Capitulo cuarentena y uno

NARRA GISELLE.

— ¿Qué fue eso de hace un momento? —me susurra Andrew, quien está sentado a mi lado izquierdo.

Lo miro y este me da una sonrisa divertida mientras yo estiró mi mano para alcanzar la sal, pero cuando creo tomarla posó mi mano sobre otra. Eso me hace fruncir el entrecejo y dejó de mirar a Andrew, es cuando notó que la mano que he tomado es la de Samuel quien tomo primero la sal.

Rápido apartó mi mano de la suya, sintiendo como mis mejillas se tornan rojas.

— No ví que...

— Descuida —me interrumpe Samuel, deslizando la sal sobre la mesa para que yo la utilice primero—. Usala tú.

Lo miro a los ojos, él no aparta la mirada tampoco y así estamos por unos cortos segundos hasta que...

— ¿Y bien? —dice Andrew, haciendo que lo miré—. ¿Me contarás?

— Es algo sin importancia —digo, notando que Samuel ya no me mira.

Le echo sal a mí carne de manera torpe y rápido, y se la acerco a Samuel de la misma forma que él me la acercó a mí.

— Gracias —le digo, esbozando una tímida sonrisa.

Él asiente con la cabeza, tomando la sal y pronto rompe el contacto visual conmigo.

Suelto un suspiro, picando la carne en pequeños cuadros y llevándolos a mí boca de uno en uno luego de masticar y haber tragado.

— Para ser algo sin importancia, lograste que varios de rieran contigo y ni siquiera sabían de qué —continua Andrew.

— Son cosas —me encojo de hombros, quitándole importante. Y le doy una sonrisa divertida, sonrisa que él me devuelve.

El repetitivo sonido de algún cubierto chocar contra la delgada copa de cristal llama la atención de todos, incluyendo la mía. Desvío la mirada hacia el sitio del que proviene el rubio y entonces veo a Daniel de pie al lado de mamá golpeando una copa con un tenedor.

— ¡Su atención, por favor y gracias! —grita, aprovechando que la música es un mínimo sonido, algo suave y armonioso.

Baja la copa y el cubierto cuando se asegura de que todos los ojos están puestos en nuestra mesa, en él.

Se pasa las manos para alisar su traje negro y toma una bocanada de aire, la expulsa antes de empezar a hablar.

— Antes que todo, Georgina y mi persona queremos agradecerles a todos por estar hoy aquí —empieza, con una sonrisa—. No se imaginan cuán feliz estamos ambos de que nos hayan acompañado en este día tan especial e importante para nosotros.

— Oh no, ya empezó con sus cursilerías —me susurra Jason, rodeando los ojos.

No puedo evitar sonreír, y asentir mientras apoyo mi cabeza en su hombro mientras escucho a Daniel.

— Exactamente un día como hoy, hace un año conocí a una mujer maravillosa, que digo maravillosa, increíble —sonríe, y mira a mamá con tanto amor en su mirada que ahora me reprocho el haberme opuesto a mudarme, a que empezará una vida juntos él—. Qué me logro cautivar con su sonrisa y, sin dudas, con sus bofetadas.

Al pronunciar lo último mamá suelta una pequeña risa, yo la imitó así como el resto de los invitados.

La forma en que mamá conoció a Daniel siempre me resultó un poco extraña y cómica, ya que por lo habitual no te terminas enamorando de la persona que sin siquiera conocerte te abofetea dos veces.

Hace un año el antiguo jefe de mamá la despidió de su puesto como gerente en una joyería solo porque ella nunca se interesó en él, algo injusto si se me permite el comentario. Y claro que mamá se alteró, le insulto e incluso echo café tibio a la cara de aquel viejo regordete dejándose llevar por la rabia.

Y cuando salía echa una furia después de que la despidiera, a la joyería iba entrando un hombre con gafas, el cual tropezó a mamá sin querer y a ésta se le cayó el pañuelo sin que lo notará. Y como el hombre la tomo del codo para devolverle el pañuelo mi mamá lo abofeteo dos veces seguidas.

Ese día por la tarde mamá llego a casa y después de que el malhumor por el despido injustificado que tuvo se le pasará con un medio bote de helado de chocolate no hizo más que reírse de lo que le había hecho a ese pobre desconocido pensando que podría ser su jefe.

Y si, el hombre abofeteado era Daniel.

Después de unos días mamá volvió a encontrarse a Daniel en el centro, está se le acercó pidiéndole disculpas una vez más e intercambiaron números. De ahí empezaron a salir, se hicieron novios y luego esposos, cómo pueden ver.

Cuando las risas disminuyeron, Daniel retomo la palabra.

— El día de hoy doy gracias, porque nunca pensé que conocería al amor de mi vida de aquella peculiar forma —sonríe, mirando a mamá—. Pero lo hice y no saben cuán feliz estoy por ello.

Él sigue con su discurso empalagoso, pero dejó de prestarle atención en el momento que siento una peculiar mirada sobre mí.

Desvío mis ojos hacia el frente, justo donde está el rubio imbécil el cual en estos momentos está mirándome. Su expresión esta completamente sería, pero en su mirada hay un brillo que no logro descifrar, uno que ya había visto antes en él.

No aparta la mirada, la mantiene fija aún cuando también lo miro a esos hermosos ojos únicos que tiene. Veo que está escudriñando mi rostro, mirando cada detalle de él sin ningún tipo de vergüenza así que me permito a hacer la mismo y una vez más compruebo lo hermoso que es este chico.

Todo un Dios Griego.

Algo atrapa mi mano sobre la mesa, cosa que me hace fruncir las cejas con fundida y bajo la mirada notando que Samuel también lo ha hecho.

Y es cuando veo que Andrew ha entrelazado nuestras manos. Lo miro y este me sonríe de una forma tan cariñosa que no soy capaz de soltarme de su agarre, por lo contrario, le devuelva la sonrisa antes de volver a mirar al frente.

Pero Samuel ya no me mira, está con la mirada clavada en Daniel que sigue hablando, y no pasó por alto el hecho de que su postura se ha puesto más recta, su mandíbula tensa.

Prefiero ignorar aquello, para volverme a concentrar en las palabras cursis del esposo de mi madre.

— Por eso quiero decirte aquí, delante de todos que te amo, Georgina —le escucho decir—. Te amo como nunca amé a nadie y gracias por darme la oportunidad de ser parte de tu vida de ahora en adelante.

En un punto sus ojos viajan a dónde estoy con mi hermano.

— Y  a ustedes también, chicos —nos dice—. Gracias por no oponerse a que su madre rehiciera su vida a mí lado.

Me limito a darle una sonrisa, al igual que mi hermano, aunque a diferencia de la mía, la de Jason es un poco forzada pues todavía le cuesta ver a mamá con Daniel.

— Y bueno, ¡Que siga la fiesta! —grita Daniel—. Ya han tenido mucho con el momento empalagoso.

Todos ríen, él también.

El DJ coloca música otra vez en un volúmen alto, solo que esta es una de esas canciones lentas la cual reconozco en seguida, All of me de Jonh Legend.

Muchos de los invitados se levantan de sus puestos con sus parejas y se dirigen a la pista de baile.

— ¿Bailamos? —me pregunta Andrew.

— Eh, yo...

— ¡Andrew! —lo llama su prima, quien se ha levantado de su puesto—. Bailemos, ven.

— Pero... —intenta excusarse, pero Claudia inserte viniendo hacia el y tomándole el brazo.

— ¡Por favor! —ruega, haciendo un puchero.

— Vale, vale —se pone de pie y me mira—. Cuando acabe de bailar con Clau vengo por ti.

Asiento con la cabeza, dudosa.

Y entonces se va con su prima, la cual me guiña un ojo antes de marcharse.

Después le siguen Louis quién va a la pista con su tía, es decir, la señora Rinaldi. Mis tíos también van a bailar, así como la hermana de Daniel y su esposo. Y mamá con Daniel quienes se colocan en el centro de la pista mientras los reflectores los alumbran a ellos solamente.

Jason se me desaparece, Laura se lleva a rastras a su novio a la pista de baile a pesar de que esté está cabreado por lo que le ha hecho y la mejor amiga de mi madre saca a bailar al mejor amigo de Daniel. Así que en la mesa solo quedo yo, además del rubio de ojos lindos, la sobrina de Daniel y su madre.

Veo como la chica se gira hacia Samuel mientras esboza una sonrisa, él la ve con notable desinterés.

— Samuel, ¿cierto?

El antes mencionado mueve la cabeza en un gesto afirmativo, llevando su copa de vino tinto a sus labios.

— ¿Quieres bailar otra vez? —le pregunta.

Mis celos se hacen presentes, pues es obvio que a la chica le ha gustado Samuel.

Sin embargo, tras esa pregunta, para mí sorpresa, los ojos azules de Samuel se clavan en mí mientras deja la copa nuevamente sobre la mesa, solo que sin vino.

— ¿Tú quieres bailar? —me pregunta.

Lo miro como si le hubiera salido un tercer ojo en la frente o una segunda cabeza. ¿De verdad está hablándome sin el tono molesto o con rabia en su mirada? Esto es un milagro.

— ¿Yo? —y me apunto con mi dedo índice a mí misma. No pasó desapercibido como la fulana sentada a la izquierda de Samuel rueda los ojos.

El chico de ojos azules esboza una pequeña sonrisa de lado, entre divertida y burlona, antes de asentir con la cabeza.

— Si, tú.

— Oye, Samuel —la rubia apoya su hombro de la mesa, enfocándose solamente en él, mientras sonríe con coquetería y coloca una mano sobre la pierna de él.

No puedo verla, pero sé que lo ha hecho por el ceño fruncido de Samuel y por cómo baja la mirada a su regazo, y ve a la chica con una ceja arqueada.

— Entonces... ¿bailamos? —le insiste, inclinándose a él, casi para pegarle los pechos a la cara.

Pero Samuel no sé percata de ello, puesto a que sus ojos están clavados en mí mientras la ignora.

— ¿Quieres? —vuelve a preguntarme.

— Eh, yo... —tartamudeo, nerviosa dándome cuenta de las miradas que me dan esa rubia y su amigo. Miradas para nada agradables.

Samuel arruga su entrecejo y baja su mirada una vez más a su regazo antes de mirar a la chica que sonríe. El brazo que tiene ella sobre la pierna del chico se mueve de arriba abajo, así que no hay que ser muy lista para darse cuenta de lo que hace.

Y aguantando las ganas que tengo de estrangularla, debido a los celos, suelto aquello mirando a Samuel.

— ¿Tú bailaras conmigo? —pregunto, cuando vuelve a mirarme le sonrió—. Porque si es así, si quiero.

Samuel también sonríe y no tarda en ponerse de pie, haciendo que la mano de la chica deje de tocarlo. También me levanto de la silla mientras él rodea la mesa y viene hacia mi, posa su mano en la parte baja de mi espalda para empezar a caminar a la pista de baile, soy consciente de la mirada a muerte que me echa la sobrina de Daniel antes de girarme.

No detenemos en un punto donde la luz es un poco tenue, y hay pocas personas bailando ya que la mayoría lo hacen del otro lado.

Samuel se posa a mí espalda y rasca su ceja, un poco nervioso.

— Yo... eh, gracias —suelta, de pronto mirándome.

Frunzo el entrecejo, sin comprender.

— ¿Gracias? —repito, arqueando una ceja.

—Eh, si —asiente, moviéndose un poco incómodo—. Por... esto, esa chica es una pesada.

La decepción viene a mí como un chorro de agua helada al comprender sus palabras. ¿En serio solo me ha sacado a bailar para quitarse de encima a esa? ¿Solo por eso? Y yo que pensaba que... Nada. No pensé nada.

También rasco mi ceja, mirando hacia otro lado con la tristeza adueñándose de mi interior.

— Oh... n-no es... nada —murmuró, y vuelvo a mirarlo—. Hice mi obra de caridad, así que adiós.

Me giro con la intención de salirme de la pista de baile e irme a cualquier otro lado, sin él, pero con mucho licor para pasar la decepción. Pero su mano se enrolla alrededor de mi muñeca para mí sorpresa y me obliga a girarme hacia él.

Mi corazón late con más fuerzas de lo normal por las esperanzas que empiezan a crecer dentro de mí.

Pero así como aparecieron dichas esperanzas, así de rápido se esfuman cuando él abre su gran bocota.

— Está mirándonos —murmura, mirándome a los ojos. Se relame los labios, provocando que baje mi mirada a ellos unos segundos.

Abro mis labios de manera inconsciente, y cuando alzó la mirada noto que el también está mirando los míos. Pero pronto deja de hacerlo, y se enfoca en mis ojos.

— Si no te molesta podríamos... —deja aquello al aire.

¿Besarnos? Con gusto.

Niego con la cabeza, sacando aquello de mi mente y le miró.

— Yo... —dudo unos segundos, pero su cercanía me llama y termino sonriendo, tímida—. No hay problema.

El asintió con la cabeza, entonces da un paso más cerca de mi de tal manera que puedo sentir su respuesta sobre mis labios. Posa una de sus manos en mi cadera, logrando que con su tacto un escalofrío recorra mi cuerpo, erizando mi piel en el proceso, pero no parece notarlo y agradezco eso.

Yo dejo mi mano derecha sobre su hombro, y con su otra mano Samuel toma la mía izquierda y entrelaza sus dedos con los míos alzando su brazo, por ende, también el mío a la altura de su hombro. Todo ello sin dejar de mirarnos a los ojos. Y entonces empezamos a movernos al compás de la suave balada que suena en estos momentos.

Me pierdo en el océano de sus ojos, tenerlo tan cerca de mi causa que mi corazón sienta un pinchazo porque si no fuera por la pesada chica, no estaríamos así, tan juntos.

Siento que me pican los ojos, después de todo el alcohol que llevo en mi sistema se ha echo presente y me ha puesto sentimental, así que apartó la mirada antes de que note algo y la clavo en su pecho.

Cierro los ojos, dejándome llevar por el ritmo de la música que suena. Y es cuando lo siento más cerca de mi cuerpo, por lo que alzó la mirada hacia él y este ya está mirándome, la mirada que me da solo me hace confirmar su confesión.

Me quiere.

Sé que es así.

Y lo he jodido todo con mis miedos.

Frunzo los labios en una línea recta y apoyo mi cabeza de su pecho, cerrando los ojos con fuerza cuando el sentimentalismo me ataca otro vez.

Si lloraré, no lo haré frente a él.

Algo dentro de mí me dice que este es el momento perfecto para confesarle por qué lo he rechazado, para decirle que lo quiero. Pero me rehusó a hacerlo para que después se aleje de mí.

Siento como apoya su barbilla en mi cabeza, y su mera cercanía me hace olvidarme de todos los demás. Ahora sólo somos él y yo. Y el resto puede irse a la mierda.

Samuel se aparta unos escasos centímetros de mí, pero esto es solo para darme una vuelta y ponerme contra su pecho sin soltarme.

— ¿Estás bien? —su voz sale susurrante, en ese tono ronco que me resulta tan sexy de su parte.

Puedo sentir como sus labios rozan mi oreja y de paso como su respiración calmada choca contra la misma alborotando a mis pobres hormonas.

Sin poder emitir palabra, efecto de su cercanía, solo muevo la cabeza en afirmación.

Él no habla otra vez, yo mucho menos y seguimos bailando incluso cuando las melodías de otra balada empiezan a sonar.

Sé que otra gran razón de que ahora estemos así se debe a todas las bebidas alcohólicas que le he visto consumir desde hace ya varias horas, sino estuviera ignorandome como lo ha hecho estas últimas semanas. Pero no me importa, puesto a que no pienso desaprovechar o arruinar por nada del mundo lo bien que se siente estar cerca suyo.

— ¿Es Andrew? —le escucho susurrar a mí oído.

Su pregunta me hace fruncir el entrecejo en un claro gesto de confusión.

Me giro hacia él, dándole la cara y entrelazó mis dedos en la parte trasera de su cuello sin quitar mi gesto de confusión mientras él posa ambas manos en mi cadera.

Ladeó la cabeza, mirándolo a los ojos.

— ¿El qué?

Tras mi pregunta Samuel permanece unos segundos mirándome a los ojos con detenimiento en completo silencio, hasta que vuelve a hablar.

— Qué si es él a quien quieres —aclara, atrayéndome más a su cuerpo hasta siento su calida respiración en mis labios—. ¿Por él me rechazaste?

Lo miro a los ojos, en silencio, detallando cada facción de su rostro, notando en su mirada algo que no veía desde que me confesó que me quería: dolor.

Llevo mi mano hacia su mejilla, dándole suaves caricias esbozo una pequeña sonrisa triste y niego con la cabeza.

— ¿Entonces por quién? —pregunta—. A quien quieres...

Bajo mi mirada a sus labios y presiono mi dedo índice contra ellos para callarlo.

— Samuel...

— Por favor —me interrumpe—. Yo... quiero saberlo, solo... dime su nombre.

Niego con la cabeza en un gesto de negación.

— ¿Lo conozco? —insiste—. Por favor, Giselle.

— Lo conoces —asiento, con la yema de mi dedo recorro la silueta de sus carnosos labios—. Y muy bien.

— ¿Quién es?

Alzó la mirada, clavando mis ojos en los suyos y porque no veo a ese chico que conocí hace meses, al arrogante y fastidio, sino a uno triste y lleno de dolor me preparo para confesarle todo, porque él no merece seguir de esa forma por mi culpa. Él no.

Abro mi boca para decirle que el chico que quiero, el que no sale de mis pensamientos por más que trato y por el que estaría a dar mi vida si es necesario, es él.

Pero una voz familiar me interrumpe, obligándome a cerrar la boca y apartarme del chico al ver a su primo frente a nosotros con una enorme sonrisa.

— ¿El que estén así, tan cerquita uno del otro, quiere decir que se arreglaron? —pregunta, alegre, colocando una mano sobre mi hombro y otra sobre el hombro de su primo.

— ¿Qué mierdas quieres? —escupe Samuel, adoptando una expresión seria y quitando de su hombro la mano de su primo con brusquedad.

— Vale, no lo ha hecho —dice, haciendo una mueca.

— Louis —el tono que usa el rubio con su primo es uno totalmente irritado y molesto.

— Solo me han enviado a buscar a tu... A Giselle —no paso desapercibido el hecho de que iba a referirse a mí de otra forma.

— ¿Mi madre? —pregunto, arqueando una ceja.

Él niega, mira a su primo de reojo cuando suelta aquel nombre.

— Andrew.

— Me voy —dice Samuel, de pronto, y sin molestarse en mirarme me deja con su primo.

— ¿No has hablado con él? —me pregunta Louis.

— Lo iba a hacer, justo cuando llegaste.

El chico forma una pequeña O con su boca, poniéndose un poco rojo.

— Disculpa, de haber sabido que lo harías no me hubiera acercado.

— Lo sé —suelto un suspiro, queriendo olvidar el tema—. En fin, ¿dónde está Andrew?

— Afuera, en el estacionamiento esperándote.

— Vale, iré entonces.

— Puedo acompañarte, si quieres.

Niego con la cabeza.

— Ve tú con Samuel, él... me sentiría un poco mejor si tratas de hacerle sentir mejor.

— Y eso haré, entonces.

Sin más salgo del salón de fiestas y me dirijo al estacionamiento, está bien iluminado y es espacioso, al fondo veo al primo de mi amiga recostado de su auto con sus brazos cruzados sobre el pecho mirándome mientras sonríe así que me acerco a él.

— Louis me ha dicho que me enviaste a buscar con él —digo, cruzando mis brazos también—. ¿Para qué?

— Solo quería decirte algo sin que alguien más pueda escucharnos y con silencio de fondo, de paso.

— ¿Qué cosa?

— Que no se note lo curiosa que eres, eh —ríe.

— Perdón.

— Descuida —hace un gesto con la mano para restarle importancia a aquello.

Ambos permanecemos callados y entonces un silencio poco cómodo aparece en el lugar, por lo que me obligó a hablar.

— ¿Entonces... me dirás o nos quedaremos aquí sin hacer nada?

Andrew sonríe, descruzando sus brazos se despega del coche y da un paso hacia mí para estar más cerca, debo alzar la mirada para verlo a los ojos.

— Solo quería recordarte que me gustas, Giselle —me mira a los ojos, llevando un pechos de mi cabello suelto detrás de mí oreja.

Un leve sonrojo se esparce por mis mejillas.

— Oh, bueno... eh...

— Y aparte, quería yo recordar algo.

Frunzo el entrecejo, con confusión.

— ¿Qué cosa?

No he terminado de decir aquello cuando Andrew se inclina hacia mí tan rápido que no me da chance de reacción y une sus labios con los míos.

Me quedo quieta en mi sitio, con los ojos tan abiertos por la impresión. No espere que fuera a hacer esto, sin dudas. Él tiene sus ojos cerrados, prácticamente sus labios aplastan los míos que me niego a abrir o mover.

Así pasa un minuto, hasta que me obligó a mí misma a reaccionar y pongo mis manos en su pecho para después alejarlo de mí.

— ¿Qué sucede? —pregunta, frunciendo el entrecejo.

— Andrew no. Joder, no vuelvas a hacer eso —digo, algo molesta.

— ¿Por qué? —ladea la cabeza, confundido.

— Porque no, joder —respondo—. Tú y yo solo somos amigos, se supone que los amigos no tienen este tipo de contacto físico.

— Si es por eso, podrías aceptar ser mi...

— Ser tu nada, Andrew —le corto, queriendo sonar no tan hiriente con lo siguiente que diré—. Tú no... no siento nada por ti más allá del cariño que te tengo por ser mi amigo.

Vale, eso me ha dolido incluso a mí.

Pero es que no sé por qué carajos me ponen a mí... ¡Justamente a mí! En situaciones similares a esta, primero con Samuel, ahora con Andrew. Lo único distinto es que a uno le rechacé por miedo de salir lastimada y por tonta, al otro porque no me gusta.

¿Qué karma estaré pagando para que me toque esto, Dios mío?

— No me gustas —añado al ver que solo me está mirando sin decir nada.

Andrew sigue mirándome, callado y empiezo a considerarme la idea de volver al salón. Y de pronto, para mí entera sorpresa, él toma mi rostro entre sus manos sin delicadeza alguna y planta otro beso sobre mis labios.

Mientras que el primero fue suave, delicado y básicamente solo fue unir nuestros labios, sin más. Este es lo contrario, es salvaje, brusco y aprovecha el que yo tuviera la boca entreabierta por la sorpresa al momento de besarme para mover sus labios sobre los míos con mayor libertad, aún cuando me resisto.

Pero así como se abalanzó sobre mi tan de repente, así mismo se aparta o mejor dicho, lo apartan de mí.

Y cuando me doy cuenta veo a Andrew tirado en el suelo tocándose la nariz la cual le sangra y a mí lado veo a Samuel agitando la mano con la que le dió el puñetazo mientras maldice por lo bajo.