Capítulo treinta y ocho
NARRA GISELLE.
— ¿Es necesario todo esto? —una vez más mi hermano se queja.
Cómo acordamos ayer, después de mis clases mamá acompañada de mi hermano pasaron a buscarme al instituto para juntos venir a la boutique en la que estamos ahora probándonos los atuendos que luciremos el día de la boda. Y como imagine que sería, desde que llegamos Jason ha estado mostrando su descontento por la boda y se ha quejado hasta por lo más mínimo.
— Separa las piernas, por favor —le pide la chica que lo está atendiendo, a lo que supongo que él obedece de mala gana.
— Si lo es —le responde mamá—. Así que deja de quejarte.
— Parezco un tonto —lo escucho decir.
— No pareces —le digo, desde el probador en el que estoy—. ¡Lo eres, querido hermano!
— Tú cállate —me dice, molesto.
Suelto una risita por lo fácil que me resulta cabrear a mí hermano en situaciones como está.
Con un poco de dificultad subo el cierre de mi vestido hasta donde puedo, y me giro hacia el espejo de cuerpo completo que yacía a mis espaldas todo este tiempo.
El vestido que mamá ha escogido para mí es precioso, es de color beige, la falda tiene pliegues y llega más arriba de las rodillas, encima tiene una delgada malla la cual posee figuras bordadas en color rojo que parecen ramas con pequeñas flores que en su centro tienen pedrería, la parte superior está compuesta de una malla beige transparente en la cual el mismo bordado de flores y ramas sube cubriendo mi pecho mientras que los hombros y la espalda quedan libres de eso.
Seré la madrina de la boda, así que este vestido, aunque bien es un poco parecido al de las damas de honor, tiene diferentes cosas como el bordado, o que el de ellas es largo y con mangas, y el mío no.
— ¿Cariño, ya? —pregunta mamá, del otro lado de la puerta del probador.
Al fondo escucho como mi hermano maldice por lo bajo, seguramente lo han pinchado con algún alfiler, cosa que me hace reír.
— Si, abre y ayúdame con el cierre.
Tras decir eso la puerta a mis espaldas es abierta por mamá que se queda maravillada al verme con aquel vestido.
— Oh, que hermosa te ves, cielo —me halaga, acercándose para terminar de subirme el cierre del vestido.
Lo hace y me giro hacia ella esbozando una sonrisa.
— Gracias mamá.
— ¡Oye! —Jason se queja, haciendo que salgamos del vestidor para verlo con el traje negro con corbata roja sobre un pequeño escalón mientras a su lado están dos chicas las cuales se están encargando de tomar las medidas para ajustarle un poco más el traje.
— ¡Perdón, perdón! —se disculpa una de ellas, es de piel blanca y cabello rubio, se ve algo nerviosa.
— Si vas a hacer tu trabajo, hazlo bien —le pide mi hermano, con tono molesto—. Esta es la quinta vez que me pinchas con tu alfiler.
— Perdón —vuelve a decir la chica, cabizbaja.
— Jason, no seas grosero —dice mamá, seria—. Ella no tiene la culpa de que seas un capullo y te muevas cada dos por tres, así que déjala hacer su trabajo.
Jason rueda los ojos y suelta un bufido, haciéndole caso a mamá.
Cuando terminan con mi hermano ambas chicas se apartando para que él se pueda ver mejor en el espejo que tiene al frente.
— Te queda espectacular —dice mamá, contenta.
Jason la mira, frunciendo levemente las cejas.
— A mí todo me queda espectacular, mamá.
— Que ego —murmura la otra chica,, poniendo los ojos en blanco.
— Ahora sí que pareces gente vestido así —digo, para molestarlo.
— Si, bueno, no puedo decir lo mismo de ti —me mira—. Sigues pareciendo la misma indigente de siempre.
Las dos chicas se ríen por lo bajo ante la broma de mi hermano, también mamá lo hace.
Miro a la mujer que me trajo la vida con cara de pocos amigos, haciendo que contenga la sonrisa y vuelvo a enfocarme en mi hermano
— Muy gracioso —le ruedo los ojos.
Giro sobre mi propio eje y camino de vuelva al probador.
— ¡Es broma, lo sabes! —me dice él, riendo—. También pareces gente con ese vestido.
Sin siquiera molestarme en voltear le saco el dedo corazón.
— Pudrete, Jason.
Entró al probador a cambiarme el vestido por el uniforme de mi instituto, de fondo escucho la risa de mi hermano.
Me quitó el vestido con delicadeza, pues tengo miedo a ser brusca y romper la hermosa prenda sin siquiera haber ido a la boda con él. Después me coloco mi uniforme y tomo el vestido para salir una vez más del probador.
Y afuera veo a Jason ya sin el traje, a su lado está mamá conversando con el dueño de la boutique, quien fue el que se encargó de realizar mi vestido, el de mamá y el de las damas de honor, así que me acerco a ellos.
— Listo —se lo entrego al dueño de la boutique—. Me queda bien, no hay que hacerle cambios.
El hombre asiente con la cabeza.
— ¡María, cariño, ven! —tras el pedido del hombre una chica se acerca a nosotros, es la misma rubia que atendió a mi hermano—. Empaca el vestido, se lo llevarán.
Ella mueve la cabeza en un gesto afirmativo mientras toma el vestido ante de desaparecer, veo como mi hermano la sigue con la mirada puesta en su trasero y no puedo evitar rodear los ojos.
Hombres, todos son iguales.
— ¿El traje cuándo estará listo? —le pregunta mamá.
— Con los nuevos ajustes, creo que para mañana temprano —dice él hombre—. Pero te lo enviaremos como con tu vestido, así te ahorras el venir.
Mamá asiente, sonriendo.
— Me parece genial.
La chica rubia, María no tarda en regresar con una caja blanca en sus manos, caja que me entrega.
Mamá se despide del hombre que tiene por nombre Angelo, Jason y yo también nos despedimos antes de salir de la boutique. Vamos al coche de mamá y nos subimos, yo en la parte trasera con la caja del vestido mientras mamá y mi hermano en los asientos delanteros.
Mamá empieza a manejar así que me concentro en mi celular mientras ella habla con su hijo mayor de no sé qué.
No tardamos mucho en llegar al edificio donde vivimos, mamá estacionó el coche frente al mismo así que Jason se baja y me ayuda con la caja del vestido para que yo pueda bajarme también.
— Debo ir a hacer una diligencias —nos dice mamá, aún en el coche—. Después iré a comer con Daniel, así que tal vez llegué un poco tarde.
— Vale.
— En el microondas le había dejado su comida hecha —vuelve a decir—. Calientenla y...
— Mamá, ve tranquila —Jason la interrumpe—. No es lo primera vez que nos dejas a ambos solos, sabemos que hacer.
— Vale, a veces se me olvida que ya no son unos bebés —bufa—. En fin, los amos, pórtense bien.
— ¡Nosotros a ti! —decimos los dos, viendo como mamá pone en marcha el coche.
Ella se va y nosotros entramos al edificio, saludamos al vigilante y nos subimos al elevador el cual nos deja en nuestro piso segundos más tarde.
Jason me da la caja con mi vestido y saca las llaves del departamento del bolsillo de su pantalón.
— Tu lavas los platos, yo caliento la comida —dice, abriendo la puerta.
— No, al revés, tú los lavas, yo me encargo de la comida.
Jason abre la puerta y me mira poniendo los brazos en jarra, negando con la cabeza.
— No, se hará como yo dije.
Frunzo el entrecejo.
— No, como yo dije —le contradigo.
— Soy el mayor, así que es como yo diga.
— Pues soy la consentida de mamá, así que...
— ¿La consentida de mamá? —repite, riendo—. En tus sueños, ese soy yo.
Tras decir eso se adentra al departamento.
— ¡Qué equivocado estás, porque no es así!
Me preparo para también adentrarme al departamento, pero una voz a mis espaldas me detiene.
— Giselle, hola.
Giro sobre mi propio eje para encontrarme con la madre de Samuel frente a mí, una cálida sonrisa adorna su rostro.
— Hola —le devuelvo el saludo, sonriendo también—. ¿Cómo está?
— Bien, bien —responde—. ¿Esta tu madre?
— ¡¿Con quién hablas, Giselle?! —grita mi hermano desde adentro.
Lo ignoro, enfocándome en la que pudo ser mi suegra.
«Por tú idiotez no lo es» Dice mi consciencia.
— Ella no está, salió a hacer unas diligencias, después comerá con Daniel.
— Oh, y yo que pensaba invitarla a comer.
— Giselle, cuando te pregunté algo, respóndeme joder —Jason aparece a mis espaldas—. Oh, hola señora Rinaldi.
La antes mencionada suelta una risita.
— Hola, Jason —lo saluda—. Solo vine a ver si estaba tu madre, quería invitarla a comer a mí departamento —lo pone al tanto—. Aunque si ustedes quieren, pueden venir, solo estoy yo, bueno con Samuel, mi esposo no está.
Escuchar su nombre hace que mi corazón bombee sangre con más rapidez.
— ¿Qué me dicen?
— Yo no puedo —se disculpa Jason—. Pues tengo cosas de la universidad que resolver, pero para la próxima con gusto.
— ¿Y tú, Giselle? —la señora Rinaldi me mira, esperando respuesta.
Pienso, pienso y no veo nada de malo en aceptar, al contrario, veo una oportunidad perfecta pues...
Ir a su casa + Ver a Samuel = Confesarle todo y disculparme por haberle mentido.
— Si, claro —le sonrío.
— Perfecto, entonces vamos.
Asiento, y me giro hacia mi hermano para darle la caja con el vestido.
— Cuídalo con tu vida —le digo—. O te irá mal.
Hace una posee militar, llevando su mano a la sien, parándose derecho.
— Como ordenes, enana.
— Payaso —ruedo los ojos—. Avísale a mamá donde estaré.
— Vale, vale.
Mi hermano se adentra a nuestro departamento, cerrando la puerta frente a mí así que giro sobre mis talones y sigo a la madre del imbécil de ojos lindos que me espera en la puerta de su departamento.
Abre la puerta y me indica que pase adelante, así que lo haga mientras escucho como entra después de mí y cierra la puerta a sus espaldas.
Sigo a la sala, sitio donde todo yace igual a como estaba en mi última visita, a excepción de pequeñas cosas como lo es el jarrón de la esquina, o que movieron la posición de los sofá. El resto, está igual.
La señora Rinaldi me guía a la cocina, al cruzar el umbral que conecta la cocina con la sala un delicioso olor a lasaña entra en mis fosas nasales, haciendo a mí barriga rugir con hambre pues en todo el día lo único que he probado es un poco de cereal con leche que de milagro comí durante la mañana antes de que me fuera al instituto apresurada porque llegaría tarde.
— Huele bien —comento.
La señora Rinaldi va hacia uno de los gabinetes sobre la pared y al abrirlo saca varios platos, al igual que cucharillas y vasos.
— Samuel me había estado ayudando a prepararlo —cuenta—. Aunque termino haciéndolo todo él, así que es mérito suyo si sabe bien.
¿Samuel... cocinando?
Vaya, eso sí no me lo esperaba.
Y de solo saber que lo ha hecho él, muero por probar eso que apuesto a que sabe tal cual huele: delicioso.
— ¿Él cocina?
El tono de sorpresa que uso no pasa desapercibido por la mujer frente a mí quien suelta una risita y asiente con la cabeza.
— Desde muy chico —sonríe, haciendo notar una que otra arruga de la edad—. Siempre le gustó, es algo que heredó de mí.
— Vaya, no me lo esperaba.
Su mamá ríe, asintiendo con la cabeza.
— Yo tampoco, apenas supe que sería niño pensé que sería igual que su padre —comenta—. Detesta todo lo relacionado con la cocina, dice que eso es para mujeres
— Eso es muy...
— Machista, así es —bufá, terminando por mí lo que diría.
Asiento con la cabeza, dándole la razón.
— Él tiene esa mentalidad —me cuenta—. Desde que era chico, por mí suegro. Afortunadamente Samuel no ha salido igual a ellos.
— Por suerte —comento, asintiendo—. Y su esposo... ¿dónde está?
— Oh, él... —titubea por unos segundos—. En el trabajo, sí. Ahí.
Por cómo ha dicho aquello puedo jurar que no tiene idea de a donde está, pero lo dejo pasar. Y ella aprovecha para pasarme tres platos apilados uno encima del otro.
— ¿Podrías llevarlos a la mesa y colocarlos en su sitio? —me pregunta, amablemente, cambiando el tema—. Mientras sacaré del horno la lasaña para después llamar a Samuel para que se nos una.
Asiento con la cabeza, sintiendo un escalofrío de saber que lo veré en escasos minutos.
— Por supuesto.
Giro sobre mi propio eje dispuesta a salir al comedor, pero aquello queda a medias cuando lo veo.
Frente a mí, de pie bajo el umbral, está Samuel de brazos cruzados luciendo notablemente molesto, seguramente de verme allí, en su casa.
Un músculo de su mandíbula está tensado, al igual que el resto de su cuerpo. Su inexpresiva mirada no demuestra nada, pero su expresión corporal sí y es que está más que incómodo por mi presencia.
Apartó mi mirada de la suya solo para bajarla un poco más abajo y darme cuenta de un pequeño detalle el cual no había notado.
¡Está en toalla!
¡EN TOALLA, GENTE!
Mis mejillas se tornan caliente de solo verlo así, semidesnudo frente a mí. Y es que no puedo negarlo, el condenado se está pudriendo de lo bueno que está.
Recorro todo su abdomen con la mirada, notando que ahora está más definido, al igual que sus brazos. Al parecer alguien ha estado haciendo mucho ejercicio últimamente.
Decido apartar rápidamente la mirada antes de que me pueda pillar mirándolo de aquella forma tan sin vergüenza, pero cuando alzó mi mirada a sus ojos, estos están clavados en mí así que es imposible que no haya notado como lo he mirado. Abro la boca para decir algo, todavía embobada por verle así, pero la cierro de golpe sin saber que decir y entonces es él quien habla, sacándome del embobamiento cuando suelta esas palabras.
— ¿Qué mierdas haces aquí? —despotricó, mirándome solamente a mí.
De manera inconsciente retrocedo un paso, abriendo los ojos tan grandes como dos inmensos faroles, es la primera vez que lo escucho hablarme con ese tono tan lleno de rabia y no puedo evitar sentirme intimidada por él en estos momentos.
Cómo ve que no le respondo desvía sus ojos hacia un punto a mis espaldas sin quitar la expresión de enojo.
— ¿Qué hace aquí? —le pregunta a su madre.
— Samuel, no seas grosero —espeta su madre—. La he invitado a comer con nosotros, así que compórtate.
— Nosotros me suena a multitud —dice, volviendo a cruzar los brazos hacia su pecho—. No pienso cenar aquí con ella.
Sus palabras hacen que una punzada de dolor cruce mi pecho.
Al instante siento una mano sobre mi hombro derecho, giro la cabeza hacia atrás y la madre de Samuel me da una mirada de disculpa.
— ¿Puedes ir poniendo los platos? —me pide—. Hablaré mientras con mi hijo unos minutos.
Asiento con la cabeza, sin poder emitir ninguna palabra.
Aprieto los platos contra mi pecho y bajo la cabeza dando pasos cortos e indecisos para salir de aquella cocina.
No me atrevo a levantar la mirada cuando pasó a su lado lo más alejada que puedo de él, pero si siento su mirada puesta en mí hasta que salgo de la cocina.
Voy al comedor siendo consciente de la discusión que empieza a crearse en la cocina entre madre e hijo por, prácticamente, mi culpa.
Escucho a la señora Rinaldi reclamarle a Samuel por su actitud para conmigo mientras acomodo los tres platos sobre la mesa redonda de cinco puestos. Él no dice nada, en toda la discusión sólo habla la señora Rinaldi.
Cuando termino con los platos me quedo de pie al lado de la mesa, decidiendo si es mejor irme a mí departamento ahora que no pueden verme o quedarme, y seguir escuchando aquella discusión que parece ponerse peor con el pasar de los minutos.
Pero cuando tomo la decisión de irme Samuel sale justo en ese momento de la cocina, parece todavía más furioso y más tenso, solo con una mirada que me dedica logra que me sienta como una pequeña hormiga frente a él.
Mientras él sale escucho como al fondo su madre grita:
— ¡Y vístete, no puedes andar así por la casa cuando tenemos visitas! —le grita.
Una media sonrisa aparece en su rostro cuando le escucha, aunque es una sonrisa sin gracia.
— No hay nada que ella ya no haya visto —susurra él, al pasar a mí lado, tan bajo que solo puedo escucharlo yo.
Vale, yo también pensé lo mismo con aquello.
Pero una cosa era pensarlo, y otra muy distinta escucharle a él decirlo en voz alta.
Mis mejillas se tiñen de color rojo al escucharle, y apartó la mirada a otro punto de la sala.
De pronto, siento que este es el momento perfecto para disculparme.
Miro a la entrada de la cocina, la madre de Samuel aún no ha salido y desde aquí puedo escuchar como remueven cosas ahí. Después desvío la mirada hacia el imbécil de ojos lindos, está de espaldas hacia mí y va por el pasillo que da a las habitaciones.
— ¿Samuel? —quiero abofetearme mentalmente, cuando su nombre sale de mi boca como una pregunta.
Sin embargo, a pesar de que veo como Samuel tensa los músculos de su espalda, no se molesta en parar, voltear o contestar. Me ignora, siguiendo hacia su habitación. Dónde se encierra dando un fuerte puertazo.
Suelto un suspiro, resignada.
— Disculpa a Samuel —me dice su madre, saliendo de la cocina con una bandeja en sus manos—. Él... últimamente ha discutido mucho con su padre y... nunca está de humor.
«Créame, el que haya discutido con su padre no tiene nada que ver con el hecho de que se haya comportado así conmigo» Pienso, más no digo nada.
— Ellos siempre han tenido una relación muy difícil —cuenta, colocando la bandeja sobre la mesa—. Por más que trato de hacer que se lleven bien, siempre fracaso en el proceso.
— Yo... Samuel me había comentado algo sobre eso.
Por alguna razón, cuando digo aquello la señora Rinaldi deja de servir la lasaña y me mira con pura incredulidad.
— ¿Samuel... te ha dicho... eso?
Extrañada, asiento con la cabeza.
— Si, ¿por qué?
La madre del imbécil de ojos lindos frunce el entrecejo, pero pronto esa expresión desaparece de su rostro y niega con la cabeza.
— Él nunca habla sobre los problemas que tiene con su padre con nadie —me dice, sorprendiendome—. Por eso me sorprende.
Ahora me toca a mí poner cara de incredulidad, abriendo la boca en una pequeña O.
— ¿Eso es algo bueno? —pregunto.
— Eso creo —sonríe, pareciendo alegre.
La señora Rinaldi termina de servir la lasaña en dos de los platos que traje, y no pasó desapercibido que el de Samuel lo deja vacío.
— No tiene hambre —me dice, al darse cuenta que veo el plato vacío—. O eso es lo que dice.
Muevo la cabeza en un gesto afirmativo, sintiéndome decepcionada.
— Pero no importa, así es mejor —dice—. Así tendremos pláticas de chicas, siéntate.
Afirmo, dándole una sonrisa forzada y tomó asiento en la silla a su derecha.
Comemos mientras conversamos, ella me cuenta un poco de lo que ha sido su vida hasta ahora, me pregunta cómo me ha ido a mí en el instituto y en esta nueva vida que tengo desde que me mudé. Y en todo el tiempo en el que estuve ahí con la señora Rinaldi, comiendo y conversando, Samuel no sé molesto en salir de su habitación ni siquiera a despedirme cuando me fuí, a pesar de que su madre lo estuvo llamando.