Capítulo cuarenta y tres

NARRADOR: GISELLE.

No hay mejor manera de despertar, que hacerlo y toparte con el rostro del chico o la chica a la que quieres solo a centímetros del tuyo mientras duerme.

En serio, yo que se los digo.

Anoche después de irme de la fiesta de mi madre Samuel me trajo a su departamento, efectivamente, no había nadie. Y claro, nosotros aprovechamos el que estuviéramos solos para hacer repetidas veces... cosas, ustedes saben a lo que me refiero, ¿no?.

Y cuándo quise irme a mí departamento porque estaba muerta del cansancio y del sueño Samuel no me lo permitió, por lo que ahora estoy en su habitación acostada en su cama observándole dormir boca abajo con su rostro hacia mí sin ninguna vergüenza alguna.

Hace más de media que desperté, ya es de día, pero no he querido levantarme por lo jodidamente bien que se siente estar así con el chico rubio.

— ¿Quieres que te busque una cubeta? —le escucho decir de pronto, su voz sale adormilada y un poco ronca, sin siquiera abrir sus ojos.

Su pregunta hace que frunza el entrecejo levemente con total confusión.

¿Llevaba todo este tiempo despierto?

— ¿Eh?

— Una cubeta —esta vez abre sus ojos de manera lenta para acostumbrarlos a la claridad que entra por la ventana, y conecta su mirada con la mía—. La necesitas.

— ¿Cómo para que la necesito? —enarco una ceja, confundida aún.

— Para que eches toda la baba que botas por mí — bromea, elevando la comisura de sus labios un poco.

Le doy un leve golpe en el brazo, también sonriendo.

— Oh, cállate.

Samuel suelta una pequeña carcajada a la vez que se incorpora sobre la cama, recostando su definida espalda del cabezal de la cama mientras con sus dedos estruja sus ojos y bosteza.

— ¿Cómo amaneciste? —pregunta luego de unos segundos.

— Yo... bien —me limito a responder.

Samuel me mira hundiendo sus cejas levemente y ladea la cabeza.

— ¿Solo bien? —inquiere—. Me esperaba una mejor respuesta teniendo en cuenta de la increíble sesión de sexo que tuvimos anoche, la verdad.

Mi boca se abre en una pequeña O al escuchar sus palabras, intento decir algo, pero nada sale de mi garganta así que callo sintiendo mis mejillas tornarse rojas.

¿Cómo puede decir esas cosas con tanta facilidad?

Vuelvo a golpearlo, está vez en el pecho cuando me incorporo sin soltar la sábana de mi pecho y él suelta una risa.

— Ven aquí, fea —palmea sus piernas, indicándome que me siente allí.

Dudo por un instante, él lo nota e insiste una vez más, por lo que terminó quitando la sábana que cubría mi pecho, dejándolo expuesto y a la vista del chico rubio que ahora misma ha bajado la mirada a ellos casi por inercia. Y me subo a horcajadas sobre él.

— Joder, que vista —murmura, tragando saliva.

— Hey —capto su atención—. Mis ojos están acá arriba, no allá abajo.

Le recriminó, haciéndome la ofendida. Pero la verdad es que me gusta que me miré, más si es con esa mirada llena de deseo que posee ahora.

Él alza las manos en forma de inocencia y después me señala con su dedo índice.

— Eso es culpa tuya —dice—. Pudiste haberte quedado con la sabana, pero no, te la quitaste solo para tentarme tan temprano.

No puedo evitar soltar una carcajada, colocando mis manos sobre sus hombros a lo que él baja las suya a mí cadera y las deja allí.

— Eso no es cierto.

— Oh, claro que lo es.

— No, no lo es.

—  Bésame y admito que no lo es.

— Eso se llama chantaje.

— No, se llaman ganas de querer que me beses.

Sonrío por inercia y se inclinó hacia adelante para unir sus labios con los míos en un corto beso. Y me echó hacia atrás cuando me separo.

— No te muevas así, joder —me pide, inhalando y exhalando con lentitud mientras cierra los ojos.

— ¿Por qué? —frunzo el entrecejo.

Y no hace falta que Samuel me responda, porque entonces lo siento. A través de la delgada tela de nuestra ropa interior siento aquel duro bulto, de solo sentirlo un jadeo inesperado de escapa de mi garganta.

Y porque aquello se sienta tan jodidamente exitante empiezo a mover los caderas de un lado a otro, de arriba abajo con lentitud mientras veo como Samuel echa la cabeza hacia atrás con los ojos cerrados y su respiración se va acelerando.

— No empieces algo que no vas a terminar, Giselle —me pide, entre gruñidos.

Sin dejar de moverme me inclino hacia adelante y muerdo el lóbulo de su oreja.

— ¿Quién dijo que no lo voy a terminar? —inquiero, susurrando.

Entonces, me apartó de su oreja y le planto un salvaje beso en los labios el cual él me responde con la misma hambre y fiereza, es él quien se encarga de profundizarlo.

Samuel aprieta sus manos en mi cadera, guiando mis movimientos sobre su miembro, provocando que jadee más de un vez sobre su boca.

Quito mis manos de sus hombros, queriendo tocar más las bajo por su pecho, acariciándolo hasta que llegó a la tiran elástica de su boxer.

Sin cortar el beso meto la mano por dentro del bóxer, deteniendo mis movimientos de cadera, y lo acarició de arriba abajo.

El escuchar sus gemidos contra mis labios solo me incita a sacar su miembro del bóxer y masturbarlo como se debe. De arriba abajo, de forma rápida.

Samuel corta el beso, llevando mis manos a mis pechos, manoseandolos como quiere mientras sus besos bajan a mí cuello. Y no tiene que pedirme lo, ya que yo misma le doy acceso a este echando la cabeza hacia atrás mientras muerdo mi labio para no gemir y sigo masturbando al chico.

Dejo aquello cuando quiero ser un poco más atrevida, y por ello me inclino hacia adelante para introducir su duro miembro en mi boca, pero antes de que pueda hacerlo Samuel me toma de los hombros, provocando que lo mire.

— ¿Estás segura? —pregunta, refiriéndose a lo que haré.

Anoche mientras teníamos nuestra tercera ronda aquí quise intentarlo, lo hice, pero casi me atragantó cuando se vino en mi boca porque si bien ya había tenido sexo con mi exnovio, pero nunca me atreví a hacer esto con él.

Lo miro a los ojos, y asiento con la cabeza.

— Estoy segura, y quiero hacerlo.

Él asiente con la cabeza.

— Te avisaré cuando sienta que me vengo, ¿vale?

Muevo la cabeza en afirmación y entonces me enfoco en el miembro que tengo entre mis manos. Otra vez me inclino mientras la boca me hace cosquillas por probarlo, pero entonces algo inesperado sucede.

La puerta de su habitación se abre de golpe.

Y cuando ambos miramos en esa dirección vemos a la madre de Samuel bajo el umbral echa piedra con los ojos bien abiertos al vernos de esta manera tan... comprometedora.

Mi primera reacción es soltar el miembro de Samuel y bajarme de encima de él, pero soy tan estúpida que lo hago hacia el lado izquierdo, allá donde es el borde de la cama y por eso termino en el suelo. ¿Lo bueno? La madre de Samuel ya no me ve, porque la cama me tapa.

La maldición que suelto por el golpe que me he dado parece hacerles reacción, porque de inmediato escucho a Samuel:

— ¡Mamá, largo! —la echa, desde el suelo veo como agarra una almohada detrás de su espalda y con ella cubre su miembro—. ¡Y antes de entrar toca la puerta!

— Y-yo... Y-yo —la escucho tartamudear, todavía estupefacta—. Solo quería ver si ya estabas despierto para que... desayunaramos juntos.

— No tengo hambre, ahora largo, por favor.

Tras decir aquello escucho como la puerta de la habitación del rubio se cierra segundos después.

— Se ha ido —me avisa él—. Párate de ahí.

Suelto un bufido, levantándome del suelo mientras el mal humor y la angustia se apodera de mí. ¿Qué tal si se lo cuenta a mi madre? No quiero saber cómo se pondría ella al saberlo, ni Jason.

— Y entonces... —Samuel titubea, esbozando una seductora sonrisa—. ¿Seguimos?

Y con ello logra cabrearme, así que le arrancó la almohada con la que se tapó y comienzo a golpearlo.

— ¡Esto es por no ponerle seguro a la puerta, imbécil! —lo golpeo con la almohada—. ¡Y este por creer que continuaré después de tremendo vergüenza que te pasado con tu madre! —vuelvo a golpearlo—. ¡Dios, eres un imbécil!

Él rueda por la cama, esquivando mis golpes y como me ha sucedido a mí cuando quise bajarme de encima suyo, llega a la orilla de la cama y antes de siquiera poder evitarlo cae al suelo.

— Mierda —gruñe, todavía en el suelo.

Y vuelve a quejarse cuando le lanzo la almohada, dándole en toda la cabeza cuando intentaba ponerse de pie.

— Imbécil.

— Oye, no deberías tratarme así —se queja, poniéndose ahora sí de pie.

— ¿Cómo quiere que te trate después de semejante vergüenza por la que me has hecho pasar? —me quejo, cruzando mis brazos sobre mi pecho. Su mirada azulada baja al instante a mis pechos cuando hago aquello—. ¡Samuel!

Le reprocha, lanzandole otra almohada la cual le da en el pecho.

— ¡Perdón, perdón!

— ¿Qué tal si se lo cuenta a mi madre? —inquiero—. Me matará si sabe de esto, ni hablar de Jason, te daría una paliza.

— Ella no le dirá nada —asegura, acomodándose el gran bulto de su entrepierna—. Yo me encargaré de ello.

— Pues más te vale, Samuel.

Acto seguido busco con la mirada por toda la habitación mi vestido, y al encontrarlo tirado en una esquina en el suelo voy directo a él.

— ¿Qué haces? —me pregunta Samuel, siguiendo mis movimientos con la mirada.

— ¿Tú qué crees? —digo, tomando el vestido del suelo de mala gana.

— ¿Por qué no te quedas un rato? —propone.

Giro mi cabeza hacia él tan rápido que el movimiento brusco me hace doler el cuello, y paro en la tarea de vestirme.

— ¿Y qué tu madre piense que estamos...?

— ¿Follando? —termina por mí, elevando una ceja.

— Eso, si —asiento—. Yo paso, la verdad.

Me subo el vestido y como puedo me subo el cierre del mismo hasta menos de la mitad de mi espalda ya que pronto otras manos se encargan de subir todo el cierre por mi. Al terminar deja un beso en mi cuello, provocando que un escalofrío recorra todo mi cuerpo.

Para evitar tentaciones me apartó de él ahora en busca de mis tacones los cuales encuentra al pie de la cama. Y me siento en esta para colocarme los.

— ¿Ni siquiera quieres quedarte a desayunar con mi madre y conmigo? —insiste, sentándose a mí lado. Noto que se ha puesto unos pantalones de algodón de algún pijama suyo.

Me abrochó el último zapato y le miró, enarcando una ceja.

— Le has dicho a tu madre que no tenías hambre.

— Le mentí —se encoge de hombros—. ¿Te quedas?

Me levanto de la cama y niego de un lado a otro en forma negativa.

— Tú madre nos acaba de ver apunto de tener... —me corto, soltando un suspiro. El solo pensar en ese momento tan bochornoso hace que mis mejillas se tornen rojas—. No soy tan sin vergüenza para plantarme frente a ella y hacer como si eso no pasó. Será demasiado incómodo.

— Pero...

— No insistas —le corto y me dirijo a la puerta sin más. Al abrirla le doy una última mirada—. Adiós.

— Oye, espera...

Salgo de la habitación, deseando no encontrarme con la madre del chico rubio porque me moriría de la vergüenza con ella. Por suerte, cuando llego a la sala no hay nadie, tampoco en la cocina porque desde aquí puedo verlo, por lo que creo que debe estar en su habitación.

Pero la suerte se me acaba cuando al abrirla la puerta frente a mí hay un hombre el cual reconozco como el padre de Samuel, trae un maletín en su mano derecha y en la izquierda las llaves con las que pensaba abrir.

— ¿Quién eres tú? —me suelta, frunciendo el entrecejo dándome una rápida inspección con la mirada—. ¿Y por qué estás en mi casa?

— E-eh, y-yo... —tartamudeo, nerviosa, sin saber que decir.

«Vamos, Giselle. Di algo, no parezcas una tonta delante del suegro»

— Y-yo... soy...

— Es mi novia —una voz a mis espaldas me interrumpe justo cuando había encontrado mi voz para responderle al hombre.

De inmediato siento unas manos rodear mi cintura, y como depósita un beso en mi mejilla.

Y de solo saber lo que le ha dicho a su padre hace que las mariposas aparezcan en mi estómago a la vez que el corazón quiere salirse de mi pecho debido a la emoción que me causan sus palabras.

— Y se quedó a dormir anoche.

El padre de Samuel no disimula ni un poco la sorpresa que se cruza por su rostro al oír las palabras de su hijo, pero asiente con la cabeza.

— Es un gusto —estiro mi mano hacia él, sonriendo—. Soy Giselle, su...

— Nuera —me interrumpe, poco amable—. Ya he escuchado a mí hijo, tranquila.

— No, quiero decir, soy su vecina también —me explico—. La de al lado.

— Ya —el hombre asiente—. No quiero ser descortés, pero vengo cansado y hambriento, continuamos la charla después.

«Pues lo es» No puedo evitar decir en mi mente, pero callo solo porque es el padre del chico a mis espaldas.

Justo cuando su padre pasa a nuestro lado y se adentra en el departamento Samuel me suelta cuando me giro hacia él.

— ¿Por qué le has dicho eso?

— ¿Qué te quedaste a dormir? —frunce el entrecejo—. Porque es cierto.

— No eso —niego—. Lo de que soy tu novia.

— Pues eso también es verdad —me dice, dando un paso hacia mí—. A menos que no quieras.

— No es eso, yo... —hago una pausa—. No me lo esperaba.

— ¿Eso qué quiere decir, novia? —arquea una ceja, sonriendo con diversión.

— ¿Tú qué crees, novio? —le respondo esbozando una sonrisa burlona también.

Entonces, él me roba un beso corto en los labios.

— ¿Nos vemos más tarde?

Muevo la cabeza en un gesto afirmativo.

— En la piscina —le digo, y le dejó un beso en los labios, uno un poco más largo que el anterior—. Hasta entonces.

Y sin más me doy la vuelta y me dirijo hacia mí departamento, por suerte cuando entro no hay nadie, las luces están apagadas así que con paso lento me dirijo a mí habitación. Dónde me acuesto una vez entro después de cambiarme el vestido por un pijama, la sonrisa no se borra de mi rostro al recordar que ahora soy la novia de Samuel Rinaldi.

[×××]

HORAS MÁS TARDE.

Unos suaves golpes a la puerta de mi habitación me hacen apartar la mirada del libro que hasta hace unos segundos estaba leyendo, maldigo porque me interrumpieron en la mejor parte.

— Pasa —le indico, dejando el libro cerrado sobre la cama a mí derecha.

Acto seguido la puerta se abre dejando ver luego el cuerpo de mi hermano.

— ¿Qué hay? —me pregunta, dándome un asentimiento con la cabeza en forma de saludo y se acerca a paso lento, pero seguro a mí cama. Y se sienta en el borde de esta, de manera que quedamos uno frente al otro.

— ¿Qué hay? —repito, arqueando una ceja—. Desde cuándo viene a mí habitación y me dices: ¿Qué hay?

— Pues... desde hoy —sonríe, levemente nervioso y sé sus ha venido porque quiere decirme algo.

— A ver, cuenta —me acomodo en la cama, poniéndome en posición indio—. ¿Qué pasa?

Jason frunce levemente el entrecejo.

— ¿Cómo sabes que pasa algo?

— Te conozco demasiado bien, Jason —digo—. Así que habla.

— Pues... Eh, si hay algo que quería decirte.

— ¿El que?

Jason permanece unos minutos en silencio, con la mirada en sus manos hasta que suelta un suspiro y clava su mirada en mí.

— Es sobre la Universidad —empieza, dudoso—. Mañana me voy.

La sorpresa no pasa desapercibida en mi rostro.

— ¿Cómo que te vas? —pregunto confundida.

— La universidad en donde Daniel me recomendó queda un poco lejos de aquí, por lo que he decidido quedarme en el campus, allí me han dado una habitación que compartiré con otro tipo —me explica—. Pero trataré de venir los fines de semana, o cada vez que se me permita.

— ¿Mamá ya lo sabe?

Él niega con la cabeza.

— Tú eres la primera en saberlo —me dice—. Ahora mamá está demasiado cansada después de la fiesta de anoche, esperaré a más tarde para decirle.

Asiento con la cabeza.

— Pues que te vaya bien —le sonrío—. Debo aclarar que extrañaré molestarte, pero todo sea porque dejes de ser un vago.

— Oye, para vagas tu —me señala, haciéndose el ofendido.

Suelto un risa.

— Si, por supuesto —mi hermoso sarcasmo se hizo presente—. Soy hermana de un vago, algo de él tenía que heredar.

Jason rueda los ojos con total fastidio, pero pronto su expresión cambia a una más seria.

— También quería hablar contigo sobre algo más.

— ¿De qué se trata ese algo más? —arqueo una ceja, curiosa.

— Se de lo tuyo con Samuel —suelta, provocando que mi corazón se acelere de manera que por un momento creo que se me saldrá del pecho y abro los ojos tan grandes debido a la impresión que me han causado sus palabras—. No te pongas así, que tarde o temprano me enteraría.

— ¿C-cómo lo sabes? —pregunto, en un hilo de voz.

— Los he visto el otro día en las escaleras —me dicen—. Casi se besan.

Abro la boca formando una pequeña O con ella. Ese día tuvo que ser cuando Mónica nos interrumpió, no tengo dudas, pero tampoco pruebas.

— Además, en cuando a como lo miras y él te mira a ti, debo aclarar que no son los reyes de la discreción —rie—. Han sido demasiado obvios y puede que mamá me haya confirmado algo anoche.

Frunzo el entrecejo.

— ¿Qué te ha dicho?

— Que te gusta —suelta—. Y que él gusta de ti, que se te declaró.

Me siento indignada. Jamás le contaré algo a mamá, como si entendiera en que estoy pensando se apresura a decir:

— No es su culpa —me dice—. Yo los vi salir juntos de la fiesta, así que puede que me haya aprovechado del estado de embriaguez de mamá para sacarle la información.

— Eres increíble, Jason —digo en un tono no muy agradable, dándole un golpe en el brazo.

— Pero dime una cosa —ignora completamente mi comentario—. ¿Están saliendo? ¿O son amigos, solamente?

— Y-yo... puede que lo primero.

Me espero una mala reacción de su parte, sin embargo, a él no parece disgustarle nada lo que he dicho.

— Me gusta ese chico para ti —me dice, dándome una sonrisa de medio lado—. Y confío en que ahora que no voy a estar, él cuidará de ti.

Suelto un bufido, riendo.

— Es la primera vez que me dices eso —digo—. Por lo general, en tu opinión todos los que gustan de mi o estén interesados en mi son unos vagos buenos para nada sin futuro

— Pues es que lo son, deberás —dice, riendo—. Pero Samuel no tanto. Eso no quita que me empiece a caer un poco mal por involucrarse con mi hermanita pequeña. Sin embargo, sé que a su lado estarás... feliz. Se harán feliz mutuamente.

Asiento con la cabeza, sonriendo.

— Vaya, ¿seguro que no te has tomado nada vencido anoche? Porque jamás creía que llegaría el día en que escucharía esas palabras salir de tu boca.

Me burló, a lo que él enseria su rostro y me señala con el dedo.

— No me hagas cambiar de opinión —me dice, serio—. Aparte él ahora está en modo prueba, eh. Más le vale no hacerte daño porque le partire la cara.

Sonrío y me abalanzó hacia él para abrazarlo.

— Gracias por preocuparte por mí y aunque no es necesario, siempre querer defenderme —le doy un beso en la mejilla—. Eres el mejor hermano del mundo y te quiero.

— Yo siempre soy el mejor —se rie, mostrando su lado egocéntrico. Yo ruedo los ojos, apartándome de él—. Pero yo a ti.

Me guiña un ojo, sonriendo.

Abro la boca para decir algo, pero una voz proveniente de la cocina habla primero.

— ¡Jason, Giselle el almuerzo está lista! —grita Daniel.

Jason suelta un bufido, poniéndose de pie

— Vamos, que lombriz a dieta nos llama

Me río, imitando su acción.

— Oye, no te burles de Daniel.

Mi hermano rueda los ojos con auténtico fastidio.

— Como digas.

Y sin más, ambos salimos de mi habitación hacia la cocina lugar donde tomamos asiento junto con mamá y su ahora esposo, y empezamos a comer.