Capitulo cuarenta y dos

NARRA GISELLE.

— ¡¿Qué mierdas te pasa imbécil?! —Andrew le grita a Samuel, horrorizado al ver la sangre que sale de su nariz.

— Solo atrévete a besarla sin su consentimiento otra vez y te lo juro, no saldrás vivo para contarlo —le amenaza, lleno de rabia.

— Estás demente.

Andrew se levanta sin quitar la mano de su nariz, abre la puerta de su coche y sin siquiera mirarme se adentra en el, poniéndolo en marcha y saliendo del lugar después.

Entonces Samuel se gira hacia mí, cualquier sentimiento de rabia en él se ha esfumado porque cuando nuestros ojos se cruzan solo veo preocupación en ellos.

— ¿Te ha hecho... algo más sin que tú lo quisieras?

Sacudo la cabeza en forma negativa, a lo que él suelta un suspiro lleno de alivio y da un paso más cerca de mí.

— ¿Qué haces aquí? —le pregunto.

— Tú madre me pidió que te buscará, así que Louis me dijo dónde estabas —me dice—. Cuando llegué ví como se abalanzó sobre ti y te besó a la fuerza.

— Gracias —le sonrío—. Creo que el puñetazo estuvo demás, pero gracias.

— No lo hagas —me dice, solamente.

Ambos guardamos silencio, sin saber muy bien que decir, yo clavo la mirada al frente rompiendo el contacto visual con él, sintiendo mis nervios aparecer. Pronto él vuelve a hablar.

— ¿Por qué ha hecho eso? —pregunta, ante mí mirada llena de confusión aclara—. Andrew. ¿Por qué te besó? Los vi hablando antes y...

— Ya lo había hecho antes, justo después de decirme que le gusto —hundo mis cejas, recordando—. Pero no así y... no lo sé.

— ¿Qué le dijiste? —pregunta, curioso y de reojo veo que está mirándome.

Muerdo mi labio, con nerviosismo antes de soltar aquello.

— Le rechace.

A mí lado, escucho a Samuel soltar un bufido para después murmurar desviando la mirada al lado opuesto de donde yo estoy:

— Como que se te está haciendo costumbre eso, fea.

Frunzo los labios en una línea recta ante sus palabras y el apodo que hace mucho no me decía, y bajo la mirada al suelo sintiéndome mal por dentro.

Otra vez vuelve el silencio al estacionamiento, y contrario a cómo fue con Andrew, este si es relajante, para nada incómodo.

Samuel no me mira, tiene la mirada clavada en un punto ciego en la pared del fondo mientras tiene una postura relajada con las manos dentro de los bolsillos de sus pantalones.

No parece furioso conmigo, o no como en ocasiones anteriores. Y eso me quita un peso de encima, uno muy pequeño.

Como si sintiera mi mirada sobre él, gira su cabeza hacia mí y un atisbo de sonrisa aparece en su rostro al haberme atrapado mirándole, pero pronto la borra.

Rápido vuelvo a clavar la mirada en el suelo, siendo consciente de que ahora el que mira al otro sin vergüenza alguna es él a mí y atrapó mi labio inferior entre mis dientes debatiendo conmigo misma el si debo o no soltarle lo que durante el baile estuve a punto de hacer.

Y es cuando de reojo le veo abrir la boca para decir algo, que tomo una bocanada de aire llenandome de valentía y sin mirarlo le suelto aquello.

— Eres tu.

Por un instante creo que no me ha escuchado por el tono tan bajo que he usado al decirle esas dos palabras, el que se quede en silencio me hace pensar eso. Pero cuando alzó la mirada hacia él sé que lo ha hecho por cómo me mira con el entrecejo levemente fruncido sin comprender qué quiero decir con eso.

— ¿A qué te refieres con eso? —pregunta él.

Lo miro dudosa a los ojos durante uno breves segundos, luchando conmigo misma para que las palabras salgan de mi boca. Siempre se me hizo difícil expresar mis sentimientos hacia cualquier chico o persona, en general, que no fuese mamá o mi hermano. Y qué este sea Samuel, de una u otra forma me complica todo. Al no poder seguir sosteniendo su mirada la desvío al suelo.

— Giselle —dice, en un tono que me indica que debo continuar.

Niego con la cabeza, a lo que él vuelve a preguntar, está vez acercándose con dos zancadas hacia mí y colocándose en mi frente.

— ¿A qué te refieres?

Expulso todo el aire de mis pulmones, negando tener que seguir ocultando lo que siento por él.

— El chico que quiero —susurro, alzando la mirada y conectandola con la suya—. Ese eres tú, Samuel.

Veo como sus cejas se alzan a la vez que sus ojos se abren tan grandes como dos inmensos faroles, claramente sorprendido por la magnitud de mis palabras. No sé lo esperaba. Y eso me ha quedado claro al verlo en aquel estado de shock.

— Rechace a Andrew por ti —sigo, al ver que sigue mirándome sorprendido—. Porque a quien quiero realmente es a ti.

Samuel abre la boca tratando de decir cualquier cosa en dos oportunidades, pero la cierra de golpe sin poder emitir palabra. Y entonces da dos pasos torpemente hacia atrás, negando con la cabeza.

— No, eso... tú...

Su mirada vuelve a encontrarse con la mía, pero todo rastro de sorpresa ha desaparecido de ella y ahora no hay más que rabia, enfado.

Sé lo que viene ahora y me preparo para escuchar como me reprocha por haberle ocultado esto, por haberle rechazado aquel día sí siento esto. Pero contrario a eso, para mí sorpresa, Samuel no me reclama nada, lo único que hace es darse la vuelta y con grandes zancadas caminar con dirección al salón.

Tardo unos minutos en reacción, de darme cuenta que se está alejando de mi sin si quiera reclamarme aún cuando sé que está furioso así que obligó a mis pies ir tras de él.

— ¡Samuel! —le llamo, pero este ni siquiera se molesta en detenerse o voltear a verme—. ¡Samuel, espera!

Y corro detrás de él mientras le llamo como una loca desquiciada y él me ignora.

Pasos más adelantes le veo entrar en el salón donde se está festejando la boda de mi madre, y cuando yo entro también miro a todas partes buscando al chico con la mirada, pero no obtengo resultados. No está. Tal vez fue al otro salón.

Y cuando me preparo para ir hacia allá frente a mí aparece Louis.

— ¡Giselle! —me llama, trae el entrecejo levemente fruncido, en su mirada noto un atisbo de preocupación—. ¿Qué ha pasado con Samuel? Le he visto entrar y no sé ve para nada contento.

— ¿Sabes a dónde ha ido?

Louis mueve la cabeza en un gesto afirmativo, a pesar de que no le respondo lo que quiere saber.

— Acaba de entrar al baño.

— Después... te cuento —digo, apresuradamente—. Antes necesito hablar con él.

Otra vez, Louis asiente y me deja ir cuando le sigo aquello.

Voy directo al baño, una vez frente a la puerta me detengo tomando el pomo de la puerta, pensando en sí sería buena idea enfrentarlo ahora.

Y cuando uno de los meseros pasa por mi lado con una bandeja llena de copas con champagne le quitó una y me bebo todo el contenido de un solo trago, llenandome de valor y valentía. Dejo la copa en la bandeja dándole un gracias al chico y sin más entró al baño.

Al entrar lo primero que veo es a él frente al lavamanos, con las palmas de sus manos abiertas se apoya del mármol, el chorro de agua está abierto y a través del espejo frente a él clava su mirada en la mía.

— ¿Hay... alguien más? —le pregunto.

Él no me responde, sino que aparta su mirada. Aquello lo he dicho lo suficientemente alto como para que quien estuviese allí me oyera y al no escuchar otra voz, cierro la puerta detrás de mí con pestillo, encerrando me en aquel baño con Samuel.

Doy un paso hacia él, buscando su mirada en el espejo.

— Samuel, yo...

Y entonces se gira abruptamente hacia mí con su enfado creciendo.

— ¿Por qué carajos me mientes? —me suelta, molesto, casi gritando.

Sus ojos azules solo me demuestra cuán enfadado está, pero no me dejó intimidar por eso y me acerco a él hasta quedar a su lado.

— ¿De qué hablas? —pregunto, frunciendo el entrecejo.

— No te hagas, Giselle —dice, serio—. Primero me rechazas, ahora me dices esto. ¿A qué estás jugando?

Hundo más mi entrecejo.

— Samuel no te estoy mintiendo.

— ¿No? —dice, alzando sus cejas con falsa sorpresa—. Entonces respóndeme una cosa, ¿por qué cuando me rechazaste dijiste que había alguien más? ¿Por qué lo hiciste?

Frunzo mis labios en una línea recta, clavo la mirada en mis pies.

— Yo... — tomo una bocanada de aire y la expulso antes de volver a hablar—. Cuando estábamos juntos, mucho antes de que tu... me dijeras aquello te vi con Mónica.

Alzó la mirada hacia él que se ha colocado frente a mí, y veo el momento justo en que sus cejas se alzan con sorpresa.

— ¿Nos... viste?

Asiento con la cabeza, sonriendo con tristeza.

— Si, ví cuando se besaron.

— Giselle, yo no... ella fué... —dice, un poco nervioso.

— Déjame seguir —le interrumpo.

Él asiente con la cabeza, guardando silencio.

— Cuando me soltase aquello entré en pánico, yo... —suelto un suspiro—. Joder, tenía miedo.

— ¿Miedo? —arqueo una ceja.

— A que me lastimen otra vez, si —asiento—. No quiero volver a pasar por lo mismo que pase con mi exnovio.

— Giselle, yo no soy él —susurra, mirándome a los ojos—. Yo no te haría algo así.

— Pues el que beses a una y luego vayas a confesarle tu amor a otra me hace pensar otra cosa.

Samuel se rasca la nuca, ya no está enfadado, sino nervioso.

— Joder, yo... —dice—. Fue ella quién me beso, yo no...

— Eso ya no importa, Samuel.

— No, si importa —me contradice—. ¿Recuerdas el día que fue a buscarme al edificio y nos vio juntos?

Muevo la cabeza en un gesto de afirmación.

— Cuando nos dejaste solos le dejé en claro que no quería nada con ella, que solo la veía como a una amiga —su honesta mirada me asegura que así es—. Y después que me beso ese día le aclaré que quien me gusta eres tú y le pedí que se marchará.

— ¿No se fueron juntos? —la incredulidad en mi rostro fue para él demasiado notoria.

— ¿Qué? No, no.

El alivio que cruza mi pecho es tan inmenso como notorio. ¿Por qué nadie me dijo aquello?

— Yo... Pensé... —niego con la cabeza, olvidando aquello—. Si solo son amigos, ¿qué hay de lo que ví en el salón de química?

Lo miro y él desvía la mirada a otro punto lejos de mí.

— Yo... estaba molesto y... bueno, ella intento que pasará algo más, pero... no pude y luego tú nos viste.

Asiento con la cabeza, comprendiendo sus palabras.

Hay un momento de silencio entre nosotros en el cual solo se escucha el ruido proveniente de afuera. Lo miro mientras él tiene su mirada clavada lejos de mí, y una vez más me convenzo de lo bueno que está este chico.

— Samuel.

Ante mí llamada sus ojos azules se clavan en los míos del mismo color, pero grisáceos.

— ¿Si?

Me relamo los labios, antes de soltar aquella petición.

— Bésame.

— ¿Eh? —me mira un poco confundido, arqueando una ceja.

— Quiero que me beses, Samuel —le digo—. Hazlo.

Y gracias a mis palabras una sonrisa cruzó su rostro, una traviesa y maliciosa, antes de que se abalanzara sobre mí y uniera sus labios con los míos como de lo pedí.

Sus labios encontraron los míos, abriéndolos y apoderándose mi boca con fiereza, sólo con él sabe hacerlo. Me dejé llevar por sus besos, por sus manos en mi cintura y en lo que bien que sentía su cercanía después de todo.

Gemí cuando su mano se adentró por debajo de mi vestido, acariciando mi muslo en el proceso. Mordí su labio inferior, haciendo que él suspirara en mi boca y aquello sólo sirvió para encenderme todavía más.

Con autentico desespero intenté quitarle el saco, no pude y él termino haciéndolo por mí sin siquiera despegarse de mis labios para después lanzarlo a cualquier rincón del baño. Mis dedos comenzaron de desbotonar los botones de camisa mangas largas, sentí cómo sonreía contra mis labios cuando deslicé mis manos hacia arriba por sus abdominales cuando quité el último botón, queriendo tocar.

Samuel no me aparto, también me pidió que parara, y en este punto tampoco le pediría lo mismo.

Cierro mis ojos dejándome llevar por nuestro beso, cuando llegue a sus hombros deslice su camisa por sus brazos para sacarla. Sin prisas, dejando que mis dedos acariciasen cada milímetro de su suave piel.

De pronto, se apartó de mí y bajo sus labios a mi cuello, provocando un gemido de lo más profundo de mi pecho cuando los poso en aquel punto. Comenzó a besar cada pequeño lugar del trazo de piel que llegaba a mi oreja y mientras sus dedos hacían lo mismo sobre la piel de mi muslo.

Con su otra mano recorrió mi espalda hasta alcanzar el cierre de mi vestido. Lo bajo, dejando que los tirantes se deslizaran por mis brazos y que después el vestido callera a mis pies.

Se aparto de mí, dejando un vacío en mi cuello y pecho, y me observó de pies a cabeza relamiéndose los labios, dándome una mirada lujuriosa con la que me sentí deseada, deseada de verdad.

Podía notar mi respiración agitada y la sangre calentando cada centímetro de mi piel. En aquel momento solo quería desnudarlo y acercarlo a mí, que me hiciese suya con las mismas ganas de aquella vez.

Pero él estaba tomándose las cosas con calma, muchísima calma.

— Voltéate —susurra en mi oído, mientras se quita el cinturón de su pantalón y lo deja caer al suelo.

Antes de que le hiciese caso su boca bailó desde mi oído hacia mis labios, dándome un profundo que me quitó la respiración.

Bajé las manos por su pecho desnudo, llegando a la cinturilla de sus pantalones. Atravesé la barrera de su ropa interior y me adentré hasta rodear su dureza con mis manos. Empecé a masajearla, siendo consciente de lo bien que se sentía aquello.

Samuel gimió en mi boca antes de tomarme la mano y sacarla de allí para luego alejarse, sus ojos azules los cuales se han convertido en un tono más oscuro puestos sobre mí.

— Si haces eso no aguantaré nada —susurró, adueñándose de mi respiración para luego repetirlo una vez más—. Date la vuelta.

Accedí ante su segunda petición y él me hizo girar. Ese lado mandón de Samuel me estaba gustando. Quedé de espaldas, gracias el espejo frente a mí veo como tira de sus pantalones hacia abajo. Poco después se pegó a mí por detrás, colocando su mano bajo mi ombligo y fue bajándola, el tacto de sus dedos sobre mi piel, íntimos, me llenó de placer.

 Se adentro en mi ropa interior mientras yo me apoyé del frío mármol del lavamanos, cerrando los ojos para dejarme llevar por las múltiples sensaciones que se adueñaron de mí.

Su dedo medio fue el primero en alcanzar mi centro, cerniéndose sobre el botón de placer que me hizo entornar la espalda contra él.

Escuché como maldijo cuando mi trasero rozó su miembro abultado al propósito, sonreí por ello. Segundos después su otra mano tiro de mi ropa interior hacia abajo, dejándole caer en el suelo. La patee lejos, enviándola fuera. Así sentí su dureza presionando contra mí sin ninguna barrera. Y eso fue demasiado.

Los dedos seguían sobre mí avanzaron más, hasta que uno de ellos jugó con mi entrada. Su boca de posó en la parte alta de mi cuello y luego bajó por él, llenando de besos mi columna vertebral.

— Demonios, Samuel —me quejé, cerrando los ojos del placer.

Sus dedos se movieron agiles un poco más hasta que uno de ellos entró decidido dentro de mí. Gemí y otro más penetró.

Samuel comenzó a moverlos entre sí, tocando la pared donde estaba un punto muy sensible mientras el pulgar continuaba estimulándome.

Si seguía así me correría más pronto que tarde.

Apoyé la cabeza de su pecho, soltando un gemido.

— Para, porque quiero sentirte dentro, Samuel.

Como si hubiese sido más una orden que un ruego, Samuel dejó tocarme. Sus dedos se alejaron de mí, trazando un camino hacia mis caderas. Las agarró con fuerza y yo arqueé mi espalda al sentir cómo me buscaba por detrás.

Encontró en seguida mi entrada y comenzó a deslizarse despacio. Suspiré con él, sintiendo como me abría. Hasta que la punta entró… y entonces dio una estocada que me hizo gritar de placer, grito que por la música a todo volumen que hay afuera solo pudimos escuchar nosotros.

Se quedó ahí, apartando mi cabello del cuello y jadeando sobre él. Poseyéndome.

— Desde que te vi con ese vestido había querido esto, quitártelo y tenerte así, desnuda y lista para mí. —susurró.

— Muévete —le pido—. Solo hazlo.

Asistiendo a mi ruego Samuel comenzó a moverse. La fricción entre nuestros cuerpos llegó a mis oídos mientras cada terminación nerviosa de mi cuerpo podía más.

Moví mi cuerpo, acelerando el ritmo con el suyo.

Una de las manos que tenía en mis caderas se alejó, acariciando mi ombligo, la cintura, el pecho y llegando al cuello, donde se quedó y agarró, girando mi cabeza hacia él.

— Mírame —me pidió.

Y lo hice.

Mis ojos conectaron con los suyos, ambos oscuros, pidiendo más mientras la fricción y los jadeos llenaban la habitación.

— Al Diablo con todas, Giselle, eres tú, siempre has sido tú —susurró contra mis labios, y soltó un gruñido—. No aguanto más.

Sus palabras pudieron conmigo y sentí que me iba mientras cerraba los ojos, aplastándome contra él. Escuche al rubio gemir y poco después sacudidas se volvieron irregulares, frenando en dos golpes secos mientras me llenaba.

Tardó más de lo que pensaba en separarse de mí. Primero me soltó el cuello para acto seguido darme un suave beso en cada lugar donde sus dedos me habían sujetado.

Luego lo hizo con mi espalda, trazando parte de la columna hasta que salió de mí.

Me di la vuelta y los dos compartimos una pequeña mirada que se convirtió en sonrisa, rodeé su cuello con mis brazos y lo besé una vez más.

— Vamos a mi departamento —me pide, entre besos.

Soy consciente de como algo en él vuelve despertarse, y no puedo evitar reírme.

— ¿Tus padres qué?

— Papá no está, viajo y viene mañana por la tarde —me dice, dejando besos en mi cuello—. Y mamá se quedará hasta que culmine todo.

— Y eso será hasta la madrugada —hablo, sonriendo, traviesa.

Samuel asiente con la cabeza, sonriendo también.

— ¿Vamos?

— Vamos.

Entre besos nos volvimos a vestir, Samuel sale primero del baño para no noten nada, después de contar hasta cincuenta también salgo y voy a dónde está mi madre. A unos metros veo a Samuel despidiéndose de su madre, dándole un beso en la sien.

— Mamá —le llamo, ganándome su atención al instante—. Estoy un poco cansada, iré a casa.

— Cielo, pero habías prometido quedarte.

— Estoy cansada —repito, sintiéndome un poco mal de dejarla.

Mamá suelta un suspiro.

— Vale, dile a tu hermano que te lleve.

Niego con la cabeza en un gesto negativo.

— Samuel me llevará.

Las cejas de mamá se elevan con sorpresa, vale, no se esperaba aquello.

— ¿Ya se han arreglado?

— Algo… así —sonrío al recordar lo del baño—. Estamos en eso.

— Entonces ve, no te preocupes, tu arregla las cosas con el vecino.

Asiento con la cabeza y me despido de ella dándole un beso en la mejilla, también de Daniel y busco con la mirada a Samuel.

Este está mirándome, cuando nuestros ojos se encuentran me sonríe y me hace una seña indicándome que salgamos.

Obediente, le sigo.