Te amo 24

Claudia corrió al parqueadero entre lágrimas. Nunca se había sentido tan humillada en su vida. Iba a abrir la puerta del carro cuando Matt la atrajo a su regazo y la envolvió con sus brazos. Claudia se separó de él con rapidez.

—¿Qué haces? ¡Te vas a ensuciar! ¿No ves lo repugnante que estoy? —Ella expresó exaltada. No lo miraba a la cara, la vergüenza no la dejaba. No quería que él descubriera esa parte de ella. No, él no podía saber sobre eso, él no.

—¡Me importa un carajo! —La abrazó con fuerza—. Vámonos de aquí, preciosa, ¿sí?

Claudia se apartó y negó entre lágrimas.

—No, Matt. Aléjate de mí. Tú no mereces estar con una mujer como yo.

—Vámonos, amor —comandó ignorando sus palabras.

—¡¿Qué no escuchaste?! —Gritó perdiendo la cordura—. No te quiero a mi lado. Matt, olvídate de mí, no eres el hombre para mí ni yo la mujer para ti. Esta relación queda terminada, así que, por favor, no me busques. Olvida que yo existo.

—No, Claudia. Eso no va a pasar porque yo te amo. Vamos a hablar, amor —insistió tembloroso.

—Adiós, Matt. —Claudia subió a su auto y arrancó. Matt se quedó quieto y en desconcierto, mirando el vehículo marcharse.

Claudia llegó al apartamento en llantos. Cecilia se estaba desayunando para ir al hospital, cuando la vio entrar toda sucia y desarreglada.

—¿Qué te pasó? —indagó preocupada y asustada. Claudia corrió a su habitación sin responder y entró a la ducha con todo y ropa y se sentó a llorar debajo de las gotas de agua. Cecilia la ayudó a levantarse y a ponerse una ropa seca, por su parte, Claudia se acostó sobre la cama en silencio y sumida en sus pensamientos.

***

—No me importa que me echen, pero esto no se va a quedar así. Encontraré al responsable y lo voy a denunciar por difamación. Lo que hicieron fue un delito y créanme que no me voy a quedar de brazos cruzados. —Matt estaba exaltado y la rabia consumía su ser.

—Debe calmarse, profesor Páez. —El rector advirtió—. Vamos a investigar quién lo hizo, pero debemos manejar este asunto con discreción. En cuanto a la maestra Gutiérrez, no puede continuar su docencia en esta universidad, si hubiera sabido de sus antecedentes, nunca la hubiera contratado.

—¿Qué dice? —Matt lo miró desconcertado—. ¡No lo puedo creer! ¿La va a despedir por su pasado?

—Profesor Páez, usted sabe muy bien que una persona con esos tipos de historiales son una amenaza para una institución como esta. Aunque usted y yo sepamos que ella puede enseñar sin problemas, los padres y estudiantes no van a pensar igual.

—Entonces, yo no seguiré enseñando en este lugar —amenazó desafiante.

—Profesor Páez, usted es un maestro brillante y con un futuro prometedor. No vaya a tirar todo a la borda por orgullo, eso no va a ayudarles, en especial si ella es su pareja. ¿Cree que es conveniente estar desempleado cuando ella necesita su apoyo? Piénselo bien y luego tome una decisión. Pero, por favor, no se tome la decisión del consejo estudiantil de forma personal.

Matt salió de allí aturdido.

—Profesor, escuché lo que sucedió con su novia. —Gómez se le acercó con toda su hipocresía—. ¡Qué horror! Teníamos a una acosadora en la universidad y nadie lo sabía. No entiendo cómo pudieron contratar a una persona sin investigar sus antecedentes.

—Maestra Gómez. —Matt la miró fulminante—. Lo que hicieron es un delito y créame que no descansaré hasta encontrar a los culpables y hacer que paguen por la difamación a Claudia. El pasado de una persona no debe utilizarse para dañar su presente. Todos tenemos derecho a una oportunidad de cambiar y comenzar de nuevo. No es justo que juzguen a Claudia por sus errores pasados cuando ella está llevando una vida ejemplar y productiva. No está cometiendo ningún crimen ni infringiendo ninguna ley. Ella no le está haciendo daño a nadie; al contrario, está colaborando con la sociedad, está tratando de ser mejor persona y emendando sus actos. Ya ella cumplió con la sentencia del juez, no tienen que restregarle en la cara lo que hizo —dicho esto se alejó de ella.

Gómez respiró con exaltación y rabia. Había logrado su cometido y difamado a Claudia, pero... ¿Por qué no estaba feliz? ¿Por qué Matt seguía aferrado a esa mujer?

***

Después de una larga charla, pedirse perdón, hacer promesas y llegar a un acuerdo; claro, apapacharse y una segunda ronda de pasión; Laura y Kevin fueron a la mansión de Cristian, ya que Jillian había llegado de París días atrás y Kevin no la había visitado.

—¿Puedes creer el descaro de tu padre? —Jillian miró a Kevin con decepción y amargura.

—Mamá, papá es un hombre libre. Él tiene derecho de buscarse una novia. Tú has tenido varios novios y él no te reclama.

—Eso es diferente, Kevin. Esos hombres no han sido mis novios, solo aventuras para pasar el rato. Pero mi corazón pertenece a tu padre. Él no me puede hacer esto —replicó indignada.

—No seas cínica, mamá. —Kevin profirió hastiado—. Mi papá nunca ha salido con una mujer después de su divorcio hasta ahora. Es justo que él se dé una oportunidad en el amor. Tú no estás dispuesta a tener una relación seria con él, solo lo usas a tu antojo y luego te largas y te acuestas con hombres en todos los países que visitas. ¿Crees que eso es justo para mi padre?

—Kevin, tú siempre criticando mis acciones y poniéndote de parte de tu papá. ¡Eres un mal hijo! Nunca me ayudas en nada y haces lo que te da la gana. Mírate, casado con una Gutiérrez. No entiendo a los hombres Mars. ¡Tienen tan mal gusto! Él único que refinó fue tu padre, pero ahora les siguió el juego a ustedes. Porque, aunque esa tal Delia no es una Gutiérrez, es de la misma calaña.

—¡Ay mamá! ¡Qué aburrimiento! Mejor voy a hablar con papá. —Kevin bufó parándose de su asiento—. La menopausia te tiene más insoportable que nunca.

—¡Kevin Mars Vernant! —espetó llorosa—. ¿Cómo te atreves a hablarme así? ¡Eres un irrespetuoso!

***

—Claudia, no es justo lo que estás haciendo. —Cecilia estaba sentada frente a ella sobre la cama. Habían pasado varios días desde aquel incidente y Claudia se quedó encerrada en el apartamento. Apagó su celular y se desconectó del mundo exterior—. Matt me llama todos los días para preguntar por ti. Me dijo que le duele verte así y que quiere visitarte, aunque tú ya no quieras estar con él.

—Yo no quiero verlo, Ceci —respondió desganada—. ¿Por qué es tan insistente? Tiene la oportunidad de zafarse de esta relación y sigue buscándome. ¡Qué tonto!

—Él te ama, Clau. —Cecilia sostuvo sus manos—. Eres una tonta. ¿Quién deja a un hombre como ese? Nunca he visto a un chico entregarse tanto a una relación. Yo fuera tú y me aferrara a él, los hombres de verdad están escasos, Clau.

—Yo no necesito a un hombre, ni siquiera podré tener sexo con él. ¿Para qué esclavizarlo con una loca como yo?

—No hables así, Clau. —Cecilia la miró confundida—. ¿Por qué dices que nunca podrás tener sexo con él?

—Pues... —Bajó la mirada y empezó a jugar con sus dedos—. Cecilia —la miró a los ojos—, si yo te cuento algo, ¿me prometes que no le dirás a Jim? No quiero que se sienta culpable.

—No te entiendo. ¿Qué tiene que ver Jim con todo esto?

—¿Recuerdas al vecino que hacía suspirar a Jimena?

—Creo que sí... —contestó pensativa—. Él era el chico guapo que trataba a Jim como a su hermanita. Siempre le daba regalos y jugaba con ella.

—Sí, ese mismo —dijo arrugando el rostro—. Pues, él no la veía como a una hermanita. Él le dijo que serían novios cuando ella creciera y desde que Jim cumplió sus quince años, él le pidió una prueba de amor. La muy tonta se acostó con el desgraciado ese y él después de que se la ligó, la humilló y echó de su habitación. Ese patán la ignoró por varios días y ella fue a buscarlo. El muy idiota tenía una novia y amenazó a Jim para que se callara y dejara de buscarlo. Ella me lo dijo y yo me llené de rabia. Entonces cometí el peor error de mi vida. —Los ojos le empezaron a arder.

—¿Qué hiciste Claudia? —Cecilia preguntó aún confundida.

—Fui a reclamarle al muy imbécil. Sus padres me dejaron entrar a su habitación. Él estaba escuchando música y cuando entré empezó a acorralarme y mirarme con morbosidad. El desgraciado se burló de mí cuando le reclamé por lo que le hizo a Jim y me tiró sobre la cama, subió el volumen del radio y... —Las lágrimas cubrieron su rostro y Cecilia entendió lo que sucedió.

—Clau... —Dos lágrimas rodaron por sus mejillas— Clau, ese tipo... —Claudia asintió llorando y Cecilia la abrazó entre lágrimas.

—No, eso no... ese desgraciado... maldito... —Jimena empezó a llorar. Estaba parada frente a la puerta de la habitación de Claudia. Ellas estaban tan sumidas en la conversación que no se habían percatado de su presencia. Jimena también tenía una llave del apartamento, ya que se pasaba casi todos los fines de semana allí.

—Jimena... —Claudia balbuceó entre llantos.

Jimena corrió hacia ella y la abrazó con fuerza. Entonces, las tres lloraron abrazadas por un largo rato.

***

Matt estaba sentado sobre su cama con mirada triste, perdido en sus pensamientos.

—Mi reinita ha sufrido tanto... —se lamentó—. ¿Cómo te ayudo, mi amor? ¿Por qué, aunque no quieres verme siento que me llamas? ¿Por qué siento que me necesitas? —Matt tomó una bolsa de una gaveta y de esta sacó una cajita dorada, la abrió y sostuvo un anillo de oro con piedrecitas de diamantes que observaba con melancolía.

***

—¿Por qué no hablaste antes, Clau? —Jimena acariciaba su cabello con nerviosismo—. ¿Por qué cargaste con esto sola todo este tiempo?

—No lo sé, Jim —contestó un poco ida—. Yo... no quería hablar sobre algo tan vergonzoso. Además, se supone que yo debía protegerlas, no podía mostrar mi debilidad.

—Clau, somos hermanas y tenemos casi las mismas edades, no era tu responsabilidad encargarte de nosotras. Tú también necesitabas cuidado y protección. La obligación la tenían los adultos, no tú. —Cecilia replicó mirándola con dulzura.

—¿Qué adultos, Ceci? —replicó frunciendo el entrecejo—. No teníamos mamá y nuestro padre nunca se interesó en nosotras. Él siempre fue un egoísta que vivía para sí y sus juegos de casino. La única responsable a nosotras era tía Clara y ella estaba más loca que una cabra. Tenía miedo de que me juzgara y tomara lo que me pasó de forma tergiversada. Sabes cómo era de rara y exagerada, pudo haber creído que yo me acosté con ese tipo y... no hubiera soportado algo así.

—¡Ay Claudia! Todo fue mi culpa. Si yo no me hubiera acostado con él... —Las lágrimas inundaron el rostro de Jimena.

—No, Jim, por favor. —Claudia la abrazó con fuerza y empezó a llorar—. No te culpes, por favor. Esa es una de las razones por la que me callé, no quiero que te culpes, no fuiste tú quien me violó ni tampoco me mandaste a ir allí. Yo fui por mi propia cuenta, creyéndome la super chica; Jim, ese maldito es el único culpable. Toda mi vida me he sentido sucia y he dejado que la culpa y la vergüenza afecten mis relaciones íntimas. Pero, debemos entender que él decidió hacerme daño, no había razón para él abusar de mí, lo hizo porque quiso. No es nuestra culpa, es la de él.

—Clau tiene razón, Jim. —Cecilia secundó—. Me alegra mucho que lo entiendas, eso es una forma de superarlo. El que lo hayas hablado con nosotras y quitado la carga de la reacción de Jimena, también es un paso para sanar. Pero... ¿Has intentado tener relaciones sexuales? Es normal que una persona víctima de abuso y acoso sexual les tema a ellas, pero no siempre es así.

—Pues, siempre he temido a los chicos. Quería vengarme con todas mis fuerzas de aquel desgraciado que empecé a salir con hombres para hacerles daño. Al principio me asustaba cuando me besaban y abrazaban, pero poco a poco dejó de afectarme. Es por eso que me empecé a interesar y obsesionar con hombres que me rechazaban. Era como una forma de defensa y de venganza a la vez. Nunca estuve enamorada de Kevin Mars, me atraía, sí. Me empezó a interesar lo diferente que era a los demás hombres y me empecé a obsesionar cuando noté su interés en Laura. Quería esa atención y mirada para mí, un hombre así no me haría daño. También me llamó la atención su amor al arte, es lo mismo que me pasó con el maestro de dibujo. Ellos nunca mostraron interés en mí y eran muy buenos artistas, así como lo era mamá. Ella me regaló pinturas el día de mi cumpleaños y me dijo que haríamos un cuadro juntas —las lágrimas volvieron a salir—, pero entonces, al otro día se marchó y no pudimos terminar el cuadro. Yo sólo quería terminar la pintura con ella. Creí que esos hombres podían ayudarme a terminarla. Soy una loca, ¿cierto?

—No, Clau. —Cecilia la abrazó.

—Yo nunca les hice daño ni los amenacé. Solo los buscaba mucho y los hastiaba con mi insistencia. Pero, lastimé mucho a Laura, ella era lo que yo nunca pude ser y por eso la odiaba. Creo que estoy pagando todo el daño que he hecho, me merezco sufrir y no merezco tener un hombre como Matt en mi vida, soy la villana, no la chica buena.

—No hables así, Clau. Por lo regular, a quien se le hace daño termina haciéndolo, también. Lo importante es reconocer tu error y cambiar tu camino. Dios siempre va a perdonar y restaurar la vida de quien reconoce que falla y quiere cambiar. Eso te pasó a ti, Clau. Te mereces lo bueno y ser feliz. Mereces ser amada y protegida, mereces el amor de ese hombre que no le ha importado tu pasado o tus errores, ese hombre que te ayudó sin esperar nada a cambio. Clau, no lo dejes ir, ustedes se aman y pueden superarlo juntos. Debes ser sincera con él y contarle lo que te pasó, estoy segura de que entenderá y te tendrá paciencia.

—Él ya lo sabe. —Claudia bajó el rostro de la vergüenza—. Lo supo de muy mala manera. No se imaginan la cachetada que le pegué de repente, cuando él...

—¿Cuándo él? —Jimena preguntó con picardía.

—Ummm... —Claudia se sonrojó y tapó su rostro con las dos manos. Sus hermanas empezaron a reír con su reacción.

—Vaya, te ves tan linda en inocente que me encantaría captar este momento. No siempre se tiene la oportunidad de ver esta versión tuya. —Jimena dijo entretenida.

—¡Que graciosa! —Claudia hizo una mueca.

—No, pero yo quiero saber qué fue lo que hizo tu grandulón para que le pegaras una cachetada. —Jim dijo maliciosa.

—Pues... me llevó a su habitación y empezó a besarme y a... —se sonrojó— tocarme... y besarme en...

—¿En? —Jimena acercó su rostro intrigada.

—¡Ay ya! —Claudia reprochó—. Deja de acorralarme con tus preguntas. Eso es algo privado. ¿Acaso yo te he preguntado lo que hacían tú y Pablo en su habitación?

Las chicas empezaron a reír y Claudia se cruzó de brazos molesta y avergonzada.

—No te atrevas a preguntar eso, Clau. —Cecilia dijo entre risas—. Jimena y el pícaro de Pablo en una habitación es peor que una película triple X y 21+. Si tienes la cara roja por una caricia, no me quiero imaginar si escuchas las perversidades de Jimena, eso sería destrozar tu inocencia.

—¡Oye! —Jimena se quejó con una sonrisa, de las tres, ella era la más pícara y experimentada—. Tampoco es que éramos unos maniáticos sexuales, pero, deben saber que no hacíamos el amor en nuestro matrimonio. Bueno, los últimos meses sí. Es irónico, nuestro matrimonio terminó cuando se suponía estábamos mejor. —Suspiró con tristeza.

—Aún lo amas, ¿cierto? —Cecilia preguntó conmovida.

Jimena hizo silencio y miró a Claudia con temor. Aún le afectaba su opinión.

—Pues... Pablo es el padre de mi hijo, sí lo amo, pero... de esa forma y ya —mintió—. Somos buenos amigos ahora, todo está bien...estoy con Bruno...

—Vaya, creo que sí lo amas. Y en cuanto a Bruno: ¿entiendes que eso no es algo serio? No te ilusiones, sabes cómo es él. —Cecilia replicó.

—Créeme que estoy consciente de eso. —Jimena sonrió.

—¡Por favor! —Claudia bufó—. Nadie sabe si ellos puedan tener algo serio. Por ahora, diviértete con él y no te cierres a la posibilidad de tener algo más.

—¡Ay Clau! Estás tan empecinada en que Jim y Pablo no vuelvan que la estás lanzando a la boca del lobo. Estoy segura de que, si Jimena le abre las piernas unas dos veces, el chico se alejará y buscará un nuevo revolcón. Ese es el tipo de hombre que es el bailarín ese.

—Bueno, pues lo siento por él. Pero mis piernas no se van a abrir hasta que conozca a un hombre que valga la pena y esté dispuesto a tener una esposa y aceptar y amar a mi hijo. —Jimena cerró la conversación.

***

—Kevin, gracias por tu ayuda. Me encantó el trabajo que hicieron tus fotógrafos. —Paulo le palmó el hombro.

—No es nada tío. Es muy romántico de tu parte, quien te viera, tan despistado que pareces, pero el romance se te da muy bien. —Kevin lo miró con picardía.

—Creo que eso es algo que está en nuestra sangre. Cuando nos enamoramos nos volvemos unos tontos. —Paulo contestó moviendo la cabeza y Kevin estalló de la risa.

—Tienes razón. Somos unos tontos que a veces la embarramos, mira al pobre Pablo. Está que bota las babas por Jimena después de que la apartó de él.

—Sí, Pablo la embarró con toda las de la ley, el muy imbécil.

—No solo Pablo. Mi papá negó a su novia frente a mamá y ahora está dando asco detrás de ella. Creo que Delia ya lo perdonó, pero se la está poniendo difícil a propósito.

—Sí. A tu padre siempre le han gustado las pícaras. Ese sí se vuelve idiota cuando se enamora. Mira que quedarse solo por dieciséis años.

—¡Mira quién habla! —Kevin lo miró entretenido—. Nunca te estableciste con ninguna mujer. Te emperraste con la tía Clara. Y eso que ella nunca te correspondió hasta ahora.

—¡Ja! —Paulo bufó—. Yo tuve muchas mujeres, pero tu padre se volvió monjo.

Kevin estalló de la risa.

—¿Monjo? Eso no existe, tío. Creo que te refieres a monje.

—Monjo, monje... ¡Cómo sea! Ningunos gozan.

—Y eso que dicen que las chismosas somos las mujeres. —Clara los sorprendió junto a Laura.

—¡Claro que son chismosas! —Paulo contestó—. No hay cosa más escalofriante que cuando se reúnen las Gutiérrez.

—Eso no es cierto. —Laura refutó y las miradas de los dos se posaron sobre ella en acusación.

—¡Dejen de mirarme así! —refunfuñó—. Nosotras hablamos de cosas productivas.

—Sí, muy productivas. —Kevin espetó divertido—. Su conversación principal es: “Cómo dominar e idiotizar a los Mars”.

—Ustedes se creen la gran cosa. —Laura bufó molesta. Kevin se acercó a ella y rodeó su cintura.

—Ojos Melosos, estás muy peleona últimamente. —Besó su mejilla.

—Lo que está es muy bonita. Hasta tiene un brillo especial. —Clara la miró atenta.

—¿Bonita? He tenido tantos problemas últimamente, que me he descuidado un poco. Además, no me he sentido bien en estos días. Ni siquiera me está dando apetito.

—Eso se entiende, amor. Has estado bajo mucho estrés y ansiedad. No te preocupes, encontraremos a la loca acosadora y podrás retomar tu vida. —Kevin la abrazó.

—Kevin. —Julián se unió a ellos—. Un tal Gabriel Blanco está buscando a Laura —avisó.

Kevin puso su atención en Laura con curiosidad mientras que Paulo y Clara se miraron con complicidad y la última empezó a temblar de los nervios.

—Sí, lo conozco. —Laura contestó sonriente—. Yo lo invite. Es que me gusta su compañía y ambos compartimos la pasión por la fotografía.

Kevin miró a Laura frunciendo el ceño.

—¿Tienes un amigo? ¿Por qué no lo conozco? —Kevin preguntó celoso y Laura lo besó en los labios divertida.

—Lo siento, es que se me había olvidado con todas estas cosas. Pero no te pongas celoso, ese hombre podría ser mi padre —respondió juguetona.

Paulo y Clara se miraron otra vez ante la ironía.

—¿Cómo lo conociste? —Clara Preguntó tensa.

—Fue en un parque. Empezamos a conversar y nos hicimos amigos; no es que hemos hablado mucho. Me lo encontré unos días atrás en el supermercado y lo invité a la galería, puesto que Kevin no me deja salir de aquí. Él me dijo que tenía que decirme algo muy importante.

—¡Dios mío! —Clara tapó su boca con nerviosismo.

—Dile que pase. —Laura contestó a Julián.

—¡No! —Clara y Paulo gritaron al unísono, ganando las miradas de extrañeza de Kevin y Laura.

—¿Qué les pasa? —Laura preguntó sorprendida.

—Laura... —La voz de Clara era temblorosa.

—¿Sí...? —preguntó intrigada. Julián ignoró el “no” de ellos y fue a traer a Gabriel. Clara empezó a tartamudear y no pudo evitar las lágrimas.

—Debes calmarte, amor. —Paulo se acercó a ella y la rodeó con sus brazos.

—¿Qué es lo que sucede? —Laura cuestionó como si exigiera una explicación—. Están actuando muy raro.

Gabriel entró al estudio y el silencio y la tensión llenó el lugar. Kevin lo recorrió con la mirada y luego observó a Laura. Había algo en ese hombre que le era familiar ¿Cómo es que Laura y él parecían familia?

—Hola, señor. —Laura le sonrió. Gabriel se paró frente a ella ignorando a los presentes.

—Laura. —Su expresión fue de desesperación y ansiedad, acarició su mejilla con ternura y la miró con temor. Laura se sorprendió ante el gesto y se puso nerviosa al ver la mirada asesina de Kevin sobre Gabriel.

—Señor, disculpe. —Kevin se acercó y se paró al lado de Laura—. ¿No cree que es demasiado atrevimiento tocar a una mujer casada?

Gabriel miró a Kevin por unos segundos y sonrió.

—¡Vaya! —abordó a la Laura con picardía—. Te gustan los chicos atractivos. Eres una pícara igual que tu padre, ambos tenemos buen gusto.

Kevin lo miró con escepticismo y Laura lo observó con extrañeza.

—Laura... —Clara se acercó temblorosa—. Este hombre es...

—¡No, Clara! —Gabriel la interrumpió—. Eso me toca a mí decirlo. Tú no me quisiste ayudar, ahora te aguantas.

—¿Cómo te atreves a venir a decirle eso de repente? ¿No tienes tacto ni sentido común, idiota? —Clara reclamó entre lágrimas—. No te imaginas todo lo que está viviendo en estos momentos, no está lista para esa información, no de esta manera.

—¿Cuándo lo estará, Clara? ¿Para qué alargar el asunto? Yo no sabía de ella y ahora que la conocí no pienso alejarme. ¡Es mi hija con un demonio! —Gabriel soltó sin reparo. Kevin abrió los ojos de la sorpresa y Paulo topó su frente maravillado ante el descaro y la falta de sensibilidad de Gabriel.

—¿Qué dice? —Laura preguntó espantada mientras desandaba en negación.

—Eres mi hija, Laura. —La miró fijamente al decir esa frase.

—¿Su hija? —Laura lo confrontó con ira—. No, yo no tengo padre. Ese hombre abandonó a mi madre cuando ella estaba embarazada.

—Laura estoy arrepentido... yo... perdóname, por favor. No sabía de ti...

—¡¿No sabía de mí?! No sea cínico, señor. —Laura le reclamó entre lágrimas—. Usted supo que mi madre estaba embarazada, no me mienta.

—Sí, pero... estabas en su vientre, ahora eres real...

Laura se quedó atónita ante su estúpida lógica.

—¡No lo puedo creer! —Rio con ironía—. ¿Entonces en el vientre era de mentiras? ¿Acaso usted...? —Las lágrimas cayeron como torrentes.

—Pero estoy arrepentido, Laura. No estaba listo para tener un bebé. Tu madre no quiso abortar y yo... Lo siento mi niña, lo siento mucho. —Gabriel trató de acercarse, pero Laura retrocedió llena de ira.

—¡¿Y mi madre estaba lista?! ¿Sabe todas las necesidades por las que pasamos? ¿Es consciente de que nos tocó dormir en la calle por un tiempo? ¿Acaso mi madre estaba lista para dejar sus estudios y cargar con un bebé, mientras hacía trabajitos porque no tenía experiencia laboral? Mi mamá murió porque se extendió en el trabajo y tenía que irme a buscar al colegio. Llevaba tanta prisa que no se fijó del cambio de luz... —El llanto se escuchó en todo el estudio—. ¡Ella murió y yo me quedé sola! No me venga a decir que no estaba listo. Y no me diga que es mi padre. ¡Yo no tengo! —Gabriel trató de acercarse, pero Laura salió del estudio corriendo. Todos salieron tras ella preocupados.

—¡Ojos Melosos, espera! —Kevin gritó con desesperación mientras la seguía a toda prisa.

Laura huyó temblorosa y con el rostro lleno de lágrimas. No podía creer el descaro de aquel hombre. ¿Su padre? Nunca lo llamaría así. Él decidió abandonarla y engañarse a sí mismo, olvidando por completo que tenía una hija. Laura cruzó la calle desesperada. ¡Quería estar sola! ¿Por qué la estaban siguiendo? ¿Por qué no la dejaban en paz?

—¡¡Laura!! —Kevin gritó desesperado al escuchar el carro frenar con violencia y a Laura caer sobre el duro pavimento. Apretó su cabello aterrado y las lágrimas empezaron a salir.