¿Crees en tus sueños?

Luego de hacer y el ritual de búsqueda que aprendí de mi abuela, la impotencia que me embargó después de haberlo estropeado, y darme cuenta de que no había logrado nada después de mi esfuerzo, me sentí muy cansado. Así que me fui a dormir y durante la larga noche soñé lo siguiente:

Sentado en un banco de la iglesia intentaba concentrarme en el sermón de ese día, pero, lo único que lograba hacer era pensar en ella.

Estaba cabizbajo porque me sentía sucio y pecador al ver todos esos rostros que, a simple vista, parecían anhelar un cambio en sus vidas y renovar sus almas, mientras que por mi cabeza la única imagen que se repetía era su imaginado cuerpo desnudo ofrecido a mi pasional atención.

Alcé la mirada y noté que en ese momento todos buscaban en sus Biblias Eclesiastés capítulo 3 ya que se disponían a leerlo al unísono. Al encontrar el pasaje, me di cuenta de que allí había guardado una hoja de papel que decía “róbame el corazón”.

Era solo una carta; bueno, una nota que ella en otra ocasión había dejado caer para que yo la tomase, o al menos así lo recordaba. En ese instante, vino a mi memoria toda la impotencia sentida cuando la guardé en mi Biblia y afirmé no entender la petición, me dije a mí mismo que no comprendía lo que en ese mensaje me fue propuesto; sin embargo, ella era tan hermosa que pensé que ignorar su petición sería imperdonable, tanto así que me sentí obligado a actuar.

Cuando me percaté de que seguía en la iglesia y todos menos yo leían en voz alta y ya terminaban el versículo 6 de Eclesiastés 3, acompañé a la multitud leyendo el versículo 7; entonces, un tono trémulo salió de mi garganta mientras leía con leve vehemencia.

El texto versaba lo siguiente: “tiempo para rasgar y tiempo para coser…”. Al leer eso, recordé que ella trabajaba con sus padres en una sastrería, así, al pensar en ello no pude seguir con la lectura por lo que, mientras mordía mi labio inferior y mis muslos ardían, dejé que mis pulsaciones corriesen libremente. En ese instante, a manera de letanía, mis deseos más profundos comenzaban a evidenciarse y en mi mente resonó lo siguiente:

«Quiero zurcir con mis besos su piel y cubrir lo que quede de amores pasados

Quiero su espalda como seda de hermosísima y que tiemble ante mis labios

Quiero su cuerpo dedicado a mí y consagrarlo al santuario de mi egoísmo

Quiero obedecerla y completar con ella una carnal liturgia donde al recibir

su ofrenda de gemidos la bautice con furtivas gotas de placer».

Cuando terminó mi pagana epifanía, salí de allí con rapidez deseando pasar desapercibido, procurando llegar a casa lo antes posible.

Hundido en mi habitación, no hacía más que pensar en ella y en la carta en que me declaraba su amor y me retaba a obtenerlo. Yo estaba decidido a obedecer la petición de mi amada así que cada vez que salía de mi asilo procuraba demostrarle las muchas ganas que tenía de obedecer.

Comencé por intentar seducirla al pasar por la sastrería y lanzarle miradas insinuantes; otras veces, encontrándola en la calle y procurando despertar su libido. Inclusive, llegué a enviarle flores; pero, aun así, no sentía estar obedeciendo, me sentía insatisfecho, como si no estuviese cumpliendo con lo acordado en la misiva de mi adorada.

Debido a mi desasosiego, decidí alejarme, no volver a salir de mi habitación hasta comprender a plenitud lo que ella me ordenó en esa carta. Decidí quedarme a reflexionar, a discurrir en la ordenanza hasta encontrar una respuesta, la muy esperada solución que me libraría de los pesares que me agobiaban.

Yo seguía teniendo epifanías profanas que en mi mente iban y venían como un fulgor tórrido que, solo a veces, lograba calmar cuando con mis manos comenzaba a recorrer mi cuerpo desnudo y no me detenía hasta que mi vientre hirsuto era cubierto por el manantial de mi masculinidad.

Una mañana, luego de una tortuosa noche inacabable, me miré al espejo y lo entendí todo. Parecía ser la iluminación definitiva porque en ese instante supe lo que debía hacer. Era la revelación de las revelaciones. Entonces, sin perder un segundo y cubierto de deseo, tomé lápiz y papel decidido a responder su petición y escribí lo siguiente: “Espero que no te arrepientas de haberlo pedido”.

Ahora, debía entregar la carta, pues, a ella la amaba más que ninguna otra, lo sabía porque lo sentía al imaginar sus besos, al pensar en sus redondos pechos, en el intercambio de fluidos, en el mirar entregado y en el resto de las cosas que puede generar la imaginación cuando se desea algo con una intensidad tan fuerte que quema el cuerpo.

Armado de deseo, decidí que debía conquistarla, comencé a sentir que ella poco a poco me afirmaba que estaba haciendo lo correcto, por eso la seguía y, en cierto modo, la guiaba hacia mí mientras le hacía saber que estaba allí siempre detrás de ella, en todos lados a los que iba.

Cada vez que la veía se apoderaba de mí un incontrolable deseo que pretendía sembrar en sus entrañas esa convicción que me abrasaba. Quería hacerle saber que ya había comprendido cómo robar su corazón.

Aunque presentía que algunos me considerarían lascivo, para mí, nada de lo que hacía era perverso, pues, había leído por ahí en la Biblia y escuchado uno de esos domingos en la iglesia que el amor era la mayor expresión de la divinidad en los humanos y esta se reflejaba en la obediencia y, precisamente, eso era lo yo que hacía; la amaba con todas mis fuerzas tratando día y noche de cumplir con su mandato y obedecerla.

Yo no era un misterioso desconocido para ella, de vez en cuando ella me respondía con tímidas sonrisas, pero, aun no lograba su robarle el corazón así que cada noche llegaba a casa y buscaba nuevas epifanías que no llegaban. Comencé a creer que ya había perdido mi don revelador.

Una noche en particular, temiendo contarle a alguien de la iglesia por lo que estaba pasando, tomé mi Biblia con la esperanza de encontrar nuevas respuestas. La abrí y comencé a deslizar mi dedo a lo ancho de las páginas hasta que me detuve en un pasaje porque sentí que una fuente de divinidad me indicaba parar. Fijé mi mirada en los versículos encontrados y comencé a leer buscando calmar mis inquietudes.

El pasaje que leía se encontraba en el segundo libro de Samuel capítulo 11, leí con cierto aburrimiento el primer versículo pensando que las estrategias militares del rey David no me iban a ayudar mucho. Seguí leyendo con un tedio similar el segundo versículo hasta que vi que decía lo siguiente: “…allí vio una mujer que se estaba bañando y esta era sumamente hermosa”. Entonces, no pude seguir leyendo, sentí como si una nueva y gran epifanía se acercaba, solo que esta vez no comenzaba en su mente, sino que le quemaba los genitales. Cerró el libro sagrado y lo puso de lado; por lo momentos, lo único que le interesaba era apagar el fuego que lo consumía, esas llamas que se apoderaban de su ser y le hacían querer explotar.

La revelación no paraba por lo que comencé a correr por la casa mientras desgarraba mi ropa ya que esta comenzaba a estorbarme. Lo primero en quitarme fue el cinturón, lo saqué de mi pantalón como quién arranca un tajo de su piel; seguí con la camisa, arranqué sus botones con un tirón muy despiadado y cargado de desesperación.

Al tener ahora el pecho desnudo, noté que mi pecho resoplante estaba perlado por incipientes gotas de sudor que cubría mis músculos como un halo de deseos que resplandecía glorioso.

Luego, destrocé mis pantalones y, mientras lo hacía, volví pedazos los pantaloncillos blancos que cubrían mi desnudez. Sin embargo, estar desnudo no apaciguaba las brasas que me consumían porque no dejaba de pensar en ella. Mi pene erecto buscaba las alturas más y más mientras que la piel de mis muslos parecía pegarse más a su cuerpo como si fuese atraída por la fuerza de mi miembro erigido. En esos momentos me sentía como si tuviese solo un propósito en la vida, como si mi cuerpo hubiese sido cincelado con el firme propósito de dar y recibir placer sin reservas.

Sentía que el fulgor me consumía sin parar y por ello decidí irme a la ducha. Al sentir el agua en mi cuerpo, usé mis manos para apaciguar el ardor, así que mientras pensaba en ella, recorría mi cuerpo con las manos tan sedientas que al hacerlo me sentía más calmado. Con cada pulsación acuosa sentía que ella impregnaba mi ser, el agua corría todo mi cuerpo sin detenerse y con una fluidez similar yo aprehendí, froté y dominé mi falo hasta encontrar la raíz de mis placeres más básicos. Lo hice una y otra vez hasta que con un gemido sordo y ahogado sentí mi vientre relajarse a la vez que mis entrañas, al igual que mis ojos, destilaban sosiego y saciedad.

Al sentirme aliviado, decidí irme a dormir, necesitaba fuerzas ya que al día siguiente debía emprender mi misión y cumplir con el mandato de mi adorada. Adormecido en extraña tranquilidad, supe que no debía dudar más y que en mi mente resonaba la respuesta que tanto anhelaba y me consagraría como un fiel cumplidor de sus deseos.

Entre dormido y despierto, una sonrisa vislumbraba mis labios mientras comencé a hablar como si ella estuviese lo suficientemente cerca como para escuchar lo que musitaba. Sin abrir los ojos y aún con la sonrisa de satisfacción, dije lo siguiente: “Seguir la ruta de mis palpitaciones me ha ayudado a comprender los gemidos que desgarran y queman mi alma. Lacerar mis sentidos más allá de lo sensible, alcanzar lo imperceptible para mis sensaciones pero común para mi espíritu me hace saber de tu desfalco; el que le estás haciendo a mi corazón. Duerme feliz que mañana la obediencia nos traerá felicidad”.

Al terminar esas palabras, arropé todo mi cuerpo y dormí como si habitase el cielo.

La mañana siguiente, desperté muy temprano y, al recordar que la sastrería donde trabajaba mi adorada abría sus puertas a las nueve de la mañana, dispuse de todo el tiempo que tenía para prepararme y estar apto tanto a los ojos de ella como a la ordenanza que debía cumplir para hacerla feliz.

Yo sabía que ella era tan responsable, tan buena chica, que en días de trabajo cuando pedía permiso para salir por un rato, nadie se lo negaba, pues, ella siempre lo compensaba con dulzura y mucha dedicación. Al saber esto, estaba convencido de que con la buenaventura de mi lado, mi iluminado plan de obediencia se cumpliría a plenitud.

Justo a las nueve en punto salí de mi casa, caminé un par de cuadras dispuesto a encontrarme con ella. Mi dedicación y acicalo se evidenciaban de manera esplendorosa, vestía de un modo impecable y desprendía un aroma hipnótico al que ninguna persona se resistiría. Mientras caminaba, atraía miradas, inclusive, un grupo de jovencitas en uniforme relamía sus labios al verme caminar frente a ellas. Sentía que mi presencia provocaba bochornos; además, olía a hombre, al menos de la manera en que un hombre debía oler si estaba dispuesto a robar corazones.

Llegué a la sastrería y allí estaba ella, inmaculada, celestial, con un vestidito blanco que delineaba su hermosa figura, que destacaba su cintura perfecta, sus caderas solemnes y ese pecho que bien podría pertenecer a un cuadro renacentista. En su cabeza, una cinta de seda adornaba su cabello liso y brillante muy digno de los ángeles.

Ella sonrío al verme y tímidamente su piel palpitaba a medida que me le acercaba. Seguí caminando hacia ella decidido a robarle el corazón mientras le daba una mirada tan fulgente que la hacía sentir como si se derretía por un placer culposo.

Yo le pedí salir a caminar un rato y ella accedió, su padre nos miraba de lejos y a pesar de que no me conocía, me había visto muchas veces en la iglesia. Eso le hizo pensar que yo era un buen muchacho, un fiel creyente que no faltaba los domingos, así que antes de que ella lo pidiese, hizo un ademán con su brazo en señal de aprobación mientras le dijo: “ve, tienes la mañana libre”.

Yo me comportaba como todo un caballero, caminamos como si no llevásemos rumbo hasta que la llevé hasta un lugar muy poco conocido, el más hermoso que ella pudo haber imaginado para la ocasión y que nunca más volvería a ver.

Al tenerla allí, yo le cubrí los ojos y le dije al oído que quería hacerla feliz y obedecerla. Cuando escuchó esas palabras, ella se dejó llevar por el sentido de la aventura, por el deseo, por la carnalidad, por esa lava moldeadora y destructora que a veces nos obliga a actuar. Entonces, sucumbió a la tentación y decidió besarme, haciendo de ese lugar un sitio sagrado que estaba a punto de atestiguar la erupción pasional que de ambos se desprendía. Fue hermoso, allí pude conocer al fin su desnudez, la real, la de su alma.

Una vez más, hubo contacto visual entre nosotros; surgieron gemidos y de ella, de su mirar fluía toda su esencia y casi el propósito absoluto del encuentro.

Después del tan anhelado, luego eterno, primer beso, pareció inevitable que yo acabara de usar mis uñas para rasgar los ojos de mi adorada para que ese momento ella rozase la eternidad dejando fluir como torrentes toda la sangre que precedió a sus gemidos. Ese carmín en sus ojos daba la bienvenida a mi piadosa obediencia pues me permitió sacar la daga que llevaba oculta y desprender de su frágil y preciosísimo pecho esa valiosísima adquisición, aquella que con tanta expectación supe que llegaría a poseer por medio de la obediencia: el palpitante y rojo corazón de mi adorada.

Lo arranqué a la primera y no sentí pudor al hacerlo, estaba convencido de que era un mutuo acuerdo, algo disfrutado por los dos y, a la verdad, así lo creía porque en mi retorcida mente ella se dejó seducir, ella eligió ser hermosa y que hubiese atracción. Fue decisión de ella sentarse frente a mí en la iglesia, hacerme cruzar frente a ella cuando estaba en la sastrería y exponer como la joya más reluciente de una exposición su corazón a través de esa cúpula blanca y etérea de su pecho escotado. También, fue su idea sonreírme y mirarme con esa mirada tan sencilla como cautivadora. Yo sentía que todo fue idea de ella.

La sangre de su pecho no paraba y eso me hizo sentir como su víctima ya que fui obligado por ella, por las palabras que me escribió. Pensé que robarle el corazón ni siquiera era mi intención, sino que me dejé llevar por esa manipuladora que me llevó a descubrir una nueva vocación, la de ser obediente, la de ser un seductor, la de convertirme en un ladrón de corazones.

Entonces, por piedad, por amor, y no por descaro, yo me dispuse a limpiar el trémulo amor que salía a borbotones de la oquedad que había provocado en su pecho. Los vestigios rojo intenso que se desprendían de mi amada me permitían recordar sus palabras, sus sentimientos traducidos en signos gráficos que intentaban expresar la vehemencia, la locura, las epifanías y el amor, como si eso confirmase que yo solo me había dejado llevar por mis deseos de querer hacerla feliz.

De modo que, ese sitio en el que estábamos se transformó en un lugar sagrado, por eso, luego de besarla y ofuscar su mirada para cumplir con lo que se me había, y mientras aun sentía sus latidos en mi mano desnuda, limpié el manto carmesí que anatematizó el resto de mis actos para siempre, pero lo hacía con ternura y devoción para que ella se sintiese amada.

Al saberla eterna como recibida en bóvedas celestes, dejé su cuerpo a la voluntad del viento llevando a casa conmigo el encargo, el palpitante deseo de mi adorada mientras aún salpicaba vida entre mis dedos. Y yo sonreía como si me gustase la forma en que lo había hecho. No sentía nada de remordimientos por haberla obedecido, caminaba erguido con el rostro plácido y mi interior relajado, decidido a escribir el resto de mi historia con un puñal.

Después de este sueño tan vívido, me desperté bañado en sudor y exclamé: «¡Demonios, abuela, las cosas que me hacen soñar tus extraños rituales!».

¿O es que acaso no fue una pesadilla mórbida sino un sueño adornado de algo que sí había hecho y los rituales de la abuela solo me ayudaron a recordar?

¡Maldición! debo hallar respuestas y creo saber dónde puedo hacerlo.