Capítulo 44
Todos la observaron con extrañeza y pena, por lo que ella miró a su alrededor con frustración e irritación.
—No me miren como si estuviera loca. Yo no soy la tal Nora que ustedes mencionan, este señor no es mi padre y él... —apuntó hacia Edward—, ese imbécil que está ahí parado creyéndole a ustedes, es mi esposo —dijo la última palabra en un sollozo.
El psiquiatra la miró divertido, luego leyó un papel que estaba en la carpeta que tenía en manos.
—Déjeme adivinar —se dirigió a ella con autosuficiencia—, su esposo es el príncipe Jing Patrick Chen —dijo con un tono medio burlón.
—Exacto. —Ella afirmó con una sonrisa.
—Señor Anderson —miró a Edward—, siempre que la paciente adopta su otra personalidad, dice que es Leela Brown y que está casada con el príncipe Jing, a quien, en este caso, lo asocia con usted. También, dice que su padre murió en batalla... ah... se me olvidaba, ella asegura que no es de este mundo, sino que viene de Destello y que tiene una misión como guerrera. Todo está aquí, en su cuadro clínico —dijo con un tono indiferente, como si estuviera acostumbrado a este tipo de situaciones—. La señorita Allen padece del trastorno de identidad disociativo, también conocido como trastorno de la personalidad múltiple. Sus síntomas se presentan con amnesia, ansiedad, sensación de vacío y cambio de personalidad. La paciente puede adoptar otra personalidad con un tipo de vida diferente a la suya —el psiquiatra explicó con naturalidad. Edward se tambaleó sobre sus piernas y se sentó de golpe en un pequeño mueble que tenía la habitación. Apretó su cabello como si quisiera arrancarlos. Luchó por contener las lágrimas que amenazaban con salir. No podía ser verdad, ella no...
—Entonces... —Miró al doctor desconcertado y con un inmenso dolor e incredulidad, porque aún no podía aceptar que la mujer de la que se había enamorado padecía aquel trastorno psicótico. No la recordaba así. Verla allí tirada y sin noción de la realidad lo destrozaba. La impotencia y frustración apretaban su pecho, causando una ansiedad que lo enloquecía. Necesitaba hacer algo, necesitaba ayudarla, recuperar a la mujer que se robó sus suspiros y le dio los mejores días de su vida.
—Empezaré con sus terapias a partir de mañana. Su padre ya firmó todos los documentos necesarios y ya están siendo revisados para que podamos proceder con el tratamiento. Por ahora, la mantendremos medicada con el mismo medicamento. No queremos sorpresas. —El doctor contestó adivinando su pregunta.
—¿Sorpresas? —Edward preguntó abrumado.
—Así mismo. —El doctor asintió—. La personalidad que adoptó es de una guerrera, ¿se imagina lo que podría intentar? —dijo con algo de sarcasmo.
***
El trayecto fue doloroso y desconcertante. No quería dejarla allí, algo en su pecho no lo convencía que aquello era lo mejor para ella. ¿Qué era aquel presentimiento? Quería llevársela con él y liberar su sangre de aquel misterioso medicamento que ellos no quisieron revelar. No quería juzgar a su padre por su pasividad, tal vez ya estaba tan acostumbrado a aquella situación que le era natural verla así. Todo concordaba con lo que dijo el doctor: su amnesia, su comportamiento extraño... pero... paró el carro en seco. Entonces recordó todo lo que vivieron, algo no encajaba, algo estaba distorsionado. Dejó salir las lágrimas que ya no podía retener.
—Nora..., te prometo que encontraré la verdad, mi amor. —Dejó salir un sollozo. Rio ante la ironía, si su padre lo viera llorar estaría muy decepcionado. Él siempre le dijo que los hombres no lloraban, pero ahora eso era lo de menos, necesitaba dejarlo salir o se volvería loco. El sonido de las bocinas lo sacaron de su trance al darse cuenta que se había detenido en medio de la calle. Ignoró los insultos de los demás conductores y siguió su camino tratando de entender la situación. Llegó a su apartamento y decidió bañarse y comer. Debía estar bien para ella, no podía recaer porque Nora lo necesitaba.
Después de tomar una ducha caliente e ingerir alimento, se preparó para dormir y así recuperar el sueño perdido. Se miró al espejo y notó su palidez, tomó el frasco de pastillas y lo observó por largos minutos. Ella con una enfermedad mental y él con una física. Por lo menos la de ella se conocía, pero la de él era un misterio aún. Antes temía tener compromisos porque no sabía si viviría por mucho tiempo. Cuando la conoció todo se fue a la borda. Quiere el compromiso, quiere superar su enfermedad. ¿Es eso mucho pedir? ¿Acaso está siendo muy ambicioso? Daría toda su fortuna y todo su éxito por vivir una larga y feliz vida junto a ella.
Se recostó sobre su cama, pero el sueño se negaba a visitarlo. Dio varias vueltas y frotó sus ojos. Era inútil, simplemente no podía. Los recuerdos con ella lo atormentaban, entonces... se paró de prisa de la cama y buscó dentro de la gaveta de su pequeño escritorio. Sacó el manuscrito que encontraron en el bosque y lo leyó una vez más.
«Leela, no te separes del príncipe como ellos quieren. Recuerda que hay una forma para restaurar las joyas. "Sean uno" es lo que nos dijo el maestro que les dijera. Me imagino que sabes a qué se refiere. Las joyas reaccionan al acto de amor».
Sus ojos se abrieron más de lo normal.
«Ella se hace llamar Leela y habla del príncipe Jing. Debe ser el mismo príncipe del extraño papel», pensó.
. Entonces los recuerdos vinieron a él como balde de agua...
Llegó a su memoria que desconocidos han buscado la forma de separarlos. ¡Lidia! Ella se opuso desde el principio, creando chismes y llevando dudas a Nora. Luego se inventó que ellos tenían una relación. De seguro, ella era parte de las personas que amenazaban a Nora. Recordó a los ninjas y la forma en que obtuvieron el extraño papel; eso fue alucinante y si Nora estaba loca, pues él también. Recordó como irrumpieron en el apartamento de ella. Entonces, Nora tenía razón, tal vez Lidia sí era esa mujer que ella mencionó.
Se paró frente a la pintura y la observó por un momento; la melancolía y nostalgia comprimían su pecho. Puso mayor atención a la joya que ella llevaba en su cuello, pues era la misma que tenía Nora y similar a la que él tenía sobre su pecho aquella extraña mañana.
Como si de una película se tratara, recuerdos de meses atrás vinieron a su mente; fue cuando despertó angustiado y exaltado, con esa sensación de vacío y pérdida. Entonces, tenía una cadena con un extraño dije —muy fina y hermosa—, más estaba rota; él la guardó, pero jamás la volvió a ver. No sabía dónde la había puesto y simplemente, no le dio importancia. Ese día fue extraño. Estaba desubicado y perdido. Todos lo miraban con extrañeza, como si se comportara raro. Trató de recordar el día anterior, pero sus recuerdos eran vagos y superficiales, como si su vida no hubiera sido real. Trató de continuar con normalidad sin hablar con nadie de lo que le sucedía, entonces, vio a aquel anciano que le dio las pastillas y le aseguró que era su doctor de años. Aquel señor tuvo que refrescar toda la información de su enfermedad porque simplemente no la recordaba. Todo era confuso y desconcertante, pero decidió que no se hundiría ante aquello, más bien, viviría su vida sin preocupaciones y quizás algún día encontraría ese algo o alguien que le faltaba.
Miró el rostro en la pintura y sus ojos se llenaron de lágrimas, tal vez dormir un poco le ayudaría a ordenar sus ideas; se dirigió a la cama para recostarse y tratar de descansar.
Edward se levantó tarde, por lo tanto, optó en tomarse el día libre. Llamó a su secretaria, le dejó instrucciones y canceló todos sus compromisos. Volvió a rememorar el día anterior; meditó en cada detalle, las palabras del doctor, las personas y sus gestos. Entonces, empezó a comparar la información que recibió en el hospital con todo lo que vivió con Nora. Se pasó toda la mañana maquinando y armando piezas.
***
En la oscuridad de una habitación, sentado detrás de un escritorio había un hombre mayor; su silueta se erguía gruesa, pero no era gordo. Estaba pensativo y a la espera de una buena respuesta.
—Señor, ya le quitamos la autoridad al príncipe sobre la guerrera. —Una sonrisa llena de maldad esbozó de sus hermosos labios mientras daba aquella información—. Ahora ella está en nuestras manos. Pronto la sacaremos de allí. Usted sabe que el príncipe es sabio y calculador, no podremos engañarlo por mucho tiempo.
—Necesito que se la lleven hoy. —Él ordenó mirándola a los ojos—. No quiero que Jing tenga tiempo a reaccionar. Además, no solo él está en nuestra contra. Sé que el viejo ese buscó la forma de enviar a su sucesor y que él mismo pudo accesar a este mundo. Es mejor actuar con tiempo, ya que casi tenemos una de las joyas en nuestro poder, no nos podemos dar el lujo de volverla a perder.
—De acuerdo. —La chica asintió.
—Por cierto, Petra —la miró con diversión—, tu amado Dimitri ha intentado abrir una brecha. Al parecer, se alió con los guerreros del Sur para ayudar a los guardianes. Sabes lo sabio que es él. Es cuestión de tiempo para que encuentre la manera de accesar, y cuando eso suceda, debemos estar preparados. No entiendo como lo hacen, llevamos casi seis meses aquí y no encuentro como regresar. Pero, debes estar alerta, sé que aún tienes sentimientos por él y Petra, no te conviene traicionarme.
—No debe preocuparse por eso, señor. —Ella aseguró con mirada firme, aunque con un poco de tristeza—. Desde que Dimitri decidió traicionarnos por proteger a esa maldita salvaje, no siento otra cosa por él que no sea odio. En cuanto a esa bestia, hoy mismo me encargaré de ella. Él infierno de Leela Brown apenas empieza. —Sonrió de forma malvada y retorcida mientras apretaba sus puños.
***
Ya era de tarde y el psiquiatra estaba en su oficina acompañado de Lidia, el señor Allen y un grupo de enfermeras.
—Entonces, doblaremos la dosis, no podemos arriesgarnos. —El doctor dio a entender a la enfermera regordeta que tuvo la afrenta con Edward.
—¿No es eso peligroso, doctor? —La enfermera inquirió con desconcierto—. Hace poco la mediqué. Este medicamento es muy fuerte, podría traerle grandes consecuencias.
—No importan las consecuencias si no se muere. —El doctor contestó con serenidad y sin inmutarse ante sus malvadas palabras.
—Mi gran gusto será verla morir lentamente y con gran sufrimiento. —Lidia recalcó apretando su mandíbula—. Espero darme ese gusto de matarla con mis propias manos. Por ahora, me conformaré en destruirla poco a poco. —Miró a la enfermera con cara de psicópata—. No importan las consecuencias, enfermera, siempre y cuando la mantengan con vida e inmovilizada. Ella es peligrosa, no debemos permitirle tener energía sino estaremos fritos.
Un grupo de hombres vestidos con batas blancas entraron al consultorio.
—Es hora. —El doctor confirmó y se paró de su asiento.
***
Edward se pasó todo el día meditando sobre el asunto, enlazando la información que recibió de Marcos con todo lo que sucedió. Entonces empezó a temblar de los nervios.
—No sé qué tan real sea lo que dice Nora, pero es obvio que está en manos del enemigo —dijo para sí, pero su voz sonó más como un reclamo, una reprimenda por dejarla allí expuesta. Salió corriendo del apartamento y se subió a su auto. Estaba ansioso y el temor le nublaba la razón. Sabía que la velocidad no era prudente, pero tenía que llegar lo antes posible y percatarse de que ella estuviese bien. No sabía cómo lo haría, pero la sacaría de allí. Tuvo que hacer varias maniobras para no chocar con los otros vehículos. Ignoraba los insultos, las maldiciones y las sirenas de una patrulla que empezó a seguirlo por el exceso de velocidad. Solo se enfocaba en el frente de aquel camino que se hacía más largo de lo habitual. No podía evitarlo, la angustia lo estaba ahogando. Sudores fríos recorrían su piel y las manos sobre el guía temblaban involuntariamente. Tenía que llegar, tenía que ir por ella.
Nora abrió los ojos lentamente. Se sentía tan débil que le era imposible moverse. Se angustió al verse sola. ¿Dónde estaba Jing? Siempre que ella despertaba, éste estaba a su lado. Aunque él no le creía, tenerlo cerca le daba confort y seguridad, por lo menos estaban juntos y eso le daba fuerzas para luchar.
De repente la puerta se abrió y el pecho se le apretó. No era su olor, no era él. El temor la invadió y en cuestión de segundos, sintió un pinchazo en su pierna. Siempre la inyectaban en el suero. ¿Cuál era la diferencia ahora? Él líquido quemaba dentro de su carne. Una sensación extraña la invadió mientras sentía que aquel medicamento la recorría por completo. Una suave voz le susurró al oído.
—Cuando el neutralizador haga efecto, huye. —Fue lo único que escuchó de aquel personaje y luego percibió que la puerta se cerró. ¿Estaría alucinando? ¿Cómo podía alguien moverse a la velocidad del viento? Sus dedos empezaron a moverse y poco a poco recuperaba la movilidad de su cuerpo.
El doctor y compañía subieron el ascensor hasta el último piso, lugar donde se encontraba Nora. Tomaron el pasillo que los conduciría hasta allá y solo faltaba un cuarto más para estar frente a la puerta.
Edward llegó al estacionamiento del hospital y saltó del auto con gran desesperación. La patrulla se paró detrás de su vehículo y corrieron tras él.
Nora empezó a recuperar su fuerza, pero aún estaba débil, trató de pararse, pero le era difícil. Logró sentarse en la cama y sintió como todo daba vueltas alrededor de ella; entonces, su cuerpo se puso alerta cuando escuchó pasos que provenían del pasillo.
El doctor abrió la puerta del cuarto y se alarmó al ver a Nora quitándose el suero. Los hombres vestidos de blanco entraron a la habitación con prisa y se lanzaron contra ella. Ella saltó por encima de ellos y los atacó. Lidia saltó por encima del suelo empezando la batalla. Nora estaba débil y no había recuperado el control completo de su cuerpo, pero tenía que escapar de allí a como dé lugar.
No le importó que dos policías y cuatro guardias del hospital lo estaban siguiendo. Edward corría en dirección a Nora, llevándose todo a su paso. No hubo tiempo para el ascensor, así que tuvo que correr escaleras arriba. ¿Su meta? Once pisos.
Nora pateó a los hombres y golpeó a Lidia en el estómago. La rubia se encorvó al sentir su mentón con todo y quijada rugir, ante el rodillazo que Nora le propinó. Cayó al suelo revolcándose del dolor. Nora tomó el tubo de hierro donde estaba flotando el suero que ella despegó de su brazo y rompió el cristal de la ventana con él. Miró hacia abajo y luego volvió la mirada a la habitación, donde más hombres se adentraban y el doctor, el padre de ella y las enfermeras la miraban con asombro y temor. Observó de nuevo a través de la ventana y todo su alrededor, buscando una forma de escape que no fuera el suicidio. Saltó por la ventana al ver al grupo de hombres lanzarse contra ella.
Nora dio un salto por encima de la ventana y se agarró del muro del edificio, volvió a saltar y cayó sobre el techo del lugar. Los hombres la imitaron y fueron tras ella.
Nora saltaba de edificios en edificios huyendo de ellos. Un grupo saltó por encima de ella, quedando ésta rodeada. Empezó a luchar con todos. Uno de ellos sacó un arma de fuego y le disparó, pero Nora se quedó mirando el arma con extrañeza. Se parecía un poco a las que utilizaban los de las tribus Furious, a diferencia de que la que tenía su enemigo era más anticuada y sus tiros no eran láser. Pero claro, ella no se pondría a investigar el daño que hacían sus disparos, así que tomó a uno de los hombres y lo utilizó como escudo; las balas se adentraron en el cuerpo de éste, bañando su ropa de sangre. Nora lo miró extrañada y sorprendida, pues nunca había visto un arma como esa.
—¡Imbécil! —Uno de los hombres golpeó al que había disparado—. No la podemos matar, idiota —le reclamó quitándole el arma y terminó de vaciarla sobre él. Ella observó la acción desconcertada. Él acababa de matar a uno de sus hombres. Siguió luchando hasta dejarlos inconscientes a todos y saltó hacia abajo, cayendo dentro de un gran basurero.
—¡Ah! —Se quitó los restos de basura con asco—. ¡Qué horrible huele aquí! —Salió del basurero con náuseas y empezó a vomitar, minutos después de vaciarse dentro del zafacón, salió del callejón y sus ojos se abrieron del asombro y el horror. El humo de los vehículos, la calle llena de tráfico, las personas amontonadas caminando como si fueran robots, ancianos sucios en la calle pidiendo para comer; el bullicio insoportable y los pocos árboles la hicieron sentir como si había llegado al mismo infierno—. ¡Qué lugar tan horrible es éste! —Lloró con decepción y angustia—. ¿Dónde estoy? —se preguntaba a sí misma en forma de lamento. ¡Cuánto extrañaba su hogar! El aire fresco y limpio, los grandes bosques y las ciudades nítidas y rodeadas de árboles, lagos y hermosos jardines. ¿Cómo fue a terminar a ese extraño y contaminado lugar?
Caminó en medio de las personas, quienes la miraban como si estuviera loca y se alejaban de ella con miedo y desprecio. Se miró a sí misma y entendió la reacción de ellos. Estaba casi desnuda y ensangrentada. Tenía la bata de hospital que le tapaba poco de alante y dejaba ver su buen formado trasero. Salió corriendo sin saber a dónde dirigirse. Unos policías fueron tras ella al verla ensangrentada, sin embargo, ella se escabulló y saltó por encima de un edificio, llamando la atención de los presentes. Muchos sacaron sus celulares para fotografiarla, pero ella se movió tan rápido que no la pudieron captar. Estaba en el techo de un edificio cansada, hambrienta, asustada, sin destino y con poca energía. Se sentó en una esquina del techo y abrazó sus rodillas dejando caer su cabeza sobre éstas, entonces, las lágrimas salieron como desahogo a su martirio y desesperación.
***
Edward llegó al último piso con el corazón en la boca. No era solo el hecho de haber corrido escaleras arriba hasta llegar al onceavo piso, ya que él estaba en buena forma y su cuerpo era muy resistente; más bien era la desesperación y la angustia por llegar hasta ella. Vio la puerta abierta e irrumpió en el cuarto como loco. Se paró en seco al ver al doctor, al padre de Nora y las enfermeras embelesados en aquel lugar y la cama vacía. Miró al piso donde Lidia trataba de componerse y había hombres con batas blancas inconscientes. Fijó su mirada a la cama donde reparó las salpicaduras de sangre y su corazón empezó a agitarse dentro de su pecho. Se dirigió al doctor con mirada desesperada y fuera de sí. Lo tomó por el cuello de la bata y empezó a removerlo con violencia.
—¡¿Dónde está?! —gritó mientras lo removía con ansias y angustia en sus ojos—. ¿A dónde la llevaron? —Sus orbes se llenaron de lágrimas—. ¿Qué le hicieron?
—Suélteme... —El hombre soltó casi en un susurro temblando del terror y la sorpresa. Sabía que trabajaba con gente peligrosa y solo seguía las órdenes de Lidia y su jefe, pero no se imaginaba que esa chica tuviera tal habilidad. ¿Sería verdad que era una guerrera? —. No hicimos nada... —Su voz era temblorosa—. Ella..., ella escapó...
Edward lo confrontó escéptico y el doctor apuntó hacia la ventana. Él siguió su dedo hacia donde apuntaba, mirándolo con incredulidad y lo soltó lentamente al ver la ventana rota y el tubo con el suero sobre el piso. Se acercó tambaleando y como cuerpo sin alma hasta estar frente a la ventana rota. Miró a través de ella y no había alteración abajo, examinó los alrededores y pudo ver sangre por encima del techo.
Salió del cuarto y subió unas escaleras que lo condujeron a la cima del edificio. Vio algunos hombres tirados y rastros de sangre. Inspeccionó todo el lugar y se acercó a las orillas del techo, pero todo seguía su rumbo normal. No había alteraciones en las calles ni algún indicio de ella. Apretó su cabello con sus dos manos y sus ojos se abrieron angustiados. ¿A dónde escapó? ¿Por qué la siguieron? ¿Cómo lo hizo? Lágrimas rodaron por sus mejillas y la impotencia y el dolor llenó su pecho. ¡Temía lo peor! ¿Dónde la iba a buscar? Cayó de rodillas y sin poder soportar más el nudo en su pecho dejó salir su interior en un alarido.
—¡¡NORAAAA!! —gritó alterado y a todo pulmón—. ¡¿Dónde estás, mi amor?! ¡¡Nora!! ¡¡NORAAAA...!!