El (re)encuentro
Hoy, como cada mañana de domingo, fui a comprar flores. No para honrar muertos ni nada de eso, lo de la chica fue terrible, sí, pero la vida continúa.
Quizá, lo hice por pura vanidad, para poner esas en mi mesa de noche y darme un respiro de felicidad al ver todo armónico y con matices de colores que se tornan festivos con la luz del sol. Es una costumbre que tomé de mi madre, al igual que muchas otras que forjaron mi carácter y aún causan extrañeza entre los que me rodean y quieren que mi vida sea como la que ellos piensan, ya que se atribuyen la prerrogativa de determinar cómo todas las vidas deberían ser.
Salí muy temprano, escogí las flores más lindas y frescas porque cuando decidí ir a primera hora, fue para que nadie más escogiese las flores perfectas para mí, esas cuyo destino siempre ha sido adornarme con atisbos de alegría, al menos durante este día domingo.
Es un ritual mezquino que renueva mi alma semana a semana, siempre lo espero porque de alguna forma me renueva al hacerme olvidar los avatares que los años de mi vida se han encargado de hacer volver y permanecer día a día de la misma forma en que una lesión de la niñez te recuerda que, a diferencia de tu padre ausente, la cirugía no será lo tuyo porque tus manos carecen de la estabilidad y movilidad necesaria para tales fines.
Escogí unas camelias hermosas, muy elegantes y con pequeños destellos de amarillo y verde que la luz transformaba en descanso y alegría. Supe que eran mías desde que entré al local, mi mirada no fue desviada a ningún otro lado, su aroma reclamaba mi nombre y fui atraído directamente a ellas.
Yo tenía toda la floristería para mí y, aún así, no vi ni busqué más nada, esas camelias estaban allí esperándome, ansiosas de adornar mi cuarto y brindarme el merecido sosiego de los domingos.
Las tomé en mis brazos como quien recibe a su hijo por primera vez y ve el mundo desaparecer en ese convenio de felicidad que te hace pensar que la dicha ha venido para quedarse. Las flores tenían un aroma dulce y placentero que no quise sorber por el temor que me daba pensar que lo robaría por completo y no quedaría mucho para cuando las pusiese en el florero de mi cuarto.
Pagué sin esperar cambio, hechizado por las flores perfectas que llevaba conmigo, esas que anunciaban cosas lindas para mi vida y parecían predestinadas para ello. El sol estaba muy radiante a pesar de la hora, o puede ser que era más tardé de lo que creía. Lo cierto es que me quedé un momento admirando las bellas camelias antes de decidirme volver a casa, un apartamento viejo que queda en el cuarto piso de una concurrida avenida de mi ciudad, a 5 cuadras de ese templo floral que abre sus puertas para mí cada domingo al amanecer.
Decidí regresar a pie, o tal vez las flores lo decidieron por mí. No notaba a la gente a mi derredor, tampoco el humo de los carros; no sentía el bullicio de los que regresan de festejar ni el murmullo de los que van a la iglesia, solo era yo extasiado en un deleite de blancos, verdes, amarillos y un aroma dulce que, al parecer, jamás había experimentado.
Todo era candor y dicha, cada paso, cada esquina avanzada.
Faltaba poco para llegar a casa, solo una esquina más y luego atravesar la concurrida plaza que me hace venias cada vez que cruzo la calle para entrar o salir del apartamento. Cuando voy por esa plaza, tengo la costumbre de meter la mano en mi bolso y sacar las llaves para estar listo y llegar a casa. Hoy no fue la excepción y no sé si lamentarlo.
Buscar las llaves interrumpió mi culto a las camelias y desvió mi mirada hacia uno de los árboles de la plaza. Mis ojos fueron desde una de las ramas más altas siguiendo un rayo de sol que descendía hasta uno de los bancos que fielmente espera visitantes para que la sombra los acobijase. El destello que me sedujo terminaba postrándose el rostro de una muchacha que internamente despertó en mí una batalla entre decidir reconocerla o ignorarla.
Comencé a sudar un poco y sentí mi corazón palpitar muy fuerte. ¡No podía ser!
Mis brazos se sintieron débiles y las flores se deslizaron hasta casi caer, pero no podía dejar de mirar. En el banco estaba sentado ella, esa muchacha de la universidad, el amor juvenil que crees que jamás olvidarás hasta que tienes más de 20 años y asumes que la vida no siempre es dicha.
Pero ¿acaso no estaba muerta?
Recuerdo haberla amado con todas mis fuerzas mas estaba consciente de que ella siempre afirmaba que no era de las que se casan, que Herman Hesse y su Lobo Estepario le había dañado, para bien, la vida.
En su momento, eso no me importaba, era bastante joven y un mucho más inocente que el resto de las personas de mi edad, solo sentía que quería estar siempre junto a ella y rogaba para que el tiempo que pasábamos juntos se detuviese eternamente en cada abrazo que nos dábamos.
Nada era más gratificante que hundir mi rostro en su pecho mientras mis manos recorrían su espalda. En esos momentos, quería fundirme con ella hasta que bíblicamente fuésemos una sola carne.
La veía en secreto por mi timidez y, además, tenía certeza de que ella tenía una relación de muchos años, aunque ella siempre lo negó y yo, con tan solo ver su sonrisa, caía en sus brazos sin resistencia alguna, pues, para mí, el sentido de la felicidad empezaba y terminaba con sus besos.
Me acuerdo de que en compañía de amigos comunes nos poníamos a estudiar juntos hasta tarde, creo que así floreció lo nuestro. No parábamos de estudiar hasta que todos los demás se iban y quedábamos solos en espacios llenos de libros y silencio.
Al principio, el cuerpo me temblaba y la mente no ayudaba porque solo pensaba en llegar hasta su asiento, sentarme en su regazo y besarla como si de ello dependiese mi vida.
Una vez en particular, recuerdo que para un crédito extracurricular debíamos estudiar al poeta griego Constantino Cavafis, un experto en la pasión juvenil y las remembranzas.
A diferencia de ella, yo era muy joven y sabía muy poco del amor, la pasión sexual, las figuras literarias y la cultura griega. No entendía por qué el poeta hacía tanta alusión a velas que se consumen en la oscuridad, casi que carecía de sentido para mí en esos días. Ella, como si fuese una antigua sabia, me decía que la vida misma me haría entender las velas de la añoranza.
Luego de su frase filosófica, la miré con extrañeza y pedí un descanso; ya mi mente estaba abarrotada de información. Dejamos los libros de lado y lo siguiente que recuerdo es que mi dedo meñique rozaba el suyo y todo parecía encajar en su santo lugar, como si nuestras manos se hubiesen diseñado para darnos amor, una caricia a la vez.
Después de esa oportunidad y el descubrimiento de la atracción que sentíamos el uno por el otro, seguimos reuniéndonos para estudiar, pero ahora lo hacíamos a solas.
Las delicadas caricias con meñiques dieron paso a los besos más apasionados que recuerdo. La primera vez que sentí su lengua dentro de mí fue como si un halo de gloria lasciva se apoderase de mi alma hasta sacudir mi cuerpo por puro placer, y también recuerdo que, más que por lujuria, deseaba que juntásemos nuestros cuerpos desnudos por el deleite que sentía mi ser cuando ella estaba junto a mí.
Eran momentos lindos que no sé por qué los llaman sexuales si deberían ser sagrados y millones de feligreses deberían rendirle culto. No hay momento más sacramental que la entrega total de dos jovencitos que ofrecen sus cuerpos en un acuerdo de mutua devoción.
La extrañaba a cada momento. En ese entonces, sentía que no podía vivir lejos de ella. La quería para mí y para nadie más.
¡Cielos! sí que la añoraba, cuando no estaba cerca, extrañaba todo ella: su cuerpo, su voz, sus besos, sus manos, su cuello, su sexo. Quería vivir eternamente en sus brazos; pero, quizá, al igual que como el mito de Dido y Eneas en la Eneida, nuestra historia de desgracia infinita se había escrito y sellado en el momento mismo que nos cubrió por primera vez la dicha del amor que, en nuestro caso, se lo debíamos a un poemario de Constantino Cavafis.
Una de esas mañanas, creo que mi mente fue poseída por un demonio ponzoñoso que aguijona el alma con indiferencia. Estaba en su casa, ese día había visitas puesto que todo parecía muy arreglado, inclusive, tenían un gran ramo de flores en el recibidor que daba un olor muy rico a todo el lugar.
Con la excusa de no importunar a los mayores, me invitó a pasar a su cuarto. Yo ya había estado allí y, al igual que muchas de sus cosas, lo sentía de lo más familiar, aunque ese día todo parecía fuera de lugar y había cajas en el piso porque habían pintado las paredes recientemente.
Noté que había una caja abierta que contenía libros y le dije que me los mostrara para ver si una de las obras que allí tenía se transformaba en mi nueva obsesión lectora. Lo dije sin malicia, solo me divertía ver su cara mientras yo decía eso ya que estaba claro que ella era mi libro predilecto.
Me dio un beso muy profundo y mordió un poco mi labio mientras se alejaba hacia la caja con libros y me decía que mis deseos eran órdenes. La trajo hacia donde estaba y comencé a sacarlos leyendo los títulos en voz alta. Recuerdo que tenía la Medea de Eurípides y varias obras de Séneca, un ejemplar viejo de Doña Bárbara, un libro muy nuevo llamado Expiación de un autor británico llamado Ian McEwan y, entre otros, un poemario de Cavafis como el que habíamos utilizado para estudiar cuando nos asignaron aquella tarea que nos unió.
Tomé el libro con mis ojos iluminados mientras sentía como la pasión me inundaba y una sensación desconocida que, desde adentro, parecía derretirme de amor hacia ella que me miraba con dulzura y fulgor. Sin soltar el libro, yo humedecí mis labios y ella mordía su labio inferior al verme en su cama. Abrí el poemario con la intención de bromear acerca de que todavía no entendía mucho sobre velas y viejos, que solo la entendía a ella y a la felicidad que me daba.
Al abrir el libro, me di cuenta de que en medio de él había una postal muy fina que marcaba justamente el poema que buscaba; en ella había una dedicatoria escrita con una envidiable letra cursiva que no solo me restregaba mi disgrafía en la cara, sino que dejaba estampado una vívida promesa de amor que me pareció haber escuchado de ella hacia mí en otra ocasión.
Claro que no la había escuchado, ella me amaba de verdad, solo que en ese momento, arrebatado por un torbellino de celos, pensé que las mismas palabras ella me las había dedicado. Cerré el libro y le dije que debía volver a mi casa y, tal vez, sí debía hacerlo.
Desde ese día, nunca más volví recordarla bien; dejé de hablarle, no quise saber nada de ella, comencé a ignorarla y ya no respondía ni a sus llamadas ni a sus mensajes. Empecé a actuar como si ella no existiese, de la misma manera en que alguien quita de sí una de esas tiras adhesivas que te pones cuando tienes una cortadita menor y la arrancas sin dolor porque ya fastidia y tu cuerpo la rechaza.
Sé que no se cansó de llamarme, pero como nunca contestaba, optó por seguir escribiéndome quizá con la esperanza de que yo leyese lo que anhelaba decirme; no obstante, yo solo seguía ignorando sus mensajes sin leer siquiera una línea. Jamás le respondí.
Una vez, vino llorando hacia mí sosteniendo una flor y de rodillas intentó tomar mi mano como suplicándome perdón, o al menos con la intención de darme una explicación, mas yo seguí caminando con desdén y con un desprecio mayor que el de los personajes secundarios de la parábola del Buen Samaritano.
Posteriormente, me dicen que su pesar fue tan grande que se cambió de universidad y se fue a vivir a otro estado; asumo que eso fue cierto porque nunca más supe de ella, ni me preocupé por contactarla.
No la volví a ver ni rondaba mi memoria para escarbar esa felicidad que solo con ella llegué a sentir y dejó un vacío en mi alma.
Nunca más me interesé en saber de ella, hasta que me enteré de su muerte.
Pensé que ahora sí que no volvería a verla, pero esta mañana un rayo de luz me llevó a mirarla de frente justo antes de llegar a mi casa en este domingo que prometía depositar en mí aires de esperanza y sueños de una vida feliz y plena.
Casi dejo caer las flores porque quería correr a abrazarla, creó que suspiré muy fuerte porque de mí salió un sonido sordo, casi desgarrador que hizo que ella también fijase su mirada en mí. Me veía de frente mientras dejé una sonrisa a medio terminar y reprimí un penoso saludo que acabó en mi mano derecha levantada y unos dedos que se retrotraían como cuando alguien procura aliviar un calambre.
Ella fijó su mirada en mí, pero no me veía, era como si yo fuese transparente o no existiese. Era como quien mira desde la calle la ventana de un bus y no siente interés ni preocupación alguna por sus pasajeros.
Caminé lentamente hacia ella porque mis pies comenzaban a pesar como si las indolencias de toda mi vida se hubiesen convertido en imaginarios grilletes de acero que me impedía andar libremente en pos de la felicidad.
Quería gritar su nombre y mi voz no salía, era como si mi garganta fuese un pozo maldito que la sequía acechó hasta acabarlo. Y ahí al frente seguía ella. No había más nadie a mi alrededor, así que era imposible que no me viese procurando una sonrisa con un ramo de camelias en la mano.
Cuando al fin logré arquear mis labios y recobré fuerzas para pronunciar su nombre, ella desvió su mirada, abrió un libro que llevaba en su mano y comenzó a leer como si estuviese sola en mundo, o al menos como si yo no fuese parte del universo.
Retrocedí sobre mis pasos y volví corriendo a casa, devastado. Intenté recuperar el buen espíritu que sentí temprano cuando salí por las flores y esperaba que ellas terminasen salvando mi día y el resto de mi vida.
Tomé un jarrón de cristal al que puse agua y añadí una cucharadita de azúcar y otra de vinagre, pues me habían dado ese consejo para preservar las flores por más tiempo, necesitaba que ellas durasen cuanto fuese posible, ya que no sabía si volvería a salir el próximo domingo.
Ubiqué el jarrón en la mesita al lado de mi cama y puse las flores dentro con la esperanza de que todo volviese a ser perfecto. Lo que había visto en la plaza del frente no podía ser cierto.
Luego de arreglar las flores, me acerco a ellas para olerlas y ver si su aroma me devolvía la dicha y buenaventura que temprano vaticinaban.
Tomé una gran bocanada de aire para recibir todo el aroma posible y ser revestido de sosiego; mientras lo hacía, sentí que un recuerdo terrible me abatía, mis piernas temblaron y caí de rodillas, llorando.
El aroma de las flores en mi casa desató en mi memoria recuerdos que un ataque de furor había anatematizado. Aquel día en su casa, el día en que leí la postal en el poemario, eran camelias las flores que adornaban el recibidor y perfumaban el lugar. También, una camelia fue la flor con la que ese otro día yació en el piso suplicando al menos una mirada compasiva en nombre del amor.
Sentí ganas de tirar el jarrón y desechar las flores, pero, acaso, ¿no eran ellas las que cada domingo traían felicidad a mi abatida vida? ¿Cómo desecharlas solo porque aspectos de su pasado no me incluían? ¿Cómo podría hacerle daño a quien solo quería dicha para mí? Así, en medio de muchas preguntas, no supe qué hacer y solo lloré de rodillas, me sumí en humillación y dolor por el pesar que crea sentirse invisible y marginado cuando quieres ser visto y tu amor es despreciado.
Seguí sin saber qué hacer y solo lloré con amargura.
Cuando cayó la noche, el pasado me era muy oscuro y mi presente se percibía tan nublado que solo seguía llorando mientras intentaba ver hacia el futuro.
Ahora, lo entiendo todo, entiendo a Cavafis, solo que para mí no hay velas sino flores domingueras y ese recuerdo apagado que, como humo fugaz que miras de lejos, desprendió para mí la muchacha que vi, o imaginé, en la plaza.
Amaneció y yo no paré de llorar. Me encontraba tirado en el piso del baño cuando sentí que alguien tocaba la puerta y una voz de mujer pronunciaba mi nombre.
¿Quién podría ser?