La llamada telefónica

Esperando no volver a tener sueños tan sórdidos, continué con mi plan de encontrar respuestas para salir de la espiral de angustias e interrogantes. De modo que, corrí a tomar mi teléfono y buscar en la lista de contactos el teléfono de la casa de mi ex.

Yo nunca había llamado para esa casa, pero sabía que el número de teléfono lo tenía registrado porque es algo que suelo hacer con las personas cercanas para casos de emergencia. Cuando lo anoté, ella era cercana a mí y la situación presente parecía ameritar hacer esa llamada telefónica.

Para sumar a mis desgracias, no tenía ese número registrado en los contactos de mi teléfono móvil actual, mas sabía que debía estar anotado en alguna parte y se me ocurrió buscar en los cuadernos de la universidad que usaba en aquellos entonces.

Hice un ejercicio de memoria intenso para recordar dónde había puesto esos cuadernos y me acordé de que los había guardado en un baúl que tengo en el cuarto que no suelo usar y donde se quedan las visitas cuando vienen.

Hallé el baúl y, como si no estuviese urgido, comencé a distraerme con cuanta cosa veía allí dentro: unos cuadernos de colorear de Scooby-Doo que usaba cuando las clases estaban muy aburridas, unos discos compactos de bandas que ya no escucho como Evanescence o 3 Doors Down, una franela con la cara de Eminem, un afiche de La chica del dragón tatuado, un par de revistas eróticas de colección donde aparecía Carmen Electra en su mejor momento, libros de Harry Potter y, solo cuando vi una foto impresa de mi ex recientemente fallecida, me volví a centrar en lo que hacía hasta hallar el bendito cuaderno que buscaba.

¡Eureka! Apareció el cuaderno y pude encontrar en las páginas de atrás el número telefónico que en esos momentos tanto necesitaba.

Tomé mi móvil y anoté el número, pero me quedé paralizado antes de realizar la llamada por el temor que me daba pensar en la reacción de la persona que contestara el teléfono del otro lado. Como su mamá no solía contestar las llamadas, me daba terror que contestase su papá y yo no supiese qué decir.

Dejé el teléfono en la mesa de la sala un momento y me asomé al balcón para tomar un poco de aire y ver si me relajaba, a lo lejos se veían unos niños jugando fútbol y me quedé viéndolos como por 40 minutos.

Al regresar a la sala, me senté en el mueble grande y comencé a imaginar que, luego de mi llamada, el papá de ella se aparecía tumbando mi puerta y con un cuchillo extragrande me hacía una señal en la frente como Brad Pitt le hacía a los nazis de Bastardos sin gloria.

También pensaba que el señor arrancaba a llorar y me culpaba de todo lo que había pasado y me lanzaba una maldición fulminante que haría mis oídos botar líquido negro mientras yo comenzaba a llorar sangre hasta quedarme vacío.

No sé de dónde venían esos miedos, yo en realidad compartí poco con ese señor, pero él siempre fue muy educado conmigo.

Recuerdo que una vez ella me dijo que su papá cuando joven fue misionero voluntario y recorrió varios países de América del Sur ayudando a construir casas para los más necesitados. Además, el señor era filólogo hispánico, así que lo más seguro es que fuese un pacifista más pendiente del cuidado del medio ambiente que de estar planificando venganzas imposibles como si fuese la versión latinoamericana de John Wick.

Pero, aún así, me daba mucho miedo marcar el teléfono sin saber lo que ocurriría. De modo que, puse a hacer cotufas y me senté a ver la película de Andrew Garfield llamada Hasta el último hombre porque necesitaba inspiración para llenarme de valentía y hacer la llamada.

Al terminar la película, tomé un baño y me hice un té de camomila para estar más tranquilo y afrontar la llamada telefónica con el temple debido.

Cogí nuevamente mi teléfono, marqué el número que estaba en el cuaderno y mientras hacía plegarias de misericordia en mi mente, esperé hasta que alguien contestara. El teléfono sonó varias veces y cuando ya estaba decidido a terminar la llamada, escuché un muy sobrio «hola, ¿con quién desea hablar?».

Tal como lo vaticiné, era el padre de ella quien me contestó. Sonaba triste pero muy sereno y dispuesto a conversar.

Le dije que era yo y que me había enterado de la noticia y él hizo una pausa un poco más larga de lo esperado hasta que me dijo: «Disculpe, pero ¿quién dice que es?». Sin muchos detalles le volví a decir quién era y que había ido en algunas oportunidades a su casa a estudiar con su hija. Al escuchar eso último me dijo: «Sí, claro, disculpe. Ya me acuerdo de usted, jovencito, lo conocí en la iglesia. Solíamos sentarnos en frente de usted».

Sus palabras me dejaron helado, me acordé del sueño escabroso que había tenido y sentí que me quedaba sin aire. Entonces, con un inmenso nudo en la garganta le dije que lo sentía mucho y, sin más, ambos comenzamos a llorar desconsoladamente.

Creo que pasamos como cinco minutos sin decir nada, solamente escuchando nuestros llantos. Cuando recuperé la compostura, le pregunté acerca de su hija y él me dijo que lo último que supo de ella es que hace un par de semanas le había dicho que vendría a mi ciudad a hacer algo en la iglesia local. No me supo decir qué porque no lo recordaba.

Él me dijo que necesitaba atender otros asuntos, así que le dije que comprendía perfectamente y le repetí que lo sentía mucho, que si en algo podía ser útil, que me avisara. Él volvió a ser muy cortés y se despidió de mí deseándome una vida plena.

Luego de esa llamada y al percibir la bondad de ese hombre, me sentí mucho más decidido a hacer lo que estuviese a mi alcance para ayudar a resolver ese misterio que ahora nos unía. Pero no sabía qué hacer ni por dónde empezar. Todo lo que hacía parecía mostrarme un mapa que no llevaba a ningún lugar.

Medité un rato en mis opciones y solo me veía inmerso en encrucijadas o calles sin salida hasta que volvieron a tocar a mi puerta.

Cuando fui a ver, era un evangélico con su esposa repartiendo Nuevos Testamentos. Los atendí y tomé uno por pura cortesía porque ni pensaba leerlo. Los despedí y cuando puse el librito azul con letras doradas encima de la mesa, vino a mí una idea ilustre y casi milagrosa:

Si la iglesia parecía ser importante, aparecía casi que en cada uno de los eventos de esta historia y era uno de los últimos lugares a los que ella tenía planificado ir, lo más sensato es que yo fuese a la iglesia e hiciese averiguaciones in situ.

De manera que, decidí no esperar más e ir hasta la iglesia.