Capítulo 43
Edward miró a los alrededores un poco preocupado, puesto que había pasado como medía hora desde que Nora fue al tocador. Empezó a buscarla y al no verla en la gran sala, decidió ir a los baños.
—Sr. Anderson. —Dos hombres lo interceptaron y Edward se entretuvo con ellos.
Mientras tanto, en un callejón; una luz brillante cubría a Nora, quien flotaba con los ojos cerrados en el aire. Imágenes a su izquierda eran borradas y suplantadas por las que estaban a su derecha. Como las imágenes de la izquierda eran menos, todas habían desaparecido. Nora estaba en un trance donde pudo escuchar voces. Una de ellas se le hacía familiar y hasta le causaba confianza.
—¿Crees que esté bien borrarlas? —Una voz masculina que por alguna razón la intimidaba y la ponía a la defensiva, cuestionó con duda.
—Es necesario. —La voz de una chica que se le hacía familiar contestó con seguridad—. Debemos borrar para poder llenar. Una vez llena, se devolverá lo que borramos y tendrá toda la información.
Pasaron unos diez minutos y Nora seguía flotando, su cuerpo temblaba al sentir diferentes sensaciones, como: emoción, entusiasmo, dolor, tristeza, enojo, ira, decepción, alegría, felicidad, atracción, deseo, amor, placer, miedo, vergüenza... Dependiendo la imagen que se mostraba, tenía las sensaciones y sentimientos. Pasaron diez minutos más y la nostalgia llenó su pecho de una amargura insoportable. De repente, escuchó las voces otra vez acompañadas de un gran estruendo y sonidos de lucha.
—¡Nos están atacando! —Escuchó a la chica gritar—. Debemos cerrar la brecha ya.
—Pero la misión no está completa. —La voz del chico protestó con preocupación.
—No tenemos opción. Buscaremos la forma de volver a abrir el espacio y terminar lo que empezamos, por lo menos recuperó su identidad. —Se escuchó un gran ruido y sonidos de espadas—. ¡Salgamos de aquí! —fue lo último que Nora escuchó. Entonces, la luz desapareció de golpe y ella cayó al suelo con brusquedad. La cadena brilló y ella abrió los ojos. Estaba mareada y atolondrada. Se le dificultó ponerse sobre sus pies y caminaba como si estuviera borracha. Miraba a su alrededor con confusión y aturdimiento. Entró al gran salón y empezó a caminar de forma torpe y con expresión abrumada. Se tambaleaba al dar los pasos y chocaba con las personas a su alrededor, a quienes miraba como si fueran bichos raros, pues estaba muy desorientada. Unos jóvenes meseros la interceptaron con preocupación.
—¿Está bien? —Uno de ellos la abordó y ella lo miró con extrañeza. Ellos la tomaron de la mano y la llevaron a la cocina del hotel. La sentaron en una silla y le dieron un vaso de agua. Ella los observó con recelo después de tomar el agua. Las manos le temblaban y las lágrimas amenazaron con salir. No podía articular palabras, a pesar de la insistencia de los jóvenes para que les dijera quien era.
—Parece que esa señorita bebió de más. —Uno de los trabajadores le dijo a su compañero cerca del oído—. O quién sabe, tal vez esté drogada.
—¿No tiene nada encima que la identifique? —Uno de ellos preguntó observándola, pero Nora no llevaba su bolso con ella. Como si despertara de un sueño, se paró y salió de la cocina atolondrada; ellos trataron de detenerla, pero ella se escurrió de sus manos con rapidez, acción que los sorprendió, dado que no se percataron en qué momento escapó.
Observaba a todos extrañada y asustada. ¿Dónde estaba? ¿Quiénes eran esas personas? Miró a su alrededor a punto de perder los estribos. Se sentía ofuscada y tenía el pecho apretado. ¿Por qué el aire se sentía tan pesado? ¿Por qué esos hombres vestían como pingüinos? ¿Dónde estaba la frescura y el aire puro? Sus pulmones fallaban y se sentía fuera de lugar.
—¿Nora? —Edward se acercó preocupado por su estado, pero aliviado de haberla encontrado—. ¿Estás bien?
Ella lo miró confundida y aturdida. Lo examinaba con gran impresión y como si tuviera muchas interrogantes.
—¿Estás bien? —repitió mirándola con extrañeza y curiosidad; aparte de lo exaltada y desubicada que estaba, había algo diferente en su mirada que le daba nostalgia y sentía que extrañaba. Su porte era diferente, pero familiar; le provocaba exaltación y un deseo incontrolable de abrazarla. ¿Qué era aquello? ¿Por qué se sentía más enamorado y cercano a Nora en ese momento? Era como si ahora ella fuese más real, como si la mujer de sus pinturas hubiese tomado vida propia y se presentara frente a él, era ella, la mujer de sus anhelos.
Nora no dejaba de observarlo con confusión y como demandando una explicación.
—Amor... —dijo con dificultad y gran asombro—. ¿Qué le pasó a tu cabello? —Se acercó a él y tocó su cabellera que, aunque estaba peinada, dejaba salir algunos mechones—. ¿Lo cortaste?
Él la miró como si se hubiera vuelto loca y tocó su cabello por instinto. En realidad, le hacía falta un corte. ¿Será eso lo que ella le insinuaba?
—No... —dijo sin dejar de mirarla extrañado—. Creo que ya necesito un corte, ¿cierto? —sonrió nervioso.
—¡¿Un corte?! —exclamó espantada—. ¡¿Seguirás cortándolo?!
—Nora, ¿estás bien? —preguntó preocupado.
—¡Jing Patrick Chen, me debes varias explicaciones! —espetó cruzándose de brazos y dejando a Edward atónito y confundido—. Primero: ¿Qué es este horrible y pesado lugar? El aire aquí es terrible y sucio. Segundo: ¿Por qué cortaste tu hermoso cabello y sin decirme nada? Sabes cuánto me gustaba como lo llevabas. ¡Eres muy cruel! —Dejó salir una lágrima—. Tercero: ¿Qué ropa es esa? Pereces un pingüino y, por último: ¿por qué rayos me llamas Nora? ¿Te estás burlando de mí, príncipe de pacotilla? Ese nombre de señora mayor no me gusta, prefiero tigresa. Hasta preferiría que me llamaras caramelito, pero ¿Nora? ¿De dónde rayos sacaste ese nombre tan feo?
Edward abrió los ojos y boca estupefacto. Se acercó a ella y empezó a olfatearla y a buscar algo en sus ojos que explicara su extraño comportamiento.
—No hueles a alcohol... —La miró confundido—. ¿Qué estabas haciendo en el baño? —cuestionó escéptico—. ¿Acaso... consumiste algún tipo de sustancias? —la observaba con preocupación.
—¿De qué hablas, Jing? —inquirió ofendida—. ¿Acaso estamos en una misión? ¿Por qué no estoy enterada? ¡Estoy tan confundida! —Lloró de la frustración—. Mi único recuerdo es que llegaste del consejo y estábamos en el dojo de la casa haciendo el amor, ¿cómo paramos en este horrible lugar? Y... ¡Ah! —gritó con espanto—. ¡Mi cabello! ¡¿Quién cortó mi cabello?! —Las lágrimas salían como torrentes mientras tocaba las puntas de su cabellera. Recordaba que llegaban a sus glúteos y ahora estaban por encima de su cintura, quedando del largo de su costilla. Cayó de rodillas mientras se iba en llanto. No entendía qué sucedía. Las personas los rodearon con sorpresa y curiosidad y se armó un gran murmullo. Nora estaba desconcertada y aterrada. ¡Debía ser una pesadilla! Sí, pronto despertaría.
La luz del flash de una cámara afectó sus ojos y de repente varios periodistas los estaban acorralando. Edward la tomó por el brazo y salió corriendo. Se ocultaron en un pasillo y él la miró fijamente lleno de horror y nerviosismo.
—Nora, preciosa. Mírame, mi amor. ¿Consumiste algo? ¿Alguien te dio a beber algún tipo de bebida? ¿Qué te sucede preciosa? —interrogó con gran preocupación.
—Jing, me vuelves a llamar así y te rompo la madre, mal esposo. —Ella reclamó frunciendo el ceño.
—¿Esposo? —la miró aturdido y luego por todos lados con los nervios de punta—. N-Nos acostamos... pero... —las palabras se le dificultaban—. ¿Esposo? —la miró nervioso—. Acabo de presentarte como mi novia y ya somos... ¿Esposos?
—¡¿Qué rayos estás diciendo, Jing?! —espetó ofuscada—. ¿Ahora vas a negarme? —Empezó a llorar, no sabía qué estaba sucediendo, no sabía cómo llegó allí ni que pasaba por la cabeza de su esposo—. Esto es horrible... ¿Qué sucede, Jing?
—¿Por qué me llamas Jing? Mi nombre es Edward y no somos esposos... aún... —dijo la última palabra dudoso.
—¡¿QUE RAYOS DICES?! —gritó exaltada. Su pecho se apretó tanto que le faltaba el aire, de repente los periodistas los encontraron y rodearon, bombardeándolos con preguntas que ellos ni entendían. Nora los miraba ida y aturdida y todo el lugar empezó a dar vueltas en su cabeza; entonces, su vista se nubló y todo se volvió borroso, donde veía diferentes luces y las caras de las personas que la miraban con curiosidad y extrañeza se mostraban deformadas frente a ella. Oyó un bullicio que se iba apagando en su oído y vio el rostro de Edward lleno de confusión y preocupación, escuchó como su voz la llamaba y preguntaba si estaba bien, entonces, todo se volvió oscuridad.
***
Nora despertó mareada, débil y sin control de su cuerpo. Abrió los ojos lentamente y sonrió al encontrarse con esa mirada miel que tanto le gustaba. Su sonrisa se fue difuminando cuando se percató del panorama y entonces entendió que no había sido un sueño. La frustración y el temor llenó su pecho, y las lágrimas amenazaron con salir.
—Jing... —Miró por todo el blanco y limpio lugar—. ¿Dónde estoy? —preguntó arrastrando las palabras, ya que se sentía muy débil.
—Estás en el hospital —La miró con tristeza—. Colapsaste anoche.
—¿Qué está pasando? Jing, ¿dónde estamos?... Jing... —Las lágrimas mojaban su rostro—. ¿Por qué dices que no somos esposos? Yo... te amo —balbuceaba luchando con el sueño—. Jing, ¿ya no me amas? ¿Qué me hicieron? ¿Por qué me siento tan débil? —lo miró aterrada y con un inmenso dolor. Edward dejó salir las lágrimas que no pudo contener más y acarició su mejilla con ternura.
—Mi amor, estarás bien ¿sí? —Le dedicó una sonrisa—. No te preocupes, Nora. Saldremos de esto juntos.
—¿Por... qué... me llamas... Nora, imbécil? —balbuceaba con dificultad antes de volver a dormirse.
***
Nora fue trasladada a un hospital mental y ya tenía una semana allí. La mantenían sedada por mandato del psiquiatra que llevaba su caso. Solo se le escuchaba balbucear incoherencias y llamar a Jing.
Lidia y Marcos fueron a visitarla. Edward los miraba esperanzado de que ella despertara y los reconociera. Ellos se sentaron frente a ella mientras que Edward estaba recostado en la pared que estaba cerca de la puerta. Nora abrió los ojos lentamente y miró a su alrededor con cautela, temerosa de que Edward no estuviese allí. El efecto del medicamento la tenía atolondrada, pero dio un salto en la cama al ver a sus visitantes. Se sentó con dificultad mientras los observaba incrédula.
—Yo te conozco. —Apuntó hacia Lidia—. Claro, ahora recuerdo —sonrió con ironía.
—¿Me recuerdas, Nora? —Le devolvió la sonrisa emocionada—. Eso es un alivio. ¡Pero claro! ¿Cómo olvidarías a tu mejor amiga?
—¿Mejor amiga? —dijo con una sonrisa irónica—. Yo nunca sería amiga de una arpía como tú, Petra —espetó con rabia. Lidia se quedó estupefacta—. ¿Sorprendida? Te conocí cuando me engañaste en la ciudad de Zafiro, pero no volveré a caer en tu juego, víbora.
—¿Qué dices? —Lidia preguntó nerviosa y empezó a negar con la cabeza—. Yo soy Lidia, tu amiga. ¿Recuerdas?
—¿Lidia? —Dejó salir una risa irónica, pero débil, ya que estaba bajo el efecto del medicamento—. ¿Es esa tu fachada? No sé qué se hayan inventado Dimitri, Kara y tú, pero no permitiré que se salgan con la suya —dijo amenazante ganando la mirada sospechosa de Edward. Lidia disimuló pesar y la empezó a tratar como si hubiera perdido la razón.
—Deja de tratarme como loca. —Nora advirtió—. Todo es un plan, ¿cierto?
—Nora... —Marcos la interrumpió aterrado y preocupado. Le dolía verla en ese estado—. ¿Qué te sucedió? Estabas bien antes de esa conferen... —hizo una pausa y miró la joya con curiosidad, más no expresó palabras.
Nora lo miró un rato como si tratara de reconocerlo, ciertamente se le hacía familiar, Pero... ¿Dónde lo había visto?
—¿Te conozco? —Ella preguntó analizándolo con la mirada. Un brillo de esperanza emanó de las miradas de Edward y Marcos.
—Sí, soy Marcos. Somos amigos y compañeros de trabajo.
—¿Eres un guerrero? —preguntó confundida—. No recuerdo a un guerrero llamado Marcos —seguía estudiándolo con intensidad, pero no podía recordarlo. Lidia miró a Marcos con recelo. ¿Por qué Leela lo reconoció si él no pertenecía a Destello?
—Debo irme —Lidia se paró con prisa—. Volveré mañana a estar con ella —se dirigió a los hombres en la habitación—. Cuídenla bien, buscaré la forma de contactar con su padre. —Cuando dijo la última palabra Edward y Marcos la miraron con sorpresa—. No tengo tiempo de explicaciones ahora —dijo adivinando sus expresiones—. Pero trataré de dar con él lo más pronto posible —sonrió.
—No le crean —Nora balbuceó—. Ella es peligrosa y engañosa... no le crean... —Una enfermera entró en ese momento y empezó a medicarla. Minutos después Nora volvió a dormirse.
—No entiendo por qué la mantienen durmiendo —Edward se quejó—. Tiene una semana aquí y el psiquiatra no nos ha dicho nada, solo la mantienen bajo los efectos de un medicamento que ni siquiera nos dicen cuál es —su respiración se agitó. Lidia y la enfermera se miraron con complicidad y la segunda se dirigió a Edward con rudeza.
—Sr. Anderson, el doctor tiene sus métodos de trabajo. Él es muy reconocido e impecable en lo que hace; además, ningún familiar se ha presentado para que demos información sobre la paciente.
—¡¿Ningún familiar?! —exclamó escandalizado—. Yo soy su novio y el responsable de velar por su bienestar.
—Eso no es válido para este hospital —La mujer gruñó.
—¡¿Qué rayos?! —la ira ante el descaro de aquella enfermera le subió a la cabeza alterando su razón—. ¿Está usted loca? Para que pierdo mi tiempo con usted, voy a hablar con el manager de este lugar y me voy a llevar a mi novia. —Hizo énfasis en las últimas palabras.
—Usted no tiene ningún poder legal para hacer eso, señor Anderson —la enfermera lo enfrentó con soberbia y salió dejándolo con la palabra en la boca.
—Sr. Anderson, cálmese —Marcos lo abordó y topó su hombro para tranquilizarlo.
Edward respiró y desarregló su cabello como tratando de recuperar la compostura.
—¿Quien se cree esa mujer que es? —preguntó con gran frustración e impotencia—. ¿No tengo poder legal para reclamar, pero sí para pagar? Debe estar delirando si cree que pueden hacer lo que quieran con Nora.
—Señor Anderson —Lidia se acercó a él—. Debe confiar en ellos. Éste es el mejor hospital psiquiátrico de la ciudad —dejó salir un suspiro de pesar, mientras miraba a Nora, luego volvió la mirada a él—. Tengo mucha prisa, pero les prometo que buscaré la forma de contactar con el señor Allen —dicho esto se despidió y se marchó. Edward la miró con recelo, pues no confiaba en ella.
—Señor Anderson, ¿podemos hablar? —Marcos pidió, sacándolo de su ensoñación.
Se dirigieron a una cafetería que quedaba cerca del hospital. Él lugar era tranquilo y muy peculiar. En la parte de atrás tenía sillas con mesitas rodeadas de árboles y hermosos jardines. Las mesas eran separadas y con su propio jardín, dando un ambiente de privacidad. Marcos sacó un mapa de su bolso y lo miraba frunciendo el entrecejo, mientras que Edward lo observaba como si fuera un bicho raro.
—Señor Anderson... —dijo con seriedad y algo de duda, pues, con toda la información que tenía, temía ser el próximo interno en el psiquiátrico—. No sé por dónde empezar. —Sonrió nervioso—. Una pregunta, ¿usted cree que Nora esté loca? —Miró a Edward expectante.
—Yo... —respiró abrumado y sin saber qué responder—. No lo sé... Si no hubiera vivido ciertas cosas junto a ella, estuviera seguro de que no está bien de la cabeza, pero... entonces, yo también tendría que estar interno en ese hospital —se lamentó.
—Yo también —afirmó Marcos—. La razón por la que acudo a usted, es porque sé lo mucho que la quiere y entiendo que usted al igual que nosotros, ve las luces en el cielo. —Lo miró fijamente a los ojos—. Yo estoy teniendo sueños con un anciano, un príncipe, una guerrera, dos joyas y una roca hermosa llena de luz a la que llaman fuente de energía. Los sueños no son claros, pero tengo mis teorías —suspiró—. No soporto ver a Nora así, quizás no es correcto decirle esto a usted, pero, yo la quiero —bajó el rostro con tristeza.
—Lo sé. —Edward respondió con una leve sonrisa para hacerle entender que no estaba molesto. Marcos respiró con alivio y sonrió de vuelta—. No te culpo, Nora es... —sonrió como tonto—, la mujer más interesante que he conocido, ella es maravillosa y hermosa. Sé que es muy pronto para decir esto, pero de verdad la amo y haré hasta lo imposible para sacarla de esta situación tan desconcertante.
—Me alegra escuchar eso, Anderson —lo miró con satisfacción—, porque necesito fiarme de alguien que nos ayude a buscar las respuestas que Nora y yo perseguimos. Mire —le mostró el mapa—, aquí fue donde usted y Nora estaban aquella noche. Ese día en específico y en ese lugar, se abrió un espacio dimensional entre este mundo y uno paralelo al nuestro. Lo supe porque encontré un manuscrito sobre mi cama que me lo explicaba. No sé de dónde rayos salen esos manuscritos, pero me hablan de unos guardianes que debo guiar —el mestizo explicó nervioso observando el rostro fruncido de Edward. Marcos le contó sobre todo lo que hablaba con Nora, incluyendo la joya que vio sobre su cuello. Le dijo que había soñado con dos joyas similares a esa.
Edward lo escuchaba atento y en silencio; guardando cada información que recibía y fingiendo asombro. Pues, no confiaría en nadie; más bien, recolectaría toda la información posible para buscar esas respuestas que necesitaba.
Al día siguiente...
Edward habló con la gerencia del hospital y ellos se disculparon por la forma poco ética conque la enfermera manejó la situación y le dijeron que el doctor le iba a dar toda la información que necesitara. El psiquiatra iba a ver a Nora ese día para empezar su terapia y explicarle a Edward el proceso, ya que él era la única persona cercana a ella.
Marcos fue a visitar a Nora y se encontraba sentado al lado de Edward, como forma de darle apoyo. Edward siempre se iba a trabajar temprano y después del almuerzo, iba a quedarse con Nora hasta que anochecía. Su rostro estaba pálido y cansado lo cual no era conveniente, dada su condición de salud.
Edward se sentó al lado de Nora al percatarse de que ella abrió los ojos. Últimamente, ella se veía más débil e ida que al principio y las únicas palabras que balbuceaba, eran de advertencia contra Lidia, a quien llamaba Petra.
—Jing... —balbuceó con dificultad mientras lo buscaba con la mirada. Él acarició su mejilla y sus ojos se encontraron, provocando que su corazón palpite con agitación. Dejó un beso sobre su frente y le sonrió con dulzura—. Sácame de aquí..., es una trampa —susurró mirándolo con ruegos, cosa que a él le partía el corazón.
—No te preocupes. —Acarició su mejilla derecha con ternura mientras se perdía en esos ojos grises que reflejaban frustración y tristeza—. No dejaré que nadie te dañe. Pero debes poner de tu parte, amor —dejó un casto beso sobre sus labios, ella cerró los ojos disfrutando el contacto—. Verás que pronto saldrás de aquí y todo será como antes. —Acarició su cabello.
—¿Por qué dices que no somos esposos? —Ella preguntó con tristeza—. Nos casamos y hasta hicimos el amor —dos lágrimas recorrieron sus mejillas—. ¿Por qué dices que solo somos novios? ¿Te borraron tus pensamientos? ¿Pasó aquello que presentí? ¿Recuerdas nuestra promesa? “Yo te sueño y tú me pintas si borran nuestros recuerdos o si nos encontramos en un mundo paralelo. Así nadie podrá romper nuestro lazo” —dijo con lágrimas en los ojos. Edward la miró perturbado y empezó a temblar. ¿Se estaría volviendo loco junto con ella? ¿O de verdad él no era Edward y era otra persona? O... Tal vez, los recuerdos de que él la pintaba estaban en su subconsciente y ella lo relacionó con su delirio.
La puerta se abrió y un doctor, una enfermera, Lidia y un señor de unos cincuenta años, entraron al cuarto. Edward y Marcos se pararon por instinto observando a las personas que hicieron presencia.
Después de un cortés saludo, el doctor se dirigió a Edward.
—Señor Anderson, tengo entendido que usted quiere llevarse a la paciente a otro hospital —Edward asintió y el doctor lo miró con fingido pesar—. Lo siento, pero eso no será posible —informó con seriedad y Edward lo miró sorprendido.
—¿Qué está diciendo? —lo confrontó molesto y confundido.
—No podrá llevarse a la paciente porque su padre decidió que ella será tratada en este lugar y, como la paciente no está en condiciones de tomar decisiones, el señor Allen tiene todo el poder legal sobre ella. Él nos trajo su historial clínico y, al parecer, ésta no es la primera vez que la señorita Allen ha estado interna en un hospital psiquiátrico. —El doctor respondió mientras sujetaba unas carpetas en sus manos.
—¿Su padre? —Edward miró al desconocido con desconcierto—. Pero, Nora no tiene familia... — tembló de los nervios.
—Mucho gusto, señor Anderson. —El desconocido saludó con respeto y timidez—. No se imagina lo agradecido que estoy por todo lo que ha hecho por mi hija. No vea esto como una afrenta, yo... —bajó el rostro con pesar, cansancio y tristeza—. No se imagina lo difícil que ha sido nuestra vida —el hombre dejó salir una lágrima—. No es fácil para un padre ver a su hija colapsar. Después de la última intervención psiquiátrica, Nora se recuperó bien y no se imagina la felicidad y paz que sentí cuando ella fue contratada por su empresa y empezó a llevar una vida normal. Solo... que se alejó de mí, al parecer, le volvió la amnesia, es uno de los síntomas de su enfermedad —Edward sintió que su corazón se partió en pedazos.
—No puedo creerlo... No... No... —negaba nervioso y con mirada aturdida y perdida.
—No me he presentado de manera correcta —el desconocido secó sus lágrimas y le dedicó una sonrisa—. Mi nombre es Gabriel Allen, el padre de Nora Allen —Edward lo miró fijamente y con tristeza, pues hubiera preferido conocerlo bajo otras circunstancias. El hombre se acercó lentamente a Nora y se agachó frente a la cama. Ella no estaba atenta a la conversación anterior, pues se le era difícil mantenerse sobria bajo los efectos de los medicamentos que le suministraban.
—¿Quién es usted? —Lo miró escéptica y a la defensiva.
—Soy yo, calabacita. Soy papi. —El hombre sonrió con ternura mientras sostenía su mano con delicadeza.
Nora quitó su mano con rechazo y lo miró incrédula.
—Usted no es mi padre, mi padre murió en batalla —lo miró ofendida—, y no me llame calabacita, mi nombre es... —Posó su mano sobre su frente y arrugó el rostro como si sintiera dolor, luego miró a todos los presentes frunciendo el ceño y con hastío—. Mi nombre es... y esto va para todos —advirtió recorriendo a los presentes con la mirada—. Mi nombre es Leela Brown.