Capítulo 50

Eli cabalgaba a toda prisa. Por lo menos ellos estaban más cerca de Jeng y el príncipe conocía un atajo que les acortó el camino.

Temía lo peor. Llegaron al escalofriante lugar y Eli vio al príncipe saltar por encima de una gran roca. Se tiró del caballo y Bruno la siguió. Entonces desde arriba pudo apreciar como Ulises caía hacia el vacío. Su pecho estaba lleno de sangre, su piel pálida y su mano aferrada a la cadena que llevaba puesta. Iba a saltar cuando fue atrapada por Bruno. Su amigo la aferró a su cuerpo, abrazándola con fuerza desde atrás. Un alarido de dolor estremeció el lugar.

—¡¡Ulises!! —Las lágrimas caían como torrentes y su cuerpo perdió fuerza, así que no pudo luchar contra los brazos que la sostenían—. Ulises, ¿por qué? —Sus llantos y sollozos conmovían a los presentes. No podía ser verdad, no, él no estaba muerto. Él no cayó al vacío, no. Ellos van a casarse y nunca se van a separar. La negación llenó su pecho, no quería creerlo; no podía aceptarlo porque dolía demasiado.

Eli empezó a temblar y Bruno la miró preocupado.

—¡Ulises! —Luchó con los brazos del moreno quien la giró hacia él y la abrazó con gran pesar en sus ojos. Ella lloró desconsolada obre su hombro, dejando un mar de lágrimas allí. Después de un rato, secó su rostro y se soltó de su agarre. Saltó a dónde el príncipe aún consolaba a Leela y se acercó al precipicio. Mirar allá abajo era escalofriante. posó sus ojos al cielo y volvió a secar esas lágrimas que se volvieron a escapar, entonces retrocedió varios pasos y apuntó al precipicio con su dedo índice.

—¡Ulises! —gritó al vacío—. ¡Eres un mentiroso! —Las lágrimas volvieron a salir—. Dijiste que vendrías por mí y que nos íbamos a casar. Yo te esperé y aún te espero, imbécil. Tengo tu pulsera como recordatorio a esa promesa. ¿Por qué me haces esto? ¿Por qué mentiste? ¡Cumple tu promesa, Ulises! No estoy lista, mi amor. No puedo... no quiero dejarte ir... —Rompió en llanto encorvándose, como si no soportara el peso de aquel sufrimiento—. ¡Ulises! ¡Ulises, ven por mí! Ulises yo te amo, Ulises... —dijo casi en un susurro y cayó sobre sus rodillas. Bruno saltó hacia ellos y se acercó a ella con cuidado de no alterarla más de lo que ya estaba. Frotó sus hombros con ternura y poco a poco se asió de ella.

—Leela... —Jing miró a su esposa con tristeza, sabía que estaba sufriendo mucho, pero estaba preocupado por su estado—. Debemos regresar, mi amor.

—No, no me voy sin Ulises, Jing —negó con lágrimas en los ojos.

—Leela, lo que dices no tiene sentido. Ulises... —Hizo una pausa, le pesaba decir aquellas palabras que sabía le afectarían a su esposa—, él... está muerto —Leela se aferró a su pecho con fuerza y empezó a llorar con gran agitación, como tratando de sacar el gran dolor que se embargó en su corazón. Jing masajeaba su espalda con ternura mientras pequeñas lágrimas recorrían sus mejillas.

Eli lloró con todas sus fuerzas en los brazos de Bruno. La imagen del rostro de Ulises con sangre en la nariz, pálido y sus ojos cerrados no se iba de su mente, era una tortura que se aferraba a mortificarla. Aún era difícil asimilarlo. Ya no lo vería más. Ya no sentiría su calor ni olería su delicioso olor. Ya no iba a saborear sus labios ni a enredar sus dedos entre sus bellos rizos. Ya no escucharía su contagiosa risa ni a él llamarla enana. Esa descripción debería ofenderla, pero en la boca de él era como un cumplido. Recordó todos sus momentos juntos. Sus travesuras, sus peleas y sus aventuras. Recordó todos sus besos, desde el más inocente hasta el más atrevido. No podía ser cierto, su Ulises no, él....

—Ulises... —Eli dijo en un sollozo y sus ojos se cerraron, pues su cerebro decidió descansar.

***

—Leela, debes comer. —Jing le rogaba con una cuchara en manos. Ellos habían llegado a la mansión en pocas horas, puesto que regresaron en naves. Eli estaba sedada en una de las habitaciones de la casa y Bruno buscó al señor Harrison y al maestro Lee para darle la trágica noticia. Todos estaban en la sala sumidos en el dolor, mientras que Jing en la habitación, convencía a Leela de que comiera.

—No quiero. —Volteó su rostro con ira y dolor.

—Leela, amor. —La miró con preocupación—. No has comido bien estos tres días, estás embarazada, eso no está bien. No solo te estás arriesgando a ti, también arriesgas a nuestro bebé. Come, el médico vendrá a verte pronto. Lo que hiciste fue muy arriesgado, el bebé puede estar en peligro.

—Jing, acabo de presenciar la muerte de Ulises. —Las lágrimas se abrieron paso—. ¿Cómo crees que me siento ahora mismo? No tengo apetito. El bebé no morirá porque no coma ahora.

—Leela, te ves desnutrida y débil. Es obvio que no te alimentaste bien estos tres días de viaje. Debes recuperar tus fuerzas, mi amor. Yo entiendo que estás pasando por un mal momento, pero no estás sola, estoy yo y está nuestra criatura, por la que debemos velar juntos. ¿Sí? —Acarició su mejilla.

—¡Déjame sola, Jing! —demandó con rabia—. No quiero verte. Es tu culpa. Si no lo hubieras desterrado y descuidado, si me hubieras escuchado cuando te pedí verlo... —las lágrimas corrían como torrentes y ella sacudió su nariz—, Ulises aún viviera. Pero era lo que querías. No lo soportabas porque estabas celoso. Lo dejaste a su suerte por tu orgullo —Jing se quedó sin habla. Entendía que hablaba por el dolor, pero eso fue un golpe bajo. Puso el recipiente en la bandeja y se paró de su lado. No hizo nada para detener las lágrimas que rodaban por su rostro; de cualquiera se lo hubiera esperado, pero ¿de ella? ¿De su esposa?

—¿Es lo que piensas de mí? —Su voz era temblorosa por el llanto que evitaba dejar salir—. ¿De mí, Leela? Todo lo que hice, lo hice por ti. Él se merecía el calabozo y desprestigio. Yo le di una oportunidad, lo protegí y me mantuve al tanto. ¿Sabes por qué lo mantuve alejado de ti? Para evitar lo que sucedió hoy. Sabía que Dimitri planeaba algo, estaba tras él. Sabía que estaban ubicando a Ulises, por eso te quise mantener al margen, para poder protegerlo. Pero caí en su trampa como un idiota, ¿sabes por qué? Porque nunca podré contar con tu confianza. Porque siempre me quieres llevar la contraria y actuar por impulso. El mensaje que recibiste no era de Ulises, todo fue una trampa. Pero, claro, tú siempre actúas como una chiquilla loca y no te detienes a analizar las cosas. Si miras bien la carta te darás cuenta de que, aunque las letras se parecen mucho, no son las de Ulises. Pareciera que todo lo que te enseñé lo echaras en la basura. Ahí está la comida, Leela. Come si quieres, pero te advierto, si algo le pasa a mi hijo... —la miró con rabia y decepción—, no creo que pueda perdonarte otra imprudencia, Leela. —Esta vez, su voz salió débil y chillona y acompañada de lágrimas. Él no quería hacerla sentir mal, él no quería culparla de lo que pasó, pero... ¿Cómo se atrevió ella a culparlo a él?

—¡No quiero verte, Jing! ¡Déjame sola, por favor! —Él salió del dormitorio con tristeza e impotencia.

Después de llorar junto a Leela y el señor Harrison; el maestro Lee decidió regresar al campamento a informar a los demás de la muerte de Ulises, así harían un homenaje de despedida, puesto que no tenían un cuerpo que velar.

Estaba cerca del campamento cuando fue rodeado por guerreros.

—Hola, maestro. —Petra lo abordó con descaro.

—¿Qué es lo que quieren?

—Destruir todo lo que Búho ama —respondió de forma malvada y empezó el ataque.

***

Eli despertó ida y sin fuerzas. Miró a su alrededor y empezó a llorar al recordar lo que sucedió con Ulises.

—No fue una pesadilla —decía entre sollozos—. Ulises... él...

—Hola. —Eli se espantó al escuchar a Ileana, miró hacia la puerta donde ella estaba recostada observándola con preocupación—. ¿Cómo amaneciste?

Eli la miró confundida y en silencio

—¿Tienes hambre? —Se acercó con una sonrisa dulce. Eli negó sin decir palabras. Ileana se sentó a su lado y acarició su lacio y corto cabello—. Tal vez no entienda como te sientes ahora mismo, pero sé que lo superarás. Por ahora, llora todo lo que quieras, estaré aquí para consolarte —y como si esas fueran las palabras mágicas, Eli rompió en llanto. Ileana la acurrucó entre sus brazos, siendo el soporte para su desahogo.

Jing regresó a la habitación arrepentido de cómo le había hablado a Leela. Ella estaba dormida y la bandeja yacía sobre la mesita. Ya la mañana estaba avanzada, pero las criadas no se habían atrevido a entrar a la habitación a limpiar. Jing las llamó y ellas se llevaron el objeto y trajeron el desayuno. Él se acercó a su esposa y acarició su mejilla.

—Por lo menos comiste, amor.

Leela abrió los ojos lentamente y empezó a llorar al recordar lo que sucedió el día anterior. Jing la abrazó con ternura y se mantuvieron así hasta que ella se calmó. Él se deshizo de la ropa sucia y la llevó a la bañera. Jing la aseaba con delicadeza, por su parte Leela estaba en pleno mutismo sumida en sus pensamientos. Los recuerdos la inundaron de repente. Sus travesuras, sus peleas, sus celebraciones. Tuvieron buenos momentos juntos y él fue un buen amigo y ese hermano que nunca tuvo. Dos lágrimas bajaron por su rostro mientras ella miraba al vacío. Jing la observaba con tristeza y se sentía impotente al no poder hacer algo que la hiciera sentir mejor. La cargó hasta la cama y le puso un fresco y largo vestido, luego le dio de comer. Ella tragaba la comida sin saborearla, todo en su boca era insípido. El doctor llegó y se disculpó por no haber podido ir la noche anterior para revisar a Leela.

—Tuvieron suerte, pero no deben seguir tentándola —dijo el médico dejando escapar un suspiro—. Ella debe guardar reposo y no recibir más sorpresas. No puede hacer ningún tipo de esfuerzo y que ni se le ocurra volver a montar un caballo —el doctor le dio otras instrucciones y se marchó. Un sirviente tocó la puerta de la habitación ofuscado. Jing abrió y éste hizo reverencia.

—¡Su majestad, malas noticias! —Jing miró a Leela con temor, quien se espantó con lo que el imprudente sirviente dijo—. El maestro Lee, él...

—¡Basta! —Jing lo interrumpió ofuscado—. Hablemos en mi estudio —dijo bajando la voz.

—Jing... —Leela saltó de la cama preocupada—. ¿Qué le pasó al maestro Lee?

—No debe ser nada malo, mi amor —trató de tranquilizarla—. Vuelve a la cama. ¿Sí?

—No me ocultes nada, Jing —demandó con lágrimas en los ojos. Jing se tensó al verla así.

—Te diré, no te preocupes. Espérame en la cama, vuelvo en seguida.

Jing y el sirviente fueron a su estudio y él le dio la noticia.

—¿Fue atacado? —La confusión inundó a Jing. Ningunos de los sucesos tenían sentido.

—Él... está moribundo. —El hombre respondió con pesar.

—¡Debo verlo! —Leela gritó desde atrás de la puerta y Jing se paró de inmediato.

—¡Rayos! —espetó con frustración. Jing se apresuró a abrazarla mientras ella gritaba desesperada sobre su pecho.

—No quiero que se muera, Jing. —Su voz estaba acompañada con grandes llantos.

—No morirá, Leela. El maestro es fuerte, él superará esto, ya verás.

—¡Auch! —Leela se quejó del dolor encorvándose en los brazos de Jing—. ¡Duele! ¡Me duele mucho, Jing! —se quejaba desesperada.

—¡Llama al doctor! —Jing ordenó al sirviente y éste obedeció con rapidez. Jing la llevó a la habitación y la puso sobre la cama, la miró y se alarmó al entender lo que sucedía. Leela dirigió su mirada hacia lo que provocó la reacción de su esposo y empezó a temblar al ver su vestido lleno de sangre.

—No, no, no...—Ella negaba moviendo la cabeza con violencia, sus manos y sus labios temblaban y su voz era ronca—. No... mi bebé... —Las lágrimas cubrieron su rostro—. ¡Jing, mi bebé!

Jing la miraba con desconcierto. Los nervios no lo dejaban pensar con claridad. Leela se fue en llantos y sentía que perdía la razón, debía ser una pesadilla, aquello no le estaba pasando a ella.

El doctor llegó y la atendió, después de indicarle unos medicamentos y un legrado se marchó.

Pasaron varios días y Jing estaba durmiendo en otra habitación. El maestro Lee aún estaba inconsciente en el hospital. Después de que le hicieron el legrado, Leela no volvió a ver a su esposo. Ella se derrumbó en la culpa y el dolor y no salía de la habitación depresiva.

Jing estaba pintando con tonos tristes y fríos. Trazaba su desdicha y la sensación de culpa e impotencia al no tener el control. ¿En qué momento lo perdió? ¿Cuándo empezaron sus enemigos a tener ventaja sobre ellos? ¿De qué les servía ser guardianes y semi inmortales? ¿Por qué su bebé sufrió las consecuencias de sus errores? Él era un inocente, no le había hecho daño a nadie. Ni siquiera tuvo la oportunidad de nacer.