Capítulo treinta y uno
NARRA GISELLE.
Es sábado.
Hoy junto con mi hermano y los chicos iremos a la playa, pues no tenemos nada más que hacer, por ello estoy un tanto emocionada.
Se hace las nueve de la mañana, y me encuentro completamente lista, así como mi hermano quien parece estar incluso mucho más emocionado con ir a la playa que yo, puesto a que desde pequeños a ambos siempre nos ha gustado, algo que heredamos de nuestro padre.
Cuando mi hermano mayor recibe el mensaje de Louis avisándole que nos esperan abajo tomamos nuestras cosas, nos despedimos de mamá y de su prometido, y salimos del departamento.
Llegamos al estacionamiento del edificio, pero cuando nos acercamos a los chicos la sonrisa que traigo desde que me levante desaparece cuando veo a la pelinegra vestida con un diminuto short de jeans, la parte de arriba del bikini y unas gafas de sol enganchada del brazo de Samuel.
Jason saluda a todos dándole cinco, a excepción de las chicas que las besa en la mejilla en forma de saludo. Yo también saludo a todos, a excepción de la pelinegra y a Samuel que no deja de verme sin siquiera disimular un poco.
— Bueno, ¿nos vamos? —pregunta Laura al cabo de unos minutos.
Asentimos con la cabeza y como no todos cabríamos en el coche del rubio nos dividimos en dos grupos: Mónica, Louis y Jason se irían con Samuel en su coche, mientras Claudia, Laura y yo iríamos con Xavier.
No tardamos en llegar a la playa, por ser fin de semana había más gente de lo normal, cosa que me desagrado un poco puesto a que no me gustan los lugares con tantas personas, aunque a veces hago algunas excepciones, como ahora.
Xavier detiene el coche en la entrada de la piscina, tomamos nuestras cosas y nos bajamos mientras él buscaba donde estacionar su automóvil. El resto de los chicos llegaron minutos antes, hubiéramos llegado al mismo tiempo si a cierta prima fastidiosa que tengo no se hubiera antojado de pasar antes a comprar dulces, el punto es que cuando los encontramos a lo lejos tenían un lugar reservado para todos.
Las chicas avanzaron hacia ellos, pero a un punto del camino, a menos de diez metros, se dieron cuenta de que yo me había quedado atrás. No era mi culpa, la arena quemaba, aunque iba en chanclas y se me hacía un tanto difícil correr para seguirles el paso por un terreno tan desigual.
Ellas pararon al verme lejos, me esperaron y, una vez llegué a su lado, cada una me tomaron de la mano y tiraron de mi cuerpo, llevándome a rastras hacia los demás.
Evité a toda costa mirar al imbécil de ojos lindos en cuanto llegué a su lado, claro que fallé rotundamente, puesto a que mis ojos como si tuvieran un imán magnético dentro de ellos que grita su nombre se clavaron en él y él clavo los suyos en mí, haciendo que algo en mi interior hiciera cortocircuito.
— ¿Dónde esta Xavier? —pregunta Jason, por lo que obligo a mis ojos a apartar la mirada.
— Guardando el coche —responde Laura.
Ellas pusieron sus toallas estiradas en el suelo arenoso seguidas de las de el resto, así que las imito siendo la última de la fila, dejo mi mochila sobre la misma y sin más dejo caer mi vestido suelto, quedando solamente con mi traje de baño negro de dos piezas. Recojo mi ropa del suelo y la guardo en mi mochila, siendo consciente de la mirada del rubio puesta sobre mí, provocando que me ardiera la piel, no precisamente por los rayos del molesto sol.
Trato de ignorar su mirada, también su presencia mientras baño mi cuerpo con protector solar, después me tumbo sobre la toalla y cierro mis ojos, dejando que el tiempo transcurra mientras me bronceo.
Vuelvo a abrir los ojos al cabo de un rato, notando que solo están Claudia y Louis conversando, mientras que Mónica está tumbada en su toalla boca abajo bronceándose. El resto de los chicos están dentro de la playa, excepto Samuel que encuentro sentado alejado de nosotros, parece más pensativo de lo común mientras con sus dedos hace figuras en la arena.
Y antes de que pueda si quiera pensar con claridad, me encuentro a mí misma poniéndome de pie y caminando hacia él.
Me siento a su lado en la arena, mientras observo el mar.
— ¿Todo bien? —pregunto, sin mirarlo.
De reojo noto que su mirada se clava en mi perfil.
— Todo genial —responde, sonriendo.
Esta vez si desvío mi mirada hacia él.
— ¿Estás seguro?
Mueve la cabeza en un gesto afirmativo.
— Segurísimo.
— ¿Tu papá ha aceptado… lo del año sabático?
Negó suavemente, soltando una risa por lo bajo.
— Se nota que no lo conoces —digo—. Por supuesto que no lo aceptó, ni aceptará.
— Debí suponerlo.
Samuel asiente con la cabeza, ambos miramos al frente contemplando el hermoso paisaje mientras guardamos silencio por varios minutos, escuchando el relájate —para mí lo es— sonido de las olas al romper con las pierdas. Hasta que, sin mirarme, él vuelve a hablar.
— ¿Por qué me has estado evitando?
Lo sabía.
Sabía que, en cualquier momento, él me lo preguntaría.
Abro la boca dos veces, pero no sé que decir así que la cierro, guardando silencio y me encojo de hombros, volviendo a mirarlo a los ojos.
— No lo sé.
— ¿No lo sabes o no quieres decirme? —enarca una ceja.
— Las dos cosas.
— Giselle…
— No sabría decir, así que olvídalo.
— ¿Ha sido por lo que paso en el elevador? —pregunto, para mi sorpresa—. ¿Por lo que hicimos?
Como anteriormente, abro la boca sin saber que decir, o sea sí se que decir, pero no quiero hacerlo, ¿si me entienden?
— Tal… vez —respondo, murmurando.
— ¿Tal vez? —repite.
Asiento con la cabeza, sin mirarlo.
— Samuel, yo…
— Samuel —dice una voz a nuestras espaldas, tensándome en seguida mientras el antes mencionado gira su cabeza para ver a la pelinegra—. Acompáñame a nadar, ¿sí?
Y así sin más, se levanto del suelo arenoso, se quito la camiseta haciendo que mis ojos se paseen por su definido abdomen, comiéndomelo con la mirada sin siquiera disimular. Por suerte nadie más se dio cuenta, a excepción de Samuel que si se percató. Me guiño un ojo con coquetería mientras sonreía con arrogancia y yo vuelvo el rostro en seguida.
Tira la camiseta al suelo y se va con la pelinegra al mar, mientras no puedo evitar que mis celos se hagan presentes.
— Estos celos me hacen daño, me enloquecen… —Claudia se sienta a mi lado, mientras canta burlesca.
La miro con cara de pocos amigos.
— Perdón —se ríe—. Pero es que se nota que ardes en celos, amiga.
— ¿Cómo? —digo—. ¿Tan obvio es?
Ella movió la cabeza en un gesto afirmativo, sin dejar la sonrisa divertida.
— Demasiado.
— Oh, mierda.
— ¡Chicas, chicas! —Laura viene hacia nosotras tras salir de la playa, y agita sus manos emocionada—. El agua esta deliciosa, vamos.
— ¡Claro! —Claudia sonríe, levantándose.
— Después… —trato de decir.
— Ah no, ningún después —Laura pone sus brazos en jarra—. O es ahora, o es ahora.
Laura es capaz de llevarme a rastas así que suelto un suspiro, poniéndome de pie totalmente resignada.
— Está bien, está bien.
[***]
Son más de las tres de la tarde, y seguimos en la playa.
Hemos pasado unas horas más que divertidas, justo ahora los chicos y Mónica juegan voleibol en la orilla de la playa con un balón que han traído, mientras yo tumbada sobre mi toalla los observo jugar y espero a que mis amigas regresen del paseo en moto acuática por el que pagaron, al cual no quise ir.
— ¡Tiempo! —pide Samuel—. ¡Tiempo!
Las quejas no se hacen esperar de parte de los demás, pero paran el juego.
— ¿Ahora qué, Samuel? —dice Xavier en tono fastidiado, es la tercera vez que el rubio hace lo mismo.
— Habla rápido —pide Mónica.
— No jugaré más —dice el rubio—. Descansaré un rato.
— Bien, entonces largo —dice Louis—. ¡Ahí te va la pelota Jason!
Tras decir aquello lanza la pelota al aire y con la yema de sus dedos de ambas manos la envía hacia donde esta mi hermano, mientras veo como el imbécil de ojos lindos camina directo hacia mí. Hago todo lo posible por mirarlo nada más a los ojos.
— ¿Aburrida, fea? —me pregunta, posándose frente a mí.
— Si —admito, asintiendo—. Un poco.
— En ese caso, sígueme.
Me pide, se da la vuelta y da dos pasos hacia adelante, pero al ver que no lo sigo vuelve a mirarme.
— Sígueme —repite.
— ¿A dónde?
— A dar una vuelta —dice.
— ¿Y los chicos?
Samuel mira hacia donde están ellos, así que hago lo mismo y están tan concentrados en su juego que ni siquiera se han percatado de nosotros.
— Dudo que les importe si desaparecemos unos minutos.
— Deberíamos avisarles.
— Fea, estoy empezando a creer que solo buscas excusas para no estar a solas conmigo.
— Eso no… no es así.
— Entonces vamos.
Esta vez estiró una mano hacia mí, muerdo mi labio inferior mirando su gruesa mano con desconfianza, pero después de unos segundos suelto un suspiro de resignación y tomo su mano, cuando me ayuda a ponerme de pie tira de mi cuerpo de forma brusca y empieza a correr sin soltarme mientras trato de no caerme.
— ¡No corras, Samuel, me caeré! —digo, gritando.
— ¡No lo harás! —dice, riendo.
Corremos por toda la orilla de la playa, llego a un punto que empiezo a reír por la contagiosa risa del rubio hasta que nos detenemos en una parte de la playa que está casi desolada.
Me sostengo de mis rodillas mientras trato de que mi respiración vuelve a la normalidad, pero tardo unos minutos y sin intenciones de seguir caminando un metro más me siento sobre el suelo arenoso con Samuel quien no tardó en sacarme conversación, preguntándome como era mi vida en Atlanta.
Hablamos de temas triviales, contándonos anécdotas del pasado mientras reímos sin parar y la suave brisa nos da en la cara mientras a lo lejos se escucha como las fuertes olas rompen en las rocas del malecón.
— Y como para Louis lo más preciado es su cabello, bromeando ligue su champoo con tinte azul chillón, pero… ¿Adivina quién fue la persona que utilizo el champoo antes?
— ¿Quién? —pregunto.
— Mi tía —cuenta—. Y su cabello quedo como el de un troll, tenías que verla…
Empieza a reír a carcajadas, me es imposible no reír también.
— Pero eso no fue todo —dice.
— ¿Hay más? —pregunto, riendo.
Samuel asiente con la cabeza.
— Louis le confesó a la tía Elena que yo fui el de la broma, así que ella decidió perseguirme por todo el edificio con una escoba hasta que me atrapo e hizo que también me tiñera el cabello, pero de rosa chillón —hace una mueca—. por suerte no era tinte permanente, y era verano.
— Hay por Dios —estallo en risas—. ¿No te grabaron? Apuesto a que debió ser demasiado gracioso para el resto ver como tu tía te perseguía con la escoba, o verte con cabello rosa chillón.
— Lo fue, lo fue —asiente, riendo—. Pero oye, no te burles más.
— No me pidas eso —sigo riendo—. Dios, hasta me duele la barriga de tanto reírme.
— Ah, ¿sí? —pregunta, poniendo cara traviesa—. Pues con esto te dolerá más.
— ¿Con…?
Intento preguntar, pero callo de la impresión cuando el rubio de una forma ágil y rápida me tira a la arena, se sube sobre mí a horcajadas y comienza a hacerme cosquillas por todos lados, haciendo que me retuerza debajo de él.
— Veamos si ahora te seguirás burlando.
— S-sa… Samuel… no… p-para… ¡No!
Balbuceo incoherencias mientras Samuel sigue con lo suyo, hasta que después de minutos escucha mis ruegos y se detiene, quitándose de sobre mí mientras ríe de manera no tan escandalosa como yo, que después de varios minutos logro calmarme y que todo vuelva a la normalidad.
Miro a Samuel y noto que él ya me estaba mirando de una forma que hace que me mueva incomoda en mi sitio.
— ¿Tengo algo en la cara?
Negó suavemente, sin dejar de mirarme.
— ¿Sabes algo? —dice, llevando un mechón de mi cabello suelto detrás de mi oreja—. Sonriendo, riendo te ves preciosa.
Su simple confesión da para que mis mejillas se tornen carmesí, mientras siento como el hormigueo en mi estomago crece.
Dispuesta a desviar el tema, asiento con la cabeza y me pongo de pie.
— Si —respondo—. Aunque no creo que más preciosa que tú con cabello rosa chillón.
Una sonrisa divertida aparece en su rostro.
— Oh, ya verás —dice—. Por tu bien empieza a correr desde ahora, fea. Porque si te atrapo…
No espero a que termine de hablar, empiezo a correr con todas mis fuerzas lejos de él mientras río a carcajadas, siendo consciente de que viene detrás de mí ya que su risa lo delata. Grita mi nombre dos veces, pero la risa no me deja pronunciar ni una sola palabra por lo que sigo corriendo sin mirar atrás.
Pero cuando estoy por llegar al malecón noto que no viene detrás de mí, eso me hace frenar de manera inmediata, por poco caigo, pero logro mantener el equilibrio y cuando giro sobre mi propio eje, más vale que no lo hubiera hecho.
Esta a unos metros lejos de mí, pero no está solo.
Mónica, la insoportable esa no sé de dónde salió, pero esta frente a él y parece reclamarle algo, no sabría que por la distancia que no me deja escuchar. Pero tal vez estoy equivocada, puesto a que antes de que él pueda decir algo la chica lo besa y lo que es peor, él le corresponde.