Emprendamos un viaje

No podía creer lo que el gringo me decía, pero tampoco me desagradaba la idea; entonces, motivado por el impulso metafísico que me movía desde ayer, acepté la invitación con las siguientes palabras: «Emprendamos un viaje».

Él sonrió como lo hacían los villanos de las comiquitas de los años 70 y se echó en el mueble, parece que estaba muy cansado porque sus ojos comenzaron a cerrarse y en pocos momentos se quedó dormido.

Me fui al cuarto a cavilar en cómo iba a hacer un viaje, aunque fuese corto, sin haberlo planificado y con un tipo enorme al que apenas conocía. Tirado en la cama, procuraba dormir y no podía hacer más que mirar al techo y sentir una picazón en todo el cuerpo que seguramente era fruto de mi ansiedad. Cuando dejé de ver el techo, di como 127 vueltas en todas las direcciones posibles mientras me quitaba y ponía la sábana sintiendo frío intenso y calor extremo sin parar hasta que como a las 4:30 de la madrugada me quedé dormido.

Sentí que solo fue un pestañear y un poco antes de las 8:01 a. m., mi nuevo gurú norteamericano me despertó tocando la puerta de mi cuarto con fuerza mientras decía en voz alta: «Levántate, flojazo, que nos esperan respuestas».

Abrí los ojos con ganas de maldecir a alguien por no haber podido dormir cuanto mi cuerpo pedía, pero, muy dentro de mí, sabía que el gringo tenía las mejores razones para despertarme.

«Cállate y hazme desayuno», le grité. También le pedí que no fuesen huevos con tocineta porque le dije que mi vida no era una película gringa. Él se río y me volvió a decir que era un flojo y osó decir que lo que me gustaba era solo dormir.

Como pude, y dejando la cama hecha un desastre muy parecido a un cojín destrozado por un perro, me arrastré hasta el baño y tomé una ducha. Al terminar y ponerme la ropa que se veía menos arrugada, tomé un morral hecho de pantalones de jean viejos y metí ropa interior, un cepillo de dientes, una crema dental, un desodorante, un par de franelas y, como siempre he tenido una obsesión por cargar los pies secos, también metí un montón de medias.

Salí al comedor y asumo que me tardé más de lo esperado porque el gringo había hecho puré de papas que acompañó con pan tostado y una lata de frijoles rojos en salsa de tomate que yo no recordaba haber comprado.

Después de comer, le pregunté que qué haríamos y él me dijo que yo debería, mejor que él, saber eso. Sin embargo, agregó que como se levantó temprano buscó en internet los mapas de los lugares habitados entre esta ciudad y donde vivía mi ex. Entonces, tal como cualquiera podría deducir, no eran muchos, solo tres. A él, esta cantidad le pareció bastante acorde con el plan de las Exploradoras de Jesús porque, según él, nadie es tan loco para empezar una organización religiosa en muchos lugares a la vez sin ver cómo resultaba a nivel local.

Sin tardar más, decidimos comenzar nuestro viaje desde la comunidad más lejana a nosotros y terminar acá para poner nuestros pensamientos en orden y sacar las conclusiones valederas.

La idea general era buscar iglesias o líderes religiosos y decirles que queríamos honrar la memoria de mi ex y ver cómo iban los avances con ellos con respecto a las Exploradoras de Jesús.

A esas horas de la mañana, el plan no resultaba tan descabellado y si no encontrábamos nada, luego de descansar acá, iríamos a la ciudad de ella y no me quedaría más que usar mi mejor rostro y visitar a sus padres. Yo cruzaba los dedos para no tener que valerme de esa opción.

Le dije al gringo que, por favor, no llevara el morral extragrande que cargaba y me pidió un bolso prestado. Como yo no soy de comprar bolsos que no pensaba usar, no tenía qué prestarle, mas recordé de que hace años vinieron de visita a la ciudad unas amigas de mis padres quienes al irse olvidaron un morral negro con una inmensa estampa de cebra morada que jamás reclamaron y que, según mi mamá, dejaron de regalo. Era tan feo que jamás lo usé, pero era perfecto para tales momentos porque no era yo quien tendría que ponérselo.

Mientras el gringo guardaba las cosas que se iba a llevar a nuestra búsqueda de la verdad, le pregunté que cómo iba a hacer él con esa pinta de texano si llegábamos a lugares que no eran tan seguros como esta esta ciudad y le advertí que muy probablemente así sería.

Él me miró de lo más relajado y con la ecuanimidad de alguien que sabe perfectamente a lo que se refiere me dijo esto: «Tú, tranquilo. Calma, que yo tengo una franela del Che y quien se pone una de ellas anda tranquilo por la vida. Son más efectivas que las del papa». Yo puse los ojos en blanco y sin decir nada asentí como si tuviese certeza de lo que afirmaba.

Lavé los platos, me aseguré de que las ventanas estuviesen cerradas y de que no quedase nada como cargadores enchufados y llevé la basura al bajante.

Al salir del apartamento vi que por los pasillos andaban unos Testigos de Jehová y me reí, no de ellos sino que, conforme a lo planificado con el gringo, me tocaba emprender una aventura un tanto similar a la de esa pareja que iba de puerta en puerta esperando que las personas los atendiesen.

Al verme, los Testigos de Jehová me preguntaron si tenía un momento para ellos, aunque mi cerebro gritaba la frase «no, nunca, déjenme en paz», les dije que sí como autoimponiéndome un ejercicio de observación en el que aprendería de ellos y tomaría notas mentales de las cosas que ellos pudiesen hacer que me resultara incómodo hablar con ellos. Era mi curso intensivo para hablar con extraños fingiendo interés genuino por las Exploradoras de Jesús.

Para mi sorpresa, la pareja de misioneros fue muy amable, me regalaron una revista y prometieron orar por mí. Sentí que no me vendría mal una oración en estos momentos.

Cuando volví al apartamento, el gringo llenaba su termo de agua y preparaba sándwiches con mantequilla de maní para estar preparado en caso de que no hubiese lugares adecuados en los cuales él pudiese comer sin afectar su estómago históricamente delicado.

Cuando él estuvo listo, lo invité a salir y le dije que comenzaba la hora de la verdad.

El gringo salió antes que yo y, mientras me volteaba para cerrar la puerta y asegurarla con llave, él me dijo en voz baja: «Oye, loco, sabes que no soy tan tonto y estoy claro de que nadie hace algo como esto solo por saber qué pasó con 'una chica con la que salió'». Fingí no escucharlo y cerré la puerta.

Tomamos un taxi hasta el terminal de buses más cercano y no dijimos ni una palabra durante todo el camino. El conductor llevaba la radio encendida y comenzó a sonar una canción de Enrique Iglesias que decía como mil veces la frase «lloro por ti» mientras él afirmaba que había buscado a su amada por todos lados. El gringo y yo nos miramos y soltamos una carcajada al unísono que terminó cuando empecé a toser para disimular mi cuota de culpa en lo que había sucedido con mi ex.

Compramos los boletos y tuvimos que esperar como una hora para que saliese el primer bus a nuestro destino. Nos sentamos en la sala de espera donde proyectaban un partido de béisbol que a nadie parecía interesar. Había un equipo con uniforme anaranjado y eso me hizo sonreír, ahora, cada vez que veía ese color sonreía esperanzado.

Llegó el momento de abordar nuestro bus y yo sentía una inquietud poco normal, tenía las manos sudorosas, mi ritmo cardíaco se aceleró, la respiración se me descontroló y comencé a dudar de lo que hacía. El gringo me vio preocupado y me dijo: «Vamos, Juguito de naranja, que todo va a estar bien». Seguramente que la forma exacta en la que él se refirió a mí fue «Juguito de manzana» pero yo supuse escuchar «de naranja» y eso me calmó un poco. Sonreí entrecortadamente y nos montamos en el bus.

De verdad que no noté si el bus iba lleno o si el gringo y yo, en esos momentos, éramos los únicos pasajeros con la intención de viajar hasta ese pueblo en lo que serían unas de las 2 horas más largas de mi vida.

Un señor pasó pidiendo nuestros boletos e identificaciones, a los pocos minutos el bus arrancó y mientras salíamos del terminal sentí la necesidad de confesarle al gringo lo siguiente:

«Te juro que no sé lo que pasó, hay momentos recientes de mi vida que por alguna razón no recuerdo o no sé si son cosas que viví o que soñé. Yo tenía años sin saber de esa muchacha, estuvimos muy unidos durante la universidad, pero bueno, tú sabes, la gente toma caminos diferentes. Aunque no te voy a negar que lo que sentí por ella no lo he sentido por más nadie. Pensar en ella me ha hecho llorar como un niño que ha perdido algo que sentía como imprescindible para su vida. Sé que no seguimos juntos por mi culpa porque creo que no estaba preparado para una relación seria, pero no había sentido nada por ella desde que se mudó hasta que una fulana inspectora llegó hasta mí a preguntarme un montón de cosas que no sé o no recuerdo si hice. Quiero que me ayudes a encontrar respuestas y me perdones si llegas a descubrir que yo hice algo que no puedo resarcir».

Decir esas palabras me devolvió como tres años de vida y liberó de mi pecho un pesar muy grande que venía arrastrando conmigo durante los últimos días. El gringo me miró con una compasión que no lleva nada de lástima sino que iba cargada una empatía genuina, empuñó su mano y me dio unos golpecitos encima de la rodilla que estaba más cercana a él y me dijo que no pasaba nada, que estuviese tranquilo, que aquella vez del jugo de manzana y los cigarros, él por primera vez había conocido a alguien que no lo miraba con desdén por fumar no con interés por el dinero de su padre, que lo vio como una persona y lo aceptó como venía sin importarle su costumbre tan mal vista por estos lados.

«Gracias por eso, pero es tu turno de ser buena persona porque ando que no valgo nada en estos momentos», le dije. Él sonrío y me volvió a decir que estuviese tranquilo, que en su casa no solo le enseñaron a fumar a los 13 años, sino que también le inculcaron que debemos ser recíprocos con las personas y nunca dejar de lado la amabilidad.

«Gracias», le repetí, y también le dije que me dejara dormir porque no había hecho más que ver el techo y dar vueltas en la cama durante toda la noche.

Cerré los ojos y no supe más nada del mundo por un par de horas.

Ojalá me hubiese quedado así, tranquilo y sin haber descubierto lo que sé ahora.