Capítulo treinta y cinco
NARRA GISELLE.
— ¿Matías? —el tono que usa Clau es de total incredulidad—. Matías... ¿tú novio?
— Exnovio —Samuel la corrige.
— Si, eso. Exnovio.
Asiento con la cabeza en un gesto de afirmación a su pregunta sin apartar la mirada de él.
— ¿Qué hace aquí? —dice Xavier, también confundido.
— No lo sé —digo—. Pero es algo que averiguaré ahora mismo.
Hago el ademán de avanzar hacia el imbécil, mujeriego e idiota de mi exnovio, pero una gruesa mano se enrolla alrededor de mi brazo, impidiendo que vaya hacia él.
Giro mi cabeza, encontrándome con dos hermosos ojos azules mirándome de manera seria y es claro al decir:
— No.
— ¿No? —repito, hundiendo las cejas.
— No vas a ir con él.
— Si lo haré, así que suéltame.
Negó suavemente con la cabeza.
— He dicho que no.
— Me vale una hectárea de mierda lo que digas, Samuel.
— Hermano déjala —interviene Xavier, posando su mano sobre el hombre del rubio—. Tal vez tienen cosas que...
Samuel voltea a verlo con cara de pocos amigos, indicándole con la mirada que no intervenga, así que prefiere hacer caso y callar antes de recibir algún puñetazo.
— No vas a ir con él —repite, terco.
— Lo mejor es que te mantengas a metros de ese imbécil de mierda —lo apoya Clau—. Te engaño con tu mejor amiga...
— No pues, gracias por recordarlo —suelto un resoplido, sarcástica, rodeando los ojos.
— Perdón, pero es la verdad —se encoge de hombros—. Y como dice Samuel, no vas a cometer la estupidez de ir con él, menos de hacer una escena acá.
— No me importa lo que ustedes dos piensen —suelto, molesta—. ¡Así que suéltame, joder!
Aquello último lo suelto casi en un grito, logrando que parte de los alumnos que se preparan para marcharse claven su mirada en nosotros y empiecen a murmurar cosas, atentos a lo que pueda ocurrir. Y eso sirve para que el rubio me suelte.
— Detesto que seas tan terca —gruñe.
— Y yo que tú seas un imbécil.
Ante mis palabras Samuel eleva la comisura derecha de sus labios, formando una pequeña sonrisa que me derrite por dentro, y se inclina hacia adelante para susurrar en mi oído aquello de manera que solo yo pueda escucharlo.
— Pero un imbécil que te quiere, Giselle.
Sin dudas, no esperaba que dijera eso.
¿Me quiere?
¿Es posible eso?
¿Acaso escuche bien?
Preguntas y más preguntas cruzan mi mente como si fuesen un rayo, así de rápido. Mientras me quedo estática, mirándolo con los ojos tan abiertos como dos inmensos faroles.
Porque si escucharle decir que gusta de mí me sorprendió y me emociono, ni se imaginan cuanto lo hace escuchar que me quiere.
Él ensancha la sonrisa al ver cómo me ha dejado su confesión, haciendo que baje mi mirada a sus carnosos, deliciosos y provocativos labios, y... ¿Estaría mal si lo beso?
— Giselle.
Mi cuerpo se tensa en el momento justo que escucho esa voz, esa estúpida voz detrás de mí que me saca de mis pensamientos.
— ¿Podemos hablar?
Clavo las uñas en las palmas de mis manos, queriendo arrancarle los ojos con las mismas por su cinismo, por su hipocresía.
— Lárgate de aquí —mascullo entre dientes, sin siquiera voltear.
— Cariño, por favor...
Posa su mano sobre mi hombro y le da un leve apretón, antes de que pueda quitarla por mí misma, Samuel me toma del brazo y me hace a un lado sin ningún tipo de delicadeza, alejándome del otro imbécil y colocándome detrás de él.
— No la toques.
Matías hunde sus cejas en un gesto de confusión, poniéndose a la defensiva, así como lo está el rubio que parece más tenso cada vez más, apretando sus puños a sus costados con tanta rabia que sus nudillos se han vuelto blancos.
— ¿Tú quien eres? —pregunta Matías.
De perfil veo como Samuel esboza una pequeña sonrisa burlona antes de soltar aquellas dos palabras que hacen que mi bobo corazón comience a palpitar de manera exagerada.
— Su novio.
Las cejas se Matías se alzan en un gesto de total impresión, abriendo en una pequeña O su boca y clava sus ojos color café en mí.
— ¿Eso es... eso es cierto? —me pregunta.
No respondo, me mantengo con mi expresión totalmente sería, mirándolo como quisiese matarlo. Cosa que deseo.
— Giselle responde —ordena, cambiando el tono de voz a uno molesto—. ¿Tienes o no algo con este imbécil?
— Mucho cuidado como te refieres a mí —advirtio el rubio, apuntando al otro imbécil con su índice.
Matías resopla, y le da un manotazo al dedo del rubio que lo apunta.
— Y tú no te metas, que esto es entre Giselle y yo, los recién llegados a su vida como tú están de sobra.
Samuel suelta una carcajada que a mí parecer no tiene ni un pisca de gracia, para después tornar su expresión seria y veo el momento justo en que quiere irse en contra del que fué mi novio para golpearlo, pero soy veloz en tomarlo del brazo y halarlo hacia atrás, haciendo que voltee a verme.
— Ni se te ocurra hacer una escena aquí, Samuel.
Samuel ladea la cabeza, esbozando una sonrisa burlona, pareciendo menos tenso.
— Lo dice quién pensaba hacer una hace unos minutos.
— Estoy hablando en serio.
— Vale, vale —alza sus manos en forma de rendición, rodeando los ojos—. Pero vámonos entonces.
— Tú no vas a ir a ningún lado, Giselle —se apresura a decir Matías—. Menos con él.
Elevó una ceja, mirándolo con mi cara de: ¿Hablas en serio? Pero antes de que pueda decir algo, estoy siendo arrastrada hacia el estacionamiento por Samuel mientras el castaño me llama, haciendo que todos nos vean.
Volteo hacia atrás y veo como Xavier le dice algo a mi exnovio a la vez que impide que este nos siga, mientras Claudia viene casi corriendo detrás de nosotros.
Una vez llegamos al estacionamiento nos acercamos al coche del rubio que se sube al asiento del piloto, mientras yo me subo al de copiloto y Claudia a los asientos traseros.
En completo silencio nos dirigimos al edificio, puedo notar de reojo las miradas cortas que en ocasiones me lanza el rubio, pero prefiero hacer como si no sé qué está mirándome y responder las preguntas de Claudia que me hace para saber si estoy bien o no.
En cuestión de minutos llegamos al edificio, lugar donde Samuel detiene el coche en frente, se quita el cinturón de seguridad y gira la mitad de su cuerpo hacia mí.
— ¿Estás bien?
Y denle con eso.
— Si chicos, lo estoy —digo, fastidiada—. Ya parenla, que el haber visto a Matías no es nada del otro mundo, joder.
Enojada me desabrochó el cinturón de seguridad y me bajo del coche, siendo consciente como me llaman ambos a mis espaldas, pero prefiero ignorarlos, entrar casi corriendo al edificio y subir al elevador.
Una vez entró en mi departamento lanzó la mochila al suelo y me dejó caer en el sofá, apreciando que no haya nadie y todo esté en completo silencio, cosa que me sirve para pensar.
No sé cuánto tiempo permanezco acostada en el sofá con los ojos cerrados, sumida en mis pensamientos. Pero cuando planeo ir a mí habitación el sonido del timbre del departamento me detiene a mitad de camino.
Voy hacia la puerta pensando que tal vez es Claudia para preguntar cómo estoy de nuevo, o Samuel. El que pueda ser ese último hace que mi corazón bombee sangre con más velocidad de lo normal y mis nervios aparezcan mientras abro la puerta.
Pero toda sensación que siento cuando veo o estoy con el rubio desaparece al ver quién está del otro lado de la puerta.
Matías.