Capítulo 45
El frío helaba sus huesos; el hambre, el cansancio y la sed le causaban estragos y sus ojos estaban hinchados de tanto llorar. Miró a su alrededor y el ruido que se escuchaba horas atrás desapareció para alivio de ella. Ya había anochecido y Leela entendió que tenía que dejar de lamentarse y buscar una solución. Se levantó con sigilo en caso de que sus perseguidores la tuvieran vigilada y se acercó al límite del edificio. Las calles estaban casi desiertas y pocos carros transitaban por allí. Entonces, entendió que debía ser tarde. De varios saltos cayó sobre el polvoriento y frío concreto apoyándose de una de sus rodillas. Se levantó observando todo su alrededor y caminó por las oscuras y solitarias calles sin un rumbo fijo. No tenía a dónde ir ni a quien acudir. No conocía el lugar ni sabía dónde encontrar a Jing y ni loca volvería a aquel hospital. Se acercó a un callejón y los ruidos de súplicas llamaron su atención. Se adentró en el tenebroso y solitario camino cerrado, donde vio a un joven con anteojos acorralado por unos delincuentes.
—No tengo nada, por favor. —El joven suplicaba de rodillas. Leela se indignó al ver la escena, ya que ellos eran fuertes y estaban armados, pero aquel muchacho se veía inofensivo. El chico era de estatura media y llenito, su piel estaba bronceada y sus cabellos rizados cubrían toda su frente. Llevaba unos vaqueros, tenis y un abrigo ancho con capucha.
—No te hagas el inocente. —Uno de los malandros le amenazó—. Sabemos que lo tienes.
—No sé de qué hablan. —El joven negó con nerviosismo—. Me están confundiendo con alguien más, se los juro por mi madre.
—¿Juras por tu madre? —Uno de ellos rio con burla—. Eres huérfano.
—¿Se dan cuenta que me confunden? —dijo tembloroso—. Vivo con mi madre.
—¡Cállate ya! —Uno de ellos perdió la paciencia—. Me estás colmando, mocoso.
—Vamos a matarlo y punto. —Otro malandro sugirió.
—Necesitamos la USB —Su compañero respondió—. ¿Qué tal que no la lleve encima?
—Entonces hagámoslo hablar. —El tipo respondió encogiéndose de hombros. Ellos se acercaron al chico, quien empezó a gritar desesperado. Al ver que no tenía escapatoria, cerró sus ojos resignado; segundos después, los abrió lentamente al escuchar ruidos y no sentir ningún tipo de dolor. Sus ojos y mandíbula se abrieron al ver aquello. Una hermosa chica y semi desnuda con ropa de hospital ensangrentada golpeaba a aquellos malandros como si se estuviera comiendo un chicle. Ella extendió la mano hacia él para ayudarlo a ponerse de pies una vez se deshizo de aquellos delincuentes, él se sostuvo de ella nervioso y dudoso. La miraba sin creer lo que acababa de suceder.
Ella salió del callejón seguida por él, quien no le quitaba la mirada de asombro de encima.
—¿Eres real? —El chico la recorrió con la mirada como si ella fuera una aparición—. Pareces un androide sacado de una película, de esos que son hermosos y sexy.
—¿Androide? —Leela lo miró confundida—. ¿Qué es eso?
—¿No sabes lo que es un androide? —preguntó como si ella cometiera una falta—. Un androide es un robot con forma humana.
—¿Ah? —Su mirada se veía más confundida de la cuenta.
—Olvídalo. —El chico contestó con resignación—. ¿Quién eres y de quién estás escapando?
—Soy Leela y... —Hizo pausa—. No te importa de quien estoy escapando. Más bien, dime por qué ellos te estaban atacando.
—Pues... —dudó en responder y se puso nervioso—, nada... Esos tipos simplemente empezaron a acorralarme y hacerme preguntas extrañas... ¿Qué no sabes cómo está esta ciudad últimamente? Las personas te atacan sin razón; te roban, violan y matan solo por diversión.
—No sabía que este lugar fuera tan horrible. ¿Acaso es gobernado por los rebeldes?
—¿Ah...? —La miró con rareza y confusión—. ¿De dónde eres, preciosa? —preguntó ignorando la pregunta de Leela.
—Soy de Zafiro del reino del Sur.
—¿Zafiro del reino del Sur? —preguntó asombrado y con curiosidad—. ¿Dónde queda eso? ¿África, Asia, Australia? O tal vez... ¿En las Amazonas? —dijo pensativo, buscando lugares que según él eran exóticos.
—No conozco esos lugares. —Ella lo miró desconcertada.
—¿Acaso no prestaste atención en las clases de geografía?
—No fui a clases. Todo lo que sé me lo enseñó el maestro Lee.
—¿Maestro Lee? —inquirió con asombro—. ¿Acaso te criaste en China?
—¿China? —preguntó dando a entender que no entendía lo que decía.
—Vaya, vaya —la miró con extrañeza—, pareciera que vinieras de otro planeta.
—¿Planeta? —inquirió confundida.
—¿Es en serio? —preguntó sorprendido y maravillado a la vez—. Dime, chica rara, ¿no hay escuela de dónde vienes? —Ella lo miró como si él fuera un idiota—. ¡Cierto! Dijiste que no fuiste a una, pero déjame decirte que tu maestro no fue muy bueno que digamos.
—¿Conoces al príncipe Jing? ¿Sabes cómo puedo encontrarlo? —Leela preguntó con ansias y desesperación en sus ojos.
—¿El príncipe Jing? —dijo como si ella estuviera loca—. Parece que ves muchos Doramas.
—Hablas extraño —contestó hastiada—, dices cosas que no entiendo.
—Sí, claro. Yo soy el extraño —dijo con sarcasmo—. ¿Dónde queda esmeralda... Reino del Sur?
—¿Esmeralda?
—Bueno, la piedra preciosa que mencionaste...
—¿Ah...? —masculló confundida.
—De donde eres...
—¿Zafiro?
—¡Eso mismo!
—Donde más, tarado. En Destello, nuestro mundo.
—Ah... —balbuceó mirándola como si entendiera—. Creo... qué sé de dónde vienes... Con razón la bata de hospital..., estás un poco loquita, pero me salvaste la vida. Gracias, Leela. —Sonrió con amabilidad—. Bueno..., ha sido un placer... es aquí donde nos separamos... suerte en tu búsqueda del Jing Jang y el maestro chino del mundo Explosión, Destello, Diamante, Zafiro o como se llame —dijo mientras se alejaba lentamente con una sonrisa fingida. Leela se acercó con rapidez y lo jaló del cuello del abrigo.
—Necesito tu ayuda —exigió con cara amenazante.
—No..., pues si lo pides con tanta amabilidad como negarme... —Soltó una risita nerviosa. Leela lo liberó lentamente y empezó a seguirlo. Después de caminar por unos veinte minutos, entraron por un callejón poco alumbrado y al final de éste había una casucha de concreto horrorosa. Él abrió la puerta y ella lo siguió adentro, al chico encender la luz el desorden la saludó, sacando una mueca de desagrado en ella. Había un sofá lleno de ropas, bueno, la ropa estaba en todo el pequeño lugar. Había una plasma con una consola conectada a ella y varias computadoras muy modernas. La cocina estaba a la derecha y había un pequeño pasillo que posiblemente llevaba al baño y al dormitorio del diminuto lugar o pocilga.
—Vaya... —El chico miró a Leela mientras devoraba un sándwich que él le preparó—. Eso es comer con ganas...
—¿Dónde está tu madre? —Leela preguntó sin dejar de masticar con ansias
—No tengo madre —respondió mientras encendía el vídeo juego.
—Pero dijiste que vivías con ella.
—¿Dije eso? —La miró fingiendo confusión—. Pues me equivoqué, soy huérfano.
—Entonces... mentiste... —Leela lo observó con recelo. Tal vez él no era tan inocente como ella creyó. Pero lo necesitaba hasta que pudiera encontrar a Jing.
***
Leela se levantó con dolor en el cuerpo por haber dormido en aquel incómodo sofá. Arrugó el rostro asqueada por aquel desorden y empezó a recoger, pero dejó de hacerlo al percibir el hedor que salía de la ropa. La puerta se abrió y el chico le tiró una bolsa plástica.
—Te compré ropa —dijo con una sonrisa—, y éste es tu desayuno. —Le pasó otra bolsa y un vaso con café. Leela se desayunó, bañó y se puso la ropa que el chico le llevó. Eran unos vaqueros engomados con una blusa ajustada blanca y unos tenis del mismo color de la blusa. Se miró de reojo con aquella extraña ropa, pero por lo menos se sentía cómoda.
—Necesito encontrar a Jing —informó al chico. Él se quedó mirándola embobado.
—¡Guau! —exclamó recorriéndola con la mirada—. Eres hermosa. Lástima que estés... —No terminó la frase y fingió una risita—, por cierto, tu cara me es familiar... Espera... —Se sentó frente a su computadora y buscó un video en la web—. ¡Sabía que te había visto antes! —expresó emocionado—. Eres la novia del hijo de los dueños de la empresa de periodismo más grande del país.
—¡Ese es Jing! —Leela gritó emocionada al ver el video del día en que fueron acorralados en el hotel.
—¿Te refieres a Edward Anderson? —Sonrió malicioso—. Te puedo llevar con él.
—¿En serio? —cuestionó emocionada—. Llévame con él lo antes posible, por favor.
***
Edward fue arrestado por los policías que lo perseguían, pero pagó la multa por conducir a alta velocidad y volvió al hospital.
—¿Cómo sucedió esto? —pidió una explicación al director del lugar—. ¿Quiénes eran esos hombres que la persiguieron?
—No sabemos cómo la paciente pudo escapar de esa manera. Nunca había pasado algo similar en este hospital. Los hombres que la persiguieron son trabajadores sociales. Es que la íbamos a trasladar a su nuevo piso donde empezaría su tratamiento, aún nos preguntamos cómo sucedió aquello.
—Esto no es posible, no creo nada de lo que dicen —negó con sospecha—. Aquí hay algo que no encaja y lo voy a averiguar.
Edward pidió ver los videos de seguridad, los cuáles vieron todos juntos. Se sorprendieron cuando la pantalla mostró la puerta abrirse, más no se vio a nadie; era como si hubiera entrado viento a la habitación y minutos después, Nora había recuperado la movilidad. Aunque Edward desconfiaba de ellos, decidió cooperar para encontrarla.
Pasaron tres días y ellos estaban buscándola por toda la ciudad. Edward por su parte había contratado a un detective privado.
—Sí, así es —asintió con el teléfono de su apartamento sobre sus oídos—. Entonces, cuento contigo, Brian. Gracias, no te imaginas lo importante que es para mí. Adiós. —Cerró la llamada y salió directo a la empresa.
***
Edward se quedó pasmado cuando entró a su oficina y la vio parada cerca de la ventana con su mirada perdida en aquel cristal.
—¿Mamá? —preguntó sorprendido.
—Hola, Edward —lo saludó con frialdad mientras cruzaba sus brazos—. Me debes varias explicaciones —dijo sentándose en un pequeño sofá que había en la oficina. Edward respiró entendiendo lo que le esperaba—. Explícame por qué la prensa dice que esa mujer es tu novia —su mirada era de reclamo y desconcierto.
—Porque ella es mi novia —contestó mirándola fijamente.
—¿Tu novia? Pero solo tienes dos meses en este lugar.
—Sí, pero conocí a Nora y me enamoré, ella me correspondió y somos novios —dijo con serenidad y obviedad.
—¡Eres un descarado! —La señora Wang lo miró con desaprobación—. Nunca te hemos conocido novia, vienes a esta ciudad, donde nunca habías estado y en dos meses ya tienes una —meneó la cabeza maravillada e indignada.
—Mamá, no quiero discutir sobre esto, de verdad. Tengo demasiados problemas como para que me vengas a reclamar porque tengo novia —dijo con hastío.
—El problema aquí no es que tengas novia, Edward —refutó con enojo—. El problema es quien es tu novia. Somos la comidilla de todos, estás en todas las noticias del país y eres, no, somos el blanco de los chismes. Si ibas a buscarte una novia, por lo menos debiste buscarte a una que estuviera cuerda. ¿Una loca, Edward? ¡¿En serio?!
—Ella no está loca, solo está pasando por una crisis y me vale lo que diga la prensa, lo único que quiero es encontrarla.
—¡Esto es increíble! —La señora Wang meneó la cabeza en negación—. Edward, debes desmentir que ella es tu novia. ¿Me entiendes? Debes desmentirlo y olvidarte de esa mujer. Te prohíbo que la busques y te sigas involucrando con ella.
—¡Por supuesto que no voy a hacer eso, mamá! Yo la amo y no voy a abandonarla cuando más me necesita.
—¿La amas? —Lo miró con desconcierto—. Si apenas la conoces.
—La conozco lo suficiente para amarla y no la voy a abandonar a su suerte solo porque tú lo quieres o porque nos afecte socialmente. Eso sería ser demasiado retorcido y egoísta.
—Edward, como CEO de esta empresa debes cuidar tu imagen. No voy a permitir que dañes por lo que tanto tu padre y yo hemos trabajado. Tú decides, ella o tu puesto —lo confrontó decidida y desafiante. Edward se quitó el carnet de identificación y lo puso sobre el escritorio.
—Esta es mi decisión, madre —escupió con seriedad en los ojos.
—¿Lo dejarás todo por ella? —Negó ofendida y con tristeza—. No puedo creer esto. Creí que podía confiar en ti. Te confié nuestro patrimonio y te defendí ante la junta cuando tu padre se negó porque no creyó que fueras capaz. ¿Es así como me pagas? —Lo observó con decepción provocando un punzón en el pecho de Edward. Le dolía decepcionar a su madre, pero no podía dejar a Nora.
—No me estás dando otra opción, madre. —Edward se sentó a su lado y la abrazó—. No me pongas a escoger, no quiero defraudarte, pero tampoco quiero abandonar a Nora. Ella me necesita, mamá.
—Hagamos lo siguiente: voy a desmentir tu noviazgo, diré que solo se estaban conociendo y que lo de su locura es una invención. Diremos que tuvo una crisis por estrés y que está en reposo.
—No voy a mentir de esa manera, mamá. No voy a negar mi relación con Nora.
—No tienes que decir nada, lo haré yo. Solo no le des comentarios ni entrevistas a nadie. Es para ganar tiempo, luego veremos qué hacemos. Pero, por favor, no abandones la empresa. —Edward asintió.
***
Leela y el chico estaban frente a la empresa de los Anderson. Ella iba a entrar cuando vio a Lidia subiendo las escaleras, entonces se escondió.
—Vamos. —Él gesticuló frente a los escalones que daban acceso a la entrada. Ella estaba oculta tras la pared de un edificio que quedaba al lado. Leela le hizo señas y él fue hacia ella.
—Jeff, la mujer rubia de allí... —Apuntó hacia Lidia.
—Al parecer trabaja en la empresa. Tiene un carnet de identificación. ¿Qué sucede con ella?
—Ella es la causante de todo lo que me ha pasado. No puedo dejar que me vea.
—Entonces... —En ese momento Edward iba saliendo—. Es el CEO, tu novio —avisó—. Leela salió de su escondite, pero Edward ya se había subido a su auto. Quiso saltar sobre el carro, sin embargo, no quería llamar la atención.
—¿Cómo lo seguimos? —preguntó desesperada.
—Tomemos un taxi. —El chico respondió. Tomaron un taxi y le pidieron que siguiera el auto de Edward.
—¿Podría darse prisa? —Jeff reclamó al taxista.
—Oiga, no voy a arruinar mi auto.
—Pero, lo vamos a perder.
—No me importa. ¿Me ve cara de policía acaso? Soy un taxista, no rápido y furioso. Esta es la realidad, no una película de acción. No puedo ir a alta velocidad porque me ponen una multa. Tampoco está bien perseguir a las personas.
—¿Qué dice? ¡Necesitamos alcanzarlo! —El chico se quejó
—Pues, búsquense otro taxi.
—Oiga, señor. —Leela lo miró amenazante—. Siga a ese auto o no respondo.
***
—¡Vaya! Eso fue muy inteligente de tu parte, bombón. —Jeff bufó cruzado de brazos. Ambos estaban sentados en un parque, pues el taxista los había echado fuera de su carro.
—Por lo menos sé dónde encontrar a Jing —respondió soltando un suspiro.
—¿Y crees que sea seguro ir allí? Dijiste que la hermosa mujer que trabaja en esa empresa es tu enemiga. Si lo que me dijiste es certero, deben tener toda el área vigilada.
—Tengo la forma de llegar a él sin ser descubierta.
—¿Y qué le dirás? Según lo que me dijiste él no te cree.
—Lo convenceré.
—Bueno. —Jeff se paró de su asiento y Leela lo siguió.
—¿A dónde vamos?
—Voy a hacer una entrega.
—¿Qué vas a entregar?
—Preguntas mucho. —Frunció el ceño. Llegaron a un restaurante—. Muy bien, preciosa. Tú me esperas aquí, vuelvo en diez minutos.
—¿Por qué tengo que quedarme aquí afuera?
—Porque mi... ¡padrino! —exclamó encontrando la palabra que buscaba—. Él es muy curioso y no quiero que haga preguntas sobre ti. —Ella asintió y él entró.
Leela recorrió el lugar mientras esperaba. Detrás de éste había un pequeño café. Ella se dirigió hacia allá inhalando el delicioso olor que provenía de éste. Se entretuvo mirando una fuente que le recordó la ciudad de Zafiro.
Edward había regresado de visitar a su doctor, quien le comentó que ya no estaría en el consultorio. Entonces, su próxima dosis no la buscaría allí. Su estómago gruñó y se estacionó frente a un café, dado que no tenía mucho apetito para almorzar en el restaurante que quedaba al lado. Leela sintió curiosidad y quería saber que vendían allí que olía tan bien. De repente, un olor conocido inundó sus fosas nasales. Miró a su alrededor buscando al dueño de aquella conocida colonia. Vio el reflejo de Edward adentrarse en el café y decidió ir tras él. De repente alguien la jaló por el brazo.
—¿Qué haces aquí? —Jeff interpeló—. Te dije que me esperarás frente al restaurante.
—Pero Jing está allí adentro. —Apuntó a la entrada.
—Eso no importa ahora, debemos irnos. —La arrastró con prisa, pero ella se soltó de su agarre.
—Debo hablar con él.
—Te prometo que te ayudaré a buscarlo, pero, por favor vámonos —rogó jalando de ella.
—¿Lo prometes? —Lo miró suspicaz.
—Sí, lo prometo —dijo con desesperación. La volvió a jalar y empezó a correr con ella a rastras. Doblaron una calle y se adentraron por un callejón que los llevó a otro lugar más deshabitado. Leela se detuvo en seco llena de confusión.
—¿Qué sucede? ¿De qué estamos huyendo? —Se cruzó de brazos esperando una explicación.
—No huimos —respondió nervioso—, solo llevo prisa... Necesito hacer algo con urgencia.
—¿Crees que soy idiota? —preguntó con enojo. En ese momento fueron rodeados por unos hombres fuertes y armados.
—¿Creíste que podías escapar? —Uno de ellos sonrió con ironía. Jeff empezó a temblar.
—¿Quiénes son ustedes? —Leela preguntó desafiante.
—Tu novio tiene algo que nos pertenece.
—¿Mi novio? —Arrugó el rostro—. Él no es mi novio, no tengo tan mal gusto.
—¡Oye! Eso fue cruel —Jeff se quejó.
—Lo siento —ella sonrió—. Sin ofender, pero no eres mi tipo.
—Eso lo tengo claro, eres novia del CEO.
—¡Cállense la boca! —El malandro gritó hastiado—. Más te vale que me entregues la memoria —dijo sacando una pistola y apuntando al chico.
Leela se quedó escudriñando el panorama un rato y, en cuestión de segundos se movió con tal rapidez, que el tipo no notó que fue desarmado. Se quedó anonadado mirando su mano vacía hasta ser golpeado por Leela en la cabeza con su pierna y, por consiguiente, caer inconsciente sobre el tosco concreto. Todos la miraron extrañados por unos segundos y luego reaccionaron sacando sus armas de fuego. Leela tomó a Jeff de la mano y lo lanzó por encima de ellos, cayendo éste sentado frente a un callejón. Él se ocultó allí y asomó la cabeza para ver el espectáculo.
Los hombres empezaron a disparar y Leela saltó quedando suspendida mientras daba varios giros sobre ellos, quienes iban cayendo uno por uno. Jeff salió de su escondite con la boca abierta y aplaudiendo, al ver a los tipos yacer sobre el frío suelo.
—¡Magnifico! —espetó maravillado. En ese mismo momento un grupo de hombres bien vestidos y con espadas en manos los acorralaron—. Ellos no me persiguen a mí... —Los recorrió con la mirada—. ¿Será que te persiguen a ti? —Le apuntó con su dedo.
—Princesa guerrera, será mejor que se entregue por las buenas —dijo uno de ellos.
—¿Princesa guerrera? —cuestionó extrañado.
—Es una larga historia. —Leela sonrió—. Entonces, ya no seguirán con la fachada de que soy la tal Nora. ¡Lo sabía! Dimitri y Petra deben estar detrás de esto.
—¿Dimitri? —El tipo empezó a reír—. Al parecer no recuerdas algunas cosas, Búho. Mejor así, mientras menos sepas, mejor. Ahora, entrégate por las buenas y evítanos el ejercicio.
—Lo siento —dijo con prepotencia—, pero me encanta la adrenalina —dicho esto saltó en dirección de sus oponentes girando a su alrededor y golpeando a varios de ellos. Tomó la espada de uno que yacía en el suelo y empezó a defenderse de sus enemigos. Jeff regresó a su escondite asomando la cabeza para no perderse el show.
El grupo de hombres la atacaban con sus espadas y ella quedó rodeada; sin embargo, Leela se tiró al suelo girando alrededor y por lo tanto lamiendo las piernas de ellos con la afilada arma que les había robado, como resultado, aquellos hombres cayeron al instante sobre sus rodillas. Ella saltó por los aires y se movió alrededor de su eje, bajando mientras giraba con la espada extendida cortando el pecho de los que estaban parado y luego pateó la cabeza de los que se encontraban de rodillas. Ella no tocó el piso, aún giraba imitando a un trompo y se lanzó hacia arriba como si tuviera la habilidad de volar o si nadara como un pez en el mar. Atacó a los hombres que aún quedaban moviéndose por encima de ellos —flotando en los aires—, y cuando bajó lentamente al suelo, no había nadie de pies.
—Guau... —Jeff la miraba con asombro, maravillado ante lo que sus ojos veían. Ella fue hacia él y lo tomó de la mano. Él se puso de pies tambaleándose, pues aún no salía de su impresión.
—No te quedes mirándome como idiota y vámonos de aquí. —Leela le reclamó frunciendo el ceño.
—Sí... —susurró sin dejar de mirarla como tonto—. ¡Como digas, Supergirl! —Sonrió recuperando la compostura.
—¿Supergirl? —Leela preguntó curiosa.
—Cierto, eres la ignorancia en persona. ¿Cómo te lo explico? Súper poderes.
Leela rio a carcajadas.
—¿Poderes? —Negó divertida.
—Lo que haces no es normal, preciosa. Debes tener algún súper poder. ¿Por casualidad saliste de algún laboratorio cuando te encontré?
—Deja de decir estupideces y regresemos —se quejó con el ceño fruncido—. Tienes que explicar algunas cosas, jovencito.
—Como digas, Supergirl.