La visita reveladora

Como pude, grité un estruendoso: «un momento, por favor», mientras me levantaba e intentaba parecer decente para ir a abrir la puerta.

Cuando lo hice, me conseguí a una mujer como diez años mayor que yo que vestía un pantalón ajustado, botines negros, una camisa blanca con los dos botones de arriba desabrochados, un blazer negro que combinaba con su pantalón y, además de sus labios rojos, llevaba todo el pelo recogido en una cola de caballo perfectamente hecha.

Detrás de ella, en silencio y con apariencia de ir armado, estaba un hombre joven, robusto, con la mandíbula cuadrada y rostro de que se que había acostumbrado a no sonreír para parecer más temible en su trabajo.

Creo que el mucho colirio que me puse en los ojos y el lavado rápido que hice a mi cara no ocultaban el aspecto descuidado con el que había amanecido. Sin embargo, ella me veía indiferente. Se presentó y ni presté atención a su nombre. El hombre que andaba con ella era obviamente una especie de acompañante que servía de guardaespaldas.

La mujer dijo que era inspectora de no sé dónde y que su visita se debía a la muerte de una joven que, según sus investigaciones, tenía planes de reunirse conmigo en estos días.

Resulta que la inspectora comenzó a hablar de mi ex. Dijo que habían encontrado su celular cerca del lugar donde fue asesinada y notaron que en la bandeja de borradores había un correo electrónico que no pudo ser enviado, que iba dirigido a mí y decía que vendría a verme para aclarar ciertos asuntos inconclusos. Al parecer, fue lo último que escribió en su vida.

Luego, la inspectora comenzó a hacerme un interrogatorio; como no tenía idea de las cosas que me preguntaba, comencé a responder frases cortas que expresaban mi desconocimiento de las preguntas tan raras y escabrosas que me hacía.

El interrogatorio se me hacía infinito y mi mente empezó a divagar. Comencé a perderme en los dos botones abiertos de la camisa de la inspectora que dibujaban un pronunciado escote en su pecho y dejaba a la vista algunas pecas. Ella continuaba haciéndome preguntas y yo respondía con vaguedad mientras me imaginaba cómo se verían esas pecas a la luz de la luna.

Me puse a pensar tantas cosas que solo paré porque sentí que en un momento llegué a morderme el labio. Así que, falsamente aclaré mi garganta y le dije a la inspectora que tenía sed y también le ofrecí agua.

Ella se negó y me siguió a la cocina mientras ella y su bodoque paseaban los ojos por cada rincón del apartamento.

La inspectora parecía un poco fastidiada de mí, pero asumo que debía hacer su trabajo y terminar el interrogatorio. Yo me tomé el agua como si fuese una exquisitez y de la nada le pregunté si toda esta visita era simplemente por un correo no enviado. A ella no le gustó mi intervención y con cierta rudeza me pidió que la dejara hacer su trabajo.

Esa forma de responderme movió algo en mi interior, había algo en la rudeza con la que me hablaba que me atraía más de lo que yo había llegado a imaginar. En mi mente, mientras ella seguía haciéndome preguntas, cambié sus botines por stilettos y la libretita donde hacía anotaciones por una fusta.

Volví en sí cuando ella me dijo que únicamente faltaba una sola pregunta y me mostró una foto que me quitó el aliento.

Era la imagen de algo que parecía un cuchillo filetero y, aunque ella no dijo nada al respecto, yo asumí que se trataba del arma homicida.

«¿Es eso un cuchillo filetero?», le pregunté. Al pronunciar las palabras pensé en lo estúpido que había sido. Si en la historia de mi humanidad había un momento menos oportuno para parecer un experto en armas punzantes, cortantes o penetrantes, era este.

Pero ¿qué podía hacer? Me encanta ver cuanto programa de cocina promociona Gordon Ramsay y siempre suelo fantasear con Nigella Lawson. Además, creo que tengo un cuchillo parecido en uno de mis gabinetes. ¿O lo había perdido hace poco? Ya ni lo recordaba.

La inspectora se mostró intrigada con mi aparente experticia así que terminé confesándole mi afición por los concursos de cocina. Ella asintió poco convencida de mi revelación y me dio una tarjeta con su número telefónico para que la llamase si me enteraba o recordaba algo que la pudiese ayudar con el caso.

La acompañé y a su custodio hasta la salida. Cuando se fueron y cerré la puerta, me di cuenta de que mi tristeza de la noche anterior se había curado cuando la lujuria que habita en mí había sido liberada nuevamente.

A pesar de que la visita de la inspectora no sirvió de mucho para desempolvar mi memoria o esclarecer el asesinato, me permitió descubrir cierta afición por las mujeres con poder. Pero, luego de que ella se fue, recordé que otra mujer, una muy cercana a mí, podía ayudarme en estos momentos. Así que no desperdicié más tiempo y fui a contactarla.