Capítulo 42 (parte 2)
La habitación estaba adornada de rosas rojas y la cama cubierta de suaves sábanas blancas. Había suficiente luz para poder apreciar la hermosa decoración. Jing entró a la habitación nervioso con el pecho descubierto y con su pantalón desahogado blanco. Leela estaba sentada sobre la cama con un vestido corto, desahogado y blanco transparente sin nada más abajo. Su cabello estaba en plena libertad y tenía una rosa roja en la mano. Jing tenía su cabello suelto también y el pantalón transparente sin nada abajo, como era la costumbre en Zafiro, en la noche de bodas.
Él se quedó de pie frente a ella. No sabía cómo iniciar aquello, puesto que esta vez no sería un encuentro casual con una mujer de mala vida; esta noche se entregaría a la mujer que amaba. Estaba tan nervioso que sintió un leve mareo, pues temía no poder hacerlo, ya que hacía un año no estaba con una mujer y el temor de revivir su trauma lo frisaba. Leela lo miró sonriente y era obvio su nerviosismo, puesto que esta sería su primera vez. Ella temía no ser suficiente para él, debido a que Jing era considerado ser un experto en el arte de amar y ella no tenía ni idea de qué hacer. Pero su gran temor era que él sintiera con ella lo mismo que con sus anteriores amantes. No podría soportar aquello. Una idea pasó por su cabeza y se puso de pies frente al príncipe.
—Juguemos —propuso de repente, ganando la mirada confundida de Jing—. Esta rosa es nuestro amor. —Acercó la flor a la nariz de su esposo y éste disfrutó de su olor—. Su aroma te dirá que estoy presente y que no estás solo. Cada vez que sientas temor te aferrarás a su olor. —Él asintió y ella sonrió con picardía—. Ahora príncipe, ven por mí. Ni creas que te la voy a poner tan fácil. Deberás atraparme y al mismo tiempo proteger la flor. Recuerda que es nuestro amor —Leela tiró la rosa, más Jing la atrapó evitando que caiga al piso. Ella saltó dejando el suelo y flotando alrededor de la habitación, mientras Jing intentaba atraparla sin maltratar la flor. Hizo varias piruetas y atacó la rosa que él sostenía, él la esquivó para luego tirar a la flor e ir tras Leela. Ella saltó sobre la rosa, pero él la tomó primero que ella. Luego él la atrapó por la cintura, la soltó haciéndola girar, acto seguido la jaló por el vestido, rompiéndolo en dos y descubriendo su desnudez.
Se quedó estático observándola maravillado por unos segundos, un chillido de parte de ella lo sacó de su trance y se lanzó sobre ella, pero Leela dio una vuelta sobre la cama y saltó al piso. Jing se dejó caer en contra de Leela al girar por encima de la habitación, sin embargo, ésta jaló de su pantalón, el cual se abrió en dos quedando desnudo frente a ella y con la rosa en mano. Leela iba a escapar, pero él la tomó de la cintura y saltó junto con ella. Ambos se abrazaron en el aire y luego cayeron sobre la cama entre risas. Jing estaba sobre ella y mostró la rosa intacta. Leela sonrió y lo volteó quedando arriba de éste. Jing la miraba con curiosidad mientras ella empezó a besar su cuello con delicadeza.
—Jing, recuerda que, si sientes miedo o alguna sensación desagradable, el olor de la rosa te traerá aquí conmigo. No lo olvides, solo somos tú y yo en nuestro nido de amor y nadie más puede acceder. —Él asintió dudoso y ella empezó a masajear su torso con delicadeza, mientras dejaba varios besos sobre éste. Los besos fueron más intensos y las caricias más atrevidas. Jing respiró con dificultad y olfateó la rosa, a su vez Leela siguió su recorrido tratando de disimular los nervios, pues él la necesitaba fuerte en ese momento. No permitiría que el lecho con su esposo fuera compartido con los fantasmas del pasado ni mucho menos que él no disfrutara ese momento con ella.
Ella se aferró a su cuello más él empezó a recordar...
—¡Tócame! —La voz de una señora demandaba con violencia, quien empezó a tocarlo y besarlo con brusquedad. El asco inundó su piel y le dio náuseas.
—¡Jing! —Una dulce voz hizo que mirara al lado opuesto de aquella desagradable mujer—. Mírame, huéleme… —La voz le pidió con ternura. Miró su mano derecha y había una rosa roja.
—¡No! —La señora llamó su atención—. El rey me mandó para hacerte hombre.
—Jing, amor, solo estamos tu y yo, ¿recuerdas? —Escuchó la dulce voz, entonces olfateó la rosa que estaba en su mano y se vio en la habitación con luz, ya no había oscuridad y la mujer desagradable había desaparecido. Miró al frente con lágrimas en sus ojos y se encontró con esos hermosos orbes grises. Un brillo sutil se desprendió de la joya y de repente escalofríos recorrieron su piel.
Besó a su esposa con anhelo y deseo y la puso debajo de su regazo, cubriendo toda su piel con sus deliciosos besos.
—Ya no necesito la flor —dijo con picardía y volvió besar sus labios con fervor, mientras sus manos traviesas tocaban el cuerpo de su amada. Estaban envuelto en gran éxtasis y la delicia de su intimidad los enloquecía. Sus dedos se movían de forma circular sobre los frutos duros de ella, haciéndola estremecer del placer. El príncipe gruñó al saborear la tan anhelada piel, con la que tanto había soñado. Todo le era tan irreal, ella estaba en su cama, su desnudez expuesta a él y sus pieles haciendo fricción. Corrientes eléctricas lo recorrían desde los pies a la cabeza, olas de sensaciones deliciosas, escalofríos y punzones en el estómago lo estaban enloqueciendo…
En la habitación con luz y rosas, dos amantes se conocían y unían. Y un poema se oía en todo Destello. Un anciano y un joven mestizo sentados en una roca frente al río de Luan, escuchaban los versos que se formaban en los aires de Destello.
Estrofa 1
Exploración y curiosidad
Ambivalencia y temor
Deseos y nervios
Inocencia en extinción.
—Jing... —Sus besos y caricias la enloquecían y sus nervios desaparecían.
Estrofa 2
Castidad muriendo
Delicioso jugueteo
Inexperiencia y descubrimiento
Ardiente sentimiento.
—Leela... mi amor, ten cuidado. —Dejó salir una risita.
Y ambos se sumieron en su deleite y goce.
Estrofa 3
Libido encendida
Temblores y placer
Combinación de sensaciones
Recorren el prodigioso ser.
Estrofa 4
Delicioso al paladar
El néctar a succionar
El tacto se hace perfecto
¡Ha llegado el momento!
Y aquí viene la parte difícil... —Seré delicado, amada.
Estrofa 5
Un poco de temor
Y deseo a la vez
Forzar con delicadeza
Quitar la incómoda barrera.
Estrofa 6
Dolor y viscosidad
Color intenso y cálido
Formación de un solo ser
Unidos en placer.
Clímax...
Estrofa 7
Escalofríos, sudor
sensación electrizante
Gemidos y risas,
cosquilleo embriagante.
Un brillo salió de las gargantillas y se expandió en toda la habitación. Se escabulló por la ventana y todo Zafiro fue cubierta por gotitas de luces. Luego, un hermoso patio fue cubierto de un esplendor que se trasladó por en medio de los árboles y se detuvo en una planicie. El resplandor cubrió el suelo y la luz se adentró en éste como si la tierra se la hubiera tragado.
—Odiel... ¡Por fin los guardianes ya son uno y la fuente está sellada! —El anciano celebró y dejó salir un bostezo—. ¡Enhorabuena! Voy a dormir, estoy tan cansado... —Volvió a bostezar.
***
—Guau... —Jing estaba aún sobre Leela, mirándola con sorpresa y maravillado del resultado. Ambos estaban bañados en sudor y con la respiración agitada, calambres y la sensación de placer en su piel—. Eso fue... increíble, nunca había tenido tal experiencia —exclamó con fascinación—. Se siente bien, estoy satisfecho y no me siento culpable ni sucio. Me encantó —Dejó salir una lágrima—. Te amo, Leela; te amo, mi gatita salvaje.
Leela besó sus labios con dulzura y luego lo miró con una sonrisita pícara.
—Jing, no sabía que eso fuera tan bueno. ¿Cuántas veces al día podemos hacerlo?
—¿Qué? —Jing la miró desconcertado—. ¡Vaya! Creo que te va mejor tigresa, y no salvaje, tigresa en celo. —Dejó salir una risita y Leela le pegó en el hombro. Él se recostó sobre su pecho y sonrió de la felicidad. Sintió como todo su cuerpo se relajó, se colocó al lado de su esposa y la cubrió con sus fuertes brazos, quedándose dormido en el refugio y goce de su calor.
✨ No sólo el príncipe rescata a la princesa, a veces, la princesa tiene que salvarlo a él. ✨
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El sol salió con todo su esplendor y los cantos de los pajaritos anunciaron un bello amanecer en Zafiro. El ambiente se sentía agradable y el amor rondaba por los aires.
—Ahhhh.... —Leela dejó salir un largo bostezo que despertó a Jing. Él la miró con ternura y la abrazó con fuerza.
—Creí que fue un dulce sueño, pero es mi dulce realidad. —Él besó su mejilla con gran felicidad.
—Jing, necesito un baño de agua caliente con flores. Me duele todo el cuerpo —se quejó estirando sus brazos.
—Es que el ejercicio fue intenso —respondió malicioso—. ¡Y eso que fue tu primera vez! Eres puro fuego, tigresa.
—Bueno..., tigresa es mejor que caramelito. —Leela sonrió y besó su nariz.
—Quiero ese beso en otro lado —demandó.
—Solo si me atrapas. —Ella retó en tono juguetón y saltó de la cama. El la siguió hasta el baño y ambos se metieron a la gran y lujosa bañera que había sido preparada la noche anterior con flores aromáticas. Los recién casados jugueteaban con el agua como dos niños pequeños. Después del baño, Jing cargó a su esposa y la puso sobre la cama. Leela sonrió nerviosa ante la expectativa de lo que iba a suceder y su corazón latió con gran agitación. Los besos de su amado la transportaron a otra dimensión donde solo ellos dos existían.
—Se siente muy bien… —Leela arrastró las palabras por el intenso placer que sus labios le provocaban, escalofríos recorrieron su piel y un cosquilleo agradable le hizo entender que había llegado a la cima. Jin la sentó sobre su regazo mientras atacaba su cuello y sus manos jugueteaban con esos frutos que tanto a él le gustaban. Sus deliciosos y sincronizados movimientos se hacían cada vez más rápidos e intensos, gemidos y palabras cursis llenaban aquella habitación. Sus jadeos eran fuertes, pues salían del alma y a ninguno les inquietaba la posibilidad de ser escuchados en su sesión de amor matutina.
—¡Qué delicia! —Jing expresó en un gemido que llenó la habitación y recostó su cabeza sobre el hombro de su esposa, quien minutos antes había visto la gloria y se deleitaba con las expresiones de él. Agitados, sudorosos y sonrientes, esta pareja empezó la primera mañana de su matrimonio.
***
Jing y Leela se encerraron en la mansión por dos días, y solo salían de la habitación a comer y entrenar un poco de artes marciales.
—Hoy empieza nuestro trabajo, tigresa —Jing la rodeó con sus brazos—. Debemos reunirnos y revisar todos los informes que recolectamos sobre la muerte del rey y su familia. Mañana tengo reunión con el consejo y Kara estará allá. Según escuché, ella está reclamando el reino del Norte. Debemos encontrar algo que la involucre con Dimitri y Petra.
—Petra es quien hirió a Bruno, ¿cierto?
—Esa misma. Ella es muy peligrosa y engañosa. Es una arpía de lo peor que sabe cómo engatusar a las personas y ponerles trampas sutiles —Jing contestó.
***
Leela estaba en la ciudad de Zafiro, pues ellos fueron informados de que había personas de Dimitri husmeando en la ciudad. Leela vio a una mujer herida en un callejón y fue a su rescate.
—¡Ayuda! —La joven gritó desesperada—. Ese hombre se llevó mi bolsa y ahí tengo todas mis ganancias.
—¡Estás herida! —Leela la miró horrorizada.
—¡Vaya por mi bolso, por favor!
Leela corrió tras aquel hombre que parecía un mendigo. El tipo saltaba por los techos de la ciudad tratando de huir; Leela se abalanzó sobre él al notar que era un guerrero.
—¿Qué es eso? —Leela lo interrogó maliciosa mientras apuntaba a la bolsa que él había robado.
—Princesa. —El guerrero se postró ante ella y Leela reconoció la pulsera. Jing los había identificado con joyas de diferentes colores conforme el rango, para que se identificaran entre ellos.
—Eres de lo nuestro... —Ella se quedó pensativa—, entonces ella... ¡Rayos! —se lamentó.
—No se preocupe, logré quitarle la información. —El guerrero le pasó la bolsa. Leela la abrió y maldijo al verla llena de papeles en blanco.
—¡Desgraciada! —Golpeó sus puños—. Me engañó. Ahora te conozco, Petra, otro día no te saldrás con la tuya.
***
Petra se ocultó en una cabaña, donde vio a Dimitri sentado.
—Estás herida, Petra. —Dimitri la miró entretenido.
—Tuve un percance. Por poco y Búho me atrapa por culpa de esta herida, por suerte no me conoce y pude engañarla y así despistarla. Fue fácil burlarme de ese par. A él le hice creer que se llevaba la información, y a ella que él era el ladrón. —Dejó salir una carcajada—. Eso me dio tiempo para escapar.
—Eres buena actriz —le elogió sonriente—. Ahora ve a limpiarte esa herida, es tan desagradable —dijo con asco. Petra se fue al baño y él se levantó del pequeño sofá, miró la carta y esbozó una sonrisa retorcida.
—Búho, te casaste con Jing. Lástima que la felicidad no te durará mucho; pronto la fuente y Destello serán nuestros y tal vez, considere dejarte con vida. Una mujer viuda y sin nada más que perder es fácil de manipular. Quién sabe, quizás deje que me beses otra vez.
***
Jing se presentó al consejo y fue cuestionado por el descuido para con el rey y su familia. Él mostró algunas pruebas que incriminaban a Dimitri y a Petra, gracias a la información que les sacó a los traidores que había atrapado; no obstante, ellos no quedaron muy convencidos. Kara pudo demostrar inocencia en cuanto al hecho de que casualmente ella fue la única sobreviviente de su familia, aludiendo que había sido capturada durante la guerra por rebeldes que querían manipular a su padre para que le den parte del reino del Norte. Esto lo demostró enseñando sus heridas, más las declaraciones de varios guerreros del reino del Norte, quienes apoyaron su argumento. Jing dudaba de la integridad de la mayoría del consejo, después de todo, gran parte pertenecía al Reino del Norte y algunas comunidades que se unieron a Dimitri y al rey Joaquín. Era obvio que buscarían la manera de difamar al reino del Sur, pues la fuente era la manzana de la discordia, aunque muchos de ellos no se atrevieran a oponerse a ellos de forma directa. Fue así como Kara reclamó la corona de aquella región, puesto que era la única heredera del rey Joaquín. Por supuesto, Jing sabía que era una fachada creada por Dimitri para tomar el poder él; sabía que se traía algo más entre manos y no descansaría hasta descubrirlo.
Jing regresó a su mansión después de una semana fuera de Zafiro. Ansiaba ver a su amada esposa. Después de un baño reconfortante fue a su Dojo, seguro de que ella estaba allí. Llevaba una bolsa en mano muy entusiasmado.
Leela estaba haciendo ejercicios de respiración, antes de entrenar. Un aroma conocido la hizo pararse de golpe.
—¡Jing! —gritó emocionada y le saltó encima. Se besaron con fervor por unos minutos, luego se sentaron en el piso de madera y él le entregó la bolsa. Ella la abrió entusiasmada y él sonrió al ver lo tierna que se veía buscando dentro de esta.
—¡Pastel de chocolate! —gritó eufórica y empezó a devorar el postre. Él se acercó a ella y ésta le embarró la cara.
—¡Oye! —reclamó frunciendo el ceño y ella rio como loca. Él sonrió malicioso y tomó un trozo del pastel e hizo lo mismo. Entonces, empezó la guerra. Minutos después, ambos yacían sobre el suelo embarrados de chocolate. Jing optó por lamer el dulce sabor en el cuello y rostro de Leela, quien a su vez lo imitó. Entonces, ambos saboreaban los restos de pastel sobre sus cuerpos. Unos cuarenta minutos después, los dos estaban abrazados y llenos de sudor, recuperando la compostura perdida por aquel placentero ejercicio. Se miraron a los ojos con una sonrisa de complicidad y se besaron con fervor.
—Te amo y siempre te amaré, príncipe Jing —le dijo con dulzura, mientras acariciaba su mejilla.
—Yo también te amo y siempre te amaré, mi tigresa salvaje.
—Si algún día borraran mi memoria, aun así, te amaré.
—¿Y por qué borrarían tu memoria? —Jing la miró divertido.
—No lo sé. —Rio—. Pero te prometo que pase lo que pase te voy a amar; así estemos en un mundo paralelo y me quiten tus recuerdos, entonces, Príncipe Jing Patrick Chen, voy a soñar contigo para mantenerte en mi corazón.
—Pues, Princesa Leela Patrick Brown, si eso llegara a pasar, yo te voy a dibujar y pintar para que así permanezcas a mi lado y no me sienta solo jamás.
—¿Lo prometes? —Ella lo miró con los ojos cristalizados.
—Sí. ¿Y tú?
—Yo también lo prometo —dicho esto, se besaron con dulzura mientras unas lágrimas rodaron por sus mejillas sin saber la razón de ello. Un brillo sutil y dorado rodeó las joyas, más ellos no lo notaron.