Capítulo treinta
NARRA GISELLE.
— ¿Puedo contarte algo? —le pregunto, mordiendo mi labio por dentro.
— Claro que sí, cariño.
Miro a todas partes asegurándome de que este sola en el pasillo, cuando lo compruebo proceso a hablar en voz baja.
— Es sobre Samuel —murmuro—. Nuestro vecino.
— ¿Qué ocurre con él? —pregunta, con su tono maternal—. ¿Te hizo algo?
— Claro que no.
— ¿Entonces…?
Suelto un suspiro, necesito contarle esto a alguien con urgencia y quien mejor que a mi madre, que por años ha sido como una amiga más para mí.
— Creo que siento cosas por él, mamá.
El chillido emocionado de mi madre hace que deba alejarme el celular de la oreja, es eso o quedarme sorda.
— ¡Lo sabía! —grita emocionada—. ¡Sabía que te gustaba!
Mamá sigue gritando al otro lado de la línea, haciéndome reír por su comportamiento, pero dicha sonrisa desaparece cuando siento que alguien esta detrás de mí. Queriendo que sea solo paranoia de mi parte giro sobre mis talones y abro los ojos tan grandes como dos inmensos faroles en cuanto lo veo.
— H-hablamos en… en casa —tartamudeo.
Mamá trata de decir algo, pero rápido cuelgo la llamada y guardo mi celular en el bolsillo delantero de la falda del uniforme.
— Disculpa —dice Samuel, apenado—. No quería…
— Dime que no has escuchado nada, por favor —le pido, temerosa de su respuesta.
— No escuche nada.
— Claro que si lo hiciste —deduzco.
— Bueno, es que has dicho que dijera que no escuche nada fea.
Me sonríe con diversión, así que ruedo los ojos.
— ¿Qué escuchaste? —pregunta.
— ¿Por qué te preocupa tanto si escuche o no, fea? —levanta una ceja, serio.
— Solo respóndeme, Samuel.
Él bufa, rodando los ojos.
— Que sientes algo por alguien, sólo eso.
— ¿Solo eso?
Él afirma con la cabeza, sin embargo, no puedo quedarme tranquila sabiendo que escucho eso, o tal vez incluso cuando mencioné su nombre.
— Si Giselle, solo eso —responde serio—. Y por mí estate tranquila, nadie sabrá que te gusta alguien.
No me deja decir ni una palabra más, ya que pronto se da la vuelta y regresa por donde vino, dejándome con una gran interrogante.
¿Estará diciendo la verdad?
Solo espero que así sea, puesto a que no me conviene que se entere de nada.
[***]
— Y mañana quiere presentarme a su madre —nos cuenta Laura, mientras nos sentamos en una de las mesas cerca de la pared de cristal que nos permite ver a las personas que caminan por la acera o cruzan las calles cerca de la heladería, o a los automóviles que pasan por la carretera.
— ¿No crees que van demasiado rápido? —pregunta Claudia.
Laura negó.
— Si están yendo rápido, Laura —le digo—. Por eso deseo que por andar apresurados las cosas entre ustedes no terminen mal. No me gustaría verte fatal por nadie, menos por un hombre.
— Eso no va a suceder, prima.
— Eso espero.
— ¿Y estás nerviosa por conocer a tu suegra? —le pregunta Claudia.
— Un poco, si —responde, queriendo sonar tranquila.
Claudia y yo la miramos con una ceja enarcada.
— Un poco bastante, querrás decir.
— Me conocen tan bien —Laura ríe—. Porque así es.
— Eso es normal, supongo —digo, encogiéndome de hombros—. Cuando supe que conocería a la madre de… ustedes saben de quien, estaba igual de nerviosa. Aunque no tenía por qué, la señora resulto ser un amor.
— No todas las suegras son iguales —comenta Claudia—. Unas hasta pueden hacer hasta lo imposible solo para que dejes a su hijo, solo porque no le pareces la correcta.
— Vale, gracias por ayudarme —dice Laura—. Haces que me sienta mejor.
Claudia nota el error que ha cometido, así que de manera rápida intenta enmendarlo.
— Pero claro que tu suegra también será un amor —asegura—. ¿Qué digo un amor? ¡Mucho más que eso! Hasta querrá adoptarte de lo mucho que va a quererte.
— Seguro —río, hablando de forma sarcástica.
— ¿Desean algo? —un chico interrumpe nuestra platica a la vez que saca una pequeña libreta del bolsillo de su pantalón y un lapicero.
— Claro —dice Claudia—. Queremos tres helados, uno de vainilla con galletas oreo.
— Para mí uno de chocolate con galletas y mucho chocolate extra —digo.
— Y yo quiero uno de menta con chocolate.
— En un momento se los traeré —dice el chico antes de marcharse, mientras Claudia y yo vemos a Laura como si le hubiera salido un tercer ojo en la frente.
— ¿Qué? No me miren así —nos pide.
— ¿Menta con chocolate? —repite Claudia, haciendo una mueca de asco—. ¿Es en serio?
— Solo a ti puede gustarte algo que sabe más a pasta de dientes que a un saber decente de helados.
— Solo porque hoy estoy de buen humor dejaré que insulten el chocolate con menta y lo comparen con crema dental.
El chico no tarda en volver con nuestros helados, y cuando los deja frente a cada una no se va, sino que se queda de pie mirando a Claudia un tanto nervioso.
— ¿Te sientes bien, chico? —le pregunto, enarcando una ceja.
— S-si —responde tartamudeando.
— Al parecer alguien quiere decirle algo a nuestra querida amiga Claudia —comenta Laura, sonriente ante la actitud del chico.
— Y-yo… yo solo… quería…
— ¿Quieres saber si puedo salir contigo? —termina por él lo que quería decirle.
El chico mueve la cabeza en un gesto de afirmación sin perder el nerviosismo.
— A-así es.
— Lo siento, soy homosexual y ellas son mis novias, son super celosas así que…
— ¿Tus novias? —dice Laura, frunciendo el entrecejo mientras yo río por la mentira que ha dicho nuestra amiga—. Querrás decir tus esposas, cielo.
— Si, mis esposas —Claudia se corrige y rodea mis hombros con su brazo—. Lo siento nene, pero búscate a otra.
Y tras decir aquello deposita un beso en mi mejilla.
— Y-ya veo —dice—. ¿Quieren algo más?
Todas negamos con la cabeza, así que el chico procede a irse.
— ¿Por qué le has dicho eso? —pregunto, riendo.
— El chico es un intenso —dice, quitando sus brazos de mi hombro—. Me lo ha pedido varias veces, aparte es un poco torpe. No me veo saliendo con alguien así.
— Hablando de citas —dice mi prima, enfocándose en mi—. ¿Cómo te fue con Andrew ayer?
— Bien… lo normal —me encojo de hombros, restándole importancia.
— ¿Bien, bien o solo bien? —me pregunta, enarcando una ceja.
— Nos divertimos mucho, si —digo, metiendo una cucharada de mi helado a mi boca.
— Andrew me ha contado algo anoche —dice Claudia, sonriendo—. ¿Es cierto que te beso?
— ¿Cómo? —dice Laura, mirándome—. ¿Se besaron y no nos habíamos contado?
— Fue un simple beso —respondo, sin mucha importancia.
— Para Andrew fue más que eso.
— Sé que es tu primo y lo quieres, pero para mí no lo fue —soy sincera.
— Lo quiero sí, pero te imagino más con cierto rubio que esta para comérselo que con mi primo.
— A propósito, Giselle —dice Laura, cambiando el tema—. ¿Qué mierdas ocurrió ahora con Samuel?
— Oye si, hace días que estas evitándolo.
Perfecto, y yo que quería olvidarme por un rato de él.
— Es una larga historia —suelto un suspiro, removiendo mi helado antes de llevar una cuchara a mi boca.
— Tenemos todo el tiempo del mundo —dicen ambas—. Así que suéltalo.
Tomo una bocanada de aire, llenándome de valentía para contar aquello.
— Nos hemos vuelto a besar —murmuro, por lo bajo.
— ¿Qué? —dicen ambas al unísono.
— Que nos hemos vuelto a besar —repito, elevando un poquito más la voz.
— Te escuchamos la primera vez —dice Claudia—. Solo queríamos que lo repitieras.
Laura asiente de acuerdo, sonriente.
— ¿Cuándo ocurrió? —me pregunta ella.
— Hace… unos días —cuento—. Cuando fuimos al cine juntos.
— Ocurrió hace nada —dice Claudia—. Y fuiste incapaz de contarnos.
— Bueno, ya lo he hecho así que… —me encojo de hombros, restándole importancia.
— Eres imposible —la casi rubia negó con la cabeza.
— ¿Cómo sucedió? ¿Qué sentiste al besarlo otra vez? ¿Se te declaro?
Laura me lanza pregunta tras pregunta las cuales trato de memorizar lo más que puedo, pero solo respondo las tres primeras que logré escuchar.
— Se abalanzó sobre mí en el elevador y me beso —respondo—. No puedo responder esa porque ni yo misma lo sé, y por supuesto que no, no sean tontas.
— ¿Simplemente te beso y ya?
Muevo la cabeza en un gesto afirmativo por la pregunta de la casi rubia.
— Vaya, fue directo a lo que quería.
— Hay algo más —les digo, jugando de manera nerviosa con mis dedos.
— ¿Qué?
— Creo que… me gusta.
Ambas chicas sueltan un fuerte grito tras mi confesión, haciéndome recordar la reacción de mamá y por eso río, las personas voltean a vernos ante el escándalo y las obligo a callarse.
— ¡Lo sabía! —exclama Claudia—. Es que era tan obvio, el cómo lo mirabas, como te ponías cuando lo tenías cerca…
— ¡Que emoción! —Laura sonríe, contenta—. Yo también siempre lo supe.
— Si, bueno, hay otra cosa mucho peor.
— Somos todos oídos, baby —dice Laura—. Cuenta.
— Samuel me escucho diciéndole a mi madre que siento cosas por él.
— ¡¿Qué?!
Debo taparme los oídos con el grito que han pegado ambas, haciendo que una vez más las miradas de todos se claven en nosotras.
— ¿Cómo que escucho? —Laura pregunta—. ¿Qué hizo? ¿Te volvió a besar? ¿Esta vez si se te declaro y te pidió que fueras su novia?
— Así como escuchas —respondo—. Nada, no, no y por supuesto que no.
— ¿Entonces…?
— Medio cruzamos palabras —digo—. Él dice que no escuchó a quien me refería.
— De seguro cree que te gusta alguien más —dice Claudia—. Eso es gravísimo.
Laura asintió con la cabeza, totalmente de acuerdo.
— Le sacaré información a Xavier cuando nos veamos —promete—. De seguro Samuel le contó algo.
— No es necesario.
— Si lo es —contradice—. Ahora comamos nuestros helados, están derritiéndose.
Claudia y yo asentimos con la cabeza, siguiendo conversando de otros temas mientras nos terminamos nuestras casi derretidos helados.
[***]
Laura detiene su coche frente a nuestro edificio.
— Nos vemos mañana —dice ella, despidiéndose de nosotras con un movimiento de mano.
Claudia y yo nos bajamos del coche, mientras avanzamos hacia la entrada del edificio escuchamos como se marcha.
Saludamos al portero del turno de la noche y mi amiga me convence de subir por las escaleras, su departamento queda pisos más abajo del mío así que pronto nos despedimos y sigo subiendo mientras tarareo Stay del futuro padre de mis hijos, Justin Bieber con The Kid LAROI.
Llego al séptimo piso y me detengo en seco cuando lo veo.
Esta sentado al comienzo de las escaleras con sus codos apoyados en sus piernas y mientras aprieta sus puños con tanta fuerza que sus puños se han vuelto blancos, su mirada esta clavada en un punto ciego en el suelo así que no ha notado mi presencia.
Creo.
No, no.
Estoy segura de que algo le ha ocurrido, por esa razón sigo avanzando, cuando quedo en el mismo escalón que él dudo porque ni siquiera me ha mirado, pero al final me siento a su lado en completo silencio sin importarme nada.
El lugar se sumerge en un completo silencio, no en uno incomodo, es más bien relajante y tranquilizador. Lo miro de reojo, sigue en la misma posición que antes, a diferencia que ahora si está mirándome.
— ¿Discutiste con tu padre? —pregunto, rompiendo con el silencio.
Él no contesta, se limita a mirarme mientras su cuerpo se relaja notoriamente, cuando pienso que no va a responderme me preparo para hacer otra pregunta, pero…
— Que comes, que adivinas, fea.
— ¿Está vez por qué fue? —pregunto, curiosa.
— No está de acuerdo con lo que quiero hacer al terminar el instituto.
— ¿Qué quieres hacer?
Él permaneció unos escasos segundos en completo silencio mientras escudriñó mi rostro con su mirada azulada. Me cuesta sostenerla la mirada por tanto tiempo, pero lo hago hasta que vuelve a hablar.
— Eres muy curiosa, fea.
Abro la boca para decir algo, pero no sé que y por eso guardo silencio a la vez que clavo la mirada en mis pies.
— L-lo siento —tartamudeo, sintiéndome apenada por alguna razón—. No quería sonar como una chismosa.
— No lo haces, así que no te disculpes, ¿vale? —me dice.
Muevo la cabeza en un gesto afirmativo, mirándolo nuevamente a los ojos.
— Después del instituto quiero irme a Italia —dice—. Pasar el verano con mi abuela y recorrer toda Europa en un año.
— Quieres tomarte un año sabático.
Él asiente con la cabeza.
— Claro que papá no está de acuerdo —dice—. Quiere que me quede, estudie derecho o administración en una universidad cerca, porque aquello es para fracasados.
— Samuel, pero tu no eres un fracasado.
Bufa, desviando la mirada.
— Eso díselo a mi papá —dice, lleno de rabia.
Sin dudarlo tomo su mano que ha vuelto a apretar en un puño y cuando cede ante mi contacto entrelazo nuestros dedos, sintiendo una corriente eléctrica recorrer toda mi espina dorsal. Miro directo a sus ojos, perdiéndome en el azul de ellos.
— Tu no eres un fracasado —soy sincera—. Tu… eres un chico más que increíble, Samuel. Eres inteligente, más que suficiente y cualquiera debería sentirse orgulloso de ti, deberían sentirse felices de tenerte en sus vidas, como yo me siento de tenerte en la mía.
Lo último sale solo de mi boca sin que yo pueda evitarlo.
Samuel vuelve a quedarse en silencio, solamente mirando el azul de mis ojos y puedo notar un brillo particular en su mirada, dicho brillo no lo había visto antes.
Acaricia el dorso de mi mano con sus dedos y solo eso mandó unas fuertes descargas eléctricas por todo mi cuerpo, erizándome la piel en el proceso y haciéndome presa de los nervios que me atacan cuando veo que sus ojos color azul se clavan en mis labios.
¿Querrá besarme?
Por inercia bajo también mi mirada a sus labios por cortos segundos cuando el rubio pasa la punta de su lengua por los mismos, humectándolos y haciéndolos más apetecibles a simple vista.
Lo veo inclinarse de manera lenta hacia mía sin quitar su mirada de mis labios, provocando que mi pobre corazón empiece a latir con mucha más fuerza y juro incluso que puedo oír los latidos de mi desenfrenado corazón. Roza su nariz con la mía y cuando está a punto de unir sus labios con los míos de forma inconsciente cierro mis ojos con la intención de disfrutar el momento, pero…
— ¡Samuel!
Una voz femenina chilla no tan lejos de nosotros, y puedo reconocer esa voz de aquí a kilómetros.
Abro mis ojos y me aparto de él tan rápido como puedo, mientras lo escucho maldecir por lo bajo antes de girarse hacia la pelinegra que parece querer matarme viva.
— ¿Qué estabas a punto de hacer, Samuel?
— Besarla, ¿no es obvio? —dice con tanta naturalidad.
— ¿Cómo te atreves? —pregunta, enfadada—. ¡Y tú, debería darte vergüenza meterte con mi novio!
Ante aquellas palabras frunzo el entrecejo y sintiéndome enfadada también miro al rubio que tensa la mandíbula notablemente, conteniéndose.
— ¿Es tu novia? —le pregunto.
— ¡Claro que lo soy! —alega la pelinegra.
— Deja de decir estupideces, Mónica —le habla molesto—. Nosotros no somos novios, tampoco nada parecido.
El que diga aquello hace que, así como apareció de repente, el enojo que sentí hace un momento desaparezca.
— ¿Cómo qué no, Samuel?
Me pongo de pie sin intenciones de escuchar su absurda discusión.
— Mejor me iré.
— Hasta que dices algo coherente, niña.
Le doy una mirada de pocos amigos, rodeándole los ojos.
— Después te busco —me dice Samuel—. Aun no terminamos de hablar.
Muevo la cabeza en un gesto afirmativo y sin más me voy a mi departamento, sitio donde mi mamá me retiene haciéndome preguntas tras preguntas de lo que le he contado por la mañana, preguntas que no logro responder ni la mayoría.
Logro que deje el interrogatorio para otro día cuando pongo la excusa de que estoy cansada, así que voy a mi habitación a ver películas hasta que logro quedarme dormida.