Capítulo treinta y siete
DOS MESES DESPUÉS.
NARRA GISELLE.
Pongo una mueca ante el grito lleno de emoción que soltó mi madre en todo mi oído en cuanto abrió el paquete que recibió hace solo minutos.
— ¡Por Dios, me encanta! —chilla, contenta—. ¡Es más hermoso de lo que pensé!
Da saltitos de alegría apretando la prenda blanca contra su pecho y no puedo evitar sonreír, sintiéndome contenta por ella.
— ¡Es perfecto, joder!
— ¿Podrían hacer silencio? —se queja mi hermano, avanzando hacia nosotras—. Hay quienes queremos dormir.
— No molestes, Jason —le digo—. Llevas toda la mañana durmiendo, mejor ven y acompáñanos un rato.
Jason rueda los ojos a la vez que suelta un bufido, pero aún así se acerca al sofá y toma asiento a mi lado.
— No entiendo por qué tanto escándalo por un simple vestido —dice él, poco interesado.
— ¿Un simple vestido? —repite mamá, casi ofendida.
Él mueve la cabeza en un gesto afirmativo.
— No veo que sea la gran cosa.
— Hermano, te recomiendo que no sigas o mamá te matará —digo, burlándome.
— Si, hazle caso a tu hermana —concuerda ella—. Además, ella si sabe de buen gusto.
— ¿Te lo pondrás? —pregunto, sonriendo.
— No, mejor...
— Anda, pruebatelo —le doy ánimos—. Queremos ver cómo te queda, ¿cierto, Jason?
Le pregunto a mi hermano y al ver que no responde ya que está sumido en sus pensamientos mirando un punto ciego en el suelo, le doy un codazo haciendo que levanté su mirada y parpadee un par de veces.
— ¿Eh?
— Di sí o tendremos problemas —le murmuro, amenazante.
— Eh, sí.
— No sé chicos... —empieza dudativa—. Vale, me lo probaré.
Mi madre dobla el vestido y lo guarda dentro de la caja redonda donde se lo enviaron, toma la caja para después dirigirse a su habitación.
Al instante que escucho a mamá cerrar la puerta de su habitación me giro hacia mí hermano mayor.
— ¿Quieres, por favor, alegrarte aunque sea un poco por mamá? —le reclamo.
Jason frunce el entrecejo.
— ¿De qué hablas? —dice, confundido—. Estoy contento por ella.
— Si, se nota.
— Lo estoy —dice—. Pero ahora tengo mil cosas en la cabeza, Giselle.
— ¿Qué cosas? —inquiero.
— Cosas que a niños como tú no le incumben, enana.
Ahora es mi turno de fruncir el entrecejo.
— No soy una niña.
— Yo creo todo lo contrario.
— Pronto cumpliré 18.
— Ese pronto es dentro de dos meses —dice—. Así que por ahora sigues siendo una niña.
Se levanta del sofá sin darme tiempo a refutar, y se dirige a la cocina donde lo veo abrir la nevera, sacar una Coca-Cola y beber de ella cuando la destapa.
— Niños —la voz de mi madre me hace desviar la mirada hacia ella—. Quiero que sean sinceros y me digan la verdad. ¿Me veo bien?
Tras su pregunta todo a nuestro alrededor se sume en un completo silencio, tanto Jason como yo observamos a mamá detallando mejor su vestido.
El blanco es perlado, mi madre tiene buenas curvas y que el vestido sea ajustado de corte sirena le ayuda mucho a resaltarlas, las mangas son de tela transparente y trae un escote para nada vulgar en la espalda que no le permite llevar brassier.
— ¿Quieres que sea sincera? —inquiero, sería.
Mamá muevo la cabeza en un gesto afirmativo, mordiendo su labio inferior con nerviosismo.
— ¿Creen que es muy moderno para mí edad?
— Yo creo que te ves fantástica, mamá —le sonrío—. Te queda genial.
Mi madre desvía la mirada hacia mí hermano para que él también de su opinión.
— Te ves hermosa, eso es lo que importa, no lo que crean los demás —dice mi hermano—. Aunque, si hubiera sido más ancho, cuello de tortuga y sin transparencias te verías mejor.
Mamá ríe ante la broma de mi hermano y niega con la cabeza.
— Entonces no le haré las modificaciones que tenía planeado hacerle.
Niego.
— Así está perfecto.
— Vale —me sonríe—. Mañana tenemos que ir a comprar tu vestido para la ceremonia y tú traje, Jason.
— ¿Traje? —repite, haciendo una mueca.
— Si, traje —mamá afirma—. No creerás que irás vestido como un vagabundo a la boda, ¿o si?
— Me visto mejor que ustedes dos juntas, así que no iría como un vagabundo —se queja, cruzando los brazos sobre su pecho.
— En tus sueños, jirafa.
— Oh, tú cállate, enana.
— Basta —dice mamá—. Mañana saldremos los tres de compras luego de las clases de tu hermana.
Jason asiente de mala gana.
Abro la boca para decir algo, pero que suene el timbre en ese momento me obliga a cerrarla.
— ¿Esperan a alguien? —pregunto, sabiendo que la visita no sería para mí.
— No —dice Jason y mira a mamá—. ¿Y tú?
Mamá niega con la cabeza.
— Vayan a abrir —nos indica—. Iré a cambiarme.
Y con eso se da media vuelta y se dirige hacia su habitación.
— Ya oíste enana, ve a abrir.
— Dijo vayan, en plural —le recuerdo—. Tú por ser el mayor deberías abrir.
— Nah, hazlo tú —dice—. Tengo mejores cosas que hacer.
Deja la lata vacía de Coca-Cola sobre la pequeña isla de la cocina y comienza a caminar con dirección al pasillo que da hacia nuestras habitaciones.
— ¡Jason!
Lo llamo para que no se vaya, pero él sigue caminando y me saca el dedo corazón sin siquiera molestarse en voltear hacia mí.
El timbre suena dos veces más y bufó, resignada.
Me levanto del sofá y con pereza camino hacia la puerta justo cuando el timbre suena una cuarta vez.
— ¡Ya voy!
Tomo el pomo de la puerta y la abro, en cuanto veo a la persona que está frente a mí todo mi cuerpo se tensa, mis nervios aparecen y como cosa rara mi estúpido corazón late con más rapidez de lo normal.
Al verme tensa notablemente los músculos de su cuerpo, su expresión pasa de ser una relajada a una totalmente sería, inexpresiva con la mirada vacía y logra que me sienta como una pequeña hormiga intimidada.
Se hace un pequeño silencio incómodo, demasiado incómodo. Hasta que él se aclara la garganta y aparta su mirada.
— No pensé que fueras a abrir tú.
El que me hable hace que eleve mis cejas en sorpresa, puesto a que desde que me confesó que me quiere y yo lo rechace me ha estado ignorando y evitando a toda costa, en todos lados. Y al estar frente a él lo que esperaba era que se diera media vuelta y se marchará, ignorandome.
— Tú hermano —vuelve a hablar, sacándome de la impresión—. ¿Está?
— S-si.
Me maldigo por dentro cuando mis nervios me ganan y tartamudeo sin querer.
Me aclaro la garganta, tomando la misma expresión seria que él, aunque por dentro quiera lanzarme encima suyo a besarlo.
Concéntrate, Giselle.
— Si está.
— Ve y dile que estoy aquí, entonces.
Arrugo las cejas ante el tono que ha usado para decirme aquello.
¿Qué se cree?
¿Qué soy su sirvienta?
— Se dice por favor —digo, de mala gana y a propósito le cierro la puerta en toda la cara.
Una sonrisa de satisfacción se cruza en mi rostro cuando escucho el gruñido masculino del otro lado de la puerta.
Me doy media vuelta y camino hacia el pasillo que da a las habitaciones justo cuando mamá sale de su habitación.
— ¿Quién era? —pregunta.
— Visita de Jason.
Ella asiente con la cabeza y sigue con su camino hacia la cocina, así que voy a la habitación de mi hermano.
— ¡Jason! —lo llamo, tocando la puerta de su habitación—. ¡Jason te buscan!
— ¡Dile que pase!
Ignoro el hecho de que no ha preguntado quien es porque tal vez sabe y vuelvo a la puerta, cuando la abro veo a Samuel sobándose la nariz y al verme me da una mirada rencorosa.
— Dice que pases.
No responde, y cuando pasa a mi lado choca su hombro con el mío al propósito.
Suelto un suspiro, llenandome de paciencia y cierro la puerta para después seguir al rubio hasta la sala donde mi madre lo detiene y yo me siento en el sofá.
— ¡Samuel! —dice, sonriendo—. Hace mucho que no venías.
Lo veo mirarme de reojo antes de decir.
— Las clases me han mantenido ocupado.
Mamá me mira por fracción de segundos mientras asiente con la cabeza poco convencida de sus palabras. Pero lo deja pasar y esboza nuevamente una radiante sonrisa.
— Necesito que le mandes la invitación de mi boda a tu madre, espero que tu también vayas, eh.
Él esboza una sonrisa un tanto forzada y asiente con la cabeza.
— Ahí estaré.
— Dame un momento, busco la tarjeta en mi habitación y ya regreso.
Samuel mueve la cabeza en un gesto afirmativo, un tanto incómodo con la idea de quedarse solo conmigo.
— Siéntate, estás en tu casa —le dice—. Ofrecele algo de tomar, cielo.
Tras decir aquello se va al pasillo que da hacia las habitaciones.
Abro la boca para preguntarle qué quiere de tomar, pero la cierro cuando él se me adelanta a hablar.
— No quiero nada —ni se molesta en mirarme.
Me encojo de hombros y enciendo el televisor para que no se apodere del lugar otro silencio incómodo, aunque el momento ya es incómodo de por sí.
Lo veo tomar asiento en el mismo sofá que yo, pero al otro extremo donde no quedemos cerca y así lo prefiero, pues estando lejos uno del otro podré controlarme un poco más.
Trato de concentrarme en lo que dicen en la serie que se supone que estoy viendo, pero su sola presencia me desconcentra y maldigo que tenga tanto poder en mi que con solo mover sus dedos ya tiene mis ojos puestos sobre él.
Para mí suerte mi madre no tarda en volver a la sala, está vez con la invitación a la boda que le ofrece al rubio.
— Es en una semana —cuenta—. En la iglesia que está a dos cuadras, en la tarjeta sale toda la información.
Samuel asiente con la cabeza y se levanta del sofá, tomando la tarjeta que le ha dado mi madre.
— Vale, cuando mi madre vuelva de trabajar de la daré —dice—. Ahora si no le importa tengo algo que hablar con Jason.
— Ah, tranquilo —mamá le sonríe—. Está en su habitación, ve.
El imbécil de ojos lindos vuelve a asentir y me da una última mirada de reojo antes de irse a la habitación de mi hermano.
Y cómo supuse que sería, mamá toma asiento a mi lado, para disimular su curiosidad ve el televisor por un par de segundos hasta que...
— Es idea mía o ustedes no se hablan —dice, curiosa—. La tensión que hay es muy notable.
Suelto un suspiro, tal vez me resulte bien hablar de esto con alguien y quién mejor que mi madre.
— No es idea tuya —cuento—. No nos hablamos.
— ¿Eso por qué?
— Porque puede que alguien me haya confesado que me quiere hace poco, así como también puede que lo haya rechazado y le haya hecho creer que hay alguien más.
— ¿Qué? —dice, sorprendida—. ¿Se te declaró?
Muevo la cabeza en un gesto afirmativo, mordiendo mi labio inferior con nerviosismo.
— ¿Por qué hiciste eso? ¿Por qué lo rechazaste? —inquiere—. ¿No que te gustaba?
— Me gusta, si —asiento, bajando el tono de voz por si acaso—. Pero tenía miedo.
Veo como mamá frunce el entrecejo en un claro gesto de confusión.
— Explícate, por favor.
— No quiero que vuelvan a lastimarme —confieso—. No quiero que otro chico se burle de mi y juegue con mis sentimientos.
— Samuel no haría eso.
— Apenas lo conoces, así como yo también —digo—. No puedes asegurar eso.
— Tienes razón, pero cariño, solo en su mirada se ve lo mucho que te quiere, ya te lo había dicho —dice—. Y la única manera de saber si te hará o no daño es arriesgándose, a veces la vida se trata de eso, de tomar riesgos.
— No quiero sufrir.
— Él no es Matías, recuérdalo —me dice—. También ten en claro que porque no te haya ido bien en una relación amorosa, no quiere decir que en las demás te irán igual.
— Pero...
— Confía en tu madre —me calla—. Búscalo y explícale por qué le mentiste de esa manera.
Bufó.
— Samuel no quiere verme —digo—. Desde esa última conversación me ha estado evitando e ignorando todo el tiempo.
— ¿Y por ello te darás por vencida?
Guardo silencio, mirándola.
— Cariño, si de verdad lo querés no te rindas, si tienes que encerrarlo en algún sitio para que puedas decirle todo pues hazlo, yo te ayudaré, pero sincerate con él.
Suelto una pequeña risa, negando con la cabeza en forma divertida a lo que ella esboza una media sonrisa.
— Recuerda que el que no arriesga, no gana.
Y tras decirme aquella último frase deposita un beso en mi frente y de pone de pie, dando por terminada nuestra conversación.
[***]
Dejo que el agua tibia recorra cada parte de mi cuerpo mientras saco el acondicionador de mi cabello y canto a todo pulmón Never say never de mi marido, Justin Bieber.
El acondicionador sale y vuelve a pasar el jabón por mi cuerpo una última vez, cuando termino de bañarme cierro el chorro de agua y salgo de la ducha exprimiendo mi cabello mientras escucho las primeras notas de la canción que sigue.
Me tomo mi tiempo secando mi cuerpo con la toalla limpia, me coloco esa misma toalla alrededor de mi cuerpo desnudo y otra en mi cabeza, tomo mi champoo, mi acondicionar y las demás cosas que utilizo para asearme, y cómo puedo abro la puerta del cuarto de baño.
Antes de salir apagó la luz con mi nariz y al tener las manos ocupadas dejo la puerta entreabierta con la intención de venir a cerrarla después que me vista en mi habitación.
Tarareando una canción cualquiera me doy la vuelta y avanzo hacia mí habitación, pero me detengo en seco cuando la puerta de la habitación de mi hermano se abre justo en ese momento dejando ver una espalda ancha y definida.
Samuel.
Él se gira cuando cierra la puerta y al verme también se detiene en seco.
Ambos estamos tensos, notablemente incómodos. Noto como él deja de mirarme a los ojos varios segundos después y baja su mirada, paseando sus ojos azules por todo mi cuerpo haciéndome recordar que solo traigo puesta una simple toalla la cual siento que ahora me estorba.
Se toma unos minutos más mirando mis piernas, provocando que un escalofrío recorra mi cuerpo y se aloje en la parte baja de mi vientre. De pronto, hace mucho calor aquí. Sube de manera lenta su mirada y la clava en mis pechos. No. En mis pechos no, en el tatuaje que está sobre mi pecho izquierdo el cual me realice hace una semana en honor a mí padre.
« Díselo, sé valiente y dile que lo quieres».
— ¿Samuel?
Lo llamo, haciendo que deje de mirar mi tatuaje y clave sus ojos azules en los míos azul grisáceo.
— ¿Qué?
"—El que no arriesga, no gana."
Recuerdo las palabras de mamá, así que dispuesta a hacerlo para que deje de ignorarme tomo una bocanada de aire y la expulso llenandome de valentía, me preparo para decírselo, pero...
— Cierra bien la puerta al salir, por favor.
Aquello sale solo de mi boca, y noto como el rostro del rubio que parecía segundos antes lleno de esperanzas, ahora cambia a un semblante serio, aunque en su mirada percibo un toque de decepción.
Él asiente con la cabeza y sigue su camino, dejándome sola en el pasillo.
Suelto un suspiro cuando escucho la puerta del departamento cerrarse y resignada voy a mí habitación para cambiarme.