murió y la cadena se le desprendió del cuello. El maestro Chan y yo fuimos echado fuera de la fuente por Deon y vimos como todos ustedes desaparecieron. Cuando todo se calmó el maestro regresó a la fuente donde encontró el cuerpo de tu amado Jing sin la joya. Lo que quiere decir que la joya se quedó vagando hasta encontrar un terrícola con un corazón parecido al del príncipe y le dio su forma para que lo vieras como a él. Solo que no se sabe que hizo con la joya y todos están tras de él. Deon buscará la forma de engañarlo, si ya no lo hizo, para utilizarlo. El plan de los maestros de la fuente es regresar a los mundos a la normalidad y luego Edward será liberado y nunca recordará lo sucedido en este tiempo de caos. Nuestra ventaja es que Deon cree que Edward es Jing.
—No... —Leela negaba con el rostro—. No, eso no es cierto. —Lágrimas cubrieron sus mejillas—. Jing no... él no... ¡Eres un mentiroso! Buscaré al maestro Chan y aclararé todo... No te creo... No...
—¿No me crees o no me quieres creer? —La confrontó con la mirada—. Jing está muerto. Yo estaré a tu lado, quieras o no. Estoy aquí para ayudarte.
Leela saltó del edificio y se perdió en la oscuridad de la noche.
—Serás mía, Leela, solo mía —dijo para sí, esbozando una sonrisa malvada.
***
Leela estaba saltando de edificio en edificio, dejándose acariciar por la fresca brisa de la noche. Sus lágrimas salían con libertad mientras su corazón palpitaba el nombre de su amado. ¡Lo necesitaba! No podía ser cierto... Su esposo estaba vivo.
Llegó a un lujoso hotel y dudó unos minutos si hacía lo correcto.
Edward estaba en la habitación del hotel frente a su laptop cuando escuchó los toques en la puerta. Tenía una actividad de varios días en aquel lugar que incluía alojamiento para él y parte de su equipo de trabajo. Cerró el computador y se levantó de la silla para abrir la puerta.
—¿Pasa algo? —preguntó preocupado al ver a su empleada frente a él, envuelta en la bata del hotel.
—Sí... —lo abordó con timidez—. Pasa que no quiero dormir sola hoy, Edward —contestó poniendo su dedo índice sobre el pecho de él de forma seductora.
—Diana... —Apartó la mano de ella—. Hemos hablado sobre esto.
—No quiero hablar Edward... —Lo miró con coquetería—. Quiero actuar.
—Lo siento, Diana, pero solo te veo como a una amiga y compañera de trabajo.
—No me importa cómo me veas —negó con decepción—. Solo te estoy pidiendo una noche, Edward. ¿Es tan difícil? Ya sé que no tendré tu corazón a pesar de que he tratado de llamar tu atención todos estos años. Estudié en la misma universidad, trabajé en la misma empresa y me gané el amor de tus padres, ¿para qué? Para ser rechazada por ti de mil formas. Sin embargo, una aparecida loca te pone a lamer el piso donde ella camina. Es algo que nunca entenderé, pero por lo menos dame esta noche, te necesito, Edward. —Trató de besarlo, pero él la apartó.
—Lo siento, Diana. —Negó con la cabeza—. No puedo, yo...
—Solo te interesa ella —concluyó por él. Secó las lágrimas que escaparon de su rostro y salió decepcionada de la habitación. Edward se quedó parado un rato frente a la puerta, pues se sintió mal por ella. Al cabo de unos segundos, volvió a sentarse frente a la laptop.
—¡Vaya que tienes estilo! — Él dijo esbozando una sonrisa—. ¿Cuánto tiempo llevas ahí?
—Acabo de llegar. —Leela respondió detrás su espalda. Él se quedó en su lugar sin mirar hacia ella—. Eres un desgraciado, Jing.
—No soy Jing, soy Edward.
—No, eres Jing. No lo recuerdas, pero eres mi esposo.
—Como digas. —Suspiró rendido—. ¿A qué viniste? —preguntó seco.
—Que no recuerdes que eres mi esposo no te da el derecho de estar con otra mujer. Ya recordé mi vida como Nora. Tú y yo nos acostamos varias veces, eres un patán de lo peor. Claro, es más fácil fingir que nada sucedió que lidiar con una loca. —Aunque no la miraba sabía que estaba llorando.
—Te he buscado, pero eres difícil de encontrar. Si quieres, puedes volver y retomar tu vida. Sin embargo, debes aceptar la terapia y dejar de decir tantas incoherencias.
—No necesito ninguna terapia y no hablo incoherencias.
—Entonces, no podemos estar juntos. No puedo ayudar a alguien que no se deja. Debes tomar terapia, Nora. Tienes menos de un minuto para decidir. Hay personas que te están buscando para ayudarte a recuperar tu vida, ellos están subiendo el ascensor ahora mismo. Si te quedas, quiere decir que aceptas la terapia. Tú decides.
—Te prometo que resolveré este caos y todo volverá a la normalidad.
—Treinta segundos… —Él avisó y Leela se lanzó por la ventana. Unos hombres tiraron de la puerta y entraron a la habitación mirando alrededor de esta. Edward respiró profundo y susurró:
—Hasta entonces, Leela.