Capítulo 41
—¡Eli, estoy acabada! —Leela se lamentaba caminando de un lado a otro en la sala de su amiga, quien estaba sumida en sus más profundos pensamientos mientras acariciaba la pulsera que Ulises le dio—. ¿Me estás escuchando? —La miró con curiosidad—. ¿No es esa la pulsera de Ulises? —Tapó su boca con sus dos manos—. ¿Viste a Ulises?
—Él vino a despedirse de mí anoche —contestó con una sonrisa—. ¡Fue tan romántico! —dijo en un suspiro y Leela la miró aterrada.
—¿Te acostaste con él, jovencita? —le preguntó con reclamo—. Ulises se volvió un adicto al sexo después de que esa mala mujer le dio a probar. No puedo creer que hayas caído en su juego. —Se cruzó de brazos.
—¿Cómo crees? —Frunció el cejo—. Él no quiso acostarse conmigo. Me dijo que se iba a convertir en un buen hombre y entonces, vendrá por mí para que nos casemos. Me dio esta pulsera como símbolo de su promesa —sonrió acariciando la joya.
—¿Angelito dijo eso? —Leela preguntó con sorpresa y algo de emoción—. ¡Vaya! Ese Ulises es un bribón. Yo sabía que él sentía algo por ti, espero poder estar en su boda, aunque él no podrá estar en la mía —bajó el rostro con tristeza.
—¡Cero tristezas, Leela! —Eli la reprendió—. Disfruta este momento, después de tanto sufrimiento mereces ser feliz —la miró con una sonrisa y la abrazó.
—Estoy muy nerviosa. —Leela confesó mirando a Eli con horror—. Hoy seré anunciada como la prometida de Jing en un almuerzo que la reina preparó. Tengo miedo de poner a Jing en ridículo, yo... no sé cómo actuar en ese tipo de actividades y con ese tipo de personas.
—No te preocupes, solo sé tú misma. —Eli se quedó pensativa unos segundos—. Pensándolo mejor, no seas tú misma —se retractó—. Solo haz lo que haga el príncipe y no abras la boca.
—Gracias por darme ánimos. —Leela se quejó sarcástica—. Adiós, mala amiga.
—¿A dónde vas? —Eli le preguntó divertida.
—No es tu asunto —contestó maliciosa y se marchó.
***
Leela entró al estudio del príncipe y él le sonrió con ternura, extendió su mano hacia ella y Leela se sentó en su regazo.
—¿Cómo amaneciste, futura esposa? —preguntó acariciando su mejilla.
—Nerviosa —confesó bajando el rostro. Él la abrazó con delicadeza.
—No te preocupes, no soltaré tu mano, amor. Seremos los dos contra todo y todos. —Leela lo miró más aterrada al escucharlo.
—¿Sabes que no me estás ayudando? —preguntó sarcástica.
—Bueno —suspiró—, este almuerzo no me da buena espina..., solo quiero ser sincero y que sepas a qué atenerte —besó su mejilla y le sonrió con dulzura—. Sabes que mi madre no está muy de acuerdo.
Leela rodeó su cuello con sus brazos y suspiró sobre su clavícula, entonces Jing acarició su cabello.
—Estaremos bien, preciosa. —Seguía acariciando con ternura—. Qué bueno que viniste y me evitaras buscarte. —Tomó su rostro y la miró a los ojos con una sonrisita sospechosa—. Dentro de una hora llegará Megan.
—¿Quién es Megan?
—Megan es tu estilista. —Sonrió entretenido al ver el rostro de Leela—. Ella tiene una asistente que es muy buena con el maquillaje y ya compré tu vestido de acuerdo a las indicaciones de un diseñador. Le envié tu fotografía y él me indicó como y qué comprar.
—¿Qué tú hiciste qué? —Frunció el cejo—. No era necesario, yo... —Se quedó pensativa—. Vaya, no había pensado en eso. —Sonrió apenada—. Ni siquiera compré un atuendo, de todas formas, no podría comprar un vestido a la altura dado que ya me destituyeron de mi cargo...
—No necesitas tu cargo para tener dinero, aunque lo vas a tener, luego. Tú eres casi mi esposa, mi dinero es tu dinero. No es mucho, pero es algo —sonrió.
—¡Vaya forma de ser modesto! —Leela se burló entrecerrando los ojos.
—Bueno, quedé casi en bancarrota al asumir la responsabilidad de todas las pérdidas que tuvimos.
—Lo siento tanto. —Leela se disculpó y escondió su rostro en el pecho de él, se sentía tan culpable.
—Ja. Ja, ja, ja. ¡Qué dramática! —Levantó su mentón y dejó un casto beso sobre sus labios—. No es que quedé pobre, pero gracias por preocuparte por mí.
—Lo siento mucho, Jing. Sé que te causé muchos problemas. Yo... quiero ayudarte en todo lo que necesites y no tienes que pagarme. Te prometo que atraparemos a Dimitri y a sus secuaces —lo miró con firmeza y entusiasmo.
—Claro que lo atraparemos, preciosa. Y cuando eso suceda, compensaré todo el tiempo que no podré dedicarte después de la boda. Lamento mucho no poder tomarnos unas semanas para nosotros dos, pero cuando terminemos con este caos, nos iremos de viaje tú y yo solitos.
—No te preocupes —ella respondió acariciando su mejilla—, dormir en tu cama y ver tu rostro cada mañana, poder trabajar juntos y tener el derecho de besarte y abrazarte, es suficiente para mí. Todavía me es irreal todo esto, a veces temo despertar y que todo haya sido un sueño. Creo que todo lo que ha pasado es un milagro del que siempre estaré agradecida, porque Jing, yo te amo tanto que duele estar lejos de ti. —Dos lágrimas recorrieron sus mejillas—. No te imaginas todo lo que sufrí por este amor que creí prohibido, a veces me daban ganas de robarte, pero eso iba a ser muy difícil, no sé cómo nockearte sin que me esquives —dijo de una forma tan natural que Jing no pudo contener la risa.
—¿Y qué ibas a ser después de robarme? —preguntó entre risas.
—No lo sé. —Dejó salir una carcajada—. Solo pensaba en robarte, no pensé que haría después.
—Eres una secuestradora muy tierna. —Sonrió seductor—. A mí me hubiese encantado que me robaras.
—¡Sí, claro! —Negó con una sonrisa maliciosa—. Yo arruiné tu ligue con la mujer más hermosa de los cuatro reinos, no debes estar muy feliz.
—¡Lástima! —fingió lamento—. Perdí a ese bombón —dijo para provocarla.
—Pues aún estás a tiempo para ir a buscar a tu bombón —refunfuñó y se movió para pararse de su regazo. Jing se lo impidió, agarrándola con fuerza.
—El problema es que un bombonazo me tiene atrapado con su encanto, entonces, me da igual la belleza de otras mujeres. Solo puedo resaltar la hermosura salvaje de una bella señorita.
—¿Bombonazo? —Negó divertida—. ¿Acabas de inventarlo?
—No lo sé. —Rio—. Pero tus ojos grises me hipnotizan, tus labios y tu sexy lunar me enloquecen, tu cabello me encanta y tu cuerpo me prende como nunca nadie ha logrado hacerlo. Me gustas, te deseo y te amo. Leela, eres mi primer y único amor.
—¿Soy tu primer amor? —preguntó incrédula.
—Sí. —El príncipe se sonrojó y Leela no soportó tanta ternura, entonces besó sus labios con fervor. Él empezó a juguetear con su lengua y Leela sintió varios escalofríos recorrerla. Jing separó su rostro y la miró con intensidad y un brillo especial que emanaba de sus ojos miel—. Nunca antes me había enamorado hasta que llegaste a mi vida; fue entonces que supe que este tipo de amor existe, creí que era un mito o la simple imaginación de los creadores de novelas románticas.
—¿Desde cuándo? —Leela preguntó con mucha curiosidad.
—¿Desde cuándo qué?
—No te hagas el tonto —reclamó—. ¿Desde cuándo empezaste a fijarte en mí?
—Leela yo siempre me he fijado en ti. —Sonrió con ironía.
—¿Qué dices? —Leela lo miró incrédula—. Tú no siempre...
—Leela —la interrumpió—. Me gustaste desde que caíste en mis brazos de aquel árbol. Fue la primera vez que quedé prendido por alguien. Fue atracción a primera vista —bromeó—, no podía sacarte de mis pensamientos. No podía olvidar tu belleza y tú mal carácter. Me regañaste por una simple manzana y me llamaste delincuente —rio—, nunca una mujer me había enfrentado ni puesto en mi lugar. Tu insolencia, valentía y atrevimiento me... —sonrió malicioso.
—¿Te? —preguntó impaciente.
—Me excitaron.
—¡Qué pervertido! —Leela se cruzó de brazos ofendida y Jing estalló de la risa.
—El caso es que… —respiró profundo para poder dejar de reír—, tuve que esconder esa fuerte atracción por ti que luego se convirtió en amor. ¿Recuerdas el río y nuestro beso? Todo lo que dije lo dije por ti. No te imaginas lo difícil que era saber que yo no te era indiferente y no poder corresponderte. Me daban unas ganas enormes de besarte, lo cual era extraño, porque... —Dudó en continuar. Leela lo miró expectante—. En conclusión —decidió acabar el tema—, siempre he estado enamorado de ti, pero debía enterrar esos sentimientos y disimular indiferencia para no ser descubierto.
—Jing... —Lo miró con tristeza y algo de frustración—. Espero ansiosa que algún día puedas abrirte a mí. —Él la miró desconcertado—. Aunque soy distraída a veces, pienso mucho en ti y he notado algunos comportamientos extraños. Me imagino que tiene que ver con lo que no te atreviste a decirme hace un momento. —Jing sudó frío.
—Leela..., no es que no me abra contigo —tomó su mano con delicadeza—, es que no quiero que dudes de mi virilidad.
Leela se quedó petrificada al escucharlo ¿Por qué ella haría tal cosa? ¿Qué era lo que él ocultaba que le haría pensar eso?
—Jing —lo miró seductora—, después de lo que hemos hecho y… casi hecho. —Se sonrojó—. ¿Cómo crees que voy a dudar de tu virilidad?
—Es difícil para un hombre reconocer ciertas cosas —suspiró con tristeza—, en especial cuando fui criticado por mi hermano mayor desde que tengo uso de razón. —Leela frunció el ceño.
—¿Sabes? A veces las personas tienen ciertas inseguridades y en vez de luchar contra ellas, lastiman a los demás con palabras hirientes para sentirse bien con ellos mismos. La envidia es un mal que te destruye y busca destruir a otros. —Lo miró con dulzura mientras acariciaba su cabello.
—Sí, es cierto... —Bajó la mirada con tristeza—. Robert es cuatro años mayor que yo, así que él era el ejemplo a seguir. Cómo todo hermano menor lo seguía e imitaba, simplemente quería ser como él. Pero, mientras crecía, empecé a entender ciertas cosas y por alguna razón, yo era más maduro que él. —Sonrió con ironía—. Siempre me destaqué por ser ingenioso y calculador, según los nobles, muy sabio. Las niñas se me acercaban donde quiera que iba y hasta se peleaban por mí. Entonces, algunos nobles empezaron a decir que yo era más apto para la corona y mi hermano empezó a tratarme con frialdad y burla. Él era el favorito de papá y yo de mamá. Es que no solo me parezco a ella físicamente, mi carácter y desenvolvimiento, así como mi habilidad en las artes marciales se los debo a mi madre.
—¿De verdad? —Leela agrandó los ojos—. No sabía que la reina...
—Ella es muy buena. —Jing afirmó con orgullo—. Más que papá. Mi madre me enseñó muchas técnicas de combate por un tiempo, luego fui entrenado por el mejor maestro de Destello con Dimitri y Lars. Por eso Dimitri y yo peleamos casi igual mientras que Lars nunca dio la talla porque era muy rebelde y desobediente. —Rio nostálgico—. Mi padre es muy fuerte al igual que Robert, pero ellos no tienen mucha técnica ni flexibilidad. Se fían mucho de su fuerza bruta y sus músculos. Mi madre trató de enseñarle a Robert lo que me enseñó a mí, por ejemplo: cocinar y preparar té, como lo hacen en su tribu. Pero él siempre decía que eso eran cosas de mujeres, repetía mucho las palabras de papá. Mamá insistía en aprendiéramos cosas básicas y técnicas para no tener que depender de otros para todo. La reina también nos enseñó a pintar y dibujar porque, según ella, nos da disciplina y paciencia. A mí me funciona como desahogo. Si vieras mi pequeña galería supieras que eres la protagonista número uno de mis lienzos. Te he pintado muchas veces —confesó con una sonrisa. Leela abrió la boca del asombro. No se esperaba aquella confesión de parte de él.
—Eres tan lindo que me da gana de comerte. —Se sonrojó.
—Mi amor, pronto podrás hacerlo —dijo en forma coqueta y Leela giró los ojos.
—Siempre tienes que dañar todo. —Ella se cruzó de brazos haciéndose la ofendida—. Continúa, quiero conocer más sobre ti.
—Bueno, el caso es que Robert empezó sus burlas y bromas pesadas. Decía que yo era tan bonito que, en vez de gustarle a las mujeres, les gustaría a los hombres. Yo era tímido e introvertido y siempre tuve complejo de mi físico, debido a que no era tan alto y musculoso como mi padre y él. Además, ellos eran o son... muy promiscuos y mi padre muy mujeriego. Mi madre sufrió mucho y yo me prometí que nunca trataría así a mi esposa, creo que es una de las razones del porqué Robert decía que yo era la hermana que él nunca tuvo, la niña de la casa. —Bajó el rostro avergonzado.
—¡Tonto! ¡¿Cómo se atrevió?! Es un envidioso, claro como tú eres más atractivo que él. ¡Tarado! —Leela espetó con ira.
—Ya, mi amor, vas a explotar —dijo con voz suave y una sonrisa—. Sus comentarios no me afectan más porque contigo los temores se fueron. Leela... —Duró unos segundos en silencio y luego la mir con un poco temor—. Si yo te cuento mi historia... ¿Dejarías de admirarme? —Leela lo miró confundida, pero satisfecha de llegar al punto que ella quería. Deseaba que él pudiera sacar de su pecho lo que tanto lo atormentaba, más temía presionarlo.
—No hay forma de que deje de admirarte, amor mío. —Acarició su mejilla con ternura—. Me has enseñado tantas cosas y has dado tanto de ti por mí y los demás. Jing, no hay persona que admire más que a ti, y tú pasado no cambiará eso porque tus actos actuales reemplazan cualquier cosa que haya sucedido. Estoy aquí para ti, para escucharte si te sientes listo para hablar. Quiero que lo dejes salir y seas libre de lo que te oprime. —Levantó su mentón y lo miró a los ojos—. Te quiero libre, mi amor. —Jing sonrió nervioso y decidió que era tiempo de compartir lo que tanto lo esclavizó por años. Necesitaba sacarlo y apoyarse en la mujer a la que tanto amaba.
—Mi padre estaba preocupado por mi comportamiento. —Jing empezó su confesión—. Yo era tímido y sensible y no soportaba la crueldad ni el sufrimiento de los demás. Me indignaban las torturas y como guerrero, mi padre me presionaba para que cause dolor a otros. Nunca pude. Es por eso que él me veía como un debilucho. Los comentarios de mi hermano empezaron a hacer efecto en él y como yo era muy selectivo y quisquilloso, nunca me fijaba en las niñas que me acorralaban. Yo no pensaba en tener novias en ese tiempo, sí me llegó a atraer una que otra, pero como mencioné antes, era tímido y selectivo. Cuando cumplí catorce... —Empezó a temblar y se le dificultaba hablar. Leela agarró sus manos con fuerza y él dejó salir un suspiro—. En mis cumpleaños catorce, mi padre le pagó a una señora de su edad —quien, por cierto, era su amante —, para que me enseñe a ser hombre —sonrió con ironía—. Yo no soportaba a esa mujer. Ver el sufrimiento de mi madre cuando mi padre no dormía en su habitación porque estaba en la de ella, más sus constantes acosos y manoseos me llenaba de ira y asco. Esa noche, ella entró a mi habitación y me hizo saber la decisión de mi padre. Me sentí tan traicionado y humillado. Después de manosearme y recorrer mi piel con su asquerosa lengua se indignó cuando no reaccioné con ella, ya sabes —bajó la mirada con vergüenza—, eso que me pasa cuando nos besamos... —Leela tapó su cara de la pena y el asombro.
—No sabía... Nunca me he fijado en lo que te sucede cuando nos besamos..., demasiada información —mintió sonrojada y el príncipe dejó salir una risita.
—Pues, siempre me pasa contigo. —La miró coqueto.
—No cambies el tema —se quejó con vergüenza.
—Bien. —Respiró—. No reaccioné con ella, así que se sintió ofendida y empezó a tocarme allí. Cómo era lógico si te tocan ahí, reaccionas. Me frustré mucho cuando me excité, pues me sentí culpable por ello. Fue cuando mi peor pesadilla inició.
Los temblores en Jing aumentaron y las lagrimas inundaron sus ojos. Leela apretó el agarre de sus manos para reconfortarlo, entendía lo difícil de sacar aquello que lo había atormentado por años; no obstante, sentía alivio de que ello dejara salir.
—Ella… —Sollozó—. Ella arañó mi piel de tal forma, que sangré ante su maltrato. Era horrible verla lamer las heridas que me causaba con sus largas y afiladas uñas. Entonces… —Leela acarició su cabello y esperó con paciencia a que continuara—. Esa mujer arrancó la poca ropa que llevaba, me sentí tan expuesto frente a ella, tan asqueado y avergonzado. Leela, se supone que como hombre no debía sentirme así, eso caló fuerte a mi autoestima. Ella tomo mi falo y lo mordió con tanta fuerza que no pude evitar gritar, cosa que a ella le pareció gracioso y lo apretó fuerte para luego enterrarse en mi con tal brusquedad, que sentí que se me iban las fuerzas. Dolía, Leela, no hubo una pizca de placer gracias al previo maltrato. Mi eyaculación fue rápida, provocando el enojo de esa zorra. Te imaginarás sus insultos y palabras degradantes. Lo peor es que temía que le contara a mi padre sobre mi pésimo desenvolvimiento, aunque si soy sincero, en ese momento no me importaba mucho lo que pensara, él me había traicionado pagándola a esa ramera para que me hiciera tanto daño; Leela, ella era su amante, la razón por la que mi madre lloraba a escondidas.
Leela lo abrazó con fuerza mientras él lloraba sobre su hombro. Trató de no hacer lo mismo para darle apoyo, sin embargo, las lágrimas fueron inevitables.
—Me dolía mucho y me sentía como un insecto asqueroso y débil —prosiguió—. Fue un alivio escucharla decir que guardaría el secreto de mi mal desenvolvimiento. No te imaginas la frustración que sentí, al haber tenido en mi cama a la misma mujer con quien mi padre le fue infiel a mi madre. Después de unos meses, el rey empezó a contratar mujeres de mala vida y las enviaba a mi habitación. Al principio me acostaba con todas para probar mi virilidad. Cada vez aprendía algo nuevo y me hice un experto en el sexo porque tenía que demostrar que yo era hombre. Pero... había un problema. Yo no me sentía satisfecho con ninguna y después de terminar el acto me daban asco y rabia. Leela... yo veía a las mujeres como un juguete sexual que se usaba y después desechabas. Las ofendía y humillaba. Juzgaba lo que hacían y las odiaba porque veía en ellas a aquella mujer que tanto daño me hizo. Después de unos años, decidí no hacer sufrir más a mi madre y le prohibí a mi padre que me enviara a esas mujeres. Él se negó y me hizo dudar de mi hombría una vez más. Entonces, cuando él las mandaba, yo les pagaba el doble para que mintieran. Ellas le hacían creer a mi padre que se acostaban conmigo cuando en realidad solo dormían, mientras yo dibujaba —rio con amargura—, llegué a usar a algunas de modelos.
Leela lo distanció y acarició su rostro.
—Ahora entiendo algunas cosas. —Leela dijo con tristeza—. Se me hacía difícil de asimilar cómo alguien como tú tenía la fama de ser un promiscuo que les pagaba a prostitutas y hasta tenía una lista enorme de mujeres que visitaban su lecho. No te imaginas cómo me consumían los celos cuando escuchaba esas cosas.
—Siento tanto todo eso mi gatita salvaje. ¿Me creerías si te digo que después de conocerte no pude tocar a otra mujer? En ese tiempo ya tenía mi propia casa y fui proclamado líder de los guerreros. Esta mansión fue ese refugio donde me sentí libre de la opresión familiar y hasta tuve el valor de negarme a recibir las visitas que mi padre contrataba. Nunca ninguna mujer, a excepción de mi madre visitó mi casa. —Leela lo miró sorprendida—. Sí, fuiste la primera. —Sonrió—. Cuando te conocí me aterraba lo atraído que me sentí por ti. Te admiré tanto que te quise en mi equipo. Eres increíble y nunca he visto a alguien pelear como tú y con tanta flexibilidad. Quería hacer las cosas bien contigo y redimir mi mal comportamiento. Sabía que anhelabas ser guerrera y que las demás personas no te reconocían como tal. ¡Tontos! Mira en quien te convertiste. Yo supe que serías grande y aún te falta mucho. —Bajó el rostro para retomar el tema que tanto le molestaba—. Leela... besar me asqueaba. Intenté dar besos a mujeres de mi círculo que no fueran rameras con la esperanza de que mi trauma fuera solo con aquellas mujeres, sin embargo, nunca pude hacerlo sin sentir incomodidad. Ellas al parecer no lo notaban puesto que siempre me buscaban. Ileana fue una de esas. —Leela frunció el cejo—. Nos dábamos algunos besos. No me daba asco, pero tampoco era algo que disfrutaba mucho, solo estaba desesperado por superar mi trauma.
—Significa que ella te gustaba. —Se cruzó de brazos y él sonrió.
—Un poco —confesó malicioso—. Pero hace mucho tiempo de eso. Cuando te conocí, empecé a sentir cosas que creí no existían. Ese día en la cueva no te reclamaba a ti —sonrió con ironía—, me reclamaba a mí mismo. Era la primera vez que me gustaba una mujer a tal magnitud y no podía estar con ella. No podía contener las ganas de besarte y por eso hice ese movimiento.
—¡Lo sabía! —Leela espetó victoriosa—. Me culpaste, pero fuiste tú quien lo provocó.
—Lo siento, preciosa, no sabía cómo enfrentarlo. —Sonrió con picardía y frunció el ceño—. Pero tú fuiste muy pícara. No dudaste un segundo en besarme, aunque fue tu primera vez.
—¿C-Como lo supiste? — preguntó tartamudeando.
—Fue un beso inexperto. —Sonrió algo nostálgico—. No obstante, fue el beso más hermoso que me habían dado. Estaba dudoso si corresponderlo, pero no me pude contener. Tus deliciosos labios temblorosos y tus torpes movimientos me fascinaron. Te sentí tan inocente e intrépida a la vez. Decidí arriesgarme y cuando me rendí a tu sabor por poco lloró al descubrir que por primera vez me gustó un beso. No quería que terminara, de verdad, me aterraba lo tanto que deseaba más de ti. Quedé impresionado y jamás pude olvidarlo. En el río, no pude contenerme más, era algo que deseaba hacer desde aquel primer beso. Preciosa, besarte se volvió mi actividad favorita, nunca había sentido este deseo que siento por ti. Es el efecto Leela —rio—, has quebrado mis barreras, preciosa —la abrazó con fuerza. Entonces, ambos lloraron por un largo rato.