Niño, sabes que debo hablar contigo

Al despertar, como amanecí convencido de que era el día de resolver misterios que sí me interesaban, luego de asearme fui a la cocina y me preparé un jugo con el zumo de unas naranjas recién exprimidas. Tomé un sorbo muy grande y me hizo carraspear, no estaba tan dulce y agradable como yo esperaba que estuviese. Volví a tragar, esta vez en seco, y deseé que eso no fuese una mala señal.

Antes de volver a la iglesia para terminar la conversación pendiente con mi antigua celestina, pensé en aprovechar el tiempo e ir unos pisos más abajo y buscar al nieto de mi vecina para preguntarle por todo lo que él sabía de mi ex.

Fui por las escaleras y mientras bajaba cada escalón tarareaba en mi cabeza la canción Happy de Pharrell Williams. No sé por qué esa canción, ni siquiera era de mis favoritas. Para mí, esa era una de las canciones que escuchas en la radio y cambias de estación. Asumo que es porque hubo un tiempo en que la canción sonaba en todas partes y yo me las tiro de ser un tipo duro; aun así, no puedo negar que Mr. Pharrell se las arregló para hacer una de las canciones más pegadizas de los últimos tiempos, incluso recuerdo que el conserje del edificio, quien afirma no saber nada de inglés y se ha declarado fan acérrimo de Rubén Blades, pasó meses canturreando esa canción sin cesar.

Por cada piso bajado, en mi cabeza había repetido la frase «happy, happy, happy» como una cien veces y ni me fijaba en los dibujos obscenos que unos adolescentes habían pintado en una de las paredes ni en los pasillos oscuros donde los bombillos se habían quemado y la imagen que brindaban eran dignas de esas películas de terror que suceden en hospitales.

Llegué al apartamento donde vivía el niño y toqué la puerta, su abuela me abrió la puerta e hizo una especie de chiste donde comparaba mi rostro risueño y reluciente con el buche de las palomas cuando acaban de comer. No tenía ni idea de a qué se refería, pero volví a presionar mis labios para ofrecerle mi sonrisa predilecta para los momentos en que se ha de fingir simpatía porque estás motivado por fines ulteriores que incluyen un trámite social casual en el que debes mostrar interés por la otra persona y tratarla como si esta fuese más encantadora y graciosa que un presentador de televisión famoso que logra un balance perfecto entre Raffaella Carrà y Jimmy Fallon.

Cuando le dije a la señora que quería hablar con su nieto, ella me miró con una cara que me costaba descifrar, al momento no sabía bien si era sorpresa, alegría o miedo, pero su cara se parecía mucho a la que ponía una de mis vecinas de la infancia cuando su mamá le decía que al otro día irían al odontólogo. Era como la cara que puse cuando estaba viendo un documental sobre los eventos más representativos de América Latina y me enteré de que los del dúo Pimpinela eran hermanos y cantaban esas canciones muy dignas de lo que hoy llamaríamos relaciones tóxicas.

Ella fue a llamar a su nieto y mientras lo hacía, escuché un grito muy espontáneo de él quejándose de que quería seguir jugando Plants vs. Zombies. Yo no oí hablando a la señora, pero el chico dijo un aletargado «okey, ahí voy». En ese momento, sonreí un poco porque pensé que esa mujer era de las abuelas que tras años de experiencia han logrado perfeccionar el arte de las miradas amenazadoras y con esa técnica milenaria doblegan a hijos y nietos.

Regresaron los dos juntos y ella me dijo que siempre le gustaba aprovechar cualquier excusa para sacar al jovencito de «esos aparatos en los que se la pasa metido». También, delante de él me preguntó que qué negocio tenía yo con su nieto y, sin dar muchos detalles, le dije que él estaba participando de un proyecto de la iglesia con el que yo me estaba involucrando.

Antes de que yo siguiese hablando, el muchachito dijo: «Ya sabes, abuela, de lo que estábamos hablando con mi mamá». La señora asintió y dijo lanzó un ¡qué bueno! al que añadió que era mejor así porque la mamá del jovencito estaba muy ocupada y no iba a tener tiempo para ayudarlo con eso.

«Bien», dijo la abuela, a lo que agregó que mientras hablábamos podíamos bajar al abasto para comprarle un kilo de harina de maíz, un litro de aceite y dos kilos de azúcar ya que, según ella, tendríamos tiempo de sobra para hablar de un cartel.

«¿Cartel?» me pregunté sin proferir una palabra. Pues resulta que el muchachito era un pillo y ahora, gracias a su intervención, yo debía ayudarlo a hacer un cartel que le pidieron para la recolección de fondos que harían para que los chicos de la iglesia visitasen Niseque Lugar por motivo de la celebración de Nosequé Cosa. Y, bueno, ya no podía negarme.

Luego de que la señora nos repitiese por tercera vez el tipo de productos y marcas que quería, además de las cantidades exactas que debíamos gastar en cada ítem, salimos del apartamento y justo cuando se cerró la puerta miré al chico a los ojos y le dije: «Niño, sabes que debo hablar contigo». Él casi muerto de risas me dijo que él no sabía nada de lo que yo hablaba y que nos apurásemos porque había unos zombis romanos que debía vencer para poder pasar de nivel en su videojuego.

Le recordé de lo que habíamos hablado y le mencioné a la joven que él había visto en las noticias y demás detalles. «Ah, la muerta» dijo él sin ningún pesar y yo sentí como si me hubiesen dado un batazo en el abdomen al darme cuenta de que lo que para mí podría ser muy íntimo a otros les podía resultar indiferente y eso era algo que no podía recriminarles.

«Vale, vale, ella», le respondí y agregué que, por favor, no la llamase así y él dijo que si estaba muerta era una muerta y que todo el mundo se moría porque hasta Thanos se había muerto en Avengers: Endgame.

No pude contra su argumento.

Le pregunté qué sabía de esa chica y cómo se habían conocido. Él me contó que ella ocasionalmente visitaba la iglesia cuando la invitaban a actividades infantiles y a eventos de caridad. Claro, en teoría yo debería haber sabido esas cosas, pero no seguí asistiendo a la iglesia y a ella hasta le había dejado de escribir y vivía mi vida como si nunca hubiese existido.

Cuando quise preguntarle más al respecto, él me dijo que lo comenzaba a aburrir y que si quería seguir hablando con él, hasta llegar de vuelta al apartamento, los temas de conversación solo podían ser tres: 1) Plants vs. Zombies, 2) Los últimos videos de su YouTuber favorito y 3) El cartel que le iba a hacer sin pedir nada ni siquiera ayuda para repasar una letra con marcador.

Y, pues sí, terminamos hablando del cartel que para mi desgracia debía ser entregado como en una semana. Así que, yo tenía poco tiempo para conseguir quien lo hiciese y mandarlo a hacer porque siempre he sido un total inútil para ese tipo de actividades manuales.

Él niño me dio su lista de requerimientos para el cartel y para cuando logró decir todo lo que se le ocurrió que debía tener este, ya habíamos llegado al apartamento con un kilo de harina de maíz, un litro de aceite y dos kilos de azúcar.

La abuela nos recibió muy contenta y me preguntó si quería desayunar algo, le dije que yo ya había comido y que no se preocupase. «Al menos, tómate algo» espetó ella y, aunque yo no estaba muy convencido de hacerlo, cuando me dijo que era jugo de naranja me emocioné y acepté su invitación. Mientras la abuela me invitaba a tomar el jugo, el niño volvió corriendo, posiblemente a su cuarto, a seguir con su juego de videos y buscar derrotar a los zombis romanos que no lo dejaban avanzar de nivel.

Por mi parte, a mí nunca me había gustado tanto el jugo de naranja, por años lo había considerado sobrestimado entre los reinos de los jugos; pero desde mi sueño de anoche, comencé a ver las naranjas como señales de esperanza que habían llegado a mí para mostrarme que cuando uno quiere algo de verdad puede llegar a alcanzarlo, aunque sea por medio de las vías más inverosímiles.

La señora me sirvió un vaso de jugo que casi rebosaba y cuando lo llevé a mis labios sentí de un sopetón que se trataba de un jugo de los que vienen en sobre, de esos que huelen a soda cáustica. Lo tragué con el mismo agrado con el que los jóvenes que en su casa no beben sopa se toman hasta dos platos de minestrón la primera vez que visitan a sus novias y quieren caerle bien a las suegras.

Cada vez que sorbía más de aquel carato amarillo, levantaba mi vista al cielo y volvía a rogar que aquello no fuese una mala señal de lo que acontecería conmigo.

Terminé el jugo y le dije a la señora que estaba riquísimo, que tenía tiempo sin tomar un jugo de esos, que en otra ocasión podíamos repetir el rato agradable pero que yo debía ir a la iglesia ya que allí tenía una reunión muy importante.

Mientras salía casi corriendo de su casa, la escuché decir que le encantaba ver que la juventud como yo estaba tan interesada en buscar de Dios.

Por lo que ella dijo, me rasqué la cabeza con la mano izquierda y torcí los labios mientras volteaba los ojos y seguí mi camino como si nada. Eso sí, llevaba buen ánimo y presentía que en la iglesia encontraría las pistas que necesitaba para descifrar qué había sucedido con mi ex.