Te amo 18
Jimena miraba la puerta cada minuto, era el segundo sábado que Pablo no iba a visitar a Adrián. Ya el niño se había acostumbrado a su visita y cada cierto tiempo lo buscaba en la puerta mencionando la palabra “papá”. Había aprendido una que otra palabra, pero aún no decía una frase completa. Jimena sentía una tristeza extraña, como si tuviera un mal presentimiento.
Ella nunca lo llamaba ni preguntaba por él. Esos días no había visto a nadie de la familia ni a sus hermanas, puesto que estaba muy ocupada en un proyecto que esperaba poner en práctica con ayuda de sus hermanas y Laura. Ella no les había dicho nada aún, pero sabía que la idea las iba a emocionar.
Decidió llamar a Laura, dado que sus hermanas no tendrían información de Pablo, además quería evitarse el sermón.
—¿Que Pablo qué? —Sus manos empezaron a temblar y las lágrimas cubrieron su rostro. Sabía que algo no estaba bien. Pablo nunca dejaba de visitar al niño o mandarlo a buscar, y cuándo algo sucedía, él le hacía saber. No podía creer lo bajo que cayó su ex. Estaba triste y enojada a la vez. ¿Cómo podía ser tan cobarde y destruirse de esa manera? ¿Acaso no le importaba su hijo? Jimena tomó a Adrián y salió a toda prisa a casa de los padres de Pablo.
Diana la recibió llena de felicidad, aunque estaba preocupada por la gran depresión en que se había sumido su hijo. Lo tenían bajo suero, debido a que casi no comía. La abstinencia lo tenía irritado y a veces tenían que sedarlo para calmarlo.
Jimena entró a la habitación con Adrián, con la esperanza de que si viera a su hijo, pudiera recapacitar.
Pablo se espantó al verlos.
—¡Sácalo de aquí, Jimena! —gritó con gran llanto—. No quiero que me vea así, por favor. No es la imagen que quiero que mi hijo tenga de mí.
—Esa es la imagen que estás reflejando, Pablo. —Ella no pudo evitar las lágrimas—. ¿Es ese el ejemplo que le darás a tu hijo?
—Si vienes a juzgarme y a criticarme, conoces la salida. No necesito que me recuerdes la basura que soy. —Las lágrimas salían como torrentes.
—Solo quiero que recapacites, Pablo. Adrián te necesita sobrio y con la cabeza bien puesta.
—Lo sé, pero no sé cómo salir de esto, Jimena. Simplemente, no lo sé.
Diana tomó a Adrián y se lo llevó, dejando a Jimena sola con Pablo. Ella se sentó a su lado y tomó su mano con dulzura. Lo miró a los ojos y se le partió el corazón al verlo tan demacrado y débil.
—Pablo..., quiero ayudarte. Eres el padre de mi hijo y fuiste mi esposo. Yo... no soporto verte así.
—No, Jimena. —Esquivó su mirada—. No merezco nada de ti. No tienes que hacer nada, solo cuídate y cuida a nuestro hijo mientras yo me recupero. Pienso tomar terapias para superar mi alcoholismo, por suerte solo tengo unos meses con este vicio y sabes que cuento con mucha fuerza de voluntad cuando me lo propongo. Lo haré por mí, pero también lo haré por Adrián. Quiero compensar todas mis estupideces con él. También lo haré por ti, aunque tú y yo jamás podremos ser pareja, quiero darte esa tranquilidad. Te amo, ¿sabes? Pero respetaré tu decisión y tú relación. Solo Jimena... no permitas que nadie te trate como yo te traté, eres especial. No solo eres hermosa, eres muy inteligente y muy buena madre. Fui un tonto al perderte, mas tú te mereces a alguien mejor que yo. Te amo, te amo como jamás imaginé podría amar a una mujer. Es increíble que cuando lo descubro y quiero comprometerme, es tarde para mí.
Jimena se fue en llantos. Estaba triste y enojada a la vez. ¿Cómo se atrevió a decirle aquello? ¿Por qué ahora? Era muy injusto. Lo abrazó con fuerza y fervor mientras ambos lloraban sin cohibiciones.
***
Jimena se dedicó a cuidar a Pablo hasta que éste fue internado en un lugar para alcohólicos y drogadictos.
Se sentía muy triste por todo lo que la arpía de Ariadna le hizo a su ex. Genaro fue al apartamento a sacarla, pero ella se negó; puesto que, según ella, ese era el apartamento de su novio y nadie podía sacarla de allí.
Jimena iba a visitar a Pablo junto con Adrián los fines de semana y estaba muy feliz de su entusiasmo y deseo de recuperarse.
—Jimena, no es justo para mí lo que haces. —Jack le recriminó cuando esta llegó de ver a Pablo—. Soy tu novio y no soporto que vayas a visitar a tu ex todas las semanas. Estoy harto de esta situación, tendrás que tomar una decisión: él o yo.
—Jack. —Lo miró con hastío—. Eres un buen hombre y la he pasado muy bien con tu compañía; pero como te dije antes, no permitiré que te inmiscuyas en los asuntos de mi hijo y la relación con su padre. Yo tengo todo el derecho de visitar a Pablo porque aparte de ser el padre de mi hijo, él es mi amigo. Si no eres lo suficientemente maduro para entenderlo y me crees capaz de engañarte, entonces dejemos esto aquí. No creo que yo sea lo que buscas y de mi parte, pienso que me apresuré contigo. Lo siento, Jack, pero es mejor que terminemos esta relación sin sentido.
—¿Hablas en serio? —cuestionó desconcertado—. ¿Estás segura que quieres dejarme? ¿Para regresar con ese alcohólico?
—Jack, terminemos en paz. Es lo mejor, yo no quiero esto, no ahora.
—Entiendo, pero recuerda que eres madre soltera, no es que puedas tener una fila de pretendientes —dijo malicioso.
—Jack, no quiero cambiar la imagen que tengo de ti. Dejémoslo así, por favor.
—¡Como digas! —espetó airado—. Pero, debes saber que no tendrás otra oportunidad conmigo —dicho esto, salió estrellando la puerta, asustando a Adrián, quien se puso a llorar por el impacto.
***
—Oye, tú, deja de mirarme y ponte a trabajar. —Ariadna daba órdenes a las demás secretarias. Andaba airosa en la oficina, pregonando que ella era la novia del jefe.
Jimena fue a ver a Cristian y a Genaro, puesto que ellos querían hablar con ella con gran urgencia.
—No sé... —contestó dudosa ante los rostros atentos de los dos hombres—. No sé si pueda, no quiero estar tanto tiempo fuera de casa y, además, estoy trabajando en un nuevo proyecto.
—Solo será temporal, hasta que Pablo se recupere.
Jimena aceptó dudosa. No le gustaba la idea de durar tantas horas sin ver a su hijo.
Tres días después...
—Como les dije, dado que soy la asistente de Pablo Mars, mi novio, yo lo represento. Así que ustedes deben dirigirse a mí como señora Mars.
—Pero ustedes no están casados. Tú solo eres la amante. —Una de las chicas se quejó.
—¡Que insolente eres! ¿Acaso quieres perder tu empleo? —la amenazó con soberbia.
—¡Buenos días, señoritas! —Las chicas se voltearon y todas miraron a Ariadna con malicia al ver a Jimena frente a ellas, vestida de ejecutiva.
—¿Qué haces aquí? —Ariadna la enfrentó con reclamo.
—Señorita, deje de tutearme, por favor. Yo soy su superior y me debe respeto. Ahora, cada una a su lugar de trabajo y, usted Ariadna, tráigame una taza de café a mi oficina. —Jimena ordenó con tono intimidante. Ariadna se quedó con la boca abierta, MAS no se iba a humillar ante ella.
—¿Quién te crees que eres, Jimena? Yo no estoy aquí para llevarte café ni acatar tus órdenes. —Se le paró en frente como un gallito. Jimena la miró con una sonrisa irónica. Cristian se paró al lado de ella y observó a Ariadna fulminante.
—Para ti, señora Gutiérrez. —Jimena contestó desafiante.
—Señorita Pérez, una ofensa más y estará despedida. —Cristian intervino con tono autoritario—. Debe saber que Jimena Gutiérrez va a tomar el lugar de mi sobrino en el área administrativa y ella es su nueva jefa, puesto que usted será su secretaria, aparte de que Jimena es una de las dueñas de esta empresa; es por esto que debe dejar su insolencia y atrevimiento y ponerse en su lugar.
Ariadna se quedó muda. Miró a Jimena de arriba a abajo y la rabia la consumía, pero no podía perder su trabajo aún, no hasta concretar su objetivo.
Jimena entró a la oficina airosa mientras Ariadna la seguía con la mirada baja. Después de que Ariadna la puso al día con sus pendientes, fue a buscar el café y los documentos que Jimena le había pedido.
—Aquí tiene su café, señora Gutiérrez. —La miró rencorosa—. Espero que lo disfrute.
Jimena miró el café con recelo, entonces pensó que ni loca bebería algo llevado por ella. Mínimo le echaría ácido o veneno para ratas.
—¿Sabes qué? Mejor llévatelo, ya no lo quiero.
Ariadna quería matarla con la mirada. Salió refunfuñando de la oficina, no solo porque Jimena la puso de relajo, también, porque su operación saliva en el café fue frustrada.
Ariadna salió de la oficina decidida a vaciar todas las tarjetas de Pablo y huir con el dinero, no sin antes vengarse de Jimena. No solo tenía las tarjetas que él le había dado, también las que él tenía guardada y asegurada en un escritorio en la habitación. Ella había consiguió la llave la última noche que Pablo se emborrachó, aprovechando su ebriedad para quitársela. También, estaba el anillo de bodas y había dinero en efectivo.
Fue al apartamento y se metió a la bañera. Sonrió cuando sintió que le enjabonaban la espalda. Un muchacho muy joven, de unos dieciocho o diecinueve años, se entró a la bañera con ella.
—Mañana, es el golpe. —Ella le avisó al muchacho—. ¿Tienes todo listo?
—¡Claro que sí! —contestó con suficiencia—. Mañana nos llevamos todos los muebles y objetos de valor de este apartamento.
—¡Perfecto! Diré al portero que nos mudaremos. Y luego vaciaré todas las tarjetas de Pablo. Ya que el imbécil no quiso casarse conmigo y darme todo lo que yo me merezco, entonces le tomaré un poco de todo lo que tiene. Esto es nada para él que está forrado en billetes. No me iré con las manos vacías ni tampoco voy a estar soportando las humillaciones de la tal Jimena.
***
—Disculpe Señorita, pero sin autorización del señor Mars, no podemos dejar que se lleve nada de aquí.
—¡Qué atrevido e insolente! —Ariadna reclamó al hombre con ganas de matarlo—. Este es el apartamento y los muebles de mi novio, puedo hacer con ellos lo que quiera.
—Lo siento, señorita, pero debemos recibir la orden del señor o la señora Mars. Ellos son los dueños y nosotros somos responsables de la seguridad del complejo.
—¿La señora Mars? Ella ya no es esposa de mi novio. Este apartamento no es de ella.
—Lo siento, pero ellos son los dueños. No puedo hacer como me dice. La dejábamos entrar porque el señor Mars lo permitía, pero ahora tendremos que comunicarnos con ellos y hacerles saber lo que usted se propone.
Ariadna se puso fría. Ella salió nerviosa del complejo. Por lo menos, tenía el anillo, el dinero en efectivo y las tarjetas de crédito. Lástima que no podría desquitarse de Jimena, puesto que ese hombre de seguro le avisaría lo que ella intentó hacer. Razón por la que no podía volver a esa empresa.
Sacaron una gran cantidad de dinero en diferentes cajeros de una de las tarjetas. Debido a que esas tarjetas pertenecían a la empresa, asimismo, la cantidad fue exuberante; Jimena recibió una llamada del banco para confirmar la transacción. Jimena mandó a bloquear y cancelar todas las tarjetas, luego recibió la llamada del administrador del complejo de apartamentos, entonces conectó los dos incidentes y dio aviso a la policía. Hecho esto, informó a Cristian, Diana y Genaro lo que estaba sucediendo.
Ellos trataron de sacar más dinero, pero no pudieron. La policía se movió rápido, como suele suceder cuando el problema lo tiene una persona adinerada. Como actuaron con rapidez y rastreando las primeras transacciones y los últimos intentos, pudieron deducir por dónde se movían.
Ellos estaban en un cajero, tratando de usar otra tarjeta.
—No tiene caso, Miguel. —Ariadna lo miró hastiada—. Están bloqueadas. Es obvio que deben estar enterados de lo que hicimos.
—¡Tan rápido! Es imposible, Ariadna.
—Es que sacamos demasiado dinero. Al parecer, el banco mandó una alerta. Debemos irnos, la policía debe estar buscándonos.
—¡Por favor, Ariadna! Eso sí que no es posible. —El chico la replicó con sorna.
—¡Serás idiota! Eso me pasa por meterme con un mocoso. Los Mars son gente poderosa, para ellos la justicia funciona y rápido. Así que mejor tomemos lo que tenemos y larguémonos de aquí.
—¡Ariadna Pérez, quédese donde está! —La voz de un policía los espantó. Había dos hombres uniformados que venían hacia ellos. El muchacho le arrebató la cartera a Ariadna y huyó.
—¡Desgraciado! —Ella gritó corriendo tras él. Los policías los persiguieron. Ariadna corría con dificultad, por sus grandes tacones. Ella se volteó para rendirse, pero puso su mano en el bolsillo de la falda, como para sacar algo. Uno de ellos pensó que estaba armada y disparó contra ella. Esta cayó al suelo herida, golpeándose el rostro con un zafacón que había allí. El zafacón tenía unas latas oxidadas que cortaron el rostro de Ariadna desfigurándolo.
***
—¡Guau! —Claudia y Lisa se quedaron con la boca abierta mientras admiraban su creación.
— Mi amor, te ves... ¡Guau! Te ves genial.
—¿De verdad? Yo me siento ridículo. —Matt gruñó.
—Para nada, profesor. Se ve muy bien. —Lisa elogió emocionada.
—Bueno, probemos con otro. —Claudia le pasó otra prenda.
***
Pablo había salido de una sesión grupal y se sentó en un banco blanco, admirando aquel hermoso lugar que estaba rodeado de árboles. Cerró los ojos respirando el aire fresco; por fin después de tanto tiempo, sentía paz.
—¡Hola, guapo! —Abrió los ojos al escuchar la sonora voz. Se quedó un rato admirando a aquella hermosa mujer. Era una morena de piel chocolatosa y cabello negro con algunos mechones rubios, sus rizos eran largos y bien definidos. Sus ojos grandes y marrones claros, sus labios gruesos y sensuales. Ella no era alta, tenía caderas anchas y pechos firmes y redondos. La morena se sentó a su lado mostrando una hermosa sonrisa.
—Hola, guapa. —Le devolvió el saludo con una sonrisita.
—¿Cuál es tu nombre? —preguntó sonrojada.
—Soy Pablo. —Sonrió coqueto—. ¿Cómo te llamas tú?
—Soy Kenia —respondió con dulzura—. ¿Drogas?
Él la miró confundido.
—Quiero decir —aclaró divertida de su expresión—, si estás aquí por drogas.
—No, alcohol. ¿Y tú?
—Drogas. Aunque tengo más de seis meses limpia. Recurrí a los narcóticos después de perder a mi bebé. ¿Sabes que es lo difícil de mi historia? Lo perdí porque mi pareja me pegó sin piedad.
—¡Oh Dios! Eso es horrible. Lo siento mucho, Kenia.
—Está bien. Ya estoy mejor. —Sonrió—. Antes ni siquiera podía hablar de eso y mírame, te lo estoy contando como si nada. —Aunque sus labios sonreían, sus ojos emanaban tristeza.
—Veo que eres muy fuerte. —La miró con admiración.
—Gracias, pero antes no lo era. Tuve que tocar fondo para darme cuenta que estaba siendo una cobarde.
—Sí, entiendo eso —corroboró melancólico—. Tuve que caer muy bajo para comprender lo que había perdido y lo cobarde y estúpido que fui.
—Sí, a veces la vida necesita darnos unas nalgadas para que recapacitemos. Lo importante es no quedarse en el suelo. Todos tenemos una oportunidad para levantarnos y ser mejor persona cada día, solo tenemos que creer en Dios y su misericordia y poner de nuestra parte.
—Creer en Dios... Él debe estar muy enojado conmigo. —Rio. La chica lo miró con dulzura y él se perdió en esos hermosos ojos. Había algo en su voz y su mirada que le transmitía paz y confianza.
***
—¿A qué viniste? ¿A burlarte? —Ariadna le preguntó con odio en la mirada. Tenía el rostro tapado con gaza y aún estaba en el hospital por la herida de bala que tenía en el brazo.
—No, solo vine a ver como estabas. —Jimena contestó con empatía.
—¡Desgraciada! ¿Estás feliz? Lo estás disfrutando, ¿cierto?
—Yo nunca disfrutaría la desgracia de los demás. Solo vine a decirte que no presentaré cargos. Te perdono Ariadna. No te guardo rencor y espero que te vaya bien en la vida.
—¿Irme bien? —La miró con rabia—. Mi rostro está desfigurado. Ningún hombre me querrá, soy una inservible ahora.
—Estás equivocada, Ariadna. —Jimena negó con pesar—. No necesitas un rostro bonito para crecer como persona. Tú debes ser capaz de salir adelante con tus habilidades e inteligencia, no con tu cuerpo. Espero que algún día recapacites y entiendas que una mujer no necesita abrir las piernas para lograr sus objetivos. —Jimena salió de allí sintiéndose tonta. Tal vez solo perdió su tiempo tratando de hablar con aquella mujer. Aunque Jimena no presentó cargos con lo del apartamento, la empresa sí. Por tal razón, Ariadna sería juzgada por el robo que intentó hacer.
***
Jimena fue a visitar a Pablo con el niño. Se quedó un momento parada observándolo desde lejos, mientras él reía y conversaba con aquella morena hermosa de forma amena. Sintió como la sangre empezó a hervir dentro de sus venas. Esa chica era demasiado confianzuda y coqueta. Se acercó a ellos y aclaró su garganta de mala gana. Pablo sonrió al verla y de una vez cargó al niño con euforia.
—¡Pero cada vez estás más grande, campeón! —dijo lleno de orgullo. Besó todo su rostro y lo abrazó con fuerza. Luego miró a Jimena con algo de timidez y besó su mejilla, provocando que esta se sonroje.
—¡Pero qué bebé tan hermoso! —Kenia exclamó mientras le hacía gracia al niño. Jimena la miró mal cuando notó la manera dulce con que Pablo la miraba.
—Kenia, este es mi hermoso hijo y esa rubia candente, es Jimena.
—Mucho gusto, Jimena. —Ella extendió su mano con una sonrisa—. Pablo me ha hablado mucho de ti.
Jimena devolvió el saludo y miró a Pablo.
—¿Ah sí? Me imagino las barbaridades que te ha dicho de mí.
—No, al contrario. Me dijo que lo has apoyado mucho y que tratas de venir a menudo.
—Sí, no había podido visitarlo estos últimos días porque he estado muy ocupada.
—Siento mucho que tengas que cargar con todo. Pondré de mi parte para salir pronto de aquí y quitarte algo de carga. Estoy muy agradecido por todo lo que estás haciendo.
—Sí, pero tú estás muy a gusto aquí —dijo mirando a Kenia de reojo.
—No es un parque de diversiones, Jim. Trato de sobrellevar las cosas y bueno, gracias a personas lindas como mi agradable amiga Kenia, los días aquí son más llevaderos —respondió rodeando a su nueva amiga con el brazo que tenía libre. Jimena trató de no perder la compostura. ¿Qué rayos le pasaba? ¿Acaso estaba celosa?
—¿Podemos hablar en privado? —Jimena preguntó con rudeza—. ¿Podrían separarse unos minutos? Me imagino que no se morirán si lo hacen.
Pablo y Kenia se quedaron atónitos. La morena bajó el rostro avergonzada mientras que Pablo miró a Jimena con desaprobación.
—Discúlpenme, los dejo solos. —Kenia fingió una sonrisa.
—Hablamos luego, Kenia. —Pablo respondió apenado—. Ponte a practicar porque hoy no me ganarás —dijo para despejar la tensión del momento. Jimena lo miró mal, los celos estaban acabando con su cordura.
Kenia los dejó solos y ellos se sentaron en el banco.
—¿Qué rayos fue eso, Jimena? —Pablo la confrontó con decepción.
—Solo quería hablar contigo en privado, pero la señorita empalagosa no se te despegaba.
—¿Crees que esa es la mejor manera de expresarte? Ella se sintió mal, Jimena.
—Entonces ve tras ella, imbécil. Dame al niño, yo no pinto nada en este lugar.
—¿Qué rayos, Jimena? Estás demasiado irritable. ¿Acaso te peleaste con Jack? Yo no voy a pagar los platos rotos.
—No, idiota. Jack y yo terminamos hace mucho.
—¿En serio? —Pablo preguntó asombrado—. ¿Por qué? Creí que todo iba bien entre ustedes.
—Simplemente no funcionó y no quiero hablar de eso.
—Entiendo, me imagino que eso es lo que te tiene de mal humor.
—No, lo que me tiene de mal humor son los desastres que tengo que resolver gracias a tus conquistas. Me imagino que ya tu padre te contó lo que hizo tu noviecita.
—Sí, ya estoy enterado. Pero debo aclararte, preciosa, que ella no es ni nunca fue mi novia. Digamos que era un desahogo para mi despecho que casi me cuesta la vida.
—Bueno, lo que sea que haya sido, Pablo. Solo espero que tu nueva conquista no me cause problemas.
—¿Mi nueva conquista? —Pablo la miró confundido.
—¡Ay Pablo, por favor! —Entornó los ojos—. Es obvio que ustedes se gustan.
—¿Ah...? —Pablo estaba más confundido aún.
—"Tu amiga" y tú —contestó haciendo ademanes de comillas.
—¿Kenia? —Pablo se quedó pensativo—. No le gusto a Kenia. ¿Tú crees que le guste? —preguntó ansioso. Jimena sintió ganas de llorar.
—¡Dame al niño, me voy! —dijo extendiendo los brazos.
—¿Tan rápido? —Pablo preguntó con tristeza.
—Solo fue una visita fugaz, en verdad tengo muchas cosas que hacer.
Pablo hizo un puchero y luego besó al niño.
—Papi te extraña, pero pronto estaré bien y vamos a jugar mucho. ¿Ok? —Lo abrazó con tristeza. Jimena se arrepintió de su arranque, mas el orgullo no la haría recapacitar—. Creí que se quedarían a almorzar, pero bueno, entiendo que estés ocupada.
Jimena se sintió culpable, pero ya no había marcha atrás. No podía ser tan obvia, así que tomó al bebé y se marchó.
—Hasta pronto, familia. —Pablo dijo para sí mientras dos lágrimas rodaban por sus mejillas.