Capítulo treinta y cuatro

NARRA GISELLE.

El lunes por la mañana me levanté temprano como de costumbre para ir al instituto.

Luego de lo que ocurrió en la playa el sábado no he vuelto a hablar con el imbécil de ojos lindos, ayer cuando decidí bajar a la cancha con mi hermano él estuvo ignorandome durante todo el rato que estuve allí, así que hice lo mismo con él porque todavía estoy molesta por el beso que me dió.

No.

Eso no es lo que me molesta.

Lo que me molesta no fué que me besara, sino que primero estuvo con Mónica besándola en mis narices.

Eso es lo que me molesta.

Todavía recuerdo su confesión en medio de nuestra conversación en la playa, y eso hace que mi bobo corazón palpita de manera acelerada.

"— ¿Entonces por qué mierdas me besaste?

— ¿Por qué mierdas lo hice? —repite, tomándose un momento para, tal vez, pensar la respuesta a mi pregunta.

Asiento con la cabeza por inercia.

— Eso es fácil —dice, después de unos segundos en completo silencio—. Porque me gustas como no tienes idea, Giselle.

Su repentina confesión hace que guarde silencio mientras los músculos de mi cuerpo se tensan. ¿Cómo puede decirme eso después que estuvo besándose con Mónica?

— Y llevo semanas deseando sentir tus labios sobre los míos una vez más —murmura, sin perder contacto conmigo—. Por eso lo hice."

Un escalofrío recorre toda mi espina dorsal, erizando mi piel en el proceso mientras cepillo mis dientes cuando lo recuerdo.

Su mirada me decía que estaba siendo sincero, honesto. Pero no podía olvidar el simple detalle de qué antes de que me dijera aquello estuvo besadose con Mónica.

Escupo el enjuague bucal con rabia recordando que ese día todo marchaba bien... hasta que apareció ella para estropear las cosas.

Envío el tema de Samuel y lo demás a lo más hondo de mi mente, pues no quiero seguir pensando en lo mismo.

Mejor termino de alistarme para ir al instituto o llegaré tarde, cosa que no deseo.

Me doy una ducha y me coloco mi uniforme antes de peinar mi cabello cobrizo el cual está húmedo así que lo dejo suelto. Tomo mi mochila sin muchas ganas y voy a la sala.

— Mamá me voy —aviso, colgando mi mochila sobre mi hombro.

— ¿Ya? ¿Sin desayunar? —dice, desde la cocina.

— No tengo hambre —digo, yendo a la puerta—. ¿Tú me llevarás?

Ella asiente con la cabeza, saliendo de la cocina mientras limpia sus manos con un paño de cocina.

— Jason no puede, fue a la universidad —dice—. Y Daniel hace minutos a trabajar.

— ¿Ya empezaron sus clases? —pregunto, curiosa.

— No, la semana que viene, pero fue a entregar unos documentos.

— Ah, vale.

— Ve bajando —dice—. Buscaré mi bolso y ahorita te alcanzó.

Asiento con la cabeza, abriendo la puerta del departamento.

— Apúrate.

Salgo del departamento y bajo a la planta baja del edificio en el elevador, cuando llego abajo espero a mí madre en la entrada del edificio.

Escucho sonar algo dentro de mi mochila, así que me la descuelgo para sacar mi móvil y veo que me ha llegado un mensaje de mi prima.

LAURA: No podré ir, estoy enferma.

Al leer su mensaje de manera automática hago una mueca, justo cuando llega otro mensaje.

LAURA: Avísale a la profesora de Biología.

YO: Vale.

YO: Mejórate, pasaré más tarde por tu casa.

Aparto la mirada del celular en el momento que escucho el sonido del motor de un automóvil pensando que es el de mi madre, pero pronto me doy cuenta de que no. Y es cuando lo veo que me arrepiento incluso de haber levantado la mirada.

En su coche negro iba saliendo Samuel, gracias a que la ventanilla estaba abajo podía ver lo hermoso que se veía está mañana con gafas oscuras y el cabello revuelto,  maldecí el hecho de quedarme viéndolo como un estúpida por más de un minuto cuando pasó justo frente a mí y giro su rostro hacia mí, conectando nuestras miradas.

En un instante me pregunté a mí misma si podía irme con él. Después de todo íbamos al mismo lugar, al instituto.

Pero no pensaba pedirle tal cosa, no cuando estuvo ignorandome todo el día de ayer.

De manera rápida aparte la mirada y la clave en el segundo coche que venía detrás, el de mi madre.

Se detuvo frente mí una vez que él rubio se alejó, así que abrí la puerta del copiloto y me subí al coche para que ella arrancará poco después.

— ¿El que iba en el coche negro no era Samuel? —pregunto mamá, curiosa.

Asentí con la cabeza, con la mirada fija al frente.

— ¿Por qué no lo has saludado? —inquiere—. ¿O le pediste que te llevará?

— Porque me ibas a llevar tú —digo, evitando responder la primera pregunta.

— Sabes que no pasaría nada si te ibas...

— No iba a irme con él.

— ¿Por qué no?

— Porque no, mamá —digo, fastidiada—. Porque quiero que tú me lleves.

— ¿Pasa algo que no sepa?

Niego con la cabeza.

— ¿Segura?

— Segurísima.

Ella sabe que miento, pero prefiere no insistir y por ello guarda silencio en lo que queda de camino.

Una vez llego al instituto me despido de mi madre de manera apresurada y voy directo al salón de mi primera clase en la que debía estar hace cinco minutos atrás.

Por suerte cuando llegó el profesor me deja pasar, no sin antes advertirme que no se volviera a repetir.

Y la suerte parece que no está de mi lado está mañana ya que mirando los puestos libres que hay, noto que el último que queda está al lado de Samuel y frente a Mónica quien está más concentrada en su celular, que en lo que sucede a su alrededor.

Una mueca se forma en mi rostro, mientras veo como el rubio me mira enarcando una ceja en mi dirección.

Resignada camino hacia el puesto vacío a su lado y me siento, sintiendo como mi corazón palpita a mil por hora mientras saco mis útiles y noto su mirada de reojo puesta en mí.

El profesor continúa con su clase sobre cosas a las cuales no les presto ni la más mínima atención por cierta persona sentada a mi lado, que se lleva toda mi atención sin siquiera notarlo. Mientras él durante toda la clase no me dedica otra mirada, me ignora completamente, incluso cuando nos ponen a hacer un trabajo juntos, el cual a último minuto decido hacer sola.

Otra vez está ignorandome como hace meses, y me jode el hecho de saber que lo hace por mi culpa.

[×××]

La hora de almuerzo me la pasó con Claudia y un compañero de su clase de Química, los cuales estaban haciendo un trabajo teórico que les mandaron para la próxima clase que sería en la última hora. Por ello mismo no me estuvieron prestando mucha atención, ya que estaban concentrados en no confundirse y que todo saliera bien.

Termine de almorzar justo en el instante en que sonó el timbre que nos indica que el receso acabo.

Me despido de Claudia y su compañero y me dirijo a la clase de Biología repasando todo lo del examen.

Aviso porque no vino mi prima a la profesora y me siento en los primeros puestos, poco después empezó la prueba en la que conteste la mayoría de preguntas, ¿Correctamente? No lo sé, espero que sí.

Las horas pasan, suena el timbre que nos indica que las clases han acabado y no puedo sentirme más contenta porque por fin podré irme. Recojo todas mis cosas, las guardo dentro de mi mochila y salgo del aula para buscar a Claudia quien se ofreció de acompañarme a visitar a mi prima.

La encuentro en la entrada del instituto platicando con el mismo chico del almuerzo, así que no dudo en acercarme a ella.

— Clau, ¿nos vamos? —le pregunto.

— Oh, si —me dice, antes de mirar al chico—. Jesús, debo irme, nos vemos mañana.

— Claro, adiós.

Nos da una sonrisa a ambas y se marcha, dejándonos solas.

— Hablé con Xavier y se ofreció a llevarnos —me dice, enganchando su brazo con el mío—. También va a visitarla.

— ¿Dónde está?

— En el estacionamiento, vamos.

Comenzamos a caminar a dicho lugar mientras me cuenta lo bien que le ha ido en su trabajo de química, incluso la profesora la ha felicitado a ella y a Jesús, su compañero. Así que yo también lo hago.

Llegamos al estacionamiento y a pocos metros visualizo al chico que muere por mi prima, pero me detengo de golpe al ver qué solo no está, pues a su lado está cierto rubio que me trae mal.

De solo verlo me detengo de golpe.

— Olvidé algo en el salón —miento ante la cara de confusión que me da mi amiga.

— ¿Si? —inquiere, escéptica—. ¿Qué cosa?

— Eh, mi... mi... ¡Sandía! —digo, pero rápidamente me arrepiento de ello—. Quiero decir, mi sacapuntas con forma de sandía.

— Si, claro —dice, sarcástica.

— En serio.

— Ajá.

— Clau...

— Dime la verdad —me interrumpe—. Qué no quieres ir a dónde está Xavier porque esta con Samuel.

— ¿De qué hablas?

— De que otra vez han peleado.

— Eso no...

— Giselle, no mientas —me dice, suavemente—. Él siempre viene a dónde tú estás, incluso cuando ninguno se soportaba lo hacía para molestarte, así que es raro que hoy no lo haya hecho, aún cuando estaba en el mismo lugar que tú.

Eso sí es verdad.

— Y ni hablar de la cara que pones cada que lo ves —dice—. ¿Qué ocurrió?

— Nada...

— Giselle, en serio.

Suelto un resoplido, sabiendo que si no le digo ahora, no dejará de insistir.

— Me enamoré —confieso—. Y no quiero salir lastimada otra vez, Clau.

Clavo la mirada en el suelo, siendo consciente de la enorme sonrisa y las ganas de gritar ahora mismo que tiene mi amiga, pero se contiene para que continúe.

— El día de la playa... ese día todo fue perfecto, al principio. Para mí solo éramos los dos, él y yo disfrutando del momento, del lugar y de la compañía del otro mientras platicábamos, en ese instante no me importa nadie más, solo él. Hasta que apareció ella.

Al decir esa última palabra mi tono cambio drásticamente de nostálgico, a uno lleno de rabia.

— ¿Ella? —repite, arrugando el gesto.

— Mónica —digo, asintiendo con la cabeza—. Se estaban besando, frente a mí y joder, cada vez que lo recuerdo me dan unas ganas de estrangularlos a ambos.

— Esos son celos.

Asiento, sonriendo sin una pizca de gracia.

— Lo sé, aunque jamás los había sentido, ni siquiera con Matías.

— ¿De verdad?

— De verdad —asiento—. Por esas cosas es que sé que a él nunca lo quise, en cambio a Samuel...

Dejo la frase en el aire, a la vez que suelto un largo suspiro.

— Carajo, estoy enamorada de él hasta la médula.

Tras aquella confesión el rostro de mi amiga cambia a uno totalmente diferente, a la vez que abre los ojos como dos grandes faroles por alguna razón y no comprendo su gesto ya que esperaba uno con más alegría, no hasta que detrás de mí alguien carraspea.

El simple hecho de imaginar que es él hace que todo mi cuerpo se tense de manera inmediata, y abra la boca formando una pequeña O. Por inercia, giro sobre mis pies para ver quién está detrás de mí y es Xavier...

Con Samuel.

Definitivamente, hoy no es mi día de suerte.

Samuel me mira directamente a los ojos, con la mandíbula apretada y su cuerpo aparentemente tensado también, con una mirada que no refleja ningún tipo de emoción.

Ante su mirada me vuelvo diminuta en mi sitio y el simple hecho de imaginar que ambos han escuchado todo lo que he dicho hace que la sangre suba a mis mejillas, y mi corazón amenace con salirse de mi pecho.

Xavier, quien parece incómodo como todos, es quien habla.

— Y bien, ¿nos... vamos?

Apartó la mirada de su amigo de manera automática y asiento por inercia.

— Si, Lau debe estar esperando a que lleguemos —dice Clau—. ¿Nos acompañas, Samuel?

Aparta su mirada de mi y ve a mí amiga para negar con la cabeza, sin dejar de verse como molesto.

— Tengo cosas que hacer.

— Ah, de acuerdo.

— Por la tarde voy a tu departamento —Xavier le dice a Samuel, quien se limita a asentir otra vez—. Vámonos, chicas.

— Adiós, Sammy.

— Adiós, Claudia.

Se despide de mi amiga dándole un beso en la mejilla mientras a mí me ignora de manera rotundo, a pesar de que Xavier le hace señas para que no sea un grosero. Pero él lo ignora, así como lo hace conmigo.

— ¡Giselle, Giselle! —una chica aparece corriendo hacia mí, agitando sus brazos de un lado a otro para llamar mi atención.

Cuatro pares de ojos, incluyendo los míos, se clavan en la chica que cuando se detiene a nuestro lado se toma su tiempo para que su respiración vuelva a la normalidad.

La reconozco como la chica de mi clase de Historia, la de los delineados que me encantan.

— Eres Giselle, ¿no?

Me pregunta, y con un poco de desconfianza asiento con la cabeza.

— Un chico está preguntando por ti en la entrada.

— ¿Qué chico? —pregunto, confundido.

— No me dijo su nombre —dice—. Pero está guapísimo y se ve que no es de aquí.

— ¿Te mando a buscarla, pero ni siquiera te dijo su nombre? —dice Clau, arqueando una ceja.

Negó con la cabeza.

— Solo pregunto por ti y que te dijera que vayas a la entrada, que te espera ahí —responde—. Nada más.

— Vale, gracias.

La chica me da una sonrisa y se marcha.

— Tal vez es Jason —dice Xavier.

Me encojo de hombros, pensando que tal vez lo sea. Y siendo consciente de las tres personas que caminan a mis espaldas me dirijo a la entrada del instituto.

Busco con la mirada la cabellera naranja de mi hermano, pero no lo veo en ningún lado, en su lugar, veo a alguien totalmente diferente a unos metros lejos de mí.

Detengoo el paso de manera inmediata, haciendo que la persona que caminaba detrás de mí choque con mi espalda y por el olor de su perfume sé de quién se trata, no me hace falta mirarlo.

Pero en este momento lo último que me importa es cuán cerca estoy del rubio que amenaza con hacer que pierda mi cordura, pues toda mi atención esta en otra cosa.

Y es que tiene que ser una broma, una alucinación.

Él no puede estar aquí, frente a mí.

Mirándome con sus ojos color café y su estúpida sonrisa coqueta, misma sonrisa con la que logro conquistarme en su momento.

Clavo las uñas en las palmas de mis manos y aprieto la mandíbula, sintiendo como la rabia se apodera de mi.

No, no y no.

Me niego a creerlo.

— ¿Qué pasa, Giselle? —me pregunta Clau, extrañada.

Sin embargo, no me preocupo en responder su pregunta, solo en mirar fijamente al chico frente a mí con enojo. Y es Samuel quien termina respondiendo en mi lugar al notar a quien estoy mirando, soltando el nombre casi en un susurro.

— Matías.