Capítulo 42
Era la segunda vez que Jing derramaba todo su interior en llanto frente a Leela y a ella le llenaba de felicidad poder tener esa intimidad con él. Ambos lloraban con fuerza y libertad mientras se aferraban en un fuerte abrazo donde se sentían seguros y dónde encontraban consuelo y refugio. Jing pegó su frente a la de ella, mirándola con intensidad y con el rostro mojado.
—Gracias... —susurró sobre sus labios causando que ella se estremeciera al sentir su cálido aliento sobre su rostro. Las manos de él temblaban y las palabras se le dificultaban, pero poco a poco, su respiración volvió a estar calmada y su corazón latía con más tranquilidad. Una paz que jamás había experimentado se apoderó de su ser y una sensación de felicidad lo embargó. ¡Se sentía tan relajado y liviano! Como si se hubiera desecho de una gran carga.
—Jing —Leela le sonrió con ternura—, te amo. —Él la besó en la boca con vehemencia y ella se aferró a su cuello, siguiendo su ritmo. Sus labios suaves apretaban fuerte los de ella, provocándole un dulce cosquilleo. Los saboreó con tanto deleite que creyó que no podía existir mejor goce que ese. Mientras más los degustaba, más los deseaba. Era insaciable la sensación de deseo y lo deliciosa que se encontraba su boca. Ella le dio una pequeña mordida y él tembló ante el placer que eso le provocó. La falta de aire los separó, y sus miradas se quedaron conectadas con gran intensidad. Sus labios estaban rojos e hinchados y aún sentían el sabor del beso en ellos, pero el toque de la puerta los sacó de su ensoñación.
El sirviente anunció la visita y él le pidió unos minutos para poder recomponerse. Secaron sus lágrimas y trataron de lucir normal. Una mujer de unos cuarenta años entró con dos chicas más, después de un cordial saludo y las reverencias de lugar, Leela fue escoltada por ellas para ser preparada para el almuerzo con los reyes.
***
Dos horas más tarde, Jing esperaba a Leela en la sala con su traje elegante con forma de túnica en el cuello de color negro. Tenía botones y cintas color naranja intenso que cerraban la chaqueta. Su cabello estaba recogido hacia atrás con una cola amarrada con nitidez detrás de su cuello. El príncipe se quedó petrificado y con la boca abierta al ver bajar a su hermosa novia. Se veía bella y delicada en su vestido con escote tipo envuelto, parecido a los antiguos vestidos egipcios; con dos cinturones dorados y delgados pegados a su cintura, similares al brazalete que estaba en su antebrazo y a las pulseras de su mano izquierda. Llevaba unas sandalias altas y doradas como los brazaletes y cinturones. Su largo cabello estaba más ondulado y brilloso que de costumbre, recogidos a un lado, dejando salir mechones de grandes ondas sobre su rostro. El maquillaje era suave y el labial del mismo color del vestido. Nunca la había visto tan bien vestida y elegante. Parecía otra persona, puesto que ella como guerrera, no se arreglaba mucho.
—¡Guau! —expresó mirándola como tonto—. Estás..., guau, me dan ganas de comerte. —Leela se sonrojó y él se acercó seductor, pero Megan no dejó que la besara para que no le arruinara el maquillaje.
***
Llegaron al palacio y se dirigieron a un salón donde los esperaba el festín. Allí estaban los reyes, Robert y Clara; sus amigos e invitados cercanos de la realeza, así como algunos familiares. Las miradas se posaron sobre ellos cuando entraron al lujoso salón. Empezaron los saludos, las felicitaciones, las preguntas incómodas y algunas miradas de desprecio hacia Leela.
—¡Quién lo diría! —Bruno se dirigió a ellos con una gran sonrisa.
—Guau, Búho. ¡Estás hermosa! —Esteban expresó mirándola de arriba abajo con fascinación. Nico le pegó en la cabeza y le dedicó una mirada de desaprobación—. ¿Qué? —Esteban cuestionó mirándolo mal—. Ya todos saben que ella es Búho.
—No es eso, tarado. —Nico lo miró arrugando el rostro—. No se mira de esa forma a la chica de un amigo. Límpiate las babas y deja de comértela con la mirada —reclamó.
—¡Qué exagerado! —Esteban se quejó—. Solo alabé su belleza.
—Sí, claro. —Bruno lo miró con sarcasmo—. Si casi queda embarazada con la lujuria que salió de tu mirada.
—¿Podrían dejar de hablar tantas estupideces? —Jing reclamó enojado—. ¡Son tan infantiles!
—Y tú estás que no te cambias por nadie. —Bruno lo miró con picardía—. Y hasta te ves más relajado..., me imagino todo lo que te has divertido en estos días.
—¡Oye! —Leela se quejó sonrojada—. Respeta, atrevido. Nosotros no hemos hecho nada de eso, vamos a esperar a casarnos. No somos unos promiscuos como ustedes.
—¿Esperar a casarse? —Nico espetó divertido—. Y los peces vuelan y las aves nadan. Con las ganas que ustedes se han tenido todo este tiempo, me imagino que la cama de Jing debe estar hecha añicos ahora mismo. —Los tres amigos rieron a carcajadas, mientras Jing los fulminaba con la mirada.
—¡Ah! —Leela gritó escandalizada, más Jing la tomó de las manos y se alejó de ellos molesto.
—No les hagas caso a esos tontos —Jing acarició su mejilla con ternura—, si te escandalizas con todo lo que dicen, serás el blanco de sus bromas.
—Son unos idiotas irrespetuosos. —Se cruzó de brazos sonrojada—. ¡Cómo se atreven!
—Ya, preciosa. —Jing rodeó su cintura con sus brazos y le dio un casto beso en los labios. Ella sonrió y le devolvió el mismo beso.
El sonido de una copa llamó la atención de los presentes, quienes dirigieron su mirada hacia el rey.
—Quiero agradecerles a todos por acompañarnos hoy al almuerzo de compromiso del príncipe Jing, mi hijo menor; quien finalmente encontró su complemento y va a dar ese paso que la familia Patrick considera un escalón muy importante y especial, y que representa un gran logro para continuar con nuestro linaje. Sé que todos esperaban que el príncipe se casara con la princesa Elena de la tribu de Cristal, pero desafortunadamente, ella no era la escogida por Jing, como siempre mi hijo menor escoge lo más bajo e insignificante. Es por esto, que nuestro hijo mayor, Robert Patrick, es el orgullo de la familia. Su gusto refinado nos dará hijos de sangre pura de la realeza y él será un rey fuerte y con carácter que sabrá reinar Zafiro como el hombre digno de representar a la familia Patrick que es. —Casi todos los presentes miraron a Jing y a Leela con burla y desprecio—. Les agradezco de todo corazón que se sacrificaran para asistir a un compromiso de un príncipe con una chica sin origen ni clase. Gracias por su apoyo, en este momento tan difícil que atraviesa mi familia, la cual ha caído en humillación y burla —dicho esto alzó la copa y brindó con sarcasmo por la felicidad de los futuros novios.
—¡Vámonos! —Jing se dirigió a Leela mientras sostenía su mano, tratando de no derramarse en pedazos delante de ella. Sus manos estaban frías y temblorosas y un nudo en la garganta le dificultaba el habla—. N-No tenemos que quedarnos —tartamudeó—. Vámonos ahora, mi amor.
Leela sostuvo sus manos con fuerza, como si en ellas encontrara el refugio que tanto necesitaba. Ellos iban a salir, cuando los guardias que aguardaban frente a la gran puerta pusieron sus lanzas en forma de equis sobre ésta, en señal de que no podían dejar el salón.
Se anunció a todos los invitados que se dirigieran al comedor gigante. Todos se sentaron y la incomodidad y la tensión llenó el lugar. Los reyes estaban sentados en el frente, Robert y su esposa a la derecha de ellos y Jing y Leela a la izquierda.
—Entonces, príncipe, su futura novia es una guerrera no real —comentó un familiar de parte de su padre con malicia en la mirada.
—Mi novia es la guerrera Leela Brown. Hija del gran guerrero John Brown, quien sirvió toda su vida a la corona y murió en batalla. Él fue un hombre ejemplar que dio su vida por nuestro reino, así como lo es su hija, mi futura esposa, con quién tengo el privilegio y honor de unir mi destino —dijo con mirada fulminante y amenazante.
—Pero, entonces, es huérfana —comentó una prima.
—Lo es. —Jing asintió perdiendo la paciencia—. Ella perdió lo más valioso que tenía para que ustedes puedan dormir en paz.
—Bueno, eso no es una gran pérdida —espetó un hombre mayor sin reparo—. Fue un simple guerrero no real, tenemos muchos de esos, ¿no? —Leela sintió que le faltaba el aire y empezó a temblar, ya que el esfuerzo que hacía para contener las lágrimas era muy grande. Jing acarició su hombro y la miró con tristeza. Entendía la intención de su madre con aquel almuerzo, pero no iba a permitir que lograra su cometido.
—Lamento mucho esta situación de compartir la misma mesa. —Leela dijo de repente, llamando la atención de los presentes—. Es muy desagradable y humillante. Personas de la nobleza con una guerrera no real sin clase. —Casi todos asintieron con satisfacción—. ¡Pobre de mí! Tener que soportar a personas tan huecas, venenosas y envidiosas. Me da asco si quiera respirar el mismo aire que ustedes.
Todos la miraron escandalizados a excepción de Jing y sus amigos, quienes sonrieron orgullosos.
—¿Osas ofender a la realeza? —Un conde le recriminó.
—Señorita Brown, venga conmigo. —La reina ordenó. Leela se paró de la mesa sin inmutarse y Jing fue tras ella. Cuando llegaron a un estudio, la reina le pidió a Jing que se quedara afuera. La señora y Leela se sentaron y la segunda esperaba desafiante la reprimenda de su suegra.
—Niña —la reina rompió el silencio—, yo no tengo nada en tu contra. Eres una buena guerrera y has servido con lealtad y entrega a Jing y al reino del Sur; sin embargo, yo no puedo aceptar esta boda. No es que a mí me importen los asuntos de diferencia social, no obstante, como puedes apreciar no todos piensan igual que yo, o que Jing. Imagínate vivir todos los días ese infierno de hace un rato. Yo sé que ustedes se aman, pero el amor no es suficiente para una relación exitosa. No quiero que mi hijo pase por esta humillación. Es por esto que te pido que desaparezcas de su vida voluntariamente. Si por la joya es, buscaremos una solución a eso. Debe haber algo que se pueda hacer para anular la decisión de la gargantilla —Leela se quedó petrificada al escuchar aquello. ¿Abandonar a Jing? ¿Después de todo lo que vivieron y lo que él le confesó? ¿Arriesgar la fuente y Destello? ¿Y todo por qué? ¿Por prejuicios y apariencias sociales? No pudo contener las lágrimas.
—Su majestad. —Bajó el rostro en ademán de respeto—. Lo siento, pero no puedo hacer lo que me pide. —la miró con desafío—. No importa que todo Destello se oponga a nuestra unión, Jing y yo nos pertenecemos y necesitamos, así como Destello nos necesita juntos. No sé qué piense Jing ahora, pero de mi parte, me aferraré a este amor como si mi vida dependiera de ello, porque mi vida sin Jing está incompleta, ya que el creador ha decidido que seamos una sola carne y un equipo que nada ni nadie podrá separar.
—Por mi parte, nadie nunca nos va a separar —Jing la interrumpió haciendo entrada.
—¿Estás seguro, Jing? —Su madre cuestionó indignada.
—Nunca había estado tan seguro en mi vida. —Miró a Leela con amor en sus ojos y le dedicó una hermosa sonrisa.
—Sabes que siempre va a ver tensión entre tu familia y ella. Sus hijos serán humillados y tu casa será vista como la vergüenza de la realeza —advirtió con tristeza y decepción.
—Mis hijos contarán con el amor y la guía de los guardianes de Destello y los mundos. Estarán orgullosos y felices de tener una familia que se ama, se apoya y que lucha por la justicia. —La miró decidido—. Por cierto, nuestra boda es pasado mañana, cerca del campamento de guerreros. Será una celebración modesta y privada con las personas que me sirven y me apoyan. Les enviaré una invitación en caso de que quieran rebajarse y asistir a nuestra unión. Lamento ser descortés, pero nosotros ya nos vamos —dicho esto, extendió su mano hacia Leela, quien se aferró a ella con firmeza; acto seguido, ambos se marcharon.
—Vamos a mi casa a comer, debes estar hambrienta. —Jing acarició la mano que sostenía. Ya habían salido del salón y se encontraban frente a la nave de él.
—Pues no llegué a probar los manjares del palacio, así que acepto tu invitación, príncipe. —Jing sonrió y la atrajo hacia él por la cintura.
—¿Cómo te sientes? —Acarició la nariz de ella con la de él.
—Mejor. ¿Cómo te sientes tú? —Ella acarició la mejilla de él.
—Libre y feliz —dicho esto, besó sus labios con dulzura y delicadeza.
Dos días después...
—¡Cálmate Leela! —Eli la reprendió—. ¡Vas a arruinar tu maquillaje!
Leela se movía de un lado a otro llena de ansiedad. El maestro Lee entró a la habitación y la abrazó, sorprendiendo a ambas chicas.
—¡Estoy tan feliz, Leela! —dijo con lágrimas en los ojos.
—Vaya, maestro. —Lo miró divertida—. Tendré que casarme más a menudo para poder ver algo de humanidad en usted.
—Deja de decir tonterías, muchacha. Vamos afuera que el príncipe va a sufrir un ataque si tardas más. —Sonrió malicioso.
El lugar era amplio y rodeado de árboles. Todos estaban de pie frente a un altar decorado con rosas y orquídeas blancas. El príncipe llevaba su traje de guerrero blanco y sin armadura. Su cabello estaba recogido en una larga cola y su mirada buscaba a Leela con desesperación. El murmullo en el lugar lo hizo mirar al final del camino, donde una joven con un largo y hermoso vestido blanco, con sus ondas sueltas y adornada de una corona de flores del mismo color; venía hacia él con su brazo entrelazado del maestro Lee, quien era más que su maestro. Él era ese padre que cuidó de ella cuando se quedó totalmente sola en el mundo. Él la recibió con una gran sonrisa y ella se sostuvo de su cálida mano, devolviendo el gesto. La ceremonia empezó y el maestro Lee tomó una jarra de oro con aceite y la derramó sobre los novios.
—Hoy todos ustedes son testigos de la unión de estos dos seres y del pacto de amor que ellos proclaman —expresó un señor vestido de blanco y todos empezaron a aplaudir. Jing y Leela firmaron unos documentos que estaban delante de ellos, luego Jing tomó un manto rojo y lo puso sobre la feliz novia, besó su mano derecha y ambos se abrazaron bajo la algarabía de los presentes. Un beso en los labios selló la promesa de amarse y respetarse hasta que la muerte los separe.