El toque en la espalda

Antes de irme a buscar un lugar tranquilo en el que pudiese procesar todo lo que había escuchado de mi ex, me detuve a la salida de iglesia y apoyé mi brazo derecho en uno de los muros y hundí mi cabeza en él tal como si estuviese jugando a las escondidas con los muchos pensamientos que me daban vuelta en la cabeza en esos momentos. Mi angustia era tal que juraría haber sentido que me faltaba el aire y sentía un peso en el pecho. No sabía por qué me sentía así, creo que era una especie de culpa por pensar que había dejado ir alguien y ahora las circunstancias más desdichadas me devolvían por referencia a una persona que, al parecer, yo ya ni conocía.

Creo que estaba a punto de soltar un llanto feroz cuando sentí un toque en mi espalda y escuché una voz antiguamente conocida que me decía de forma jocosa: «Hey, juguito de manzana, no piensas darme un abrazo».

Di un giro de casi 160 grados a mi cabeza y no podía creer que estaba viendo al gringo fumador que fue mi amigo en la infancia. Su rostro seguía igual pero ahora medía como un metro más, así que seguía luciendo mayor que yo.

Cargaba puesta una franela roja extragrande de los Rockets de Houston que en la parte de atrás tenía el apellido Harden en honor a su basquetbolista preferido, una gorra hacia atrás, pantalones kaki, un morral bastante grande y unos zapatos deportivos tan blancos que relucían. Me fijé en su ropa no solo por la emoción que me causó volverlo a ver sino, también, porque yo cargaba unos jeanes viejos, mis zapatos de tela llevados por el tiempo y una de mis franelas negras que me pongo para cualquier ocasión porque disimulan el sudor de mi cuerpo en los días de calor.

Por alguna razón, el tipo olía a chicles de menta de sabor intenso y cargaba una lata de refresco en la mano, eso me hizo pensar que estaba fumando, por lo que eso fue lo primero que le pregunté. Él se sonrió y me dijo que ya no hacía eso porque su abuelo murió de un enfisema severo y su papá había perdido los dientes a causa del tabaco masticable así que él no quería ser un viejo desdentado que tuviese que vivir pegado a una bombona de oxígeno.

Cuando él me contaba de los efectos del tabaco en su familia, yo solo pensaba que, por lo hasta ahora visto, cada persona que estuvo relacionada conmigo y salía repentinamente de mi vida mejoraba mientras que yo parecía estar estancado y cada cambio mínimo que hacía sugería un detrimento.

Él terminó su relato explícito de cómo el cigarrillo los había dañado y sin pensarlo mucho me dijo lo siguiente: «Pero, oye, loco, ¿qué hacías tú pegado de ese muro? ¿Estabas llorando?».

«¿Qué llorando? Nada», le dije y agregué que pedía al cielo por cada alma que pisaba este recinto, para que todos recibieran bendición. Él resopló un poco y me dijo que los portones y muros no eran para eso, que había espacios más adecuados.

«Sí, sí, lo que digas», le respondí antes de que se pusiese a darme una clase magistral acerca de espacios, gente y arquitectura occidental que no me provocaba escuchar en ese momento.

Su español había mejorado muchísimo, le pregunté que si se había puesto a estudiar y él me dijo que al salir de aquí recorrieron casi toda América Latina y tuvo que hacer un par de años escolares en El Salvador. En vez de alegrarme por él, solo le dije una babosada, algo como que esperaba que no hubiese embarazado a la hija de ningún descendiente de Pablo Escobar durante ese tiempo y estuviese aquí de fugitivo buscando asilo y una nueva identidad.

Él solo se rio un poco y me dijo que le encantaba la serie de Netflix llamada Narcos pero que no era ni quería ser parte de esa historia. También agregó que había vuelto a los Estados Unidos, mas como ya podía vivir de su propio dinero al ser el dueño de un bar deportivo, quería volver acá y visitarme, pero como yo era un perro degenerado que dejó de contactarlo y no usaba las redes sociales, vino a la iglesia a preguntar por mí y, justamente, fui a la primera persona que vio.

Le pregunté cuánto tiempo iba a pasar por acá y dónde se iba a quedar y él respondió que su estadía duraría hasta que él quisiese y se iba a quedar conmigo por lo que era mejor que ya hubiese limpiado el apartamento y mandado a sus casas a las conquistas de una noche que quizá había conocido en una fiesta rara llena de gente mal vestida.

Ambos reímos y nos dimos un abrazo que terminó rápidamente cuando él me dijo que yo apestaba a sudor y zumo de naranja.

Reímos más.

Le dije que, entonces, nos fuésemos al apartamento para que dejase sus cosas pero que si él prefería podríamos pasar por una clínica para que le hicieran todas las pruebas posibles y así no dejase sus pestes y enfermedades venéreas por todas partes. Él sonrió, me llamó mamarracho y me dio un golpe en el hombro izquierdo.

Él también me dijo que tenía hambre y que prefería que fuésemos a comer algo ya que casi era mediodía. Fuimos a un lugar de comida rápida que estaba a un par de cuadras y, aunque no tenía mucha hambre, pedí lo más caro mientras le decía que eso era lo que iba a hacer ya que él era quien pagaría. Además, pedí un té helado que venía en un vaso como de litro y medio. Él reía y falsamente agradecía y decía que se alegraba de haber aparecido acá para matarme el hambre antes de que esta me matase a mí.

Terminamos de comer y él pagó mientras yo exageradamente fingía que estaba sacando mi billetera para pagar mi parte.

Llegamos al apartamento, él se instaló mientras yo escondía la ropa sucia que tenía tirada y después pasamos como tres horas jugando Mortal Kombat, Grand Theft Auto y League of Legends.

Cuando terminamos de jugar, él, de manera casual, me dijo: «Juguito de manzana, ¿qué hay de tu vida?». Le dije que no tenía mucho que contar, pero ya que él estaba aquí, había un asunto que me estaba carcomiendo y quizá él podría ser de ayuda.

«Habla», respondió él casi sin moverse y dejando como inmóviles los músculos de su rostro.

No sabía cómo contarle y si él llegaría a pensar que yo estaba loco. Hasta me dio miedo pensar que él pensase o descubriese, de ser así, que yo estuve involucrado con la muerte de mi ex.

Como no estaba seguro, le pregunté si se acordaba de ella y él negó con la cabeza, y me dijo que casi no interactuaba con nadie porque la mayoría de las personas se alarmaban cuando él se ponía a fumar.

Le dije que no importaba, que era una muchacha con la que salía. Al decir eso cerré mis ojos y pensé en que yo era un gran miserable, un animal desgraciado en su peor estado. «Una muchacha con la que salía, ¿en serio?» pregunté en mi cabeza.

Me di unos golpecitos en la frente con el dedo índice de mi mano derecha como autocastigándome por lo que había dicho y continué contándole acerca de ella, de la inspectora que me visitó de improviso, de la llamada al papá de mi ex, de lo mal que estaba ese señor, del niño chantajista y de las conversaciones con mi antigua celestina.

Cuando llegué a ese punto de la historia, él me detuvo y preguntó casi de forma retórica: «¿Estás diciendo que la chica tenía una ruta planificada y tú sigues aquí haciendo nada como un soberano inútil?».

Balbuceé un par de cosas sin sentido y le dije que todo había sido muy reciente, que recién me había enterado de lo de su ruta misionera y que no me había dado tiempo de pensar bien las cosas.

«Pues, te callas», intervino él, y agregó que no le interesaba si yo tenía planes para el día siguiente porque, sin importar lo que yo pensaba hacer, mañana emprenderíamos un viaje.