Capítulo 40

—¿Qué rayos dices? —Jing interrogó desconcertado—. Acaso... ¿Me están jugando una broma? —Miró a Leela como demandando una explicación.

—Jing... —Ella balbuceó nerviosa—. Fue una trampa... Ulises no lo hizo a propósito.

—Entonces... ¿Es cierto? —Su mirada estaba perdida—. ¿Cómo rayos él se enteró? —Leela lo miró con culpabilidad y vergüenza y él empezó a negar moviendo su cabeza con violencia—. Tú... ¿Revelaste tu identidad a tu amigo? ¿Lo hiciste, Leela? —la cuestionó airado.

—Perdóname. —Bajó el rostro—. Fui muy imprudente y estoy dispuesta a aceptar las consecuencias de mis actos —Jing rio con ironía y rabia.

—¿Y eso va a resolver el hecho de que hayas faltado a la confianza que te di? —dijo con tristeza—. Confíe en ti, Leela. Se supone que no debiste revelar una información confidencial. No puedo creer que me hayas hecho esto. —Jing miró a Leela con decepción y dolor, ella no podía soportar ver esa mirada de parte de él.

—No es su culpa. —Ulises intervino—. Fui yo quien la delató. Me dejé llevar por la borrachera y las provocaciones de Anya y le di esa información. —Jing posó su mirada sobre él con rabia.

—¡Eres un maldito traidor! —Lo agarró por el cuello con ganas de matarlo—. ¡Vas a pagar por lo que has hecho! ¿Así te haces llamar su amigo? Por poco muere, imbécil. Si algo peor le hubiera sucedido, yo... —Apretó su cuello provocando que Ulises se ponga rojo.

—¡Jing, suéltalo! —Leela reclamó con lágrimas en los ojos.

—¿Osas defenderlo? Te traicionó, así como tú traicionaste mi confianza. Tú eres una imprudente sin ética y Bruno un estúpido. Si no puedo contar con ustedes dos, ¿con quién cuento? Tu imprudencia comprometió tu identidad y la estupidez de Bruno, les dio acceso a la cueva. ¿Sabes el daño que sus errores nos causó? ¿Las personas inocentes que murieron? En esa mansión había niños y mujeres. Murieron quemados, Leela. La cueva era el centro de nuestras operaciones y tuvimos que destruirla, dándoles ventaja a Dimitri y a Kara. Ahora nuestro reino está en peligro frente al consejo. ¿Cómo explicaremos la muerte del rey y su familia? ¿Cómo voy a lidiar con lo que se aproxima si estoy solo? No me esperaba este golpe bajo, no de ti, Leela.

—Lo siento, Jing. —Leela bajó el rostro arrepentida.

—Vete, Leela. —La miró con desprecio—. No quiero verte.

—Jing... ¿Qué vas a hacer con Ulises? —preguntó preocupada.

—Es lo único que te importa, ¿cierto? —espetó con furia, la rabia quemaba su sangre—. Él —Apuntó a Ulises—. Él es lo único que te preocupa. No te importa lo que hice por ti, no te importa lo que sacrifiqué y no te importa el daño que me has hecho a mí y a nuestro reino. Solo te importa él. —Su voz se quebró y los celos lo consumieron—. ¿Quieres saber que va a pasar con este delator? —preguntó con una sonrisa retorcida—. Lo voy a hacer hablar con mis propias manos. Él va a ser interrogado como el traidor y delincuente que es y luego irá al calabozo. Ahora desaparece de mi vista.

—No le hagas daño, Jing —exigió con rabia—. Te dije que no fue intencional. Él está dispuesto a decirte todo. ¡No tienes que hacerle daño! —Leela subió la voz alterando la paciencia de Jing.

—¡¡Vete!! —gritó airado—. ¡Y debes saber que quedas destituida, no solo como espía, también como guerrera del reino del Sur! Ahora, desaparece de mi vista o te mando a sacar a la fuerza.

—Leela... —Ulises la miró a los ojos con firmeza—. Estaré bien, chica ruda. Ahora, obedece al príncipe, por favor. No compliques más las cosas. Por favor... —pidió con ruego y Leela lo abrazó con fuerza, alterando los nervios de Jing.

—¡Sal de aquí! —espetó mirándola con reclamo, dolor y decepción. Leela salió y Jing se paró frente a Ulises con mirada altiva—. Muy bien, es hora de hablar, Harrison.

***

Leela iba de camino a casa del tío de Ulises cuando fue interceptada por Eli.

—Leela... —Eli la miró asustada—. Ulises no está. El señor Harrison me dijo que él no se encontraba en la casa cuando éste regresó del palacio —dijo preocupada—. Ulises no está en sus cabales, Leela, temo que cometa una estupidez.

—Ulises... —Dejó salir dos lágrimas alterando los nervios de Eli más de lo que ya estaban—. Él está con el príncipe, quien ya sabe que Ulises reveló mi identidad —Eli suspiró, recobrando el aliento.

—¡Qué alivio! —espetó. Leela la miró aturdida y de forma extraña, como si hubiera dicho una locura.

—¿Alivio? —Frunció el ceño—. Si hubieras visto la reacción de Jing, no dirías eso.

—Me imagino lo enojado que debe estar —Eli miró a Leela con serenidad—, pero cuando se calme y escuche a Ulises, sé que buscará una solución. El príncipe es sabio y de buen corazón. Además... él te ama mucho, sé que no hará nada que te lastime. Nunca había visto a alguien derrumbarse como lo hizo él cuando caíste en coma. Los chicos me dijeron como te buscó como loco todo un día sin descanso y gracias a su insistencia te encontraron. Él te ama Leela, debes confiar en el príncipe. —El corazón de Leela latió con brusquedad al escuchar a Eli. Si bien ella tenía razón, le dolía la forma en que él la miraba y reclamaba. No estaba segura si aún el príncipe quería tenerla como pareja.

—Yo también lo amo —dijo sollozando—. Pero él me echó de su casa con tanta rabia. ¡Estaba tan decepcionado! Me duele mucho que crea que no me importa o que puse a Ulises por encima de él. Es lo que él me dijo. Cree que solo me importa Ulises y no él y yo solo le pedí que no le hiciera daño.

—¿Le dijiste eso? —Eli la miró sorprendida—. ¡Ay Leela! Sabes que el príncipe no le haría daño. Debió sentirse muy mal por tus palabras. Creo que debes hablar con él, Leela.

—¿Y cómo lo hago si él no me quiere ver? —Se cruzó de brazos.

—Pues, obviamente deberás esperar a que se calme —Eli la miró divertida—. Por ahora debemos avisarle al señor Harrison donde está Ulises. —Leela asintió y ambas se dirigieron a la casa del tío de Ulises.

El doctor fue a visitar a Jing y a contarle su versión de los hechos. Jing mantuvo el asunto en secreto y lo manejó con toda la discreción posible, para evitar un escándalo y malentendidos, puesto que el tío de Ulises era el farmacéutico del palacio y un noble muy estimado por los reyes.

El señor Harrison regresó cuando estaba anocheciendo y se encontró con que Eli y Leela lo estaban esperando afuera de la casa. Él las invitó a cenar, pero no les dijo nada, debido a que el príncipe se lo había prohibido. Ambas salieron decepcionadas, pero más calmadas, porque él se veía tranquilo; un poco triste, pero sin preocupación en la mirada.

***

Leela se levantó temprano y con mucha ansiedad. Se fue al Dojo del maestro Lee a entrenar y a ponerlo al tanto de todo.

—Por lo menos te casarás con un buen hombre. —El maestro comentó entrecerrando los ojos—. Compadezco al príncipe que ya está viviendo los estragos de tu comportamiento infantil, pero a él mucho que le gustas. —Dejó salir una risita.

—¡Maestro! —Bufó haciendo pucheros—. No sé si él me quiere, me temo que ahora me odia. —Se cruzó de brazos.

—No lo creo. —La miró malicioso—. Después de lo que vi aquella noche sentí pesar por ustedes. Sé que tienen sentimientos muy fuertes, y que el príncipe no haya cedido a tu imprudencia y falta de decoro, provocó que le tuviera más respeto. —Leela lo miró confundida—. No me mires así. —La examinó con picardía—. Si el príncipe fuera un sin vergüenza, hace mucho hubieras perdido tu virginidad. ¡Tan cachonda!

—¡Ah! —Leela tapó su rostro con vergüenza—. ¿Usted nos vio?

—¡Claro que los vi! Regresé porque tardaban mucho con su "conversación" y me encontré con tremendo espectáculo. Claro que estaban tan sumidos en ustedes mismos que no notaron mi presencia. Escuché cuando te le insinuaste y él te rechazó porque te aprecia. Recuerdo que llegaron al acuerdo de no volver a tener ese tipo de relación, no obstante, algo me dice que no cumplieron su acuerdo, ¿me equivoco? —Miró a Leela de cerca con picardía y ella tapó su cara sonrojada. Nunca había hablado con el maestro de esas cosas y que él lo hiciera de repente, era demasiado incómodo. Es por eso que ella no tenía mucho conocimiento en los asuntos sexuales y la relación de parejas. Razón por la que actuaba por instinto, dejándose llevar por lo que sentía en el momento sin pensar en las consecuencias.

Pasaron tres días y Leela ya no sabía cómo manejar la ansiedad. Sospechaba que el príncipe lo hacía a propósito, como forma de castigo, pero tenía que saber sobre Ulises o se volvería loca. Vio a Eli muy triste, pero más tranquila, y supo que el señor Harrison le contó todo a ella, quien la estaba evadiendo. El tío de Ulises iba a la casa del príncipe todas las tardes a ver a su sobrino, pero éste también la evadía. Si bien ella estaba preocupada por el destino de Ulises, esa no era la única razón de estar tan ansiosa; pues tampoco había visto a Jing desde que él la echó de su casa, ese hecho, la tenía irritada y con los pelos de punta.

—¡Príncipe creído! —refunfuñaba frente al Dojo del maestro Lee, quien decidió ir a entrenar a sus discípulos a las montañas, porque ya no soportaba más la hiperactividad de Leela—. Malvado, tirano.

—¿Hablando mal del príncipe a sus espaldas? —Leela casi da un salto al escuchar esa voz y oler ese perfume—. ¿Sabes que eso se castiga? —reclamó frunciendo el ceño.

—¿Jing? —Su corazón empezó a latir con rapidez y su respiración se volvió un caos. Quería tirarse encima de él y abrazarlo con fuerza, pero tenía miedo y vergüenza.

—Hola, señorita Brown. —La miró de reojo y con indiferencia. Leela sostuvo la gana de llorar y bajó el rostro.

—Príncipe —contestó en un susurro—, ¿qué lo trae por aquí?

—Pues, vine a visitar a mi novia, pero al parecer a ella no le alegra verme. —Dejó salir una risita.

—¿No estás enojado? —Lo miró como cachorrito.

—Sí —respondió tajante—. Pero tenemos una conversación pendiente. Aún no sabes por qué tienes esa gargantilla en tu cuello y la responsabilidad que eso conlleva. —La miró con seriedad y frialdad. La chispa de esperanza que Leela tenía se esfumó. A él solo le importaba su responsabilidad de príncipe, no ella. Se cruzó de brazos decepcionada e hizo un puchero.

—Vamos al Dojo —invitó tristona—, allí podemos hablar con tranquilidad. —Entraron y se sentaron en el centro, frente a frente. Entonces, Jing empezó su explicación y le entregó los manuscritos que el anciano le había dado.

Una hora después...

—¡Te lo he explicado tres veces! —El príncipe gritó perdiendo la paciencia. Topó su frente frustrado y la miró con reclamo—. ¿No me estás prestando atención?

—¡Claro que sí! —Se cruzó de brazos—. ¿Podrías ser más cortés? —ella se quejó.

—¡Eres muy distraída! —espetó molesto—. Lo único que debes entender es que nos casaremos y seremos los guardianes de la fuente de energía. Según el anciano Chan, somos complemento —hizo una mueca—, y lo de la realeza no era cierto. No tienes que ser real para ser guardián. Si no lo entiendes, lee los manuscritos hasta que se te funda el cerebro o espera el entrenamiento del maestro Chan, y que él se desgaste explicándote esto —dijo aburrido e irritado.

—¡Qué mal educado y poco caballeroso! —se quejó mirándolo mal—. ¡Qué vida trágica me espera! Pero ni creas que dormiremos en la misma cama.

—¡Ja! —Él escupió con sarcasmo—. Puedes dormir donde quieras, pero primero me servirás en el lecho. —La miró malicioso.

—Ni en tus sueños —dijo escandalizada—. Nunca me tocarás, príncipe tirano y malvado. Me casaré contigo porque es mi obligación, pero jamás me entregaré a ti.

—¡Qué ironía! —Jing arqueó una ceja con expresión divertida—. Y pensar que me dijiste que querías entregarme tu virginidad y que te enseñara todo lo que sé. Tú te lo pierdes —la miró con una sonrisa malvada—, no te imaginas cuanto lo ibas a disfrutar.

—¡Imbécil! —espetó enojada y él se acercó a ella y tomó sus manos.

—¿Osas faltarme el respeto?

—Te odio, tonto.

—¡Qué infantil! —La miró a los ojos con intensidad—. Cuerva. Muerdes la mano de quién te da de comer.

—¿Por qué me dices eso? —cuestionó con tristeza.

—¿Te parece poco lo que hiciste? Y para colmo, te pones del lado de tu "amigo". —Hizo ademanes de comillas con los dedos.

—Yo no me puse de su lado. Solo te pedí que lo perdonaras. ¡Celoso compulsivo!

—No estoy celoso, es solo indignación. —Jing escondió la mirada.

—Me ofendes, novio de pacotilla, yo nunca te engañaría ni pondría a nadie por encima de ti.

Ambos se miraron con una sonrisita y se abrazaron. Jing besó a Leela con fervor y ella se le sentó sobre el regazo.

—Te amo, tonto —susurró sobre sus labios.

—Yo también te amo, tonta —le susurró también y volvió a besarla. Luego se miraron a los ojos y rieron como dos locos.

***

Jing llevó a Leela a su casa y la dirigió hacia un pasillo que estaba al bajar unas escaleras que había en una de las salas. Allá abajo, había muchas habitaciones con puertas de madera finísimas y el pasillo era lujoso como toda la mansión. Jing acorraló a Leela contra la pared y besó sus labios. Ella acariciaba su cabello mientras disfrutaba de aquel delicioso beso. Le encantaba tocar su larga y lacia cabellera negra, pues sentía que se relajaba cuando enredaba sus dedos entre sus sedosas hebras. Jing saboreaba sus labios como si de un dulce se tratara, nublando su razón con sus atrevidos jugueteos. El príncipe era muy apasionado y medio inquieto, cosa que a Leela enloquecía. Lo amaba y lo deseaba tanto, que estaba loca por casarse y dar riendas sueltas a su pasión. El besó su cuello con delicadeza, más ella apretó la cabeza de él contra el área, demandando más. Sentía que perdía la fuerza y la razón. Nunca había tenido tantas sensaciones en su cuerpo.

—Jing... —susurró en su oído—, sigue besando mi cuello, pero con más intensidad. —Jing no pudo contener la risa—. ¿Qué es tan gracioso? —Se cruzó de brazos molesta.

—Oh, Leela. —Le mordió el labio inferior juguetón—. Si hago eso, el maestro Lee nos casa de inmediato. No quiero marcarte, amor. Estás muy ansiosa, picarona. —Le sonrió seductor—. No te preocupes, adelantaré la boda y podremos disfrutarnos sin limitaciones, por ahora, confórmate con los besitos.

—¡Qué creído! Yo ni siquiera pienso en eso —mintió deliberadamente.

—Uju... —se burló—. Creo que sueñas todas las noches con ese momento. —La miró divertido—. Pero debes saber que no eres la única —confesó con tono seductor y Leela tragó seco.

—Ni siquiera sé hacer eso —comentó sonrojada—. ¿Cómo voy a soñarlo?

—A veces te haces más inocente de la cuenta, pervertida. —La miró fijamente—. Pero cambiemos de tema, por favor; no conviene hablar de eso ahora, puesto que quiero cumplir con mi palabra de llevarte casta al matrimonio, aunque será solo de cuerpo, porque de mente hace mucho te pervertiste.

—¡Jing! ¿Podrías dejarme en paz? —Lo miró fulminante y él la abrazó juguetón.

—Entra a esa habitación, amada mía. —Señaló la puerta frente a ella. Leela lo miró dudosa y él entornó los ojos—. Entra. Te doy quince minutos, no más. Creo que has aprendido la lección, así que te quito el castigo. Por cierto, tu suspensión como guerrera durará hasta que nos casemos. Después de nuestra boda y de que nos quitemos las ansias, si es que eso es posible —sonrió—, retomarás tu puesto y me ayudarás a arreglar el desorden que tú y Bruno causaron. —Jing dejó un beso casto sobre sus labios y se marchó.

Leela entró con timidez a la lujosa habitación. La alegría llenó su pecho al ver a Ulises sentado sobre la cama.

—¡Ulises! —Se lanzó sobre él con euforia y lágrimas en sus ojos—. ¿Estás bien, angelito? —dijo revisando que estuviera entero.

—Sí, chica salvaje —la miró con ternura—, y por enésima vez, deja de llamarme angelito. —Bufó—. No soy un niño.

—¡Claro que lo eres! —Pellizcó su mejilla.

—¡Ah! —Tiró de su mano enojado—. Eso duele, salvaje. Por cierto —la miró con picardía—, tú y el príncipe deberían disimular un poco su calentura. ¡Agh! Por poco vomito. —Leela se sonrojó.

—¿Nos escuchaste? —dijo apenada.

—Para mi desgracia, sí.

—Ulises... —Leela lo nombró con curiosidad—. ¿Qué pasó con el príncipe? —Él cambió la expresión y ambos se sentaron sobre la cama. Ulises tomó las manos de Leela y la miró con ternura.

—Chica ruda, le conté todo lo que sucedió al príncipe y a sus amigos. Ellos fueron tras Anya, pero la encontraron muerta en las afueras de Zafiro; al parecer, fue asesinada varios días atrás porque estaba en estado de descomposición. —La miró con pesar, pues, aunque fue manipulado, ellos llegaron a ser cercanos por varios meses—. Aun así, el príncipe pudo encontrar varias pistas y atar cabos. Descubrió más espías entre los sirvientes y los apresó en el palacio.

—Entonces eso era lo que hacía Jing estos días. —Leela expresó pensativa. Ulises la miró con extrañeza, sin embargo, decidió ignorarla.

—Pero... aunque haya sido manipulado yo falté al reino, y también corro peligro en este lugar.

—¿El príncipe te va a encerrar? —Leela inquirió con tristeza. Ulises negó con la mirada perdida en sus pensamientos.

—Leela... —apretó sus manos y la miró a los ojos—, el príncipe me desterró. —Ella abrió la boca y trató de no llorar.

—¿Qué dices? —Negó con tristeza—. Eso no puede ser, Ulises... —Él la abrazó con fuerza, luego posó su mirada sobre sus ojos cristalizados y le sonrió.

—Es mejor que el calabozo. —Acarició su mejilla con su pulgar.

—Lo sé —bajó el rostro—, el príncipe ha sido considerado.

—Él no me puso en los informes. Mi salida no se vería como destierro, sino como una salida voluntaria del Sur. Me dio identificación nueva y me va a enviar a un lugar lejano donde tendré un trabajo como farmacéutico y una casa. De esa manera, podré empezar de nuevo y protegerme de Dimitri y su gente. Leela, yo soy un cabo suelto para ellos, así como lo era Anya. Debo agradecerle a tu futuro desafortunado esposo que me perdonara y me protegiera. Lamento no asistir a tu boda, pero, debes saber que estoy muy feliz de que por fin estés con la persona que amas. Cuida ese amor, ya que es un privilegio y una oportunidad que no debes dejar escapar. —Se rascó la nariz.

—Ulises te voy a extrañar. —Sollozó—. ¿Qué haré sin ti?

—Fastidiar al príncipe —sonrió—, él será mi relevo. —Dejó salir una risita y Leela le pegó en el hombro—. Pórtate bien y lee. Ya no estaré aquí para decirte las cosas.

—No te preocupes que el príncipe se encargará de eso. —Bufó—. Por cierto... ¿Eli lo sabe? —Ulises bajó el rostro con remordimiento. Él hizo sufrir mucho a la persona que más lo ayudó.

—Mi tío le dijo. —Ocultó la mirada—. Creo que voy a extrañar a la enana. —Sonrió con pesar.

—¿Y cuándo te marchas?

—Esta noche.

—¿Esta noche? —Se topó la frente—. Eli va a estar muy triste. Ni siquiera tendrá lo oportunidad de despedirse de ti —se lamentó.

—Es mejor así, salvaje. Ella no tiene por qué despedirse de mí. —La miró de mala gana.

—A mí tú no me engañas, angelito. —Lo encaró con escepticismo—. Sé que algo te traes con ella.

—Bah... Eso no es cierto —negó—. Además, no soy un buen hombre para ella —dijo con tristeza.

Después de varios abrazos, Leela se dirigió al estudio del príncipe y lo abrazó con euforia.

—¡Vaya! —dijo burlón—. Nos separamos quince minutos no una eternidad. Sé que es difícil estar sin mí, pero debes controlarte —dijo sonriendo malicioso. Leela le topó en el hombro y luego le sonrió y besó sus labios. Él la distanció y cambió la expresión, provocando que ella se preocupe.

—¿Todo bien? —Lo miró curiosa.

—Todo depende de cómo lo veas tú.

—Habla de una buena vez —dijo nerviosa.

—Acabo, o más bien, acabamos de recibir una invitación de la reina para almorzar mañana en el palacio. Habrá algunos invitados cercanos. El motivo del almuerzo es presentarte como mi prometida, por lo que voy a aprovechar la ocasión para anunciar nuestra boda. Quiero que me digas si estás de acuerdo con que sea en unos días, debido a que no tenemos mucho tiempo. Debemos empezar ya con los entrenamientos y a planear como atrapar a Dimitri y desmentir a la princesa Kara. Recibí una carta del consejo hoy, donde expresa que nos reuniremos en una semana para decidir el destino del reino del Norte. Al parecer, Kara está exigiendo el reinado, ya que ella es la única heredera. Así que estoy pensando que nos casemos dentro de tres días. ¿Qué te parece? —Leela empezó a temblar y el corazón le latió a mil. ¿De verdad estaba lista para casarse tan rápido?

***

Eli daba vueltas sobre la cama sin lograr conciliar el sueño. Leela le había dicho que Ulises se marchaba esa misma noche. Ya a esa hora debía estar lejos de Zafiro. Las lágrimas rodaron sus mejillas, otra vez la vida se encargaba de arrebatarle su amor. Escuchó golpes en la puerta y se paró de un salto, se puso una manta sobre el cuerpo, pues llevaba una bata blanca y media transparente sin nada abajo. Tomó una daga y abrió la puerta con precaución. Su corazón latió con rapidez y dejó caer el arma al piso de la impresión.

—¿Me invitas a pasar? —La voz de Ulises la hizo reaccionar, volviendo en sí. Su amado estaba allí. Con su capa gris y sus rizos húmedos del rocío. Dos guardias estaban detrás de él en silencio. Él les hizo señas y ellos asintieron. Eli dejó entrar a Ulises y ambos se miraron con timidez.

—¿Tienes hambre? —Ella rompió el silencio.

—No —la miró con ternura—, pero muero de ganas por un chocolate caliente.

—Claro. —Sonrió.

—Yo lo preparo. —Él se ofreció y se dirigió a la pequeña cocina—. Ya verás que el discípulo superó a la maestra.

—Ummm... Eso tengo que verlo.

—No, linda —la miró con picardía—, lo vas a saborear. —Sonrió con autosuficiencia—. ¿Recuerdas que me enseñaste a hacerlo?

—Sí —ella empezó a reír—, ensuciaste toda la cocina por un simple chocolate.

—¿Cuántos años teníamos?

—Tú doce y yo once. —Eli respondió nostálgica—. ¡Ocho años atrás! —exclamó con una sonrisa—. Todo era tan sencillo en ese entonces.

—Sí... —Ulises balbuceó mientras le pasaba una taza de chocolate a Eli. Ella lo probó y se quedó un rato saboreando el sorbo. Él se sentó a su lado con una sonrisa de satisfacción—. ¿Ves? Te superé.

—Tienes razón. —Ella rio. Ambos se miraron y se quedaron un rato en silencio.

—¿Sabes que en ese tiempo empecé a tener deseos de besarte? —Él espetó de repente y Eli se ahogó con la bebida—. Pero ese beso se llevó a cabo tres años después. —Sonrió—. Eli... —Tomó su mano temblorosa—. Perdóname. Te traté muy mal, yo... hice todo mal. Fui un grandísimo estúpido y cobarde, y ahora... Ahora es tarde para mí.

—Ulises... —Ella balbuceó, acto seguido se sentó encima de sus piernas y se deshizo de la manta, quedando solo con la bata transparente. Él la miró nervioso al ver que su cuerpo se reflejaba bajo la tela. Se entretuvo con sus pechos que quedaron medio descubierto y daba una vista completa de su desnudez. Eli empezó a besarlo, pero él detuvo el beso y pegó su frente a la de ella mientras conectaba sus miradas dubitativo—. Quédate un rato más… —Eli ofreció temblorosa. Ulises tragó en seco y los ojos le brillaron del deseo.

—¿Estás segura? —preguntó con la mirada fija a sus orbes café. Eli respondió con un dulce beso que lo hizo tambalear—. Eli... no te imaginas lo difícil que va a ser esto para mí, ya que mi cuerpo me pide que te lleve a tu cama y te haga mía, pero... —Le dedicó una dulce sonrisa—. No puedo hacerlo. No soy digno de ti, Eli. No me lo merezco. —Rascó su nariz—. Eli, tú y yo somos muy jóvenes aún. Te prometo que voy a convertirme en un hombre bueno, de quien estés orgullosa. Ahora mismo, tengo muchos demonios que batallar. No estoy listo para ti, preciosa. Te prometo que voy a cambiar y me convertiré en ese hombre que tú te mereces, entonces Eli, si tú estás de acuerdo en esperarme... —la miró con intensidad—, vendré por ti y te haré mi esposa.

—Ulises... —Las lágrimas brotaron—. ¿Lo prometes?

—¿Me esperarás? —preguntó ansioso.

—Sí —dijo con alegría. Ulises quitó una de sus pulseras y la puso en la muñeca de ella. La pulsera era dorada y fina, con algunas piedrecitas rojas. Eli miró la joya con una sonrisa de felicidad y tomó un anillo que su padre le había regalado y que era muy especial para ella—. Que tanto la pulsera, como este anillo sean un símbolo de nuestra promesa. —Ella dijo con una sonrisa y Ulises colocó el anillo en una cadena que tenía en el cuello, pues no le servía. Él besó sus labios con ternura y los guardias tocaron la puerta avisando que debían irse. Se besaron con más intensidad y se aferraron en un fuerte abrazo donde ambos se mojaron con sus lágrimas.

—Espérame, Eli. —Secó su rostro con ternura—. Vendré por ti y nos casaremos. —Eli asintió y lo volvió a besar. Luego, ambos salieron y se dieron un último abrazo. Ella miró esos ojos verdes que le transmitían paz, ojos que tenían un brillo único y especial. Él besó su frente y segundos después ondeó su mano despidiéndose.

Ella se volteó para regresar, pero no sé movió. Él detuvo el paso y ambos estaban quietos y opuestos en la distancia. De repente, Ulises corrió hacia ella y la cargó entre sus brazos, la apretó a su cuerpo con fuerza y besó sus labios.

—Hasta luego, Enana. —Sonrió burlón.

—Hasta luego, Ulises —contestó yendo a la puerta y observando cómo su amor se marchaba. Él se volteó cuando iba a una gran distancia y gritó:

—¡Es una promesa, mi amor! ¡Eli, enana flacuchenta! ¡¡Te amo!!

—¡Yo también te amo, imbécil! —dijo entre lágrimas mientras lo veía desaparecer en la oscuridad.