Te amo 19
—¡Tú te crees mucho, imbécil! —Una mujer con cara de matona se acercó a Ariadna, quién tenía parte del rostro cubierto, aún. Estaba en el baño de la prisión y fue rodeada por un grupo de mujeres.
—¡Aléjense de mí, ratas asquerosas! —Ella las confrontó y todas empezaron a reír.
—¿Qué te haremos por tu insolencia? —Una de ellas dijo lamiéndose los labios.
Ariadna yacía en el frío y sucio piso, toda agolpeada y con la herida de su rostro sangrando. Lágrimas cubrían su rostro y entonces, añoraba aquel apartamento sencillo del que una vez tanto se quejó.
***
Pablo estaba sentado en un balcón de la instalación, mirando el azul oscuro del cielo decorado con estrellas. Ese firmamento le recordaba a aquel verano donde conoció al amor de su vida.
Flashback
—Me encantó nuestra cita. —Pablo la miró con flirteo. Deseaba besarla desde que salieron, pero se divirtieron tanto con los juegos de la feria de aquel remoto pueblo, que no tuvo chance si quiera pensar en estar a solas. Ellos estaban frente a las habitaciones de los Gutiérrez y era momento de despedirse.
—A mí también. —Ella lo miró expectante y un poco ansiosa. Podía notarlo, porque ella movía sus dedos con nerviosismo e inquietud. Al parecer, el deseo era mutuo y él estaba feliz de tener la oportunidad de repetir ese ardiente beso que se dieron cerca de la torre.
Pablo se acercó lentamente mientras Jimena esperaba con ansias aquel movimiento. Él tomó su rostro con delicadeza y besó sus labios con una lentitud que torturaba. Jimena envolvió su cuello con sus brazos y lo atrajo más hacia ella, intensificando aquel sonso beso. Él sonrió entre sus labios, pues lo había hecho a propósito.
—¿Ansiosa? —alegó con picardía y ella le pegó en el hombro—. ¿Quieres repetir nuestra salida? —Pablo se puso nervioso tratando de hacer su propuesta—. Es decir... tú sabes, empezar algo. ¿Quieres? —La observó ansioso y con temor. Ella sonrió sonrojada y besó sus labios.
—Tendrás que convencerme —contestó con picardía.
—¿Convencerte? —preguntó confundido.
—Sí. Yo no salgo con chicos que no sepan usar su boca, tienes que besarme a ver si me convences.
Pablo enarcó una ceja y sonrió seductor. Le encantaba lo coqueta y directa que ella era.
—Si esa es la condición, entonces tú y yo ya estamos saliendo —alardeó. Jimena fingió un bostezo.
—Mucha palabrería y poca acción. —Lo miró desafiante. Pablo la atrajo hacia él y empezó a devorar su boca. Daba pequeños mordiscos sobre sus labios que enloquecían a Jimena. Ella empezó a juguetear con su lengua y él la imitó. El beso fue largo y ardiente, dejándolos agitados y extasiados.
—¿Estoy aprobado? —preguntó con la respiración hecha un caos.
—Tal vez... —respondió con una sonrisa maliciosa mientras se adentraba por el pasillo.
Fin del flashback
Pablo sonrió como tonto ante aquel recuerdo. Jimena había cambiado mucho después del embarazo, pero ese había visto a esa Jimena agresiva y directa. Aunque estaba apenado con su amiga, la ilusión de que ella estuviera celosa le daba un poco de satisfacción. Tal vez, no era tarde para ellos, quizás él podría tener la oportunidad de reconquistarla.
***
—Claudia... —Besaba sus labios con fervor y deseo—. Vamos a la habitación... —susurró sobre sus oídos y Claudia se tensó. Ella lo siguió con timidez y nerviosismo y una vez adentro, él atacó sus labios con pasión. La cargó con delicadeza y la puso sobre la cama—. Te voy a enseñar el arte de amar. Solo déjate llevar... —susurró sobre su cuello. Claudia empezó a respirar con dificultad. Él se ubicó sobre ella en cuclillas y con su dedo índice empezó a acariciar su piel. Fue desabrochando todos los botones de la camisa de ella hasta que su torso quedó expuesto a sus ojos. Él la admiraba con deseo, mientras que Claudia temblaba del terror.
Él notó su sonrojo y su deseo aumentó. Nunca una mujer le había provocado tantos sentimientos mezclados.
—N-No tienes...—tartamudeó sonrojado.
—Muy rara veces los uso. Mis pechos no son muy grandes que digamos. —Su voz era temblorosa.
Sus labios arremetieron contra su desnudez. Le encantaba la suavidad de ellos. Claudia inhalaba y exhalaba, tratando de no descomponerse. Lágrimas rodaron por sus mejillas y el pasado la azotó de repente.
—¡No me toques! —gritó cacheteando a Matt con todas sus fuerzas. El sonido de su palma sobre su mejilla se escuchó en toda la habitación, por lo que Matt dio un salto espantado y confundido mientras frotaba su mano sobre el área golpeada.
—¡Demonios! —exclamó airado. No entendía qué rayos sucedió.
—Lo siento, lo siento, lo siento, mi amor. —Claudia repetía temblando—. ¡Perdóname! —Tapó su rostro con sus dos manos mientras lloraba desconsolada. Él se acercó lentamente con algo de duda y temor. Aunque la rabia aún recorría por su piel, había algo en su comportamiento que lo preocupaba. Él se sentó en la cama quedando frente a ella, posó un brazo sobre su espalda y con la mano libre levantó su mentón, teniendo acceso a sus ojos hinchados de tanto llorar.
—Claudia... —La miró con tristeza y temor. Sospechaba lo peor y la piel se le helaba si quiera imaginar aquello. Su reinita no pudo haber sufrido tanto en la vida. Ella no pasó por eso—. Mi amor, habla conmigo, ven, princesa. Cuéntame qué pasó, ¿sí? —La arrastró hacia él, quedando ella sentada sobre sus piernas de forma lateral. Él rodeó su cuello con su brazo derecho y con el otro secaba sus lágrimas. A su vez, ella se acurrucó en su pecho. Él sostuvo sus manos para calentarlas, ya que estaban frías y temblorosas.
—Perdóname, por favor. —Ella susurró sobre su cuello. Él se estremeció al sentir su cálido aliento sobre su piel.
—Está bien, mi amor. Todo está bien. Estoy aquí contigo. —Besó su cabeza con ternura. Los ojos le ardían, pues estaba haciendo esfuerzo para no llorar. Claudia se durmió en sus brazos y él la acostó con delicadeza sobre la cama. Puso los botones de vuelta, cubriendo su desnudez; acto seguido, acarició su rostro con ternura y dejó un beso corto sobre sus labios. Se veía tan linda durmiendo. No entendía como ella lo enloquecía de esa forma. Por fin encontró a esa mujer con la que deseaba compartir el resto de su vida, esa mujer a quien estaría dispuesto a confiarle su corazón y hacerla su esposa. Creyó que nunca superaría aquella dolorosa experiencia, creyó que se había cerrado completamente al amor.
Claudia se despertó con un horrible dolor de cabeza. Se sentó de golpe al darse cuenta que no estaba en su habitación, entonces recordó lo que sucedió la noche anterior y la vergüenza la embargó. Miró a su alrededor, pero Matt no estaba. Respiró aliviada, pues no sabría cómo mirarlo después de aquel bochorno. De repente, la puerta se abrió y Claudia se tiró en la cama, haciéndose la dormida.
—Vi cuando te acostaste —le advirtió haciéndole entender que sabía que estaba despierta—. Traje el desayuno —dijo removiendo sus pies. Hizo una leve cosquilla en la planta y Claudia saltó riendo. Ella se sentó y sus ojos brillaron al ver el desayuno sobre la bandeja, bien arreglado y con una hermosa rosa.
—¿Eres real, Matthew Páez? —Lo miró con admiración—. A veces creo que eres producto de mi imaginación.
—Créeme que no sería yo.
—Ummm... Para mí eres perfecto, más de lo que esperaba. Pero, sí, en mi imaginación, usarías ropa de este siglo. ¡Dios, Matt! ¡Quítate esa camisa horrorosa! —expresó cubriendo sus ojos.
—Tus deseos son órdenes —dijo quitándose la camisa con coquetería.
—Bueno... creo que así sí fueras parte de mi imaginación —enunció deleitándose con aquel perfecto torso.
Desayunaron entre bromas y flirteo, como si nada hubiera pasado. Después de que Claudia se bañó, él se acostó al lado de ella y empezó a acariciar su cabello.
—Claudia... —No sabía cómo introducir el tema.
—Tenía dieciséis años —Claudia decidió hablar—. Mi hermana Jimena siempre estuvo enamorada del vecino que era cinco años mayor. Cuando ella cumplió los quince, ese patán la manipuló para que se entregue a él y después la trató como una ramera y la amenazó para que no hablara. —Las lágrimas empezaron a mojar su rostro—. Cuando me enteré de lo que hizo, cometí la gran estupidez de ir a reclamarle. Siempre me creí fuerte e indestructible, que nadie podía dañarme y que nunca necesitaría ayuda de otra persona para resolver mis asuntos. Siempre fui muy protectora con mis hermanas, como la mayor, sentía la necesidad de protegerlas. Entré a su habitación dado que sus padres estaban en la casa, no iba a imaginarme lo que ese animal haría. —La voz le salió chillona por el llanto—. Le reclamé lo que le hizo a mi hermana y él me dijo que yo fui a buscar lo mismo; sentí tanta rabia que quería matarlo, entonces... —Hizo una pausa y trató de recuperar el aliento. Sentía que dejaría de respirar en cualquier momento.
Matt la escuchaba en silencio mientras continuaba con su dulce caricia.
—Él... —El pecho le apretaba y no pudo contener el llanto. Lloró a gran voz. Él la abrazó con fuerza mientras miraba al vacío—. Él... Matt... él... abusó de mí... Quería morirme, Matt... —El llanto fue más fuerte, como si quisiera arrancar el dolor de su alma—. Nadie vino, Matt... Nadie escuchó mis ruegos. En ese momento no me importaba mi orgullo, solo quería que me ayudaran. ¿Por qué nadie vino? ¡¿POR QUÉ NADIE ME AYUDÓ?! ¿POR QUEEE? —Claudia lloró con todas sus fuerzas. Nunca le había contado a nadie lo que le sucedió, nunca se había sentido tan segura como en los brazos de Matt.
Después de que Claudia se calmó, Matt alzó su rostro, miró en dirección de sus ojos y besó su frente. Claudia prosiguió hablando con más calma y menos nerviosismo.
—Salí de allí devastada. Me sentía sucia y débil, estaba sola y no contaba con nadie. Mi madre nos abandonó cuando éramos unas niñas porque no soportó el maltrato de mi padre, él es un adicto al juego que nunca se ocupó de nosotras; un vividor que malgastó la fortuna de mis abuelos. Nos mudamos con mi tía y abuela en la mansión y mi padre era un cero a la izquierda, no podía contar con él. Cuando aquello sucedió mi abuela ya había muerto y yo no podía decirle eso a mi tía. Ella era muy dramática y exagerada. De todas formas, no quería que me vieran con debilidad. Desde que tengo uso de razón luché para parecer fuerte —las lágrimas salieron de nuevo—, no quería ser débil como mi madre... —Tapó su rostro con sus dos manos mientras ahogaba en chillido—. Salí de esa casa disimulando mi dolor y vergüenza. Entré a mi habitación y empecé a llorar, luego me bañé por un largo rato. Desde ese incidente, lavo mis manos y rostro con manía, pues me siento sucia y avergonzada. ¡Si tan solo yo no hubiera ido a esa habitación!
—No es tu culpa, amor. No, preciosa. Ese maldito no tenía derecho a hacerte daño. ¿Cómo pueden existir ese tipo de alimañas? Me dan unas ganas de encontrarlo y estrangularlo con mis propias manos. —Matt apretó su mandíbula del coraje. Odiaba que Claudia se viera cohibida y no disfrutara de su sexualidad por culpa del egoísmo de esa bestia. Odiaba que ella llevara esa carga sola todo este tiempo.
—Hablé con Jimena, pero no le dije lo que él me hizo. Se suponía que yo era la fuerte del grupo, la responsable de protegerlas, pero ni me pude proteger yo misma. Hicimos un pacto de que haríamos sufrir a los hombres. La regla era que yo decidía con quien íbamos a salir para luego romperle el corazón. Quería venganza, mas nunca estuve satisfecha. Soy una persona horrible, Matt, hice mucha maldad.
—Estabas herida. —Él acarició su cabello—. Nadie nunca te enseñó a amar, solo aprendiste lo opuesto. Pero, Claudia, yo quiero enseñarte. Yo quiero compensar todo lo que has sufrido. Claudia, quiero que en un futuro seas mi esposa. Reinita, te amo.
***
Jimena logró arreglar el desastre que dejó Pablo y todos estaban satisfechos con su trabajo en la empresa. Este, por su parte, se estaba recuperando rápido e incluso daba clases de artes marciales a sus compañeros. Kenia y él se hicieron muy cercanos y Jimena empezó a tratarla, entonces entendió por qué Pablo no se le despegaba. Kenia era una chica simpática y de mucha fe. De esas personas que inspiran y motivan. Admiraba como ella decidió por su propia cuenta reiniciar su vida y superar el vicio de las drogas. Ella era dueña de una voz hermosa y cantaba junto a un grupo en la instalación. A pesar de la tristeza que le causaba verla junto a Pablo, decidió no interferir. Después de todo, ya ella y Pablo estaban divorciados y decidieron tomar su propio camino.
Kenia le confesó a Jimena que le gustaba Pablo, desde ese entonces, Jimena decidió ayudarlos, ya que Pablo temía iniciar una nueva relación y arruinarlo todo. A pesar del dolor que aquello le causaba, estaba encantada con que ellos estuvieran juntos, puesto que ambos compartían una experiencia similar y entendían bien lo que se siente estar en el zapato del otro.
—¿Ya te vas? —Pablo la sostuvo por la muñeca, ese día ella no llevó a Adrián.
—Sí, ya debo irme. —Le sonrió.
—Pero, creí que comeríamos el pastel juntos. —La miró como si le estuviera rogando.
—No, es para ti, es tu cumpleaños. Además... Kenia tiene un regalo que darte y no quiero estorbar.
Pablo entornó los ojos. Kenia se acercó a ellos y Jimena le guiñó un ojo en complicidad. Pablo se despidió de ella con tristeza y luego se dejó llevar por la morena. Jimena los siguió con la mirada hasta que estos se sentaron debajo de un gran árbol con el pastel que ella le había regalado.
—¿Te gusta? —Kenia preguntó emocionada cuando él abrió el regalo.
—Sí, gracias. —Besó su frente con fervor—. Ya necesitaba unas nuevas —dijo mirando las guantillas con emoción. Kenia miró en dirección de Jimena con nerviosismo y ella le hizo señas. Entonces, besó a Pablo en los labios. Él se espantó y se quedó quieto por un momento. Miró el rostro sonrojado de Kenia asimismo se percató de que ella sonrió en dirección a Jimena, quien le devolvió el gesto con complicidad. Entonces, Pablo entendió el asunto. Bajó la mirada y frunció el cejo. Puso u atención en Jimena con melancolía y luego la volvió a Kenia; acto seguido, él tomó su mentón y la besó.
Jimena se quedó observándolos un rato y luego se dio la vuelta, dejando que sus lágrimas salieran con libertad.
En su cama mojaba su almohada con las gotas saladas que emanaban desde su alma. Allí, recostada en aquel gran colchón que una vez compartió con él, se lamentaba por lo que pudo ser y no fue.