¿Has visto un mapa fluvial?

Recuerdo de la chica muerta, de antes de que terminásemos, que un día soleado, luego de pasar por la iglesia local, nos sentamos en el parque y el sol hacía brillar su piel blanquísima.

Me sentía como hipnotizado por las venas azules que se pintaban en su brazo y como el brillo del sol también las hacía visible en su pecho hasta perderlas en el escote redondo de ese ceñido crop top negro que se ponía para provocarme.

Mientras seguía fascinado con sus venas, quería memorizar su recorrido. Resultaba poético pensar que ellas formaban un mapa hasta su corazón.

En ese momento, pensé en comentárselo, pero dije en mi mente: «¿quién diantres usa mapas en nuestros días?».

Es que la última vez que interactué con un mapa impreso fue en la primaria cuando la profesora de Geografía Nacional nos repartió mapas para que pudiésemos entender cómo estaba dividido nuestro país. A mí me tocó un mapa fluvial y lo que se viene a mi mente es que todos los mapas tienen esas líneas azules que parecen venas.

Pero hace años que salí de primaria y, además, ahora todo es con tecnología GPS.

Así que decidí callar, y cuando ella me preguntó en qué pensaba, le dije que en nada y ella cambió de humor. Me dijo que ese era mi problema que me callaba todo.

Seguí callado y ella se fue y me dejó solo.

No la seguí. Actué como si en ese momento no me importase, pero sentí una ira enceguecedora y por un instante pensé que la vida sería mejor si ella no viviese.