Capítulo 50 (parte 2)
—Leela... —Una de las criadas se acercó a ella.
—¿Qué quieres? —preguntó de mala gana.
—Hay algo que debo darte —respondió con timidez.
—No quiero que me des nada.
—Pero parece importante —dijo extendiendo el papel—. Lo encontré entre tu ropa y lo guardé. Pero hasta hoy lo recordé.
Leela tomó el papel y se sorprendió al ver la letra de Ulises en él. Empezó a leer su contenido, pero no entendió nada. Parecía un mapa y arriba decía lo siguiente:
"La hierba Mopei y su veneno. Neutralizador y cura".
Leela no le prestó atención. Debió ser uno de los papeles de Ulises que se enredó en su ropa. Lo guardó en una gaveta como recuerdo y se acostó de nuevo en la cama. La chica la miró con pesar, pues ya no era ni la cuarta parte de la mujer que una vez conoció.
Jing se fue de misión, pues al parecer, el diamante había caído en manos de Dimitri. Dio orden de mantener a Leela vigilada, puesto que después de la pérdida ella no estaba en sus cabales. Leela no lo había visto, pues él aprovechaba que ella estuviera dormida para vigilarla. Pasaron tres semanas y él regresó a la mansión. Fue a la habitación que estaba ocupando después de la pérdida y se dio un baño. Extrañaba a su esposa y se sentía culpable por haberse alejado de ella. Fue a la habitación y abrió la puerta lentamente. Leela estaba acostada sobre la cama, triste y sumida en sus más profundos pensamientos. Él entró con timidez y ella se espantó al verlo. Dos lágrimas rodaron su mejilla. ¡No lo podía creer! Su esposo estaba frente a ella después de casi un mes sin verlo. Supo que se había ido de misión y le dolió que él no le haya avisado. Él se sentó a su lado y la miró con culpabilidad.
—Leela... —Ella se sentó y acarició su largo cabello que en ese momento él llevaba suelto. Ella inspeccionó su rostro y le sonrió.
—Llegaste —dijo con alegría, pero su voz era carrasposa. Él asintió con tristeza y la miró a los ojos con ternura.
—Perdóname, me comporté como un idiota. No debí ser tan cobarde, yo... no quería verte así, no quería enfrentarlo, Leela. ¿Me perdonas?
—Perdóname tú a mí, Jing. —Acarició su mejilla con ternura—. Yo provoqué todo esto con mi imprudencia. Debí llevarme de ti y confiar en lo que estabas haciendo. Siempre arruino todo y tú pagas los platos rotos. Lo siento, tanto... Ulises... el maestro Lee... —hizo una pausa—, nuestro bebé... él ya no está, Jing. Mi vientre está vacío. —Las lágrimas recorrían su rostro. Jing la abrazó y empezó a llorar con todas sus fuerzas, Leela se aferró a su abrazo y el llanto salió libre de su pecho. Así, abrazados, ambos lloraban por el hijo que nunca vieron nacer.
Jing y Leela durmieron abrazados y así despertaron. Como si no hubiera otro lugar seguro que no fuera el uno con el otro. Se bañaron juntos y fueron a desayunar al comedor, luego la pareja se puso a pintar su tristeza, cada uno con un pincel diferente.
—¿Estás cansada? —le susurró con ternura. Ella asintió en silencio. Leela no hablaba mucho, pues aún no superaba la tristeza que la consumía. Fueron a la habitación y ella se acostó en la cama. Él iba a salir cuando ella lo llamó. Él se sentó a su lado y acarició su mano.
—Acuéstate a mi lado —pidió en un susurro y él obedeció. Ella empezó a acariciar su cabello y él la miró con ternura.
—Vamos a estar bien. —Jing le sonrió—. Nuestro bebé nunca será irreemplazable, sin embargo, tendremos muchos hijos, y tú serás la madre más hermosa y enojona de todo Destello —Leela sonrió y él besó la comisura de sus labios. Ella los atrapó ganándose la mirada sorprendida de su esposo. Leela saboreaba sus labios con suavidad. ¡Extrañaba tanto esa sensación!
—Descansa amor. —Jing se distanció y besó su frente con ternura. Leela empezó a llorar—. ¿Qué pasa, amor?
—¿Ya no te gusto? —le preguntó con tristeza.
—¡Claro que me gustas! ¿Por qué lo dudas? —Ella ocultó su rostro avergonzada. Él sonrió divertido y empezó a besarla. El goce era increíble, eso siempre se les daba bien. Cada beso era mejor y los enloquecía más. La besaba con necesidad y sed, como si eso fuera sanidad a su alma. Ella se aferró a él como si quisiera que este entrara a través de su piel, como si necesitara aspirar toda su esencia. Jing empezó a acariciar sus muslos y Leela tembló ante la sensación que su caricia le causó. Ella besó el cuello de su esposo y se deshizo de su kimono. Pasaba sus dedos por su firme cuerpo con delicadeza, provocándole unas deliciosas cosquillas que lo prendieron. Él se deshizo de la ropa de ella sin desesperación, besó y acarició su cuerpo con calma, disfrutando y saboreando cada centímetro. Le encantaba verla sonrojada por sus caricias. Él se unió a su esposa como piezas de rompecabezas que necesitan esas medidas y formas, que, aunque diferentes, se complementan bien. Sus movimientos eran lentos y las sensaciones eran sublimes. Temblores y electrizante placer alteraban sus cuerpos. Entre gemidos que parecían suspiros de lo bajito que se escuchaban y dulce sudor, llegaron al clímax. Él la miró por largos segundos, estando aún dentro de ella. Besó su frente con ternura y le dijo casi en un susurro:
—Este día nuestras almas se han mezclado con un lazo más allá de las joyas de la fuente. No solo porque eres mi pareja guardiana, sino porque eres el amor de mi vida. Ciertamente, te hubiera amado, aunque no fuéramos guardianes. Te amo Leela, eso nada ni nadie podrá borrarlo de mi ser.
***
—Odiel, tu anillo está brillando. —El maestro Chan lo miró aterrado.
—Eso significa...
—Están manipulando el diamante. —El maestro Chan terminó la frase.
—Lo están usando para alejarnos.
—Debe haber una forma de romper el campo de energía, debemos ayudar a los guardianes.
***
Jing y Leela fueron a visitar al maestro Lee, quien todavía no despertaba. Jing fue a inspeccionar a los nuevos guerreros y Leela estaba en el patio del dojo perdida en sus recuerdos. De repente vio una sombra en la entrada del bosque. Se levantó espantada y temblorosa. Posiblemente era un espía. ¿Qué tal que fueron a terminar lo que empezaron? ¡No lo permitiría! No le quitarían a su maestro. Corrió tras la sombra.
No se percató cuánto se había alejado, pero ya estaba a una distancia considerable del campamento. Entonces, Petra la atacó. Leela se defendió y un grupo de guerreros la rodearon. Ella no estaba en sus cabales, sin embargo, podía luchar con ellos.
***
—¿Dónde está la princesa? —Jing preguntó a los guerreros de alrededor al no encontrarla. Ya tenía una hora buscándola en todo el campamento. Nadie supo de ella y la desesperación nubló su razón.
—¡No de nuevo! —Cayó de rodillas. Su cadena empezó a brillar y escuchó una voz en su mente. «Si quieres encontrarla ven a la cueva que está cerca del campamento de guerreros de Zafiro». Jing corrió desesperado y un guerrero novato lo observó extrañado. Entró a la cueva con desesperación y de ésta salió un extraño polvo morado. Jing empezó a ver borroso y a perder la fuerza. Cayó de rodillas sin poder sostenerse más sobre sus pies, entonces sangre le salía por la boca y nariz, su piel se tornó pálida; escalofríos recorrieron su cuerpo y empezó convulsionar hasta perder el conocimiento.
***
Los guerreros de Petra yacían sobre el verde suelo y ella estaba muy golpeada. Leela iba a nockearla cuando escuchó aplausos detrás de ella.
—¡Bienvenido a la fiesta, rata! —Leela espetó con ironía.
—Veo que no te fue mal. —Dimitri sonrió mirando a sus guerreros yacer sobre el suelo—. Lástima que tu amado príncipe no corriera la misma suerte que tú.
—Sí, claro. —Lo miró con superioridad—. Ni siquiera lo puedes tocar.
—No, preciosa. —Rio con burla—. Yo no lo he tocado, pero... ¿No te da curiosidad saber que le sucedió cuando salió a buscarte desesperado?
—No caeré en tu juego. —Leela lo confrontó desafiante.
Dimitri estalló de la risa.
—¡Pero si ya caíste! —Sacó su comunicador donde aparecía un vídeo de Jing moribundo.
—¿Jing? —Leela empezó a temblar.
—Qué triste sería que también lo pierdas a él. —Dimitri susurró en su oído con descaro—. Ya has saboreado el dolor de la pérdida. Sabes lo horrible que es.
—¿Qué quieres? —preguntó dejando que sus lágrimas salieran con libertad.
—¿Ves? Todo es más simple cuando hay colaboración. Nos ahorramos las peleas innecesarias —dijo con todo su cinismo—. Necesito que me acompañes a un lugar.
—¿A dónde vamos? —Leela preguntó con ganas de matarlo.
—¿A dónde más, cariño? ¡A tu casa!
***
El joven guerrero no soportó la curiosidad y se dirigió hacia el camino que Jing había tomado. Siguió las huellas de las botas de él y se ocultó al percatarse de que Jing estaba siendo llevado dentro de una nave por unos tipos protegidos con un traje especial. El chico corrió directo al campamento y avisó a Bruno, quien se dirigió al lugar con varios hombres y cuando un maestro iba a entrar a la cueva se detuvo en seco, se volteó hacia los demás y exclamó:
—¡Hay veneno en la cueva! —Todos retrocedieron y mandaron a buscar al Dr. Harrison para inspeccionar el lugar. Después de la inspección; Bruno, Nico, Esteban y el tío de Ulises se reunieron con la familia real.
—¿Lo que están diciendo es que Jing fue secuestrado? —Su madre expresó nerviosa.
—No solo secuestrado. —El Dr. Harrison tomó la palabra—. El príncipe fue envenenado —dijo mirando a los reyes con pesar.
—No entiendo. ¿Cómo pasó todo esto en nuestras narices? —Bruno espetó con impotencia.
Todos se miraron preocupados, pues no tenían idea de lo que sucedía.
***
—Hola, Búho. —Deon saludó a Leela, sentado en el sofá de la sala principal de la mansión, mientras se tomaba una taza de té.
—¿Cómo entró a mi casa? —Leela preguntó con rabia.
—Digamos que tengo mi manera de irrumpir. Con lo único que no he podido hacerlo es con la fuente, pero tú, mi querida Búho, me ayudarás con eso. —Deon sacó una pequeña cápsula con un líquido rojo—. ¿Sabes qué es esto?
Leela lo miró intrigada.
—¡Traigan al príncipe! —ordenó. Unos hombres tiraron a Jing al suelo como si fuera un saco de papas.
—¡Jing! —Leela gritó eufórica y corrió hacia él, quien se encontraba amarrado con cadenas y su piel estaba blanca como el papel; los contornos de sus ojos estaban rojos y su rostro tenía sangre seca—. ¡Qué le hicieron, salvajes!
—Lo envenenamos. —Deon espetó con descaro.
—¡Desgraciado, voy a matarte! —Leela se lanzó contra él, pero Dimitri la detuvo.
—¡No tan rápido, salvajita! ¿No quieres salvar a tu esposo? Hagamos un trato. Tú esposo por el acceso a la fuente.
—¿Y cómo sé que no mientes? —Leela lo miró con odio.
Deon llamó a Petra y le dio la cápsula, ella echó un poco del contenido rojo en la boca de Jing y éste comenzó a reaccionar lentamente. Jing abrió los ojos, pero no pudo mover su cuerpo.
—¡Jing! —Leela gritó entre llantos.
—Bien. Eso es una pequeña dosis de demostración. Necesito neutralizarlo primero, antes de traerlo a la consciencia completamente, sino estaremos en problemas, el chico es muy fuerte —se burló—. Pero esto no es la cura, es solo un neutralizador, la cura te la daré cuando me des acceso a la fuente y yo obtenga el poder.
Leela se quedó pensativa.
—No pienses mucho. Si él no se bebe la cura, morirá pronto.
—Está bien, Deon. Te llevaré a la fuente. —Sabía que no estaba bien, pero necesitaba tiempo. Tal vez si mandaba un mensaje al maestro Chan por medio de la joya, él y Odiel podrían ayudarla. Caminaron escaleras abajo y Leela sostuvo la cadena de ella y la de Jing y ambas brillaron, entonces la puerta invisible se abrió y ellos entraron por el campo de energía. Caminaron por el túnel de diamantes y luego llegaron a la fuente. Deon se paró frente a ella y empezó a reír como loco.
—¡Por fin! —Se arrodilló con gran gozo—. ¡Tantos años de búsqueda y por fin te tengo en mis manos!
—¿Eso crees querido tío? —Dimitri se paró frente a él.
Deon lo miró con maldad en sus ojos para luego ignorarlo.
—¡Arreglen todo! —ordenó a sus hombres, haciendo caso omiso a las palabras de Dimitri.
—¡Estoy hablando contigo! —Dimitri lo confrontó.
—Y yo te estoy ignorando —Deon respondió como si nada. Dimitri empezó a reír como loco y cruzó sus brazos sobre su pecho para disfrutar de su venganza. Mientras tanto, los hombres de Deon pusieron al príncipe sobre un aparato circular y lo amarraron a este con gruesas cadenas.
—Dimitri —Deon se volvió a él y éste paró de reír—. Tan ingenuo como tu padre.
Dimitri lo miró con odio y esbozó una sonrisa malvada.
—¿Se siente bien el éxito? —inquirió con ironía—. Porque vas a perderlo todo. —Dimitri sacó el diamante de sus bolsillos, Deon lo miró con sorpresa por unos segundos. Luego empezó a reír como loco.
—Dimitri, Dimitri —meneó la cabeza con desaprobación—. No hay nada peor que una mujer despechada. Me complace que veas con tus propios ojos lo incompetente que eres —Petra volvió a dar del líquido a Jing y éste abrió los ojos, pero esta vez estaba consciente.
—¡Jing! —Leela gritó con desesperación, en cambio él la miró con confusión.
—Querido, príncipe guardián; tu linda esposa nos va a dar acceso a la fuente a cambio de salvar tu vida. Hermoso, ¿no?
—¿Qué dices?
—Que ella me va a dar acceso a la fuente. Solo necesito la aprobación de un guardián, pero ambas llaves. Entonces, empecemos.
—Leela, ¿qué está pasando? —Jing se removía tratando de zafarse—. ¡Leela! ¡No lo hagas!
—No dejaré que mueras —dijo entre lágrimas.
—Leela, no le creas, si obtienen el poder. ¿No nos dejarán con vida?
Leela se quedó pensativa. Jing vomitó sangre y ella se alarmó. Deon la miró esperando su respuesta, entonces ella se acercó a la fuente.
Dimitri sonrió, pues su tío creía que tenía el diamante correcto y él le demostraría que no. Dimitri levantó el diamante, pero éste no hizo nada. Deon rio como loco y lo miró con sorna.
—¿Recuerdas lo que te acabo de decir sobre una mujer despechada? —Miró a Petra con malicia y ella le devolvió la sonrisa. Dimitri abrió los ojos de la rabia y estrelló el diamante falso que al caer al suelo se desvaneció, entonces atacó a Deon, pero éste apretó el diamante verdadero y un rayo de energía lo impactó contra la pared. Leela apretó su cadena observando a Jing esperanzada, más él la miró a los ojos con ruego.
—Leela, no lo hagas, por favor. No, preciosa. No lo hagas. —Leela levantó la cadena y una gran luz salió de la fuente. El diamante que Deon tenía en la mano empezó a brillar y un gran viento se sintió en el lugar.
—¡Sí! —Deon gritó eufórico—. ¡Tengo el poder absoluto de los mundos y la inmortalidad! ¡Siii! —celebraba con gran emoción. Leela aprovechó y movió la ubicación de la joya, entonces un remolino cubrió el lugar.
En el palacio las joyas de los futuros reyes empezaron a brillar y un fuerte viento los rodeó.
Por su parte, el maestro Chan logró deshacer el campo de energía, de inmediato, él y Odiel fueron hacia la fuente.
—Odiel, se alteró el orden de los mundos y la fuente está creando una realidad paralela como forma de protección. Debemos accesar para ayudar a los guardianes —se dirigió al mestizo. Odiel asintió y ambos se apresuraron.
Deon trató de controlar la situación con el diamante, pero no pudo.
—¿Qué hiciste, estúpida? —Se acercó a Leela amenazante. Tomó el diamante dispuesto a atacarla con este. Iba a lanzar el rayo cuando Dimitri se abalanzó contra él.
—¡Huye! —le gritó a Leela quien aún estaba atolondrada por la impresión. Dimitri fue lanzado por los aires y sacado fuera de allí. Gracias al diamante, Deon percibió que los maestros guías venían hacia él y cubrió el lugar con un campo de energía. Dado que Dimitri había sido expulsado con el rayo que salió de la piedra, flotaba por encima de los terrenos de Jing, encontrándose con el maestro Chan y Odiel; este último hizo brillar su anillo y como el diamante lo reconoció, entonces le dio acceso. El remolino incrementó su fuerza y Leela no podía ver nada.
—¡Jing! —gritaba desesperada. Su objetivo era encontrarlo y llevarlo al palacio para buscar una cura al veneno. Una gran luz cubrió el lugar y todos los presentes fueron transportados a otra dimensión.
***
En el palacio, los reyes jalaban a su hijo y esposa con todas sus fuerzas, pero era inútil. Entonces se abrazaron a ellos y una gran luz los cubrió. Fue así como el reino del Sur se quedó sin la familia real, desapareciendo estos frente a Bruno, Nico, Esteban y el señor Harrison.
Dimitri y el maestro Chan cayeron de golpe sobre la verde grama del hermoso patio y tanto el remolino, como la luz brillante, desaparecieron.
***
Leela flotaba en una fuente de energía y escuchaba diferentes voces y susurros que torturaban sus oídos.
—Ella alteró los mundos. —Una voz la acusaba.
—La manipularon. —Otra voz la defendió.
—Un guardián no se debe dejar manipular. Debe saber someter sus sentimientos y actuar con cabeza fría.
—Ella trató de enmendar su error, démosle una oportunidad. Ya los malos tienen tres meses de información y ella aún no despierta.
—Le daremos una oportunidad, pero su personalidad será opuesta a la real, tal vez así aprenda a ser prudente.
—Si hacemos eso la naturaleza la va a rechazar y ella no podrá usar su habilidad.
—Deberá aprender. Ya ha cometido demasiados errores y muchas vidas inocentes han sido afectadas.
—¡Hagámoslo! —dijeron al unísono.
Leela se removió al sentir como su cuerpo se quemaba. La luz la envolvió con violencia y ella cayó al vacío.
—¡¡Ring!! ¡¡Ring!! —La alarma sonó y Nora se levantó espantada. Sudores fríos corrían por su frente, asimismo, una sensación de vacío inexplicable embargaba su pecho.