De vuelta a la iglesia
De camino a la iglesia me había hecho la promesa de que estaría muy atento a lo que mi antigua celestina me dijese y que mentalmente tomaría notas para poder descifrar todo lo que pudiese con respecto a mi ex.
Con cada paso repetía en mi cabeza frases autoafirmativas de esas que las personas suelen decirse a sí mismas como si hablasen con alguien más, eran cosas como: «te vas a concentrar, manganzón», «escucharás a la mujer y obtendrás respuestas» e, inclusive, frases que ya no sabes si son evangélicas o políticas del tipo «hoy obtendremos la victoria».
También, compré un kilo de naranjas para regalárselos a mi informante y procurar cerrar así un círculo perfecto de aspiraciones metafísicas marcadas por un sueño y las promesas de un señor con el cual había coincidido solo una vez cuando era niño. Y si eso no es fe, no sé qué lo es.
Llegué puntual; en realidad, un poco antes, por lo que me puse a esperar en frente de la oficina donde resolví el misterio del esmalte de uñas.
Extrañamente, habían pasado más de quince minutos de la hora acordada y aún la mamá de la fan de Hulk Hogan no aparecía. Creo que fui un poco mezquino porque comencé a exasperarme al notar que ella no llegaba sin siquiera preguntarme si le había pasado algo. Quizá eso sea un rasgo de mi generación: exigir rapidez de lo demás cuando yo somos quienes piden, pero anhelar comprensión cuando somos los que se tardan. Como fuese, ya estaba en ese punto donde la desesperación no te deja tener las piernas quietas y tus uñas comienzan a verse como un excelente objetivo masticable dispuesto para la relajación, una mordida a la vez.
A los veintisiete minutos, justo antes de que yo comenzase a comerme las uñas, la mujer apareció. Le noté un poco de ojeras y su pelo se asemejaba mucho al de alguien que ese día no tiene mucho interés de acicalarse.
Al verme, ella hizo un gesto que muy a lo lejos se asemejaba a una sonrisa tímida que se ofrece solo por educación, sacó un llavero que no logré diferenciar de qué forma era porque parecía un pollo bebé, como esos que algunos pintan de colores y venden como si fuesen mascotas de juguete. Era como una bola amarilla con plumitas mínimas que, con cierto horror, llamó mi atención.
La claramente compungida mujer abrió la puerta y me hizo pasar. Mientras lo hacía, quise parecer lo más empático posible con ella y me salió una sonrisa que hasta ese momento no había desbloqueado de mi arsenal de sonrisas raras. Subí más de lo normal mi labio inferior y arrugué un poco los ojos, creo que si en ese momento hubiese visto mi rostro, este se asemejaría a una caricatura a la que le ha caído un yunque en la cabeza y la cara le ha quedado algo aplastada.
Al sentarme, sacudí mi cabeza como para que no quedase rastro de esa imagen tan patética de mi rostro. Aunque la mujer apenas se fijaba en mí, respiraba fuerte, apretaba los dientes y cuando me miraba es como si yo fuese translúcido y ella estuviese viendo a través de mí lo que estaba más allá de mi cuerpo.
Quise comenzar la conversación directamente con lo que me interesaba: mi ex, pero en un ejercicio de cortesía le pregunté cómo estaba. Decir eso y abrir las compuertas de sus ojos parecieron ser eventos simultáneos. La mujer no se pudo contener y dejó salir lágrimas a chorros mientras sacaba de su bolso un paquete de pañuelitos de papel de cual sacó uno y lo humedeció al instante de lo mucho que lloraba.
Intenté decir algo reconfortante, pero solo abrí la boca para succionar un montón de aire y levemente alcé mis brazos dudando de que si era apropiado darle un abrazo que ella no había solicitado. La mujer posó sus dos brazos sobre el escritorio que nos separaba y hacía como si los usara para encontrar equilibrio y aferrarse a una realidad muy dolorosa.
Después de dar tres aspiraciones muy rápidamente seguidas, la mujer pareció recobrar la compostura y me dijo que, en realidad, a ella no le había pasado nada, que en teoría estaba bien solo que se había enterado de que su hija, la mujer que había soñado para mí, la que casi no va a la universidad porque quería ser luchadora, había quedado embarazada y ella no le conocía ni un novio.
Aún sin decir nada, pensé en el sufrimiento ideológico de aquella mujer. Por un lado, mientras todos en la iglesia celebran y promueven la procreación aferrándose a un pasaje bíblico que manda a ser fecundos, multiplicarse, llenar la tierra y sojuzgarla; por otro, pareciese que no hay mayor desgracia familiar, y mancilla para las que conciben, que saber que una mujer ha quedado embarazada antes de que un hombre la entregue a otro hombre mientras está vestida de blanco como símbolo de pureza para que otro hombre más los declare aptos para ir a una celebración de la cual luego pueden fugarse a tener sexo lícito.
En ese momento yo no sonreía ni pretendía hacerlo, solo mordía un poco la esquina de mi labio tratando de ocultar un incipiente gesto de disgusto.
Ella dio otro respiro más y me dijo que no había pasado nada, que ambos estábamos ahí con un fin específico así que era mejor que no perdiésemos más tiempo y que cumpliésemos el propósito de la reunión.
Al escucharla decir eso, mis ojos se iluminaron y volvió mi sensación de fe a punto de ver resultados palpables. Le di la bolsa de naranjas y ella dijo un exagerado gracias, pero, casi sin verlas, la puso a un lado y las arrimó como para que no le estorbasen.
Eso me hizo sentir como un globo que empieza a perder aire; sin embargo, fingí que no me importó y le dije que estaba ahí para solicitar información de mi ex. Obvio que no le dije que ella era mi ex ni nada por el estilo, aunque ella debía suponerlo porque, aunque fuimos discretos, nunca fue una relación oculta.
La mujer estiró su cuello, ladeó un poco su cabeza y no disimuló la sorpresa que sus ojos muy abiertos no ocultaban.
«¿Y qué te hace pensar que yo sé algo al respecto?» dijo ella en un tono algo chillón. Yo le respondí, basado en las afirmaciones del niño chantajista, que sabía que la muchacha vendría a ayudar a unas actividades caritativas de las que estaban programadas.
«¿Y acaso tú no te enteraste de que la policía pasó por aquí haciendo preguntas similares? O ¿Es que tú eres mejor que la policía y vas a activar tu sentido de superinvestigador estrella y resolver el caso antes que ellos?», me siguió diciendo la mujer mientras hacía una transformación gloriosa donde pasaba de mujer apesadumbrada a matriarca empoderada.
Y yo que creía que sentirse como un globo que se desinfla por unas naranjas puestas al costado era lo más terrible, me vengo a sentir peor luego de haberla escuchado referirse a mí de tal forma.
Tartamudeé un poco, le dije que solo era curiosidad y ella sonrió con una ceja alzada.
Después de reírse de mí, me dijo que no me preocupara, que ella me diría lo que sabía.
La mujer me comentó que, como yo debería saber, mi ex quería ser misionera. «¡Madre del amor!», pensé. Ella, como si nada, continuó diciendo que sí, en efecto mi ex tenía planificado volver a la iglesia porque le gustaba hacer voluntariado acá ya que sentía que los barrios de aquí eran más tranquilos que los de ciertos lugares cercanos a donde estaba viviendo y que, además, se había encariñado con los niños de aquí porque eran todo un amor.
También me dijo que entre los planes de mi ex estaba fundar su propia organización de jóvenes misioneras voluntarias a la que llamaría Exploradoras de Jesús.
Yo asentía a todo como si estuviese al tanto de la mayoría de las cosas que ella me decía, pero por dentro me asombraba ver que durante el tiempo en que estuvimos separados pareciese como si mi ex se hubiese transformado en una persona muy devota bastante distinta a la que conocí. También llegué a pensar en que quizá ella siempre fue así y yo o no quise verlo, o fui su período de tentación que le confirmó el camino que debía seguir para no acabar hundida en el lodo cenagoso que yo representaba en su vida.
Sin siquiera imaginar lo que pasaba por mi cabeza, la mujer continuó diciendo que mi ex pensaba hacer un recorrido por varios puntos aledaños a su ciudad y a la nuestra para completar la ruta misionera en las que comenzaría el legado de las Exploradoras de Jesús. Para cerrar su discurso, la mujer dijo las siguientes palabras que sentí como un jab directo a la mandíbula: «…pero como ustedes eran tan amigos, seguro que ya todo esto lo sabías».
«Gracias, gracias», farfullé, y salí casi muy aprisa de su oficina como un hombre que acaba de descubrir que ha perdido su alma.