Capítulo treinta y dos

NARRA GISELLE.

Una mezcla indescifrable de sentimientos se apodera de mí ante aquella escena, siento un gran vacío por dentro y mi vista se torna borrosa debido a las lágrimas que dejo caer por mis mejillas.

Juro por Dios que puedo escuchar como mi frágil corazón vuelve a romperse en millones de fragmentos.

Estúpida y tres mil veces estúpida.

Eso es lo que soy por enamorarme de alguien que no debía.

Sin querer ver nada más, giro sobre mis talones y salgo corriendo lejos de él, justo cuando lo escucho gritar:

— ¡Giselle, espérame!

Pero claramente lo ignoro, limpiando las lágrimas con rabia sin dejar de correr devuelta hacia donde dejamos a los demás.

[***]

La tristeza se mezcla con la rabia, aprieto mis puños hasta que los nudillos se tornan blancos por la fuerza que ejerzo cada que recuerdo lo que he visto.

Lágrimas vuelven a asomarse en mis ojos, pero me niego a soltarlas, más porque estoy a menos de dos metros de mis amigos que siguen jugando voleibol sin siquiera percatarse de mí. La única que parece hacerlo es Claudia, al parecer su paseo fue más corto de lo que esperé, avanzo hacia ella sin dudarlo y la sonrisa que tiene en su rostro desaparece en cuanto me siento a su lado y ve mi expresión.

— ¿Qué te paso? —pregunto, claramente preocupada.

Niego suavemente, sin querer hablar de ello.

— Vamos Giselle, puedes confiar en mí.

— No quiero hablar de ello.

Claudia suelta un suspiro, resignado.

— Vale —asintió—. Pero sabes que estoy aquí por si quieres hablar.

Muevo la cabeza en un gesto afirmativo.

— Por cierto —dice—. ¿Dónde estabas? Llegué hace minutos y no estabas, ni tu ni cierto ojos lindos.

Sube y baja las cejas de forma pícara, provocando que mis ganas de llorar vuelvan así que agacho la cabeza cuando una lágrima baja por mi mejilla, humedeciéndola.

— Hey, ¿estás llorando? —pregunta—. ¿He dicho algo malo?

Niego con la cabeza, pero ella parece atar cabos en su cabeza y darse cuenta fácilmente.

— ¿Samuel te ha hecho algo? —vuelve a preguntar—. ¿Por eso estás así?

— Puede —logro decir, sorbiendo mi nariz.

— Lo mataré —alterada se pone de pie—. Juro que voy a hacerlo en cuanto lo vea.

— Cálmate —le pido—. Que no es como crees, pero vamos a otro sitio o Jason empezará con su interrogatorio si me ve así.

Claudia asiente con la cabeza, de acuerdo.

Me pongo de pie también, cuando ve que vamos a otro sitio Laura deja de jugar y se une a nosotras, preguntándome en cuanto me ve que me sucede, con ella no puedo sacar la misma excusa que saqué con Claudia para no hablar del tema, así que termino contándoles todo a ambas, desde que fuimos a dar una vuelta por la playa hasta su beso con la pelinegra.

— ¿Lo matas tú, Claudia o lo hago yo misma?

— Ambas, será mejor.

— Si, es cierto.

 — Chicas —intervengo—. Nadie matará a nadie, si me dolió verlo besar a esa, pero Samuel no tiene ningún compromiso conmigo que le impida besar a quien quiera.

— Igual no debería estar dando esos espectáculos en público —dice Laura.

— Y menos delante de chicas que gustan de él —la apoya Claudia.

— Él no sabe eso —bufo, rodando los ojos.

— ¿Por qué no se lo dices? —pregunta Claudia, de pronto.

— ¿Te la fumaste? —digo, frunciendo el entrecejo.

— Solo un poco, pero normal —se ríe, haciendo que mi prima también se una a su risa.

— Tan mala idea no es —dice Laura.

— No, es pésima.

— Oye, piénsalo —me dice—. No perderías nada…

— Solo la dignidad —Claudia la corta, llevándose un codazo de mi prima—. Vale, me callo.

Laura rueda los ojos, antes de seguir.

— Él también gusta de ti, no tengo pruebas, pero tampoco dudas —continua—. Así que podrías intentarlo.

— Pero en tus sueños, Laura —digo—. No lo haré, es que ni borracha.

— Ebrios hacemos cosas sin pensarlas —dice Claudia—. así que pondría en duda eso.

— No me pienso…

Mi frase queda al aire cuando, sin darme cuenta, choco con el ancho pecho de un chico que venía corriendo en dirección mía, provocando que caiga al suelo y más atrás él también lo haga, pero encima de mí.

Por el impacto cierro los ojos, y cuando los abro me encuentro con unos ojos color miel.

— Hoy al parecer es mi día de suerte —murmura, sonriendo—. Porque te vine a encontrar justamente aquí.

Sonrío ante sus palabras, dispuesta a cambiar el ánimo.

No voy a dejar que eso que vi me arruiné el día con mis amigos, ¿o sí?

Abro la boca para decirle que se aparte, pero el que las chicas hablen antes me hace guardar silencio.

— ¡Por Dios, Andrew tu siempre de torpe! —le grita su prima—. ¿Acaso no ves por dónde vas?

— ¡La estas aplastando! —dice mi prima—. ¡Quítate, fuera, sh!

Le hace señas con las manos para que se quite y yo no puedo evitar soltar una carcajada, mientras parece que el pelinegro se da cuenta de que en efecto está aplastándome así que se levanta y extendió su mano hacia mí, la tomo sin dudarlo y me ayuda a ponerme de pie.

— Discúlpame —me dice—. No te había visto.

— No pues, ahora resulta que es la mujer invisible —Laura pone los brazos en jarra.

— Laura ya —le pido—. Fue un accidente.

— Uno que pudo matarte —alega Claudia—. Pudiste pegar la cabeza de una roca, morir e ir al infierno.

— ¿Al infierno? —repito, frunciendo mi entrecejo.

— Exactamente —dice, asintiendo.

— Déjalas, preciosa —me dice Andrew—. Ambas son unas exageradas.

— ¿Cómo me has dicho, Andrew Tadeus? —dice Claudia, enojada.

— Exagerada —dice Laura, sonriendo—. Así nos llamó, a ambas.

— ¡Exagerada tu abuela! —y tras decir eso se quito una chancla y lo golpeo con la misma en el hombro. Mientras Laura y yo reíamos.

— ¡Oye! —se quejo él, sobándose donde lo golpeo.

— Eso es para que no vuelvas a decirnos así —dijo.

— Vale, ya lo comprendo.

— Chicas —dice Laura—. Volveré con los demás, olvidé decirle a Xavier que me vendría con ustedes.

— Volveremos —la corrige Claudia—. Estamos del otro lado de la playa, por si quieres ir con nosotros.

Andrew movió la cabeza en un gesto de afirmación, me preparo para empezar a caminar con las chicas, pero una gruesa mano rodea mi brazo al instante.

— ¿Podemos hablar? —me dice.

Veo a las chicas, ambas se encogen de hombros y comienzan a caminar lejos de nosotros.

— Será.

— Ven —su mano se desliza por mi brazo hasta entrelazar mis dedos con los suyos—. Demos una vuelta.

Comenzamos a caminar por toda la orilla de la playa, de manera que nuestros pies tocaban el agua mientras conversábamos de temas triviales, nada de suma importancia a la vez que reímos por los chistes que también me cuenta, no porque sea buenos, sino por la manera graciosa en que los dice, todo eso sin soltar mi mano.

Nos acercamos al comienzo del malecón, decidimos quedarnos allí así que nos sentamos en una de las tantas inmensas rocas que lo conforman a seguir platicando.

— Quería darte algo —me dice, de pronto—. Por eso te pedí que habláramos.

— ¿Qué cosa? —pregunto, curiosa.

Metió su mano en el interior del bolsillo de su bañador púrpura, de este sacó un collar con cadena de playa y un dije con pedrería que tenía similitud con las huellas de un gato.

— Pasé por una tienda el otro día y me acorde de ti cuando lo vi —me dice, dejando el collar sobre la palma de mi mano—. Sé por las chicas que te gustan los gatos.

Muevo la cabeza en un gesto afirmativo.

— Pero soy alérgica.

— Eso también lo sé —ríe, contagiándome a mí también—. Desde que lo compre lo llevo conmigo, esperando a verte para dártelo.

Lo miro a los ojos agradecida, mientras esbozo una sonrisa genuina.

— Gracias, Andrew —le doy un beso en la mejilla, contenta—. Esta hermoso.

Él me devuelve la sonrisa con el mismo entusiasmo.

 — ¿Te ayudo a ponértelo?

— Por favor.

Le doy el collar, me coloco de espaldas hacia él y recojo mi cabello, Andrew se toma unos segundos desabrochando el collar, después rodea mi cuello con el mismo y vuelve a abrocharlo.

— Listo.

Suelto mi cabello y me acomodo, dejando de darle la espalda mientras veo el collar en mi cuello.

— Te queda hermoso —me sonríe.

Alzo la mirada hacia él y me encuentro con sus ojos color miel ya mirándome.

— Gracias.

— Deja de agradecer —me pide, guardando un mechón de mi cabello detrás de mi oreja—. Solo estoy diciendo la verdad.

Siento como mis mejillas se tornan un tanto rojas, abro la boca para decir algo, pero el que aparezca cierto rubio frente a mí me obliga a callar de golpe.